La crisis NO ha terminado

Los domingos siempre hay tiempo, o debería haber, para leer con tranquilidad el periódico. Pasando por las páginas me encuentro un artículo del que fue ministro socialista Jordi Sevilla. Dice que “se ha terminado la crisis” porque a mediados de este año alcanzaremos de nuevo la renta per capita que teníamos justo antes de empezar (para los que quieran leer el artículo, este es el enlace: www.elmundo.es/economia/2017/06/11/593a901f268e3eb55f8b4572.html).

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Hay un párrafo que me llama la atención. Es cuando habla de que, aunque terminada la crisis, las consecuencias siguen con nosotros. Dice que la rebaja de los costes salariales y el recorte del Estado del Bienestar, “la llamada austeridad, han provocado uno de los mayores incrementos en la desigualdad social en nuestro país, con un repunte fortísimo en la tasa de pobreza. Incluso quienes aceptan que no se podía hacer otra cosa, deben reconocer que ahora hay que hacer frente a los efectos de aquellas medidas, entre los que destacan: un retroceso importante en el nivel de renta de las familias, una precariedad laboral creciente, especialmente entre los jóvenes, que supera en mucho la de países de nuestro entorno y un debilitamiento excesivo de las políticas sociales redistributivas que tanto nos costó poner en pie.”

Como es domingo por la mañana, pienso que igual no he entendido bien lo leído. Me paro a leer el párrafo una segunda vez. Y confirmo lo que he leído la primera. Dice que se ha incrementado la desigualdad social, que hay muchos más pobres que antes, que las familias tienen menos renta, que la precariedad laboral es creciente sobre todo entre los jóvenes y que, hablando en plata, las políticas dirigidas a redistribuir la renta, a favorecer la igualdad se han ido al carajo.

Una vez releído el párrafo de marras, vuelvo al comienzo del artículo. Confirmo el título. Es verdad, el artículo se llama “La crisis ha terminado”. Y me surge una pregunta. Sin malicia, sin ironía. Casi inocente. ¿Para quién ha terminado la crisis? Porque todas esas familias que han visto bajar tanto su renta, todos esos que tienen trabajo por horas y por días, todos los jóvenes que están a la búsqueda de su primer empleo, todos esos que han entrado en el bloque de los pobres… todos esos, digo, siguen en crisis. ¿O no? ¿O será que se han vuelto invisibles frente a la lógica de los grandes números macroeconómicos?

Quizá es que la mejora de esos grandes números, nos empuja a ver la realidad desde otra perspectiva. Desde ella se puede decir que “la crisis ha terminado”. Desde ese punto de vista toda esta realidad que, curiosamente, el autor de artículo recoge en el párrafo citado tiene tendencia a volverse invisible, a desaparecer del campo visual. Son los efectos colaterales de la crisis. Consecuencias secundarias que no ocupan el centro de la visión, que están fuera de foco.

Me revuelvo contra el artículo. No es verdad lo que dice. La crisis no ha terminado. Esa realidad que describe en el párrafo citado es lo que debería estar en el centro de nuestra mirada. Mientras esos “efectos colaterales” no se curen y sanen, nuestra sociedad seguirá enferma y la crisis no se cerrará.

Fernando Torres Pérez cmf

Fundación Luz Casanova

Tampoco es tan complicado

A veces escucho unas cosas que me dejan el corazón temblando. Y no hace falta que las digan los políticos o artistas en programas de esos de la tele en que todos hablan, las más de las veces sin mucho sentido. Es que las oigo en reuniones familiares. Y me echo a temblar porque me cuenta la sensibilidad, o más bien falta de sensibilidad, que tienen muchas personas sobre una cuestión tan seria como la violencia de género.
      Lo que sigue fue escuchado en el curso de una comida familiar. Como la que se celebra en tantas familias, un domingo cualquiera. Salió en la conversación la noticia de que había habido una mujer a la que su marido había pegado. El primer comentario fue del marido: “Es que hay algunos bestias por ahí”. Hasta ahí casi normal. Porque la expresión no es inocente. Ni es totalmente condenatoria. A esos bestias los conocemos todos pero no hacemos nada. Quizá incluso algunos de ellos pertenecen al grupo de amigos. Pero, ya se sabe. No hay nada que hacer.????????????????????????????????????

      Lo malo, lo peor, vino con el comentario de ella. “La verdad es que ella ya sabía a lo que se enfrentaba porque la misma madre del marido, antes de casarse, ya le avisó de que no se casará, que su hijo era un bruto. Y ella no atendió a razones.” Y de la afirmación se colige sin duda que la culpa de la paliza, en el fondo, no era del marido. Él no hacía más que responder a su naturaleza: era un bruto. Parece ser que hasta su madre lo sabía. La culpa –se insinúa con suavidad– fue de la misma mujer. Fue ella la que se metió donde no debía. Fue ella la que se arriesgo. Fue ella la que, avisada, no escuchó e hizo lo que no debía.
      En el ambiente quedó flotando, aunque no se llegó a expresar, que evidentemente la culpa no era del hombre sino de la mujer. En ningún momento se habló de que el hombre mereciese un castigo ni que fuese culpable. Lo más que se dijo de él es que era un bruto. Actuó conforme a su naturaleza. ¡Pobre hombre!
      Pero ella, ella, estaba avisada y no atendió a razones. Ella apareció más como culpable. Como si los palos se los hubiese dado ella a sí misma en un acto de autoagresión imperdonable. Ella fue la poco inteligente que merecería un castigo por tonta. Vamos, que si el juez fuese mínimamente inteligente le aplicaría un castigo a ella y dejaría suelto al pobre hombre que no había hecho más que actuar según su propia manera de ser.
  Vamos a tener que aprender a usar mejor nuestro lenguaje porque a veces dice más de lo que pensamos. Está claro quien pegó los palos. Y quién los recibió. La naturaleza del hombre no es pegar ni ser bruto. Para modificar esos comportamientos están la cultura y la educación. Y si hace falta también la ley y la pena.
      Pero, nunca, nunca, justifiquemos lo injustificable ni, mucho menos, echemos la culpa a la víctima.
Fernando Torres

Oído de pasada

De eso que está uno hablando en esas conversaciones de sobremesa, amigos, familia. Todos reunidos en torno a la mesa. Se habla, se ríe, se comenta. No es una clase doctoral pero es un ambiente en el que las personas terminan por decir lo que piensan con la libertad que da la cercanía con los oyentes.
Sale el tema de la crisis económica por la que no se sabe muy bien si estamos pasando, si hemos pasado o si vamos a

Javier Arcenillas

Foto: Javier Arcenillas

seguir pasando para siempre. Sale el tema de los bancos, del dinero que el estado ha dado a los bancos para que salgan adelante, y, casi en paralelo, el tema de los desahucios. Algunos dicen que es tremendo eso de que se haya desahuciado a familias, que no hay derecho, que eso no se debía haber permitido. Pero uno de los comensales interviene con una pregunta de esas que tienen más de afirmación que de pregunta: “¿Vosotros creéis que todas esas familias que han perdido la casa en un desahucio, están viviendo en la calle? Dar por supuesto que todos ellos se han ido a casas de familiares o a otras casas que tuvieran.” Luego siguió hablando y comentando que él conocía a mucha gente que había invertido sus pequeños ahorros en la compra de una vivienda que luego había puesto en alquiler y que, claro, si no le pagaban el alquiler prometido pues que algo tenían que hacer. Y siguió por ahí.

