Hacen falta más “Quijotes”

Estamos en el cuarto centenario de la muerte de Cervantes. Con ese motivo, he dedicado unas cuantas horas a releer el Quijote, esa increíble historia de un caballero loco y fuera de su tiempo que sale a los caminos del mundo con ganas de desfacer entuertos, de proteger a los débiles, de hacer justicia a todos y que, las más de las veces, sale malparado y molido a palos, sin conseguir nada. Pero que nunca pierde la esperanza ni el ánimo ni el deseo de volver a subirse a Rocinante para, lanza en ristre, atisbar nuevas aventuras que le permitan cumplir con el sueño de la caballería andante: hacer justicia a todos y proteger a los débiles sin pedir nada a cambio.

He disfrutado con sus alocadas aventuras. Me he reído con las simplezas de su escudero Sancho Panza, que no termina de ver los gigantes que ve su señor en los molinos ni tanto necesitado de ayuda ni aventuras como ve su amo por todas partes. Sancho no sabe de encantamientos. Está atado a la tierra y piensa en comer y dormir, en ofrecer un buen casorio a su hija y en atender los deseos de su mujer Teresa Panza.

La historia que ideó Miguel de Cervantes le termina dejando a uno un regusto amargo. Las andanzas de Don Quijote por tierras manchegas, aragonesas y catalanas no nos dan mucho pie a pensar que hayan cambiado las cosas de aquel “siglo de oro” a estos nuestros tiempos. Los pícaros, los que se aprovechan de los demás, nos siguen rodeando. Y hay mucha justicia pendiente que hacer. Hoy nos siguen haciendo falta caballeros andantes que, con generosidad, sean capaces de salir de su “zona de comodidad” para enfrentarse a las injusticias, para acercarse a los que sufren, para desfazer entuertos. Sin desanimarse, sin pensar que no vale la pena porque este mundo no hay forma de cambiarle. Siempre capaces de volver a levantarse aunque la vida les haya molido las espaldas a palos.

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Voluntarios en la acogida del Centro de Día de la Fundación Luz Casanova

Pero el amargor se cambia en dulzor cuando pienso en las muchas personas que están ofreciendo su tiempo y cualidades para ayudar a los que no tienen nada. Voluntarios en multitud de organizaciones, conscientes de que no van a lograr solucionar todos los problemas, pero aportando su granito de arena, echando una mano en lo que pueden. Sin desanimarse aunque muchas veces no ven resultados, aunque a veces la vida les maltrata. Pero siguen trabajando, regalando su tiempo y su vida.

Los voluntarios de hoy son los mejores herederos de Don Quijote. Es el mejor homenaje que se le puede hacer a Cervantes en el centenario de su muerte. Si hoy levantase la cabeza, descubriría que el mundo sigue estando necesitado de caballeros andantes. Pero lo veríamos alegrarse al ver a tantas y tantas personas que van por ahí de “quijotes”, sin armadura y sin lanza en ristre, pero luchando igualmente por un mundo más justo y mejor.

Ellos, todos esos “quijotes” anónimos son la garantía de que, por despacio que sea, nos estamos acercando ya “al final del túnel”.

Fernando Torres Pérez cmf

Fundación LUz Casanova

Estaba en el aeropuerto

Muchas veces la forma de entender las cosas, de ver a las personas, depende de lugar, de la situación, de la perspectiva, del momento que uno está viviendo. Llevó ya más de un año sirviendo como voluntario en el Centro de Día que sostiene la Fundación Luz Casanova en el centro de Madrid. No es un simple comedor social, donde se dé de comer a las personas que están viviendo en la calle. Es un comedor cualificado. Se programan actividades. Los usuarios participan en las asambleas que organizan el mismo centro. La presencia de trabajadoras sociales les invita a poner de su parte para salir de una situación que, al poco tiempo de estar en ella, destroza y degrada mucho a las personas. ¡La calle es muy mala y hace mucho daño!

Una vez a la semana estoy allí, a la entrada, en la acogida. El paso del tiempo ha hecho que los conozca y que muchos me conozcan. Allí no son invisibles. Son personas y les tratamos como tales. Hablamos y charlamos. Y hasta discutimos de política o de fútbol. Todo en aquel contexto, en aquella situación.

Pero hace un mes, tuve que ir al aeropuerto. Venía de lejos un amigo mío y le fui a esperar en la terminal correspondiente. Ya se sabe. Se llega al aeropuerto. Se aparca el coche. Se entra en el edificio. Se mira en las pantallas buscando si el vuelo ha aterrizado ya. Y se dirige uno a la puerta de la sala por donde se espera que salga el recién llegado si todo va bien. Los tiempos no coinciden exactamente, así que siempre hay un margen para la espera.

En esas estaba, mirando para un lado y para otro, atento a la puerta por ver si salía mi amigo, cuando la vi. Era ella. La conocía del Centro de Día. Iba allí casi todos los días. Por lo menos todos los días que iba yo. Allí estaba con sus dos maletas en los que guardaba todas sus posesiones. Iba caminando de un lado para otro. En medio de aquel guirigay, pasaba casi desapercibida. Una más entre las muchas personas que se movían de un lado para otro con sus maletas. Pero había una diferencia. La mayoría, por no decir todos, se movían muy rápido. Daba la impresión de que querían salir del aeropuerto cuanto antes para llegar a su destino. Probablemente a su casa. Ella, sin embargo, se movía con tranquilidad, muy despacio. Quizá por eso me fijé en ella y la reconocí.

La primera tentación fue la de no darme por aludido. Y hacer como si fuese invisible aunque estaba pasando prácticamente a mi lado. No tuve corazón para mirar a otro lado. Me paré, le saludé. “¿Qué tal? ¿Cómo estás?” Me reconoció. “Bien. Aquí estoy. Voy de una terminal a otra…” “Pues nada. Me alegro de verte. Que tengas una buena noche.”

Creo que no fui capaz de seguir con la conversación. Me dolía el alma sin solución. Vi lo que no veía en el Centro de Día. Entendí perfectamente que vivía allí, encerrada en un bucle sin esperanza, aguardando a un vuelo o una casa que nunca llegaría. Pasando con sus maletas de una terminal a otra. Pasando la noche sentada o medio tumbada en esas sillas tan incómodas que ponen ahora en los aeropuertos.

Fernando Torres Pérez

Fundación Luz Casanova


 

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Nota. Hoy comienza la semana de las Personas Sin hogar. Muchas entidades que trabajamos con este colectivo y que integramos Faciam,te invitamos, 14 al 27 de noviembre, a participar de los actos y encuentros preparados con motivo del Día de las personas sin hogar. El día 24 de noviembre, en multitud de ciudades  y lugares del país a las 12 de la mañana, las personas en situación de sin hogar, estarán en la calle y tomarán la palabra con la lectura de un manifiesto. En Madrid, marcharemos de Sol a Ópera.

