Bendecir y acoger

Voy a procurar contarlo tal como me lo contó un sacerdote amigo. Tal cual. Trabaja en una parroquia de esas de centro de una gran ciudad pero que precisamente por ser centro tienen una cuota grande marginación y pobreza. Es una parroquia donde no abundan los jóvenes por la sencilla razón de que las parejas recién casadas se fueron a buscar su casa en otros barrios, quizá porque les parecían más modernos y cómodos o porque los precios eran en aquel momento más asequibles. Con el paso del tiempo el barrio se ha ido degradando. Ya no es lo que era. Muchos inmigrantes han ocupado sus casas. Y la parroquia se llena, cada vez menos, de personas mayores y, cada vez más, de esa sangre nueva que viene de tantos países en busca de trabajo y un poco de bienestar para sí y sus familias.

El caso es que un día se empezaron a presentar en la parroquia un grupo de transexuales. Con sus travestis-2vestidos de mujer, sus muchos afeites, cantaban mucho. Prácticamente todos eran inmigrantes. Ellos no habían venido sólo en busca de trabajo y bienestar. También venían de la marginación impuesta por una sociedad machista a un país en el que esperaban encontrar un poco más de libertad para ser lo que querían ser. Pero eran católicos de nacimiento. Y no lo iban a dejar de ser. Eran católicos a su manera. Quizá no era un estilo totalmente pos-Vaticano II. No eran cristianos progres. Lo suyo era una espiritualidad más que tradicional, más que popular. Imágenes de colores chillones, bendiciones, rezos, velas. Todo eran formas de expresar su fe.

Mi amigo sacerdote me contó que, al poco tiempo de empezar a aparecer por la parroquia, aquel grupo de mujeres llegó un día en grupo a una celebración. Le pidieron que bendijese unas imágenes del niño Jesús y de algunos santos. Eran unas imágenes que mi amigo nunca habría puesto en su cuarto. Mucho menos en la iglesia. Pero para aquellas mujeres era una forma de conectar con lo sagrado.

Y a la salida de la celebración le estaban todas esperando a la puerta de la iglesia. Le rodearon y le pidieron que les bendijese. Ya no las imágenes. Que les bendijese a ellas. Me contaba mi amigo que se emocionó hasta casi las lágrimas. Naturalmente accedió. Y, mientras que decía unas palabras para introducir el rito de la bendición, le vino a la mente, y al corazón, todo el dolor acumulado en aquel momento ante él. Toda la marginación. Todo el sufrimiento de aquellas personas que habían tenido que salir de su país para poder manifestarse con libertad tal y como se sentían por dentro. Me dijo mi amigo que era, casi seguro, una de las mejores bendiciones que había impartido en toda su vida. Y yo me dije que mi amigo era un buen cura.

Fernando Torres

Fundación Luz Casanova

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