 No tuvo muchas respuestas entonces. Tampoco era el lugar ni el momento. Pero es tremendo pensar en la poca sensibilidad que a veces mostramos ante el sufrimiento ajeno. Los datos están ahí y son irrefutables. En el primer trimestre de 2012, según el Consejo General de Poder Judicial –digo yo que nadie se atreverá a discutir su autoridad–, se produjeron 46.559 desalojos forzosos por la vía judicial, 517 al día. 
      Vale que una parte son de locales comerciales y oficinas. Vale que otra parte son de gente que tenía otra vivienda. Pero aún así podemos estar seguros de una tercera o cuarta parte de esos desalojos fueron de familias que no tenían otro lugar donde ir. Eso significa que en torno a 10.000 familias quedaron privadas de un techo en ese primer trimestre de 2012. ¿No es suficiente para pensar que tenemos un problema grave? Más grave aún si pensamos que después del primer trimestre de 2012 vino el segundo y luego vinieron más meses y más trimestres y más años de crisis.
      ¿Puede una sociedad aguantar ese dolor y seguir mirando para otro lado? Hacerlo es una forma de crueldad con nuestros semejantes. Hacerlo nos deshumaniza a todos y hace de nuestra sociedad un lugar de injusticia e insolidaridad. El derecho a una vivienda digna está en la Constitución. Pero si no estuviera recogido en un texto legal, también habría que hacer algo. Porque la dignidad de las personas no depende de los textos legales sino de la misma realidad de la persona.

Fernando Torres Pérez cmf

Fundación Luz Casanova

Foto de Portada:Javier Arcenillas

Y no pasa nada

       Me pregunto a veces si es que nos hemos vuelto más insensibles que una lija del cuatro. Lo digo porque hoy me he encontrado con una noticia que la he tenido que leer dos veces para darme cuenta de su verdadero significado. Según los últimos datos de la Encuesta de Población Activa, difundida este jueves (27 de abril de 2017), los hogares con todos sus miembros en paro subieron en 6.900 en el primer trimestre, un 0,5% respecto al trimestre anterior, hasta situarse en 1.394.700, según datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) difundida este jueves por el Instituto Nacional de Estadística (INE).
      He dicho que la tuve que leer dos veces para comprenderla bien. Estamos hablando de hogares donde todos sus miembros están en paro. Vamos a pensar en un hogar “normal”: mamá, papá, dos niños y el abuelo.
    IMAGEN1  Ya se entiende que los niños son sujetos pasivos. Ellos no trabajan, como es natural, sólo consumen. Y mucho porque están en edad de crecer y comen lo que no está escrito. Y desgastan ropa y zapatos y lo que se les ponga por delante.
      Luego están papá y mamá. En principio, lo habitual es que sean ellos los que aporten económicamente para que la familia funcione. Uno o los dos. Estamos hablando de sueldos normales, no de salarios espectaculares. Pero en este caso –que no es un caso aislado porque hay que recordar que estamos hablando de un millón trescientos noventa y cuatro mil setecientos hogares en España– sucede lo que no es normal, lo que no debería ser normal, lo que no deberíamos permitir que suceda en este mundo. Ni papá ni mamá tienen trabajo. Es posible que estén cobrando el paro pero también es muy posible que el seguro de desempleo –esos dos años que dura– se haya terminado y estemos hablando, con suerte, de alguna prestación mínima ofrecida por el ayuntamiento o la comunidad autónoma. Pero mínima, mínima, mínima. Lo justito para ir malviviendo y mal tirando, para que desde que empieza el día hasta que llega la noche todo sean dificultades y apreturas.
      Y, para terminar está el abuelo. En principio, pertenece también a las clases pasivas. Pero, maravillas de la vida, se ha convertido en el centro de la familia, en la clase activa por excelencia. Su pequeña pensión –de esas que han subido unos miserables cero comas por ciento en los últimos años– es la única fuente de ingresos en la casa. De ahí tiran todos: niños papás y abuelo.
      Esto sucede un millón trescientas noventa y cuatro mil setecientas (1.394.700) veces en este país. Y nadie sale a la calle. Y no se monta un plan de urgencia para salvar a toda esta gente de una más que probable caída en la marginación y en tantas otras cosas. Y no se hace nada. Nosotros a lo nuestro. Y vosotros a lo vuestro. Es urgente hacer algo, no sé qué, pero algo. Para no dejarnos hundir en ese lodazal fangoso de inhumanidad e hipocresía que supone el seguir viviendo como si nada sucediese.

Fernando Torres Pérez

Y la culpa es de…

A veces escucho unas cosas que me dejan el corazón temblando. Y no hace falta que las digan los políticos o artistas en programas de esos de la tele en que todos hablan, las más de las veces sin mucho sentido. Es que las oigo en reuniones familiares. Y me echo a temblar porque me cuenta la sensibilidad, o más bien falta de sensibilidad, que tienen muchas personas sobre una cuestión tan seria como la violencia de género.

Lo que sigue fue escuchado en el curso de una comida familiar. Como la que se celebra en tantas familias, un domingo cualquiera. Salió en la conversación la noticia de que había habido una mujer a la que su marido había pegado. El primer comentario fue del marido: “Es que hay algunos bestias por ahí”. Hasta ahí casi normal. Porque la expresión no es inocente. Ni es totalmente condenatoria. A esos bestias los conocemos todos pero no hacemos nada. Quizá incluso algunos de ellos pertenecen al grupo de amigos. Pero, ya se sabe. No hay nada que hacer.

No justifiquemos lo injustificable

Lo malo, lo peor, vino con el comentario de ella. “La verdad es que ella ya sabía a lo que se enfrentaba porque la misma madre del marido, antes de casarse, ya le avisó de que no se casará, que su hijo era un bruto. Y ella no atendió a razones.” Y de la afirmación se colige sin duda que la culpa de la paliza, en el fondo, no era del marido. Él no hacía más que responder a su naturaleza: era un bruto. Parece ser que hasta su madre lo sabía. La culpa –se insinúa con suavidad– fue de la misma mujer. Fue ella la que se metió donde no debía. Fue ella la que se arriesgo. Fue ella la que, avisada, no escuchó e hizo lo que no debía.

En el ambiente quedó flotando, aunque no se llegó a expresar, que evidentemente la culpa no era del hombre sino de la mujer. En ningún momento se habló de que el hombre mereciese un castigo ni que fuese culpable. Lo más que se dijo de él es que era un bruto. Actuó conforme a su naturaleza. ¡Pobre hombre!

Pero ella, ella, estaba avisada y no atendió a razones. Ella apareció más como culpable. Como si los palos se los hubiese dado ella a sí misma en un acto de autoagresión imperdonable. Ella fue la poco inteligente que merecería un castigo por tonta. Vamos, que si el juez fuese mínimamente inteligente le aplicaría un castigo a ella y dejaría suelto al pobre hombre que no había hecho más que actuar según su propia manera de ser.

Vamos a tener que aprender a usar mejor nuestro lenguaje porque a veces dice más de lo que pensamos. Está claro quien pegó los palos. Y quién los recibió. La naturaleza del hombre no es pegar ni ser bruto. Para modificar esos comportamientos están la cultura y la educación. Y si hace falta también la ley y la pena.

Pero, nunca, nunca, justifiquemos lo injustificable ni, mucho menos, echemos la culpa a la víctima.

Fernando Torres

Fundación Luz Casanova

Esconder, ocultar, para quedarnos tranquilos

Hace un tiempo tuve la oportunidad de vivir unos años en un país de Asia. Era un país muy pobre. Y la pobreza era rampante, visible. Quizá más incluso en las grandes ciudades que en el campo. En la ciudad los pobres se acumulaban en las aceras, en las orillas de los riachuelos, en los cementerios. Allá donde había un lugar mínimo, allí se establecía una familia, montaba su pequeño campamento y luchaba por la vida. Era imposible ir por una calle y no ver esa realidad desagradable.