#HazmeVisible #PorDignidad #NadieSinHogar

Para consultar los actos de la semana pincha aquí  /

Dedicados a salvar vidas

  Cada vez que hay un naufragio en el Mediterráneo, la noticia salta a los medios de comunicación. Los peores son los que envuelven a inmigrantes. Son los que más llaman la atención. Barcas y barcos para el desguace que usan para tratar de salvar la distancia que media entre Libia e Italia, entre Turquía y Grecia. Van llenos de inmigrantes, de gente desesperada por alcanzar una vida mejor, por llegar a lo que ellos les parece, en comparación con el lugar de donde vienen, el paraíso, un mundo mejor para ellos y los suyos. Dejan atrás países en guerra  o sumidos en la pobreza o marcados por la injusticia y la opresión.
      Pero, más allá de los naufragios, con su consecuencia inevitable de muerte y dolor, hay otra realidad que es desconocida. Sencillamente porque los naufragios son noticia pero no son noticia los no-naufragios. inmigrantes-RBD-Corigliano-Calabro-EFE_NACIMA20150415_0005_6
      Me ha sorprendido leer en un medio de comunicación que el pasado mes de mayo 38 embajadores de países africanos acreditados en Roma solicitaron una cita con el comandante general de la Guardia Costera Italiana. La reunión tenía un objetivo único: dar las gracias a esa institución del estado italiano por haber salvado a tantos compatriotas suyos de una muerte cierta en el Mediterráneo. 
      No podemos estar mirando siempre al lado oscuro de nuestra historia. Hay también luz. Hay que saber reconocer las cosas buenas. Y el trabajo que está haciendo la Guardia Costera italiana es bueno, está lleno de luz, es positivo. En teoría es una institución policial cuyo fin es proteger las costas italianas. Cuando fue fundada, lo suyo era luchar contra el contrabando. También realizaba funciones de salvamento pero eran secundarias. Apenas dirigidas a salvar a algún bañista desorientado o unos pescadores perdidos. La realidad es que la Guardia Costera ha pasado de 9.000 rescatados al año a 170.000 en los últimos años. Se calcula que desde 1991 ya lleva por encima de 700.000 rescatados. Hay que repetir la cifra: 700.000. Es impresionante el trabajo realizado.
      No todos los han salvado directamente los 11.000 miembros de la Guardia Costera. Pero han contribuido a ello mediante su trabajo de coordinación de barcos de ONG’s, de mercantes y otros que navegan por el Mediterráneo. Tiene que ser motivo de alegría darnos cuenta que el sistema de radares instalado en su momento para controlar el tráfico marítimo en el Mediterráneo sirve también para salvar vidas, para rescatar esperanzas.
      Hay muchas cosas que no hacemos bien en Europa. Pero hay cosas que sí las hacemos bien. La Guardia Costera y su labor de coordinación y salvamento en estos años, las muchas ONG’s comprometidas en este trabajo, la aportación de otros países en Frontex, organismo de la Unión Europea, son un signo de que también se trabaja en la buena dirección. Hay que seguir haciendo cosas. Hay mucho por hacer. Pero esos 700.000 hombres y mujeres rescatados por la Guardia Costera son todo un signo de esperanza y de la capacidad de Europa para seguir acogiendo a los que huyen del horror.
Fernando Torres Pérez cmf.

 

Jóvenes, valores y prostitución

Lo de hojear el periódico es algo que da mucho de sí. En El Mundo me encuentro una noticia que me llama la atención. Aquí tienen el enlace:  http://www.elmundo.es/sociedad/2016/09/17/57dc397ae2704ed66e8b4627.html.

Cuenta que hay estudios recientes hechos entre universitarios (estudiantes de Derecho, Economía, Psicología y Trabajo Social, los primeros porque van a ocupar puestos de responsabilidad en la sociedad y los segundos porque se ocupan de la prostitución) en los que hasta un 20% de los encuestados dijeron que no tendrían ningún problema en recurrir a esos “servicios”. En el caso de los estudiantes de Derecho era todavía más claro que la gran mayoría no veía conflicto de ningún tipo en el hecho de recurrir a prostitutas. El 89% de los encuestados se declaraba a favor de que se legalizase la prostitución.

      Hasta aquí la noticia. Ahora tiene que venir la reflexión. Para muchos basta con decir que estamos ante el “oficio más viejo del mundo” y que luchar en contra es inútil. Me atrevería a decir que un oficio al menos igual de viejo es la guerra y, en principio, todos estamos contra ella. Y las sociedades hacemos grandes esfuerzos para evitarla. Cierto que sigue habiendo guerras pero ese sufrimiento no nos deja tranquilos. ¿Por qué tantas personas prefieren mirar a otro lado cuando se habla de la prostitución? ¿Es que no se dan cuenta de que la prostitución es “violencia de género” en estado puro?
      No se puede reducir todo a una visión liberal de la relación. Así lo entienden los que afirman que cliente y prostitucionprostituta son dos personas adultas que libremente pueden hacer lo que quieran con su cuerpo. Eso es cerrar los ojos a la realidad de que la prostitución implica violencia de género. Una mujer que realiza prácticas sexuales a diez hombres o veinte o treinta en una tarde a cambio de dinero es obvio que es víctima de esa violencia. La frase está en el artículo del periódico pero, además de ser verdad, está muy bien dicha.
      La realidad es que los que utilizan esos “servicios” ejercen la violencia contra esas mujeres tanto como los que participan en su tráfico o los que las controlan. La realidad es que la mujer se convierte en esa situación en una cosa que se utiliza y luego se tira. Nada que ver con una relación interpersonal, libre y madura, entre dos personas. La realidad es que la mujer prostituta queda relegada a una posición inferior y de esclavitud. Y todo eso es violencia.
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      Pero lo que me llama más la atención es que en una sociedad en la que llevamos años trabajando este tema de la “violencia de género”, en la que se han hecho leyes y se han puesto medios para superar esas situaciones degradantes, sean precisamente los estudiantes de esas carreras los que se manifiesten así. ¿Qué valores van a defender cuando se establezcan como profesionales? ¿O es que los valores están tan separados de la vida que su “profesión” va a tener poco que ver con sus principios? Algo está funcionando mal en nuestra sociedad cuando estas cosas pasan. Y la solución no está en hacer más leyes sino en aclararnos sobre los valores que queremos que articulen y vertebren esta sociedad.

