No nos cansemos de hacer el bien, por los caminos de la cuaresma y la pascua

Desde el miércoles de Ceniza hasta pentecostés se nos abren los caminos de una esperanza nueva, la que nos llama a vencer el mal a fuerza de bien, la muerte con la vida. El camino no es fácil, grita la tierra y llora y sufre la humanidad. Ahora nos toca vivir el momento y nuestra tarea es hacer el bien mientras podamos. Esa es nuestra arma, no tenemos más fuerza que a Cristo y  este crucificado, el que ha resucitado y vive para siempre.

“Hacia un nosotros cada vez más grande”

Seguimos “tejiendo redes para una casa común”, lo hacemos al paso del sueño y de la vida. La dimensión profética de nuestra fe y de nuestro sentir vital no puede caminar en otra dirección, porque en el horizonte de nuestra historia y de toda la creación vislumbramos un nosotros definitivo en el fundamento de Cristo. Sí, nos sentimos caminando siempre hacia un “Nosotros más grande”, soñado como universal y querido como amor absoluto. Por eso al volver al camino litúrgico de estos tiempos tan especiales como son la Cuaresma y la Pascua, traspasados por el triduo pascual, solo tenemos dos claves fundamentales: “Cristo y nosotros”.

Cristo y nosotros

Son tiempos en los que volvemos a adentrarnos en un misterio de amor y pasión, de muerte y de vida, de silencio y de gloria, que nos lleva al mayor conocimiento interno de Cristo. Un tiempo para la profundización en su persona, para querer ser más como El, para seguirle, para coger nuestra cruz, para permanecer en vela y orar con El, para sentir el calor  y la sed del desierto de la historia de lo humano, para subir al calvario y contemplar el dolor de la creación y de la historia, para entrar en el silencio del vacío y de la noche desesperanzada, para amanecer a la luz de lo nuevo, para gritar el aleluya de la esperanza que nunca acaba, para encontrarnos con el Resucitado y transformar el mundo con la fuerza de su resurrección. Ahí se fundamenta la sangre de la fraternidad, en la nueva alianza que nos lanza a la unidad de los hermanos, al nosotros de la gloria que ha de sentarse en la mesa del verdadero amor hecho pan partido.

Identidad y fraternidad

La cuaresma y la pascua vuelven a invitarnos a seguir profundizando en nuestra identidad que configura la posibilidad de la fraternidad, volver a nuestro bautismo, a renovarnos en Cristo. Estos tiempos nos abren al sueño de la promesa en el camino de la fraternidad que genera comunidades de vida, desde la sencillez de lo diario en el silencio de Nazaret, en el ayuno del desierto, en el caminar de los peregrinos. Renovarnos y convertirnos en aquello a lo que hemos sido llamados, a vivir unidos en Cristo, siendo uno como el Padre y El son uno. Y eso por el camino de la fraternidad que genera comunidades llenas de dignidad, derecho, equidad, armonía, paz… Nuestra tarea de alianza verdadera es la construcción de lo comunitario, de la fraternidad por los cuatro costados, hasta que se pueda observar fácilmente cómo nos amamos y lo tenemos todo en común.

Abrazados a la creación

Nada ha de quedar fuera del amor de Dios en Cristo, todo ha sido creado por amor, y en estos tiempos somos invitados a abrazarnos con el dolor de la creación, con los males de nuestra casa común, y curarnos en el deseo de algo nuevo que está brotando. El camino de la cuaresma para llegar a esa novedad de creación se presenta como invitación a la verdadera austeridad felicitante, a la que nos hace más libres, más profundos y  más hermanos, posibilitando la generosidad de hombres bautizados en la riqueza de la pobreza, en la capacidad de ser para los demás, de construir una sociedad que pone al hombre en el centro de la historia, a la persona en el sentido de la comunidad. Una alianza pascual con la naturaleza, al estilo de los sencillos en el mundo rural y en las comunidades primigenias.

Desde los caminos más sencillos

Tanto la cuaresma como la pascua nos van a invitar a hacer este tránsito desde lo pequeño y sencillo, desde lo diario y desde nuevos ritmos de vida. Aprender a vivir de otra manera, para llenar la existencia de vida, frente a prisas desorientadas, consumos exagerados, relaciones apagadas y olvidadas, celebraciones vacías y ruidosas, soledades masificadas… Nos invitará hasta a la vuelta y la mirada a lo natural, lo rural, a lo primigenio, no para volver sino para recuperar vida en la existencia, profundidad, cercanía, amor, escucha, gratuidad… otro modo de vivir es posible, si tejemos las redes de común y preparamos la casa del nosotros más grande.

Desde la cruz y la gloria

La cuaresma y la pascua no son separables, están fundidas como la cruz y la gloria, la muerte y la resurrección, es un paso vivido en proceso, así es la vida. Nuevamente nos encontramos con la realidad, la vida, tal como es, con sus luces y sus sombras. Llamados a convertirnos y cambiar de mentalidad, para nacer a lo nuevo, para seguir en la búsqueda de la verdad y de la vida. Ahora toca poner de nuevo nombre a las cruces, a los dolores, a las necesidades, a los hermanos perdidos, para saber que hay vida y resurrección para todos ellos y que nosotros somos testigos de esa verdad como los testigos de Emaús. Hemos de renovarnos en el calor y el fuego en el corazón de los discípulos que hacen memorial de Cristo muerto y resucitado.

En sinodalidad con los más pobres y sufrientes

La invitación del sínodo eclesial nos abre de bruces para que pueda producirse un encuentro trascendental con el resucitado. Nos invita a hacer camino universal con lo humano y lo natural, abiertos sin exclusión, descubriendo el ser y el vivir de lo eclesial desde la llamada urgente de salvación que tiene nuestro mundo. La verdad de nuestro anuncio pasa por el testimonio fehaciente de que en nuestra comunidad están en el centro los que más necesitan, recibiendo más amor y más fraternidad, porque en ellos recibimos el mayor don de Dios y también si estamos atentos el mayor don de lo humano. Una comunidad de iguales donde el espíritu se hace rico en todos para que, siendo pobres todos como criaturas, todos gocemos de la riqueza de la gratuidad de lo divino. Reflexionaremos sobre los caminos auténticos para el encuentro con el resucitado en el quehacer de una comunidad que ha perdido los miedos y ha encontrado la alegría de la Vida que ha vencido a la muerte.

Pasemos haciendo el bien…

Todo lo dicho no puede pasar por otro camino que el evangelio de Jesús, nuestro maestro y nuestro hermano, por su forma de pensar, sentir y actuar. No nos cansamos de contemplar la definición existencial de su vivir y su ser: “Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal…”, la iglesia de Jesús nació también con ese deseo sacramental de perpetuar ese vivir, así nos indica el Papa Francisco en su mensaje cuando nos refiere al deseo del apóstol ante la comunidad que acompaña:

“No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos” (Ga 6,9-10a)

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