Teresa Carrascosa Martínez

Foto: Teresa Carrascosa Martínez

Durante mi estancia allí, ocurrió la visita del presidente de los Estados Unidos. Era un visita importante y la ciudad se quiso vestir de gala para recibirle. Se pusieron banderolas, se limpiaron las calles, se terminaron algunas obras públicas que llevaban años inconclusas. Pero eso no era suficiente. El recorrido de la comitiva iba a pasar, necesitaba pasar, por un puente desde el que se veían, abajo, a la orilla del río, un tropel de chabolas que ocupaban hasta el último centímetro cuadrado de lo que podía haber sido un apacible y romántico paseo a la orilla del río. Para más inri, las aguas del río no bajaban precisamente limpias. Había que buscar una solución. Y rápido.

Algún funcionario tuvo la idea. Una idea gloriosa. A los pocos días llegaron al puente unos operarios del ayuntamiento. Venían con unos camiones que llevaban unos grandes carteles. Los operarios, de forma rápida y eficiente, levantaron aquellos carteles y los instalaron a lo largo del pretil de ambos lados del puente. Los grandes carteles estaban pintados con hermosas imágenes en las que se veían a los nacionales del país con trajes típicos bailando danzas típicas en ambientes idílicos. Y, por supuesto, típicos. Allí quedaron los carteles. Hasta dejaron allí un retén de policía por unos días para evitar que algún desaprensivo hiciera unas pintadas o se le ocurriera echarlos abajo.

Se me ha venido a la mente esta historia porque he leído en un periódico la noticia (http://www.elmundo.es/cataluna/2017/02/08/589a843be5fdea94118bfa43.html) de que a algún iluminado responsable de un aeropuerto español, preocupado, parece ser, exclusivamente sólo por la imagen y por la seguridad, se le ha ocurrido intentar echar de sus instalaciones a los indigentes que pasan allí la noche y, muchas veces, el día . Es que, ya se puede entender, que dan mala imagen. ¡Qué van a pensar los viajeros que vienen de visita a nuestro país! Y, claro está, lo mejor no es solucionar el problema. Lo mejor es ocultarlo, esconderlos. Así ya nos podemos quedar tranquilos.

 

 

Fernando Torres Pérez

Fundación Luz Casanova

 

Muro va, muro viene

Me van a perdonar si empiezo un poco fuerte en esta entrada del blog. Pero es que estoy hasta las mismísimas narices de oír a los medios de comunicación, a la gente en la calle y a todo el mundo criticar a Trump por lo del muro que quiere levantar entre México y Estados Unidos. Sí, sí. A Donald Trump, el recién estrenado presidente de Estados Unidos. Parece un pim pam pum de feria, que todo el que pasa se siente con derecho a tirarle una pelota a ver si acierta. ¡Qué hipocresía!

Repito, que me perdonen, pero es que todas esas críticas me suenan a hipocresía rampante. Que si quiere separar a México, que si pobres mexicanos, que si lo que han contribuido a la economía de Estados Unidos, que si los americanos les arrebataron medio territorio en el siglo XIX, que si es una forma de humillarlos, que si es que piensa el Trump ese que todos los inmigrantes son terroristas… Y así podíamos seguir casi hasta el infinito.

Confirmo lo dicho: todo es un ejercicio de hipocresía tan claro que me extraña que nadie lo haya denunciado antes. Me recuerda a lo que decía Jesús de lo fácil que es ver la mota en el ojo ajeno y lo difícil que es ver la viga en el propio. Porque, vamos a ver, vamos a echar una mirada a casa. vallemelilla

¿Es que no es un muro lo que hemos construido los europeos, los españoles más en concreto, rodeando a Melilla? En Wikipedia (“Valla de Melilla”) pueden encontrar sus características técnicas. Se levantó en 1998 y costó 33 millones de euros. Consiste en 12 km de dos vallas paralelas de 6 metros de altura con alambres de púas encima. Existen puestos alternados de vigilancia y caminos entre las vallas para el paso de vehículos de vigilancia. Cables bajo el suelo conectan una red de sensores electrónicos de ruido y movimiento. Está equipada con luces de alta intensidad y videocámaras de vigilancia, así como equipos de visión nocturna. En 2013 y 2014 se colocó una malla metálica en la que no se pueden introducir los dedos para trepar. También se incorporó al equipo de vigilancia de la Guardia Civil un segundo helicóptero y el primero se equipó con una cámara térmica y un foco para vigilar durante la noche el territorio marroquí. Y en Ceuta más de lo mismo. Paga la Unión Europea, así que hasta nos sale gratis. ¿Y dicen que nosotros no tenemos muro?

Y no digo nada del muro virtual de radares y sensores que ha hecho prácticamente imposible el paso por el estrecho de las pateras en las que llegaban a nuestras costas los inmigrantes, presuntas amenazas para nuestra seguridad interna, presuntos delincuentes, presuntos terroristas…

¿Todavía hay alguien en España, en Europa, que se sienta con autoridad moral para criticar a Donad Trump? Diría que deberíamos empezar por casa, por nuestra casa, a poner un poco de orden, a bajar el muro, a ser más capaces de compartir nuestro bienestar con los que no tienen nada. Sólo entonces podremos criticar a Trump por esa barrera que quiere levantar entre México y Estados Unidos.

Fernando Torres Pérez

Fundación Luz Casanova

Maternidad subrogada

Lo he encontrado por casualidad en una de esas redes sociales siempre tan inundadas de mensajes que nos agobian por tanta futilidad. Pero a veces se encuentra alguna perla en medio de tanta morralla. Era una foto con el vientre de una mujer embarazada. Y un texto que decía: “El día que una mujer de clase alta alquile su vientre para concebir el hijo de otros podremos cuestionarnos que lo de la maternidad subrogada no es una nueva forma de explotación de las mujeres.”

Quizá habría que terminar aquí esta entrada porque el asunto es obvio por demás. Pero déjenme que haga un breve comentario. Hoy se está hablando mucho de este tema. Los partidos hablan de la posibilidad de hacer una ley. Hay una “Asociación por la Gestación Subrogada en España” que promueve su legalización y regulación.Subrogada

Pero hay más. Una vez que he puesto “maternidad subragada” en Google, lo primero que aparecen son dos anuncios. En el primero, la empresa anunciante dice que trabaja con aquellos países en lo que es legal este tipo de maternidad. Se habla en concreto de Estados Unidos, Canada, Ucrania, Grecia, Kazajstán y Georgia. Además, la empresa se compromete a una serie de servicios, incluido que en caso del fallecimiento del bebé o nacimiento prematuro, la empresa se compromete a recomenzar el servicio. No dice el precio, pero en el siguiente anuncio si se dice: un solo intento desde 30.600 euros y con programas ilimitados desde 40.800 euros.

No hace falta ser muy perspicaces para darse cuenta de que en esos países, las mujeres que se ofrezcan a estos “servicios” no lo van a hacer por altruismo ni nada parecido. Lo hacen porque les hace falta el dinero. Y no les queda más remedio que vender su cuerpo. ¿Cuál es la diferencia entre esos “servicios” y los que realiza una mujer prostituida?