Fernando Torres Pérez

Mientras que a mí no me pase nada…

   Estamos en los días de comienzo de curso. Y en la Universidad, sobre todo en Colegios Mayores y Residencias Universitarias estamos en plena época de novatadas. Ya sé que para muchos todavía las novatadas no pasan de ser bromas inocentes. La realidad es que todas pasan por el abuso y el maltrato del que impone determinados comportamientos a otros, los nuevos, a los que se le impone la sumisión total si quieren ser integrados en su nueva vida.
      Precisamente sobre este tema he visto el otro día una pequeña noticia en El País. Aquí tienen el enlace:http://elpais.com/elpais/2016/09/09/videos/1473414846_324730.html. Lo leí con atención. Las más de las cosas que decía el artículo eran ya sabidas. Pero hubo una que me llamó poderosamente la atención.
      Se trataba de una chica, una nueva colegial, una novata, para entendernos, de las que les toca este año sufrir las novatadas. Parece ser que la chica no se sentía mal con que le hicieran hacer flexiones, le estallen huevos sobre la cabeza y otras muchas “ingeniosidades”.  Todo era muy divertido, según ella. Pero al final de su respuesta añadía una frase que me hizo pensar. Decía la chica que “a nosotras no nos tratan mal, pero sí es verdad que acabamos de ver a un chico llorando de rodillas frente a dos veteranos”.
      Pongámonos en situación. Un grupo grande de chicos y chicas bebiendo y haciendo novatadas. Todo se suponenovatadas 2 que es muy divertido. Pero allá, en medio de todos, hay un chico que no ha podido soportar la presión. Nos imaginamos que le han hecho beber, que le han obligado a hacer flexiones, la croqueta, a tirarse al suelo a cuatro patas y hacer de sillón para el veterano de turno… Y llega un momento en que no puede más y rompe a llorar. Eso es lo que vio la chica. Pero ella se sentía bien porque a ella “no la tratan mal”.
      Inmediatamente me acordé de un conocido poema, que dice así: “Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. / Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. / Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. / Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. / Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.”
      Es el poema que consagra el “mirar para otro lado” que tantos cultivamos ante el dolor ajeno. Lo que hacía la chica era “mirar para otro lado” y, en su interior, rezar para que eso no le sucediera a ella. Es el poema que consagra el “sálvese quien pueda”, el individualismo más brutal que lo permite todo con tal de que no me afecte a mí.
      Lo malo es que al final, como dice el poema, nos afecta a todos. Porque nos termina afectando o porque, cuando le afecta a mi hermano o mi hermana, también me afecta a mí. Así que mejor si dejamos de mirar para otro lado y empezamos a sentir como nuestro el dolor de los que nos rodean. Y entre todos lograremos vencerlo.

Fernando Torres Pérez

Extracto de un parte médico

Me lo encontré en el periódico. De sopetón. Según pasé página. Estaba en el lado derecho. Donde se ponen los anuncios para que se vean más. Decía lo que sigue:
Extracto del informe de Ana P. Tras una paliza de su marido: “Múltiples contusiones en pirámide nasal, mandíbula, oído, región craneal y lumbar, rodilla, tobillo y región dorsal. Se hallaron hematomas en brazos, párpados, región malas, frontoparental, occipital, pretibial bilateral. Dolor en zona lumbar y a la rotación de caderas. Llanto constante durante la exploración.”
Me quedé sin palabra y sin ideas. Se me representó el dolor, todo el dolor, de esa mujer ante mí. Y la última frase del informa (“Llanto constante durante la exploración”) me dejó totalmente anonadado.
¿Cómo es posible causar tanto dolor a una persona a la que se ha prometido amor? ¿Qué tipo de amor es ése que es capaz de provocar todas esas lesiones en el cuerpo y una lesión tan grande en el corazón que motiva ese llanto constante?????????????????????????????????????

Por otra parte estoy seguro de que ese señor marido es una persona normal. Seguro que así lo describen sus amigos. Con los que sale a tomar unas cañas de vez en cuando. Con los que se sienta a disfrutar de un partido de fútbol. Seguro que los compañeros del trabajo dicen que es buen compañero, valga la redundancia, que es atento a los detalles, que siempre está dispuesto a echar una mano al que lo necesita.
Pero luego entra en casa y es capaz de provocar todo eso –imposible repetirlo– en su mujer. Esas “múltiples contusiones” y ese “llanto constante”. Y eso ha sido esta vez. ¿Habrá sido la primera? ¿Habrá habido otras? ¿Cuántas veces habrá callado Ana P.? ¿Cuántas veces se habrá dicho a sí misma que es normal, que su marido viene cansado del trabajo o que su equipo ha perdido y que es normal que lo pague con ella, con malas palabras, con alguna mano que se va de golpe? Pero que no pasa nada porque es muy cariñoso y siempre le pide perdón… ¿Siempre?
Quizá estoy haciendo una novela. Pero no he ido mucho más allá de describir lo que son muchas historias reales. El extracto del informe de Ana P., y por tanto su historia, es real y bien real. Sus contusiones y su llanto son reales. Su dolor, seguramente aguantado durante años también es real.
Y lo que desgraciadamente también es real es una sociedad que no termina de hacer algo, de tomar decisiones radicales, ante el dolor de tantas mujeres.

Fernando Torres Pérez

95.000 millonarios más

     ¿Sabían ustedes que el número de millonarios en España aumentó en los últimos años más que en cualquier otro país de Europa? La noticia estaba en los periódicos el pasado 23 de junio. Cuando hablamos de millonarios nos referimos a las personas que tienen un millón de dólares o más de patrimonio, es decir, sumando el valor de sus casas más lo que tienen en inversiones financieras diversas y en sus cuentas corrientes.
      Voy a serles sincero. Mi primera idea para esta entrada era hablar de un libro que acaban de publicar las ediciones de la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica) titulado “Trabajo y pobreza. Cuando trabajar no es suficiente para vivir dignamente”. Lo que más me llamó la atención fue el subtítulo. Confirmaba lo que había oído ya tantas veces: hoy día tener un trabajo y un salario más o menos fijo no garantiza estar por encima de los límites de la pobreza.
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      Esa información se juntaba con otra que me rondaba por la cabeza: que en estos años de crisis la brecha social entre ricos y pobres había aumentado en España. Que había más personas que habían caído en la zona de la pobreza (de donde parece, por cierto, que no es nada fácil salir) y que los que habían caído ahí provenían en su mayoría de una clase media cada vez más debilitada.
      Pero hete aquí que se me aparece por delante la información a que aludía al principio en un periódico. Además el periodista añadía que desde 2008 el número de esos “millonarios” se había incrementado un 50%. Había pasado de 95.000 a 190.000. ¡Tate! No sólo es que haya habido un grupo de personas que han ido para abajo en la escala social. Es que también ha habido otro grupo de personas que han ido para arriba. Con una pequeña diferencia entre los dos grupos. Que los que han pasado de clase media, por así decir, a millonarios han sido unas 95.000 personas mientras que los que han pasado de clase media a la zona de la pobreza son muchísimos más. Sin punto de comparación.
      Una primera conclusión es que las personas en España se mueven por la escala social de arriba abajo y de abajo arriba pero da la impresión de que es mucho más fácil estadísticamente ir hacia abajo que hacia arriba. ¿Será simplemente por la aplicación de la fuerza de la gravedad?
      Una segunda conclusión es que quizá este movimiento que tiende a ser más hacia abajo tenga algo que ver, aunque sea solamente como hipótesis de trabajo, con las políticas que se han puesto en marcha en España desde 2008.
      En serio. ¿No creen que una sociedad que quiere ser moderna y justa y solidaria tendría que plantearse estos hechos como un problema? ¿No creen que habría que revisar seriamente unas políticas que han llevado a tantas personas a la pobreza? ¿No creen que no podemos seguir dejando a tantos de los nuestros atrás, en la pobreza, en la exclusión?
      Ya sé que este comentario no es muy adecuado para el descanso veraniego. Pero es que conviene ir tomando posiciones ya para el curso que comienza. Nos vemos en septiembre. 

