De la cárcel a la marginación

Por casualidad me encuentro con una estadística que me llama la atención. Compara el número de presos que hay en diversos países con el número de habitantes. Me fijo nada más que en dos de esos países. En Estados Unidos hay 2.217.000 presos. Eso significa que de cada 100.000 habitantes 698 están en prisión. En España hay 65.281 presos. De cada 100.000 habitantes hay 140 en prisión. La diferencia es significativa. Para entenderlo mejor, podríamos decir que si en España tuviésemos la misma proporción de presos por número de habitantes que tienen en Estados Unidos, tendríamos no la cantidad que tenemos ahora (65.000) sino 325.000. Ya sé que es una barbaridad pero eso es lo que dicen las cifras.

Pero no hay que hacerse ilusiones. En España la población reclusa está creciendo. En los últimos 20 años ha crecido un 50% aproximadamente, pasando de 42.000 a los actuales 65.000. La población del país no ha crecido en esa misma proporción.
¿Qué está pasando? Algo muy sencillo. La sociedad quiere seguridad. Y la respuesta de nuestros políticos es hacer reformas en el código penal que casi siempre van orientadas a aumentar las condenas. Ahora ya se habla de la prisión permanente revisable. Y casi cada nuevo hecho delictivo que sacan los medios de comunicación convoca una reacción de este tipo: hay que subir las penas.
La razón invocada es “que no se merecen estar en la calle después de lo que han hecho”. Diríamos que la sociedad reclama venganza. El preso debe pagar por lo que ha hecho. Y eso se paga en años de privación de libertad.
Pero hay dos razones que nos deberían llevar a invocar otro tipo de medidas. La primera es que la cárcel es a veces una escuela de criminalidad. Los que entran, a veces muy jóvenes y con condenadas pequeñas, no hacen más que encarrilarse definitivamente por caminos de marginación. Más cuando, al salir, la sociedad no es que les facilite las cosas para comenzar una nueva vida, lejos de la delincuencia. La cárcel es así el primer paso para la marginalidad, para no tener un trabajo estable, para vivir al otro lado de la calle.

carcel
La segunda razón es que tradicionalmente en nuestro derecho la pena de cárcel se había contemplado más que una oportunidad para la rehabilitación de la persona que como el cobro que se toma la sociedad por el mal hecho. Así es nuestro sistema penal. Aunque poco a poco las reformas lo van cambiando.
Si la cárcel es ya una forma de marginación social, deberíamos hacer todo lo posible para que los que entran en ella, al salir, encontrasen la ayuda necesaria para integrarse y no caer en la marginación definitiva. Aunque sólo sea porque tiene más beneficios para la sociedad integrar a las personas marginadas que mantenerlas por años, a costes pagos, en una cárcel. Y porque la venganza no es la actitud que nos ayudará a solucionar los problemas de nuestra sociedad.

Fernando Torres

Fundación Luz Casanova

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