Conclusión: me quedo con la frase del inicio: el día que vea a una señora de las de clase media alta ofrecerse para ayudar a un matrimonio que no puede tener hijos, pues pensaré que es una forma altruista de ayudar a los demás. Pero mientras que sea como es, no deja de ser una forma más de explotar a la mujer. O, dicho de otra manera, de explotar a los que sufren condiciones insoportables de pobreza y, por ende, de injusticia.

Por eso, hay que decir no a la legalización y regulación de la maternidad subrogada o hacer una organización parecida a la que tenemos en España para los trasplantes, modelo para el mundo, voluntaria y gratuita. Eso ya sería otra cosa. Pero eso, desgraciadamente, no es lo que se está planteando.

Fernando Torres Pérez

www.proyectosfundacionluzcasanova.org

Una visita inesperada

 Los jueves suelo ir al Centro de Día a echar una mano en la acogida. No es un trabajo complicado. La mesa de la acogida está situada en el hall de entrada del centro. En realidad es una mesa camilla, quizá por darle una sensación mayor de acogida, de calidez, en la que dos voluntarios reciben a los que vienen, les atienden en sus primeras necesidades y organizan un poco el flujo de los que quieren hablar con el abogado o con el asistente social o simplemente quieren renovar la tarjeta que les da derecho a ser usuarios del centro. IMG_1537

El otro jueves, a eso de media mañana, cuando ya había pasado el tropel de los que vienen a primera hora buscando una ducha y/o un lugar caliente donde refugiarse del frío de la calle, llegó una cara nueva. Un señor, relativamente mayor, con una gran bolsa en las manos. Enseguida me di cuenta de que era cara nueva solamente para mí. Mi compañera de mesa camilla, la otra voluntaria, que lleva mucho más tiempo que yo de servicio, le saludó como a un viejo conocido al que hace tiempo que no se ve. Algunos de los usuarios del centro también se acercaron a saludarle. Al hombre se le veía contento y feliz. Como si estuviese en su casa. 

Pasó un rato de saludos para aquí y para allá. Voluntarios, religiosas, usuarios, entendí que aquel señor era bastante popular en el centro. Y me entró curiosidad por saber algo más de él. Así que a la primera oportunidad le pregunté. Su respuesta me dejó sorprendido y me habló de que hay mucha gente buena en el mundo. No sólo eso. Su respuesta me hizo también comprender que este mundo, lo mejor de este mundo, no tiene como motor el dinero ni el mercado sino el agradecimiento, la gratuidad. 

Aquel señor, de quien no llegué a saber su nombre, me dijo que había sido usuario del centro durante unos cuantos años. No entramos en detalles ni razones. La vida es a veces muy complicada y el que tenía un buen trabajo y una familia y recursos de diversos tipos se pueden terminar encontrando en la calle de un día para otro. Y la calle es muy dura. La calle desgasta. La calle rompe y quiebra a la persona. La calle es la inseguridad permanente. La calle significa casi que uno deja de ser ciudadano, de tener derechos, de ser persona, de ser visible. Hasta para los conocidos y familiares uno puede llegar a ser invisible. 

Pues sí, había sido usuario del centro. Luego, alguna solución había encontrado. Un trabajo. O quizá el momento de la jubilación y de empezar a cobrar una pensión que le da una cierta seguridad económica. Tampoco pregunté. Ya se veía que ahora ya no era usuario. Pero no había olvidado aquellos días. No había olvidado a los que le habían tendido una mano y le habían ayudado a no perderse, a no caer en la degradación humana a la que lleva a veces la calle. 

Me dijo que había ido al centro porque estaba muy agradecido a lo que habían hecho por él. No tenía otra razón. Añadió aquella visita al centro era el mejor momento de las navidades que estábamos celebrando por aquellos días. Me di cuenta de que “agradecimiento” y “gratuidad” eran palabras claves en su vida. 

 En la bolsa traía un regalo para el centro y para los usuarios. Cuarenta o cincuenta bufandas para regalárselas a los usuarios. Él sabía lo que era el frío en la calle. Lo de menos, claro, era el precio de las bufandas. Lo de más era lo que significaban. 

Aquella visita inesperada me dijo que hoy, aquí y ahora, en este mundo, sigue habiendo razones para la esperanza. 

Fernando Torres Perez

Fundacion Luz Casanova

Una sociedad solidaria

      Muchas veces escuchas que vivimos en una sociedad insolidaria, egoísta, consumista, materialista, hedonista. Y, por eso, nos dejamos llevar por el egoísmo, el consumismo, el materialismo, el hedonismo, y todos los “ismos” que se pueden ir poniendo juntos. 
Miren: no es verdad. Ciertamente no vivimos en el mejor de los mundos imaginables. Hay problemas. Hay gente que no es capaz de mirar más allá de la punta de su nariz o de la redondez de su propio ombligo. Pero hay mucha gente que es muy solidaria, que es capaz de sentir con los demás, especialmente con los que más sufren. Y esta sociedad en la que vivimos ha logrado articular unas leyes que, aunque no son perfectas, expresan y realizan una solidaridad como no se había hecho nunca antes en la historia en sociedades tan complejas. 
      No voy a hablar de la seguridad social ni de las pensiones, dos ejemplos clarísimos de solidaridad interclasista e intergeneracional. Voy a poner un ejemplo mucho más simple y concreto. Menos estructural. Pero también más directo. 
      Allá por noviembre una organización de voluntarios de Santander, mi tierra por cierto, se afanaba en recoger y preparar juguetes usados para entregarlos en Navidades a los niños y niñas de las familias que no se pudiesen permitir hacer esos regalos tan típicos de estas fechas a sus hijos. Trabajo para recibirlos. Trabajo para seleccionarlos. Trabajo para limpiarlos, arreglarlos y dejarlos como nuevos. Muchos voluntarios y mucho trabajo. 
      Hasta que una noche algunos malandrines decidieron romper la puerta y entrar en el local. Jugaron, destrozaron, rompieron , tiraron por el suelo. Cuando los voluntarios llegaron al día siguiente al local para seguir trabajando, se les cayó el alma a los pies. Todo su trabajo había sido en vano. Y muchos niños y niñas se iban a quedar sin regalo esta Navidad. 
      Pero la vida a veces da muchas vueltas. El asunto llegó a los medios de comunicación. Se difundió la noticia por radio y periódicos locales. Y ahí llegó la marea de la solidaridad. Comenzaron a llegar al DSCF0681local gentes de todo pelaje. Traían juguetes variados. Eran padres. Pero también eran niños que traían su juguete preferido. Para regalarlo para esos otros niños. La llegada de nuevos juguetes se convirtió en una avalancha. Donde habían reunido juguetes para quinientos niños ahora tenían para cuatro mil. 
      ¿Una tontería? ¿Algo romántico? Todo lo que quieran pero esto no es más que el signo de que hay una corriente de solidaridad en nuestra sociedad que se manifiesta en muchas ocasiones, especialmente en momentos de dificultad o de crisis. Eso tiene un valor grande. No lo podemos despreciar sino que nos tenemos que alegrar y cuidarlo entre todos. No estamos hundidos en el egoísmo ni en el materialismo. Hay mucha solidaridad y generosidad sueltas por nuestras calles. Hay muchos corazones capaces de empatizar con el sufrimiento de los demás. Y de cuidar las heridas que la vida va dejando aquí y allá. ¿No es eso motivo para la esperanza? 
 
 

Fernando Torres Pérez

¿Ayudar o compartir?

       Estos días he asistido a unas charlas que hablaban del machismo en nuestra sociedad. Más en concreto hablaban de ese machismo difuso que está por todas partes y que coloniza nuestro lenguaje casi sin darnos cuenta. De entre las muchas cosas interesantes que dijo el profesor, hubo una que me llamó especialmente la atención. 