Fernando Torres Pérez

Buscando en internet

Tengo que escribir este blog y se me ocurre que lo mejor es perderme por Internet. Pongo en el buscador una frase sencilla “vivir en la calle en España”. Me dice que hay 13.900 resultados. Es una primera buena noticia. Parece que al menos en ese mundo cibernético las personas sin hogar tienen una cierta presencia. Aunque ciertamente su presencia es muy pequeña comparada con la de algunos famosos. Pongo también “Messi” en el buscador y salen 93.800.000 resultados. Además, Messi tiene su propia página y su entrada en la Wikipedia. Pongo “Nadal” y salen 87.400.000 resultados. También tiene página propia.
      No quiero seguir con estas comparaciones. Vuelvo a mi primera búsqueda. “Vivir en la calle en España”. El IMG_0382primer resultado es de un periódico. Tiene fecha de 27 de noviembre de 2015. Sólo me fijo en el titular sin entrar en la página: “Es duro vivir en la calle y ver la cantidad de pisos vacíos que hay en…”. El segundo resultado es de la página de Facebook de Human Rights Watch. Es del 17 de diciembre de 2014 y dice que “vivir la calle en España es bastante difícil y peligroso, pero lo será pronto mucho más: Nuevo proyecto de ley sobre la seguridad ciudadana afectaría a las personas que viven y trabajan en la calle. España debe enfocarse en el respeto y los derechos de los más vulnerables no en castigarlos.” El tercer resultado es de otro periódico con fecha de 24 de octubre de 2015. Dice que “vivir en la calle predispone a morir 23 años más joven.”
      El siguiente resultado es ya casi una muestra de cinismo. Una página web da consejos sobre como vivir en la calle. Da consejos específicos 1) para dormir, 2) para comer y 3) para mantenerse aseado.
      No quiero seguir mirando resultados. Tengo la impresión de que en la red no importan muchos los que se van quedando fuera. No importa mucho que terminar en la calle signifique que la vida de una persona se acorte 23 años de media. Ni siquiera se ve una relación entre las personas que se ven obligadas a dormir en la calle y la cantidad de pisos vacíos que hay en nuestras ciudades. En todo caso, los que viven en la calle son considerados como una amenaza para la seguridad. En una de esas páginas se comenta que el alcalde de una gran ciudad española llego a pensar en la posibilidad de obligar a los indigentes a dormir en los albergues. No sabía que sería imposible de cumplir ¡porque no hay suficientes albergues!
      Conclusión: que da la impresión de que el personal, nosotros, miramos más por nuestra propia seguridad y bienestar que por el de los demás, especialmente el de los que les toca la peor parte en el reparto social. Lo malo es que de tanto mirar a nuestro propio ombligo nos olvidamos que se consigue mucha más seguridad y bienestar desde la solidaridad y la fraternidad que mediante muros, fronteras y guardias armados. ¿Aprenderemos algún día que más vale darnos la mano que cerrar el puño?

Fernando Torres Pérez

Brexit, refugiados, elecciones

Para cuando se publique este blog ya conocerán ustedes, estimados lectores, el resultado del referéndum en Gran Bretaña sobre si se van o no de la Unión Europea. También conocerán el resultado, que ya ahora estimo incierto, de las elecciones generales en España. Y seguirá ahí presente el tema de los refugiados.

Todo tiene que ver. Todo está interrelacionado. Estamos ante una Europa que se cierra sobre sí misma. Y como un caracol, cada vez encuentra un recoveco más profundo en su propia concha donde ocultarse, donde sentirse segura. En tiempos de crisis, cada uno piensa que la solución está en encerrarse en sus cuatro paredes y los otros son vistos cada vez más como una amenaza.

Los otros son los de siempre: los que tienen un color de piel diferente, los que hablan otra lengua, los que tienen otra cultura, los que creen en un Dios diferente. Los que tienen hambre y miran con envidia mi pan blanco. Todos amenazan mi identidad y, sobre todo, me quieren arrebatar mi tranquilidad. Yo, mi familia, mi castillo, mi pueblo, el bar de siempre, el paisaje de siempre, mis tradiciones, mi forma de hacer las cosas. Ellos, los otros, representan a alguien que viene de fuera y me quiere quitar lo mío.

Por eso, en tiempos de crisis, ya no plantamos bosques sino alambres de espino que delimiten perfectamente lo que alambradases mío del resto. Y ponemos puertas al campo. Y las cerramos. Y pedimos pasaportes. Y dejamos pasar sólo a los que son amigos, a los que necesitamos. Nos da lo mismo lo que pase al otro lado de la valla, del canal, del estrecho, de la frontera. No es nuestro problema. Es su problema.

Hay refugiados que vienen de fuera y refugiados internos. Las guerras en la periferia de la Unión Europea nos han traído un río de refugiados huyendo de la violencia. Pero también hay refugiados internos: aquellos a los que la crisis ha dejado maltrechos, sin recursos, sin medios para llevar una vida humanamente digna. No hace falta citar informes ni estudios porque todos los que han sido publicados últimamente indican que estamos saliendo de la crisis pero a costa de una mayor desigualdad social. Es decir, la riqueza cada vez se acumula más en unos pocos. Por eso las grandes cifras dicen que crecemos pero el reparto de lo producido cada vez es peor. Y en nuestras elecciones se ha hablado muy poco de esos refugiados internos. Y menos de los externos.

Quizá sea porque los refugiados, tanto los de dentro como los de fuera, tienden a ser invisibles. Basta con no mirar y ya no se les ve. ¡Ya está! ¿Ven qué fácil?

Pero seamos honestos. Si reflexionamos un momento, nos daremos cuenta de que por ese camino vamos al desastre. Frente a los nacionalismos de cualquier tipo, sabemos que la humanidad es una sola y que las fronteras son un invento fruto del egoísmo y del miedo. Y que o nos salvamos juntos o nos vamos a hundir todos por piezas.

Europa tiene una larga experiencia de acoger refugiados, internos y externos. Los movimientos de población han sido continuos en sus muchos siglos de historia. Todos han ido oportunidad para crecer, para reinventarnos. Eso es parte de nuestra identidad.

