Esconder, ocultar, para quedarnos tranquilos

Hace un tiempo tuve la oportunidad de vivir unos años en un país de Asia. Era un país muy pobre. Y la pobreza era rampante, visible. Quizá más incluso en las grandes ciudades que en el campo. En la ciudad los pobres se acumulaban en las aceras, en las orillas de los riachuelos, en los cementerios. Allá donde había un lugar mínimo, allí se establecía una familia, montaba su pequeño campamento y luchaba por la vida. Era imposible ir por una calle y no ver esa realidad desagradable.

Teresa Carrascosa Martínez

Foto: Teresa Carrascosa Martínez

Durante mi estancia allí, ocurrió la visita del presidente de los Estados Unidos. Era un visita importante y la ciudad se quiso vestir de gala para recibirle. Se pusieron banderolas, se limpiaron las calles, se terminaron algunas obras públicas que llevaban años inconclusas. Pero eso no era suficiente. El recorrido de la comitiva iba a pasar, necesitaba pasar, por un puente desde el que se veían, abajo, a la orilla del río, un tropel de chabolas que ocupaban hasta el último centímetro cuadrado de lo que podía haber sido un apacible y romántico paseo a la orilla del río. Para más inri, las aguas del río no bajaban precisamente limpias. Había que buscar una solución. Y rápido.

Algún funcionario tuvo la idea. Una idea gloriosa. A los pocos días llegaron al puente unos operarios del ayuntamiento. Venían con unos camiones que llevaban unos grandes carteles. Los operarios, de forma rápida y eficiente, levantaron aquellos carteles y los instalaron a lo largo del pretil de ambos lados del puente. Los grandes carteles estaban pintados con hermosas imágenes en las que se veían a los nacionales del país con trajes típicos bailando danzas típicas en ambientes idílicos. Y, por supuesto, típicos. Allí quedaron los carteles. Hasta dejaron allí un retén de policía por unos días para evitar que algún desaprensivo hiciera unas pintadas o se le ocurriera echarlos abajo.

Se me ha venido a la mente esta historia porque he leído en un periódico la noticia (http://www.elmundo.es/cataluna/2017/02/08/589a843be5fdea94118bfa43.html) de que a algún iluminado responsable de un aeropuerto español, preocupado, parece ser, exclusivamente sólo por la imagen y por la seguridad, se le ha ocurrido intentar echar de sus instalaciones a los indigentes que pasan allí la noche y, muchas veces, el día . Es que, ya se puede entender, que dan mala imagen. ¡Qué van a pensar los viajeros que vienen de visita a nuestro país! Y, claro está, lo mejor no es solucionar el problema. Lo mejor es ocultarlo, esconderlos. Así ya nos podemos quedar tranquilos.

 

 

Fernando Torres Pérez

Fundación Luz Casanova

 

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