      Decía que se había hecho una investigación sociológica entre hombres. No especialmente entre maltratadores sino entre hombres normales para entendernos. A todos se les preguntó  si colaboraban en las labores del hogar, en el cuidado de los niños, etc. La gran mayoría declaró que sí, que desde hacer la comida hasta la limpieza pasando por la compra y muchas otras cosas. Hasta aquí, podríamos decir que esas respuestas nos hablan de un cambio muy grande que se ha producido en la sociedad. Si comparamos estas respuestas con las que hubiésemos escuchado hace cuarenta o cincuenta, tenemos que reconocer que ha habido un gran avance. En aquellos tiempos, hoy felizmente superados, lo normal es que el hombre no hiciese en la casa ninguna de esas labores. Lo más que llegaban era a hacer alguna chapuza: arreglar un grifo o un interruptor. Y eso en el caso de que fuesen un poco manitas para esas cosas. En aquel tiempo se daba por supuesto que la cocina, el cuidado de los niños, la limpieza, el lavado y planchado de la ropa y tantas otras cosas pertenecían a la mujer de forma exclusiva. Como ven, la primera impresión al momento de ver los resultados que hoy da una encuesta de este tipo es altamente positiva. Se ha hecho un largo camino y en la buena dirección. 07

      Pero hay un pequeño detalle que pone de manifiesto como el machismo, esa ideología de género que todavía vertebra y conforma nuestra cultura, está presente todavía. Y es que la mayoría de los hombres que respondían a esta encuesta que daba resultados tan positivos, formulaban sus respuesta con un “ayudo a mi mujer”. Ese “ayudo” dice mucho. No es lo mismo decir “ayudo” que, por ejemplo, “en casa colaboramos y nos repartimos las tareas.”

      Decir “ayudo” quiere decir que el hombre, sentado en su pedestal, entiende que la mujer no puede con toda la tarea que tiene y que es necesario ayudarla. Pero la tarea de la casa pertenece esencialmente a la mujer. El hombre moderno parece que ha comprendido que es mucho y por eso le “ayuda”. Pero nada más. Esas tareas pertenecen naturalmente a la mujer.

      Y así en ese “yo ayudo a mi mujer en las tareas de la casa y los niños” se cuela, sutilmente pero con fuerza, la ideología que dice que el lugar propio de la mujer es la casa, que esas tareas le corresponden por una suerte de determinismo natural y/o biológico. 

      Hay que dar la vuelta a este planteamiento. Porque la verdad es que no existen esos determinismos. La vida de la pareja se tiene que establecer sobre unas bases realmente igualitarias. Cuando el hombre hace la comida o limpia o atiende a los niños no ayuda a su mujer, no la está cuidando para que no se sobrecargue de trabajo. Simplemente está asumiendo su propia responsabilidad. Nada más. 

 

 

Fernando Torres Pérez

Fundación Luz Casanova

 

Esto no es una cama

    Foto cama calle  Va uno por la calle, caminando tranquilamente y se encuentra con lo que se ve en la foto. Un banco urbano transformado en cama. Es duro. No tiene colchón de muelles ni de esos productos modernos que anuncian constantemente en los medios y que son super buenos para la espalda. El que ha preparado la cama se ha olvidado poner las sábanas. Tampoco hay mantas ni almohada. Se conoce que en este hotel esas cosas las tiene que aportar el usuario. Al menos, el preparador (podemos imaginar una señorita con cofia arreglando el lecho) ha tenido la preocupación de poner una caja en la parte de la cabeza. O quizá es la parte de los pies. No lo sabemos. La cama no tiene una dirección claramente establecida. Puede ser que la caja sirva para mantener un poco más calientes los pies del usuario o para proteger sus ojos, mientras duerme, de la luz de las farolas o de las miradas de los que van y vienen por la acera a sus trabajos o a sus casas. La cama no tiene mesilla de noche, así que el usuario se tendrá que buscar la vida para dejar en algún lugar el libro, las gafas y el reloj despertador. O quizá el usuario no tiene ninguna de esas cosas. En la calle la vida es muy dura y no hay mucho lugar para esos lujos. Y, por supuesto, viviendo en la calle no hace falta mucho despertador. Te despierta el ruido de los coches que comienzan a pasar, los barrenderos, los camiones de la basura, los viandantes que se apresuran a sus trabajos –porque ellos tienen trabajo pero el que duerme en este banco con estos cartones ni tiene trabajo ni tiene prisa para ir a ningún sitio. El que duerme en este banco está fuera del río de la vida. Tan fuera que de alguna manera se ha vuelto invisible. Es posible que en realidad, en el momento de hacer la foto, el usuario de esta cama, estuviese ahí tumbado pero no se le ve porque la gente que vive en la calle adquiere con mucha rapidez y facilidad la cualidad de ser invisibles a los ojos de los demás ciudadanos. 

      Así que tenemos que concluir que esto que vemos en la foto ES una cama. Alguien la ha preparado. Y alguien la ocupará en la fría noche de este invierno. Dormirá arrebujado. Dormirá en soledad. Quizá encontrará un poco de refugio y de calor en un cartón de vino barato. Sentirá que el frío que se cuela por entre los cartones le va robando la esperanza de volver a ser como los demás, de tener una casa, un hogar, un trabajo. Y mañana volverá a caminar sin rumbo por las calles, a buscar un comedor social donde le den –gratis, claro– de comer. Y a volver a la calle, a pasar las horas sin mucho sentido hasta que llegue la hora de volver a esta cama si es que los empleados de la limpieza municipal no se la han quitado en nombre de la limpieza y la decencia de la ciudad.

 

Fernando Torres Pérez
Fundación Luz Casanova

Se sentía feliz y en paz

Leí la noticia en el periódico hace muchos años. Se me ha venido a la mente cuando me he enterado de que la Fundación Luz Casanova, entre sus diversas acciones para luchar contra la violencia de género, va a abrir un programa nuevo dirigido a las mujeres de más de 65 años que pueden estar en esa situación. Sí, así como lo leen. Porque hay mujeres que, por diversas razones, llevan sufriendo esa violencia años y años. Y algo hay que hacer por ellas, para que puedan vivir en paz.

La noticia en cuestión contaba la historia de una mujer gallega que había sido condenada a pasar unos cuantos años en la cárcel. Por lo que decía el periódico se entendía que ya era una anciana. La razón de la condena era que había matado a su marido clavándole repetidas veces un cuchillo de cocina. Ante semejante hecho, el juez se había visto obligado a sentenciarla a pena de cárcel mayor.carcel

Pero el periodista había profundizado en el tema, había entrevistado a la mujer en la cárcel y había descubierto que detrás había una historia, una historia terrible. La mujer, una anciana tranquila y serena, le había contado la historia de su matrimonio. Muchos años de convivencia con su marido. Lo de “convivencia” es un decir porque entre borracheras y enfados y gritos y palizas, la mujer había soportado todo lo soportable a lo largo de todos aquellos años. Siempre aguantando. Siempre pensando en el qué dirán. Siempre con la idea de que aquello del matrimonio tenía que ser para toda la vida. Siempre dando por supuesto que los hombres son así, que tienen la mano larga, pero que ellos son los que mandan y que la mujer, ella en este caso, no tiene más remedio que aguantar y callar. Y siempre pensando que lo que hacía era mejor para sus hijos.