Ojalá Gran Bretaña se quede dentro de la Unión Europea. Ojalá tantos europeos que están pensando sólo en su propio terruño se abran a la convivencia. Ojalá abramos nuestras fronteras a los que vienen agotados y necesitados, huyendo de la pobreza y la violencia. Ojalá descubramos que sólo compartiendo lo que tenemos podremos sobrevivir. Ojalá el gobierno que salga en España tenga como primera preocupación a los refugiados, los que vienen de fuera y los que están dentro. Porque nuestra propia dignidad depende de la suya. Porque nos jugamos nuestro futuro.

Fernando Torres

Fundación Luz Casanova

Bendecir y acoger

Voy a procurar contarlo tal como me lo contó un sacerdote amigo. Tal cual. Trabaja en una parroquia de esas de centro de una gran ciudad pero que precisamente por ser centro tienen una cuota grande marginación y pobreza. Es una parroquia donde no abundan los jóvenes por la sencilla razón de que las parejas recién casadas se fueron a buscar su casa en otros barrios, quizá porque les parecían más modernos y cómodos o porque los precios eran en aquel momento más asequibles. Con el paso del tiempo el barrio se ha ido degradando. Ya no es lo que era. Muchos inmigrantes han ocupado sus casas. Y la parroquia se llena, cada vez menos, de personas mayores y, cada vez más, de esa sangre nueva que viene de tantos países en busca de trabajo y un poco de bienestar para sí y sus familias.

El caso es que un día se empezaron a presentar en la parroquia un grupo de transexuales. Con sus travestis-2vestidos de mujer, sus muchos afeites, cantaban mucho. Prácticamente todos eran inmigrantes. Ellos no habían venido sólo en busca de trabajo y bienestar. También venían de la marginación impuesta por una sociedad machista a un país en el que esperaban encontrar un poco más de libertad para ser lo que querían ser. Pero eran católicos de nacimiento. Y no lo iban a dejar de ser. Eran católicos a su manera. Quizá no era un estilo totalmente pos-Vaticano II. No eran cristianos progres. Lo suyo era una espiritualidad más que tradicional, más que popular. Imágenes de colores chillones, bendiciones, rezos, velas. Todo eran formas de expresar su fe.

Mi amigo sacerdote me contó que, al poco tiempo de empezar a aparecer por la parroquia, aquel grupo de mujeres llegó un día en grupo a una celebración. Le pidieron que bendijese unas imágenes del niño Jesús y de algunos santos. Eran unas imágenes que mi amigo nunca habría puesto en su cuarto. Mucho menos en la iglesia. Pero para aquellas mujeres era una forma de conectar con lo sagrado.

Y a la salida de la celebración le estaban todas esperando a la puerta de la iglesia. Le rodearon y le pidieron que les bendijese. Ya no las imágenes. Que les bendijese a ellas. Me contaba mi amigo que se emocionó hasta casi las lágrimas. Naturalmente accedió. Y, mientras que decía unas palabras para introducir el rito de la bendición, le vino a la mente, y al corazón, todo el dolor acumulado en aquel momento ante él. Toda la marginación. Todo el sufrimiento de aquellas personas que habían tenido que salir de su país para poder manifestarse con libertad tal y como se sentían por dentro. Me dijo mi amigo que era, casi seguro, una de las mejores bendiciones que había impartido en toda su vida. Y yo me dije que mi amigo era un buen cura.

Fernando Torres

Fundación Luz Casanova

Encerrada y liberada

      Hay a veces noticias que suenan increíbles. Podía ser una película pero resulta que son verdad. Lo he leído hace pocos días en el periódico. Una mujer ha logrado salir del encierro físico y psicológico a que le había sometido su marido escribiendo una nota en el cuaderno escolar de su hijo.
      La noticia es del cuatro de mayo pasado. Y es totalmente de cine. El marido había resultado celoso –lo que no esAtrapadauna disculpa sino un agravante–. Había decidido que su mujer no podía salir de casa sola. Cuando tenía que salir a la compra, le acompañaba desde el principio al fin. No tenía acceso al móvil. Mucho menos a las redes sociales. Por ahí se empieza. Luego sigue el acoso psicológico. No la puede dejar salir porque no se puede fiar de ella, porque no vale nada, porque es una “calientabraguetas” y muchas palabras más. Y de vez en cuando, ya se sabe que la letra con sangre entra, un golpe para confirmar quien lleva los pantalones en casa. Naturalmente que el marido tenía que salir para ir al trabajo y dejar a su mujer sola en casa. Pero, por si acaso, además de dejarla atemorizada, aterrorizada y amenazada, la dejaba también con la puerta bien cerrada con llave. Por supuesto, se llevaba la llave. Sólo así sus celos se quedaban tranquilos.
      Así, siempre según la noticia publicada en los periódicos, pasaron unos años. Es difícil calcular el sufrimiento padecido por la mujer. Pero el dolor tuvo que ser mucho. Y tiene que seguir siendo porque eso no se supera de la noche a la mañana.
      Menos mal que se le ocurrió una idea –quizá se le ocurrieron muchas otras pero no funcionaron– para escapar de esa situación tan horrible. Escribió una carta detallando su situación y la introdujo en el cuaderno de los deberes que su hijo llevaba todos los días a la escuela. ¡Luego dicen que los deberes no son útiles! Resulta que salvan vidas. Su hijo entregó el cuaderno a su maestra para que lo corrigiese. Ésta vio el papel, lo leyó asombrada y lo puso en conocimiento de la policía.
      La policía actuó bien. Hicieron que desde la escuela se pidiese a los padres que fuesen a hablar con el tutor de su hijo. Allí, un policía logró hacer un aparte con la mujer, decirle que habían recibido la nota y que estaban a su disposición. En seguida vino la denuncia. Y la liberación.
      Hasta aquí todo bien. Porque lo siguiente llama un poco la atención. Él sólo ha recibido una orden de alejamiento. Ella y su hijo han sido acogidos en un centro especializado. Da la impresión de que las peores consecuencias son para ella que ha tenido que comenzar desde cero.
      Pero vamos a fijarnos en lo bueno. Una mujer y su hijo han sido liberados de la opresión. Unas vidas han podido empezar a vivirse. Las instituciones han funcionado al servicio de los que sufren. Todo esto son buenas noticias. Es una historia que parece de película pero es realidad. Realidad la prisión y realidad la liberación. De él, esperamos que se libere de los celos y reconozca el daño causado. A ella, le deseamos lo mejor, que supere el dolor y que pueda comenzar una nueva vida.

Fernando Torres Pérez

Tengo una amiga

Tengo una amiga

Para muchas mujeres el hogar se convierte en una cárcel difícil de salir

De entre todas las cosas que dijo aquella mujer hubo una que me sorprendió especialmente. Estaba hablando de su experiencia como sufridora de la violencia de género. Lucía unos cuarenta y pico años. De buen ver. Con carrera universitaria. Con trabajo en la administración. Pero su experiencia de matrimonio había sido muy desafortunada. El que había sido tan simpático en el noviazgo y el que resultó ser tanto don de gentes con todo el mundo resultó que en cuanto traspasaba la puerta del hogar familiar –si es que se puede llamar hogar a lo que terminó convirtiéndose en un infierno– era un abusador. Primero con la palabra, luego con el control y, al final, lo intentó con la mano. Pero ahí dijo la que hablaba que había cortado. Se había ido de casa y, con la ayuda de un centro de acogida, en la Fundación Luz Casanova,  había comenzado una nueva vida.