Pero sus hijos crecieron viendo todo lo que su madre sufría. Volaron de casa. Se buscaron la vida. Y mil veces le dijeron a su madre que tenía que hacer algo. Y mil veces dijo ella que ya no valía la pena, que ya era mayor.

Hasta que una noche, cuando su marido llegó una vez más borracho a casa, cuando la quiso pegar, ella ya no aguantó más. Sin pensarlo, cogió lo que tenía más cerca, el cuchillo de cocina, y se lo clavó sin piedad. Una y otra vez. Hasta que a los gritos siguió el silencio.

En el juicio no protestó. Se declaró culpable. El juez la condenó a prisión.

Cuando el periodista le entrevistó en la prisión, aquella mujer dijo que no lo sentía en absoluto, que estaba contentísima en la prisión porque, desde que estaba allí, podía irse a la cama tranquila. Por primera vez en muchísimos años, dormía tranquila sin pensar que en cualquier momento podía llegar su marido a pegarle, a abusar de ella con violencia y malas palabras. Para ella la cárcel era un lugar de reposo y paz después de muchos años de sufrimiento y dolor.

Para que no vuelva a suceder un caso como el de aquella mujer, es para lo que la Fundación Luz Casanova ha puesto en marcha este nuevo programa dirigido a las mujeres de más de 65 años. Para que encuentren la paz sin necesidad de ir a la cárcel.

 

Fernando Torres Pérez cmf

Fundación Luz Casanova

Hacen falta más “Quijotes”

Estamos en el cuarto centenario de la muerte de Cervantes. Con ese motivo, he dedicado unas cuantas horas a releer el Quijote, esa increíble historia de un caballero loco y fuera de su tiempo que sale a los caminos del mundo con ganas de desfacer entuertos, de proteger a los débiles, de hacer justicia a todos y que, las más de las veces, sale malparado y molido a palos, sin conseguir nada. Pero que nunca pierde la esperanza ni el ánimo ni el deseo de volver a subirse a Rocinante para, lanza en ristre, atisbar nuevas aventuras que le permitan cumplir con el sueño de la caballería andante: hacer justicia a todos y proteger a los débiles sin pedir nada a cambio.

He disfrutado con sus alocadas aventuras. Me he reído con las simplezas de su escudero Sancho Panza, que no termina de ver los gigantes que ve su señor en los molinos ni tanto necesitado de ayuda ni aventuras como ve su amo por todas partes. Sancho no sabe de encantamientos. Está atado a la tierra y piensa en comer y dormir, en ofrecer un buen casorio a su hija y en atender los deseos de su mujer Teresa Panza.

La historia que ideó Miguel de Cervantes le termina dejando a uno un regusto amargo. Las andanzas de Don Quijote por tierras manchegas, aragonesas y catalanas no nos dan mucho pie a pensar que hayan cambiado las cosas de aquel “siglo de oro” a estos nuestros tiempos. Los pícaros, los que se aprovechan de los demás, nos siguen rodeando. Y hay mucha justicia pendiente que hacer. Hoy nos siguen haciendo falta caballeros andantes que, con generosidad, sean capaces de salir de su “zona de comodidad” para enfrentarse a las injusticias, para acercarse a los que sufren, para desfazer entuertos. Sin desanimarse, sin pensar que no vale la pena porque este mundo no hay forma de cambiarle. Siempre capaces de volver a levantarse aunque la vida les haya molido las espaldas a palos.

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Voluntarios en la acogida del Centro de Día de la Fundación Luz Casanova

Pero el amargor se cambia en dulzor cuando pienso en las muchas personas que están ofreciendo su tiempo y cualidades para ayudar a los que no tienen nada. Voluntarios en multitud de organizaciones, conscientes de que no van a lograr solucionar todos los problemas, pero aportando su granito de arena, echando una mano en lo que pueden. Sin desanimarse aunque muchas veces no ven resultados, aunque a veces la vida les maltrata. Pero siguen trabajando, regalando su tiempo y su vida.

Los voluntarios de hoy son los mejores herederos de Don Quijote. Es el mejor homenaje que se le puede hacer a Cervantes en el centenario de su muerte. Si hoy levantase la cabeza, descubriría que el mundo sigue estando necesitado de caballeros andantes. Pero lo veríamos alegrarse al ver a tantas y tantas personas que van por ahí de “quijotes”, sin armadura y sin lanza en ristre, pero luchando igualmente por un mundo más justo y mejor.

Ellos, todos esos “quijotes” anónimos son la garantía de que, por despacio que sea, nos estamos acercando ya “al final del túnel”.

Fernando Torres Pérez cmf

Fundación LUz Casanova

Estaba en el aeropuerto

Muchas veces la forma de entender las cosas, de ver a las personas, depende de lugar, de la situación, de la perspectiva, del momento que uno está viviendo. Llevó ya más de un año sirviendo como voluntario en el Centro de Día que sostiene la Fundación Luz Casanova en el centro de Madrid. No es un simple comedor social, donde se dé de comer a las personas que están viviendo en la calle. Es un comedor cualificado. Se programan actividades. Los usuarios participan en las asambleas que organizan el mismo centro. La presencia de trabajadoras sociales les invita a poner de su parte para salir de una situación que, al poco tiempo de estar en ella, destroza y degrada mucho a las personas. ¡La calle es muy mala y hace mucho daño!

Una vez a la semana estoy allí, a la entrada, en la acogida. El paso del tiempo ha hecho que los conozca y que muchos me conozcan. Allí no son invisibles. Son personas y les tratamos como tales. Hablamos y charlamos. Y hasta discutimos de política o de fútbol. Todo en aquel contexto, en aquella situación.

Pero hace un mes, tuve que ir al aeropuerto. Venía de lejos un amigo mío y le fui a esperar en la terminal correspondiente. Ya se sabe. Se llega al aeropuerto. Se aparca el coche. Se entra en el edificio. Se mira en las pantallas buscando si el vuelo ha aterrizado ya. Y se dirige uno a la puerta de la sala por donde se espera que salga el recién llegado si todo va bien. Los tiempos no coinciden exactamente, así que siempre hay un margen para la espera.

En esas estaba, mirando para un lado y para otro, atento a la puerta por ver si salía mi amigo, cuando la vi. Era ella. La conocía del Centro de Día. Iba allí casi todos los días. Por lo menos todos los días que iba yo. Allí estaba con sus dos maletas en los que guardaba todas sus posesiones. Iba caminando de un lado para otro. En medio de aquel guirigay, pasaba casi desapercibida. Una más entre las muchas personas que se movían de un lado para otro con sus maletas. Pero había una diferencia. La mayoría, por no decir todos, se movían muy rápido. Daba la impresión de que querían salir del aeropuerto cuanto antes para llegar a su destino. Probablemente a su casa. Ella, sin embargo, se movía con tranquilidad, muy despacio. Quizá por eso me fijé en ella y la reconocí.

La primera tentación fue la de no darme por aludido. Y hacer como si fuese invisible aunque estaba pasando prácticamente a mi lado. No tuve corazón para mirar a otro lado. Me paré, le saludé. “¿Qué tal? ¿Cómo estás?” Me reconoció. “Bien. Aquí estoy. Voy de una terminal a otra…” “Pues nada. Me alegro de verte. Que tengas una buena noche.”

Creo que no fui capaz de seguir con la conversación. Me dolía el alma sin solución. Vi lo que no veía en el Centro de Día. Entendí perfectamente que vivía allí, encerrada en un bucle sin esperanza, aguardando a un vuelo o una casa que nunca llegaría. Pasando con sus maletas de una terminal a otra. Pasando la noche sentada o medio tumbada en esas sillas tan incómodas que ponen ahora en los aeropuertos.

Fernando Torres Pérez

Fundación Luz Casanova


 

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Nota. Hoy comienza la semana de las Personas Sin hogar. Muchas entidades que trabajamos con este colectivo y que integramos Faciam,te invitamos, 14 al 27 de noviembre, a participar de los actos y encuentros preparados con motivo del Día de las personas sin hogar. El día 24 de noviembre, en multitud de ciudades  y lugares del país a las 12 de la mañana, las personas en situación de sin hogar, estarán en la calle y tomarán la palabra con la lectura de un manifiesto. En Madrid, marcharemos de Sol a Ópera.

#HazmeVisible #PorDignidad #NadieSinHogar

Para consultar los actos de la semana pincha aquí  /

Dedicados a salvar vidas

  Cada vez que hay un naufragio en el Mediterráneo, la noticia salta a los medios de comunicación. Los peores son los que envuelven a inmigrantes. Son los que más llaman la atención. Barcas y barcos para el desguace que usan para tratar de salvar la distancia que media entre Libia e Italia, entre Turquía y Grecia. Van llenos de inmigrantes, de gente desesperada por alcanzar una vida mejor, por llegar a lo que ellos les parece, en comparación con el lugar de donde vienen, el paraíso, un mundo mejor para ellos y los suyos. Dejan atrás países en guerra  o sumidos en la pobreza o marcados por la injusticia y la opresión.
      Pero, más allá de los naufragios, con su consecuencia inevitable de muerte y dolor, hay otra realidad que es desconocida. Sencillamente porque los naufragios son noticia pero no son noticia los no-naufragios. inmigrantes-RBD-Corigliano-Calabro-EFE_NACIMA20150415_0005_6
      Me ha sorprendido leer en un medio de comunicación que el pasado mes de mayo 38 embajadores de países africanos acreditados en Roma solicitaron una cita con el comandante general de la Guardia Costera Italiana. La reunión tenía un objetivo único: dar las gracias a esa institución del estado italiano por haber salvado a tantos compatriotas suyos de una muerte cierta en el Mediterráneo. 
      No podemos estar mirando siempre al lado oscuro de nuestra historia. Hay también luz. Hay que saber reconocer las cosas buenas. Y el trabajo que está haciendo la Guardia Costera italiana es bueno, está lleno de luz, es positivo. En teoría es una institución policial cuyo fin es proteger las costas italianas. Cuando fue fundada, lo suyo era luchar contra el contrabando. También realizaba funciones de salvamento pero eran secundarias. Apenas dirigidas a salvar a algún bañista desorientado o unos pescadores perdidos. La realidad es que la Guardia Costera ha pasado de 9.000 rescatados al año a 170.000 en los últimos años. Se calcula que desde 1991 ya lleva por encima de 700.000 rescatados. Hay que repetir la cifra: 700.000. Es impresionante el trabajo realizado.
      No todos los han salvado directamente los 11.000 miembros de la Guardia Costera. Pero han contribuido a ello mediante su trabajo de coordinación de barcos de ONG’s, de mercantes y otros que navegan por el Mediterráneo. Tiene que ser motivo de alegría darnos cuenta que el sistema de radares instalado en su momento para controlar el tráfico marítimo en el Mediterráneo sirve también para salvar vidas, para rescatar esperanzas.
      Hay muchas cosas que no hacemos bien en Europa. Pero hay cosas que sí las hacemos bien. La Guardia Costera y su labor de coordinación y salvamento en estos años, las muchas ONG’s comprometidas en este trabajo, la aportación de otros países en Frontex, organismo de la Unión Europea, son un signo de que también se trabaja en la buena dirección. Hay que seguir haciendo cosas. Hay mucho por hacer. Pero esos 700.000 hombres y mujeres rescatados por la Guardia Costera son todo un signo de esperanza y de la capacidad de Europa para seguir acogiendo a los que huyen del horror.
Fernando Torres Pérez cmf.

 

Jóvenes, valores y prostitución

Lo de hojear el periódico es algo que da mucho de sí. En El Mundo me encuentro una noticia que me llama la atención. Aquí tienen el enlace:  http://www.elmundo.es/sociedad/2016/09/17/57dc397ae2704ed66e8b4627.html.

Cuenta que hay estudios recientes hechos entre universitarios (estudiantes de Derecho, Economía, Psicología y Trabajo Social, los primeros porque van a ocupar puestos de responsabilidad en la sociedad y los segundos porque se ocupan de la prostitución) en los que hasta un 20% de los encuestados dijeron que no tendrían ningún problema en recurrir a esos “servicios”. En el caso de los estudiantes de Derecho era todavía más claro que la gran mayoría no veía conflicto de ningún tipo en el hecho de recurrir a prostitutas. El 89% de los encuestados se declaraba a favor de que se legalizase la prostitución.

      Hasta aquí la noticia. Ahora tiene que venir la reflexión. Para muchos basta con decir que estamos ante el “oficio más viejo del mundo” y que luchar en contra es inútil. Me atrevería a decir que un oficio al menos igual de viejo es la guerra y, en principio, todos estamos contra ella. Y las sociedades hacemos grandes esfuerzos para evitarla. Cierto que sigue habiendo guerras pero ese sufrimiento no nos deja tranquilos. ¿Por qué tantas personas prefieren mirar a otro lado cuando se habla de la prostitución? ¿Es que no se dan cuenta de que la prostitución es “violencia de género” en estado puro?
      No se puede reducir todo a una visión liberal de la relación. Así lo entienden los que afirman que cliente y prostitucionprostituta son dos personas adultas que libremente pueden hacer lo que quieran con su cuerpo. Eso es cerrar los ojos a la realidad de que la prostitución implica violencia de género. Una mujer que realiza prácticas sexuales a diez hombres o veinte o treinta en una tarde a cambio de dinero es obvio que es víctima de esa violencia. La frase está en el artículo del periódico pero, además de ser verdad, está muy bien dicha.
      La realidad es que los que utilizan esos “servicios” ejercen la violencia contra esas mujeres tanto como los que participan en su tráfico o los que las controlan. La realidad es que la mujer se convierte en esa situación en una cosa que se utiliza y luego se tira. Nada que ver con una relación interpersonal, libre y madura, entre dos personas. La realidad es que la mujer prostituta queda relegada a una posición inferior y de esclavitud. Y todo eso es violencia.
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      Pero lo que me llama más la atención es que en una sociedad en la que llevamos años trabajando este tema de la “violencia de género”, en la que se han hecho leyes y se han puesto medios para superar esas situaciones degradantes, sean precisamente los estudiantes de esas carreras los que se manifiesten así. ¿Qué valores van a defender cuando se establezcan como profesionales? ¿O es que los valores están tan separados de la vida que su “profesión” va a tener poco que ver con sus principios? Algo está funcionando mal en nuestra sociedad cuando estas cosas pasan. Y la solución no está en hacer más leyes sino en aclararnos sobre los valores que queremos que articulen y vertebren esta sociedad.