No había sido fácil. Con los ojos los mismos compañeros y compañeras de trabajo le decían algo así como “¿Qué habrás hecho?” La familia del marido todavía la perseguía. Había perdido los amigos de siempre. Tuvo que buscar una nueva casa. Claro que todo se compensaba con la comprensión encontrada en el centro de acogida. Allí con los profesionales y con las otras mujeres que habían pasado por similar experiencia, se sentía comprendida y, por una vez, se sentía en casa. No era ella la rara. No era ella la mala. Sólo tenía que darse cuenta de que le había tocado pasar por una experiencia horrible. Pero ella no tenía la culpa. “Ella no había hecho nada para merecerlo.”

Hasta aquí es una historia relativamente y, sobre todo, desgraciadamente común. Es una terrible desgracia que haya tantas mujeres –y niños, que también son víctimas– en nuestra sociedad a las que les toca pasar por una experiencia relativamente similar.

Pero lo que me llamó la atención que, hablando de su vuelta al trabajo, se encontró con una compañera que se hizo la encontradiza con ella varias veces. Y siempre le terminaba hablando de una amiga suya que tenía un problema parecido al que había pasado ella. Y se preguntaba esta compañera cómo le podía ayudar. La protagonista de nuestra historia decía que unas cuantas veces le preguntó si esa “amiga” de que hablaba no era ella misma. Y que la respuesta había sido siempre negativa. “No, qué va. Yo no tengo ese problema.”

Los años pasaron hasta que en otra conversación, reconoció que sí, que ella misma era la amiga para quien pedía consejo y ayuda. Y que aquellas conversaciones le habían ayudado a salir del círculo de la vergüenza, de dolor y soledad en el que siempre mete a la víctima ese  ciclo interminable y siempre creciente de la violencia de género.

Ahora, después de haber escuchado esta historia, me pregunto cuantas amigas, enjauladas en su propia vergüenza y dolor, necesitan la mano amigo, la comprensión y la escucha que las ayude a ver la luz al final del túnel.

Fernando Torres Pérez

De la grúa a la calle

Lo veía hablar y no me lo podía creer. Tenía ante mí, hablando al público presente en el salón de actos, a una persona normal, un hombre de mediana edad. Casi seguro más joven que el que esto escribe. Contaba su historia con mucha tranquilidad. Había trabajado en la construcción. Operario de grúa. Un buen sueldo. Familia. Hijos ya crecidos y alguno independizado. Todo tan normal. Ya se sabe. Quizá una hipoteca pero nada del otro mundo, nada que no se pudiera ir pagando mes a mes con un poco de esfuerzo. Y con alguna que otra alegría también. La barriguilla cervecera lo indicaba sin piedad.

Pero un buen día llegó la crisis y comenzó a dar bofetadas a todos los que pilló a su alcance. Recibieron más lo más débiles. Los de abajo. Los de siempre, para entendernos. Los ingenieros, los directivos, quizá se bajaron un poco el sueldo. Pero los de abajo soportaron lo más duro del golpe. Exactamente igual que los soldados en el campo de batalla. Se tuvo que bajar de la grúa. Y firmó los papeles del despido.P1000333

Posiblemente la vida de familia se complicó. No entró en detalle pero me lo puedo imaginar. Algo falló. Y falló tanto que no quedó ninguna red para protegerlo del golpe. Cayó hasta abajo. Cayó sin red. El golpe fue morrocotudo. Y la calle fue el último refugio si es que la calle se puede considerar un refugio.

En la calle, lo primero es la desorientación y el frío. Ningún sitio es familiar. Ningún lugar es un hogar. Todo es peligroso e inseguro. Hay que tener mil ojos. Puede pasar cualquier cosa. No hay nada que hacer. La mente tiene mucho tiempo para dar vueltas. “¿Por qué a mí?” “¿Qué he hecho mal?” La gente pasa por delante. Va rápido a sus trabajos, a sus casas. Yo no tengo a dónde ir. Lo más fácil es culpabilizarse: “Debo de haber hecho algo mal.” La tentación es no levantar la vista sino bajarla más hasta centrarse, avergonzado, en el propio ombligo o en el cuello de la botella o el agujero del brick de vino barato. El proceso es relativamente rápido. De la grúa a la calle.

Menos mal que hay muchos lugares como el Centro de Día de la Fundación Luz Casanova, donde una mano amiga levanta, pone en pie y devuelve la esperanza. Hay que hacer algo. Se puede hacer algo. Se debe hacer algo. Unos para ayudar y otros para dejarse ayudar. Todo menos pensar que ya no hay salida y que nuestro amigo es ya un caso perdido.

El que hablaba ante el auditorio seguía en la calle pero ya no se veía a sí mismo perdido. Ahora se esforzaba, estaba a la búsqueda, ponía los medios para ayudarse a sí mismo. Porque alguien, generosamente, le había echado una mano. Esa mano abierta es la que marcó la diferencia en su vida entre estar perdido y recuperar la esperanza.

Fernando Torres Pérez

Fundación Luz Casanova 

Anawim en concierto

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  Vamos a lo importante no vaya a ser que se nos olvide. El próximo 13 de abril, miércoles,el grupo de rock Anawim, la Fundación Luz Casanova y la Universidad Pontifica Comillas se unen para denunciare la injusticia que sufren muchas personas y anunciar que otro mundo es posible si todos ponemos un poco de nuestra parte. Nos vemos ese día a las siete y media de la tarde en la capilla de la Universidad, en la sede de Alberto Aguilera, en Madrid.
      Pero, ¿quién es Anawim? Pues un grupo que hace música rock pero también algo más. Son un grupo de amigos a los que les une la música y una sensibilidad común hacia las heridas del mundo. Algunos trabajan en contextos de exclusión y, de una manera o de otra, todos están relacionados con colectivos marginados y participan en grupos eclesiales de base. De ahí brota su música. Sus canciones expresan lo que querrían vivir, sus sueños, pero, al mismo tiempo, hablan de lo que ya están viviendo. Y desde ahí nace la esperanza de que entre todos podemos hacer algo mejor: un mundo donde nadie quede excluido.
      ¿Por qué la música? Uno de ellos respondía en una entrevista diciendo que “nos indigna que este mundo rico y opulento cada vez genere más pobreza y exclusión, y para que esa indignación no se convierta en desesperanza gritamos con fuerza mirando al cielo y arrimando el hombro. Y el mejor género musical para gritar es el rock.”
      La música es una forma de expresarse tan antigua como la humanidad. Nos llega al corazón y es capaz de remover nuestras mentes. Desde la música también se puede hacer profecía, denuncia, llamar la atención sobre la realidad de un mundo que no se mantiene porque no está construido exactamente sobre la justicia ni la fraternidad. Porque queda mucho por hacer. Y porque conviene que los que creemos en esos valores, más allá de nuestras creencias, nos unamos para trabajar juntos en favor de los que quedan excluidos.
      Lo del 13 de abril quiere ser una fiesta, una celebración, donde nos juntemos y sintamos que somos muchos los que estamos por la labor, que hay mucho por hacer pero que hay muchos que estamos haciendo. Y que conviene que nos oigan, que hagamos ruido, que no pasemos desapercibidos. No vaya a ser que piensen los poderosos, los de siempre, que nadie les ve hacer de las suyas. Por eso son necesarios los decibelios del rock. Por eso hace falta que nos hagamos presentes el día 13 en la Universidad Pontificia Comillas. A las 7,30 de la tarde. 

Fernando Torres Pérez

Una madrugada fría

Lo conocí cuando ya llevaba tiempo en la calle. Estaba hecho un desastre. No miento si digo que se conservaba en alcohol. El brick de vino barato le acompañaba siempre. Pasaba la muchas horas sentado en el suelo, en la acera justo debajo de la ventana de mi oficina, al sol de la mañana. Dormía en unos soportales cercanos. Ahora los han cerrado con vallas metálicas. Imagino para evitar que haya gente ahí pasando la noche. Era pacífico. No podía ser menos porque creo que vivía con las fuerzas justas. Se notaba que llevaba mucho tiempo en la calle y la calle hace estragos en las personas. Pero seguro que en algún momento había tenido un trabajo y una casa y una familia y unos amigos. A saber lo que le había llevado a que todas ese mundo de relaciones se fuese quebrando hasta que la calle le quedó como la única salida posible. Seguro que no fue una cosa. Como en los accidentes de los aviones. No es la rotura de una pieza la que provoca el accidente. Generalmente eso está previsto y tiene solución. El problema es cuando se rompen simultáneamente muchas piezas. Imagino que se le rompieron de golpe unas cuentas piezas a mi amigo: quizá perdió el trabajo, se quebró su matrimonio, se le acumularon las deudas, su mente también se rompió… Y la calle se convirtió en su casa. Y el alcohol en su consuelo. Unos conocidos míos le ayudaron más de una vez. Le llevaban a su casa, le duchaban, le daban ropa nueva, le alimentaban. Pero ya era incapaz de aguantar sujeto. La calle era su única vida.

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Le encontraron muerto una madrugada de invierno en aquellos soportales. La noche fue demasiado fría. Y él no aguantaba los albergues y menos las normas. Así terminó una vida que era un desastre.

Algo falló para que su vida terminase así. No es difícil averiguarlo. Faltó una mano amiga que, al principio, cuando todo empezaba, le acogiese, le abriese caminos de esperanza y le ayudase a comenzar de nuevo. Cuando yo le conocí, ya no había mucho que hacer. Demasiados años de calle, le habían convertido, permitánme la expresión, en una piltrafa humana. Para él ya no había muchas salidas. Apenas el cariño de aquellos amigos míos que, una y otra vez, el acogieron en su casa, le duchaban y le proporcionaban ropa y alimento por una o dos noches. Era lo más que aguantaba lejos de la libertad que le suponía la calle.

En nuestra sociedad deberíamos luchar para que nadie llegase a la situación a la que llegó mi amigo. Se puede evitar. No es complicado. No es caro. No consume demasiados recursos sociales. No basta con poner albergues durante el invierno. Hay que hacer algo antes. Es lo que intenta el centro de día de la Fundación Luz Casanova y de tantas otras organizaciones.  Para que en nuestra sociedad nadie quede excluido de la mesa común. Para que nadie más muera en la calle en una madrugada de helada.

 

Fernando Torres Pérez

Fundación Luz Casanova

 

Spotlight

      Hace unos pocos días he visto una película que ha valido la pena: Spotlight. Es una película dura en la que se trata con honestidad un tema complicado: la investigación que hace unos quince años llevó adelante un periódico de Boston sobre el tema de los abusos sexuales a niños por parte de sacerdotes de la diócesis. La investigación no descubrió el tema de los abusos. Eso ya se sabía hacía tiempo. Había juicios en marcha. Lo que la investigación puso de relieve fue la forma como la jerarquía de la Iglesia Católica, en este caso el cardenal de Boston, Bernard Law, había tapado el asunto por todos los medios posibles, moviendo a aquellos sacerdotes de una parroquia a otra, tratando siempre de ocultar los casos, de pedir y exigir a las víctimas el silencio, tratando siempre de proteger el buen nombre de la Iglesia. Las acusaciones se fundamentaron en documentos y cartas del mismo cardenal. Las acusaciones terminaron provocando su dimisión y posterior transferencia a un oscuro cargo en el Vaticano.
Spotlight
     La película no se dedica a hozar en la herida. Trata de poner de relieve sobre todo la honestidad de la investigación periodística. Pero inevitablemente sale a la luz la hipocresía de una Iglesia que en demasiadas ocasiones trata de mantener sobre todo la buena imagen y que, en ese esfuerzo, sin la más mínima compasión, deja atrás a las víctimas. Las víctimas son los pequeños abusados, que se convirtieron la mayoría en mayores desequilibrados, en vidas destrozadas. Todo porque no sólo se trató de un abuso sexual. Fue un abuso de poder revestido de poder religioso. El daño en ese caso es mucho peor.
     Ahora parece que la Iglesia Católica se ha tomado más en serio este problema. Se puede decir que “más vale tarde que nunca”. Pero también que es una pena que haya reencontrado el principio evangélico de “primero, las víctimas” sólo cuando se ha sentido amenazada por los periódicos y los juicios. Y una vez más tratando de salvar su imagen abandona a las otras víctimas: a los mismos sacerdotes que han cometido esos delitos. Esos siguen siendo de los nuestros. No hay que protegerlos de las leyes, pero sí hay que acompañarlos y ayudarlos y no expulsarlos como si fueran basura. No se trata de negar el delito cometido sino de asumirlo y asumir también la parte de culpa que le toca a la institución.
     Y sobre todo atender a las víctimas. Buscarlas, ayudarlas a salir a la luz. Y darles los primeros puestos porque son los que más han sufrido. Para que puedan ver una mano amigo al final del túnel en que les metió un mal sacerdote y les tapó la salida esa preocupación de la jerarquía por cuidar su “buena imagen” .
     Al final de la película hay una lista de lugares donde han salido a la luz casos de abusos a menores por parte de sacerdotes. La mayoría son americanos. Pero me golpeó en los ojos ver también un “Comillas, Spain”. Por allí anduvo Maciel, el fundador de los legionarios, otro gran depredador, protegido durante años por las más altas altísimas jerarquías. ¿Cuántos más casos hay ocultos? ¿Cuánto sabemos que no queremos decir? ¿Por qué seguimos pensando que esas cosas sólo pasaban en Estados Unidos? Aquí y bien aquí han pasado muchas cosas. Y se han metido debajo de la alfombra. Pero las víctimas están ahí. Y la Iglesia debería tener valor para invitarlas a salir a la luz. Porque el Evangelio está antes que la “buena imagen”.