Fernando Torres Pérez

Mientras que a mí no me pase nada…

   Estamos en los días de comienzo de curso. Y en la Universidad, sobre todo en Colegios Mayores y Residencias Universitarias estamos en plena época de novatadas. Ya sé que para muchos todavía las novatadas no pasan de ser bromas inocentes. La realidad es que todas pasan por el abuso y el maltrato del que impone determinados comportamientos a otros, los nuevos, a los que se le impone la sumisión total si quieren ser integrados en su nueva vida.
      Precisamente sobre este tema he visto el otro día una pequeña noticia en El País. Aquí tienen el enlace:http://elpais.com/elpais/2016/09/09/videos/1473414846_324730.html. Lo leí con atención. Las más de las cosas que decía el artículo eran ya sabidas. Pero hubo una que me llamó poderosamente la atención.
      Se trataba de una chica, una nueva colegial, una novata, para entendernos, de las que les toca este año sufrir las novatadas. Parece ser que la chica no se sentía mal con que le hicieran hacer flexiones, le estallen huevos sobre la cabeza y otras muchas “ingeniosidades”.  Todo era muy divertido, según ella. Pero al final de su respuesta añadía una frase que me hizo pensar. Decía la chica que “a nosotras no nos tratan mal, pero sí es verdad que acabamos de ver a un chico llorando de rodillas frente a dos veteranos”.
      Pongámonos en situación. Un grupo grande de chicos y chicas bebiendo y haciendo novatadas. Todo se suponenovatadas 2 que es muy divertido. Pero allá, en medio de todos, hay un chico que no ha podido soportar la presión. Nos imaginamos que le han hecho beber, que le han obligado a hacer flexiones, la croqueta, a tirarse al suelo a cuatro patas y hacer de sillón para el veterano de turno… Y llega un momento en que no puede más y rompe a llorar. Eso es lo que vio la chica. Pero ella se sentía bien porque a ella “no la tratan mal”.
      Inmediatamente me acordé de un conocido poema, que dice así: “Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. / Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. / Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. / Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. / Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.”
      Es el poema que consagra el “mirar para otro lado” que tantos cultivamos ante el dolor ajeno. Lo que hacía la chica era “mirar para otro lado” y, en su interior, rezar para que eso no le sucediera a ella. Es el poema que consagra el “sálvese quien pueda”, el individualismo más brutal que lo permite todo con tal de que no me afecte a mí.
      Lo malo es que al final, como dice el poema, nos afecta a todos. Porque nos termina afectando o porque, cuando le afecta a mi hermano o mi hermana, también me afecta a mí. Así que mejor si dejamos de mirar para otro lado y empezamos a sentir como nuestro el dolor de los que nos rodean. Y entre todos lograremos vencerlo.

Fernando Torres Pérez

Extracto de un parte médico

Me lo encontré en el periódico. De sopetón. Según pasé página. Estaba en el lado derecho. Donde se ponen los anuncios para que se vean más. Decía lo que sigue:
Extracto del informe de Ana P. Tras una paliza de su marido: “Múltiples contusiones en pirámide nasal, mandíbula, oído, región craneal y lumbar, rodilla, tobillo y región dorsal. Se hallaron hematomas en brazos, párpados, región malas, frontoparental, occipital, pretibial bilateral. Dolor en zona lumbar y a la rotación de caderas. Llanto constante durante la exploración.”
Me quedé sin palabra y sin ideas. Se me representó el dolor, todo el dolor, de esa mujer ante mí. Y la última frase del informa (“Llanto constante durante la exploración”) me dejó totalmente anonadado.
¿Cómo es posible causar tanto dolor a una persona a la que se ha prometido amor? ¿Qué tipo de amor es ése que es capaz de provocar todas esas lesiones en el cuerpo y una lesión tan grande en el corazón que motiva ese llanto constante?????????????????????????????????????

Por otra parte estoy seguro de que ese señor marido es una persona normal. Seguro que así lo describen sus amigos. Con los que sale a tomar unas cañas de vez en cuando. Con los que se sienta a disfrutar de un partido de fútbol. Seguro que los compañeros del trabajo dicen que es buen compañero, valga la redundancia, que es atento a los detalles, que siempre está dispuesto a echar una mano al que lo necesita.
Pero luego entra en casa y es capaz de provocar todo eso –imposible repetirlo– en su mujer. Esas “múltiples contusiones” y ese “llanto constante”. Y eso ha sido esta vez. ¿Habrá sido la primera? ¿Habrá habido otras? ¿Cuántas veces habrá callado Ana P.? ¿Cuántas veces se habrá dicho a sí misma que es normal, que su marido viene cansado del trabajo o que su equipo ha perdido y que es normal que lo pague con ella, con malas palabras, con alguna mano que se va de golpe? Pero que no pasa nada porque es muy cariñoso y siempre le pide perdón… ¿Siempre?
Quizá estoy haciendo una novela. Pero no he ido mucho más allá de describir lo que son muchas historias reales. El extracto del informe de Ana P., y por tanto su historia, es real y bien real. Sus contusiones y su llanto son reales. Su dolor, seguramente aguantado durante años también es real.
Y lo que desgraciadamente también es real es una sociedad que no termina de hacer algo, de tomar decisiones radicales, ante el dolor de tantas mujeres.

Fernando Torres Pérez

95.000 millonarios más

     ¿Sabían ustedes que el número de millonarios en España aumentó en los últimos años más que en cualquier otro país de Europa? La noticia estaba en los periódicos el pasado 23 de junio. Cuando hablamos de millonarios nos referimos a las personas que tienen un millón de dólares o más de patrimonio, es decir, sumando el valor de sus casas más lo que tienen en inversiones financieras diversas y en sus cuentas corrientes.
      Voy a serles sincero. Mi primera idea para esta entrada era hablar de un libro que acaban de publicar las ediciones de la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica) titulado “Trabajo y pobreza. Cuando trabajar no es suficiente para vivir dignamente”. Lo que más me llamó la atención fue el subtítulo. Confirmaba lo que había oído ya tantas veces: hoy día tener un trabajo y un salario más o menos fijo no garantiza estar por encima de los límites de la pobreza.
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      Esa información se juntaba con otra que me rondaba por la cabeza: que en estos años de crisis la brecha social entre ricos y pobres había aumentado en España. Que había más personas que habían caído en la zona de la pobreza (de donde parece, por cierto, que no es nada fácil salir) y que los que habían caído ahí provenían en su mayoría de una clase media cada vez más debilitada.
      Pero hete aquí que se me aparece por delante la información a que aludía al principio en un periódico. Además el periodista añadía que desde 2008 el número de esos “millonarios” se había incrementado un 50%. Había pasado de 95.000 a 190.000. ¡Tate! No sólo es que haya habido un grupo de personas que han ido para abajo en la escala social. Es que también ha habido otro grupo de personas que han ido para arriba. Con una pequeña diferencia entre los dos grupos. Que los que han pasado de clase media, por así decir, a millonarios han sido unas 95.000 personas mientras que los que han pasado de clase media a la zona de la pobreza son muchísimos más. Sin punto de comparación.
      Una primera conclusión es que las personas en España se mueven por la escala social de arriba abajo y de abajo arriba pero da la impresión de que es mucho más fácil estadísticamente ir hacia abajo que hacia arriba. ¿Será simplemente por la aplicación de la fuerza de la gravedad?
      Una segunda conclusión es que quizá este movimiento que tiende a ser más hacia abajo tenga algo que ver, aunque sea solamente como hipótesis de trabajo, con las políticas que se han puesto en marcha en España desde 2008.
      En serio. ¿No creen que una sociedad que quiere ser moderna y justa y solidaria tendría que plantearse estos hechos como un problema? ¿No creen que habría que revisar seriamente unas políticas que han llevado a tantas personas a la pobreza? ¿No creen que no podemos seguir dejando a tantos de los nuestros atrás, en la pobreza, en la exclusión?
      Ya sé que este comentario no es muy adecuado para el descanso veraniego. Pero es que conviene ir tomando posiciones ya para el curso que comienza. Nos vemos en septiembre. 

Fernando Torres Pérez