Fernando Torres Pérez

Una llamada importantísima

Hay gente que piensa que los centros donde se acoge a las personas sin hogar ofreciéndoles ayuda, desde una cama hasta algo de comer pasando por una clase de yoga, son inútiles. Defienden con vehemencia que eso no ayuda a esas personas sino que les invita a hacerse más comodones, a convertirse en haraganes inútiles que sólo piensan en vivir de la sopa boba, en sangrar los escasos recursos de una sociedad donde todo el mundo trabaja muy duro para salir adelante. Ellos, sin embargo, no hacen nada más que estar todo el día tirados en la calle.

Los que piensan así me hubiese gustado que hubiesen escuchado a aquel hombre al que el otro día se le salía la alegría por todos los poros del cuerpo.

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Voluntarios en la Acogida del Centro de Día

Estábamos en el centro de día de la Fundación Luz Casanova. Allí se les ofrece desde un sitio para estar hasta un buen almuerzo pasando por la posibilidad de ducharse o de hablar con un asistente social o un abogado que les ayudan y orientan en sus problemas. Aquel hombre estaba allí, delante de nosotros, los voluntarios, y no sabía cómo expresar su alegría. Había recibido una llamada telefónica. No había podido responder a la primera. Pero sí a la segunda. Era del albergue de San Juan de Dios. En el albergue tienen alojamiento asegurado. Le concedían una plaza para un tiempo.

La llamada parecía que había cambiado su vida. Y no era para menos. Los que dormimos todas las noches en nuestra cama no nos damos cuenta. Pero él que lleva ya un tiempo en la calle se había acogido en estos días de frío al programa del ayuntamiento. Pasa que en esos centros de acogida de urgencia el ambiente es un poco tremendo. No es que el camastro sea más duro. Es que las peleas y, sobre todo, los robos, son muy abundantes. Así que no queda más remedio que dormir con un ojo abierto para defender las escasas pertenencias que la vida les ha ido dejando a los que viven en la calle. Decía que llevaba una semana que no había dormido más de una hora cada noche. Estaba destrozado, agotado. En el caso hipotético de que surgiese un trabajo no estaba en situación de cumplir con su patrón. Es la pescadilla que se muerde la cola. Es la situación que se enroca en sí misma para devenir cada más imposible el hallazgo de una salida.
Nuestro hombre estaba contento. Iba a poder dormir con una cierta paz. No es mucho el avance. Todavía está y estará en situación de calle. Pero la sociedad, a través de estas organizaciones, le estaba ofreciendo una ayuda. Quien sabe si mejor dormido, lograría ir superando poco a poco la situación vital que le había llevado a la calle. Lo que para nosotros quizá sea algo sin importante para él es un pequeño gran paso que le puede orientar hacia la salida del túnel. Por eso aquella llamada fue tan importante para él.

Fernando Torres Pérez

Algún día los pobres…

Digo sencillamente que algún día los pobres se van a enfadar. Y con razón porque ya está bien de que les toque siempre la peor parte en el concierto de esta sociedad tan moderna y legal y democrática. Ya está bien de que la desigualdad sea rampante y crezca cada vez más. Ya está bien de que a los mismos les toque siempre lo mismo, lo peor, la miseria, el no futuro.

Hace muchos años leí una novela. No me acuerdo del título ni del autor pero si tengo una cierta y vaga idea del tema. Por alguna razón inexplicable los habitantes de los países más pobres del mundo habían decidido ponerse en camino utilizando todos los medios a su disposición y se habían empezado a dirigir hacia los países ricos. Toda una migración del sur al norte. La novela circulaba entre los temores de los habitantes del norte ante la llegada inminente de semejante e imparable invasión. Porque no había ejército que pudiera detener aquella auténtica marea humana, que ciertamente no estaba cargada de razones legales pero sí de razones humanas para emprender semejante aventura. Barcos, trenes, caminos, coches, camiones, todo valía para dirigirse al norte opulento. Y, por supuesto, amenazar su opulencia. Quizá el lector de estas líneas pensará que eso ya está sucediendo en ese brazo de mar que hay entre Libia –o lo que queda de ella– e Italia. Pero no. Todavía no está produciéndose la gran emigración. Los miles que están llegando a las costas italianas son todavía manejables. La novela describía una situación mucho más caótica y apocalíptica.

Seamos realistas. La situación descrita por la novela era apocalíptica para los habitantes del norte rico. Para los que hacían el viaje desde el sur la situación no era apocalíptica en absoluto. Su mundo estaba a punto de mejorar.

Aquello era una novela. Nada más. Pero podría suceder. Ni siquiera hace falta que vengan los del sur. Tenemos mucho sur en nuestros mismos países. Tenemos muchos desempleados, desahuciados, jóvenes ni-ni, mujeres marginadas, personal con contratos laborales precarios, una presión enorme por bajar los costes salariales y tantas otras cosas. Es posible que el viaje que comiencen a hacer los pobres, si algún día se enfadan, no sea de los países del sur a los de norte, sino –mucho más factible– de los barrios marginales a los barrios ricos.

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Si algún día los pobres se enfadan, no nos deberíamos de extrañar. Tienen razones más que sobradas. Y han tenido toda la paciencia del mundo. Los bienpensantes de nuestra sociedad se asustarían. Verían acercarse el caos. Dirían que estamos a punto de apocalipsis. Pero no es verdad. Sólo sería su mundo, el que se han construido a base de abusar de los demás, el que estaría a punto de hundirse en el caos. Los demás, el resto de la población, como mucho se quedarían como estaban. Y lo más probable es que muchos mejoraran.

Vale la pena que nos planteemos algunos cambios. Antes de que los pobres se enfaden.

Fernando Torres Pérez

Fundación Luz Casanova

Malo, malo, malo eres

Lo que sigue es la letra de una canción. No hace falta comentario. Basta con leerla. Y, si se puede, escucharla. La letra lo dice todo. Llega al corazón y nos pone en la piel de la mujer que sufre, de la mujer que aguanta, de la mujer que recibe los golpes.

Apenas hemos comenzado el año y ya son cuatro las mujeres asesinadas en España, Muchas más son las que sufren en silencio. Por ellas, por su dolor, porque no hay derecho, dedica unos minutos a leer esta letra y escuchar esta canción.

Apareciste una noche fría
con olor a tabaco sucio y a ginebra,
el miedo ya me recorría mientras cruzaba
los deditos tras la puerta.
Tu carita de niño guapo se la ha ido
comiendo el tiempo por tus venas
y tu inseguridad machista se refleja
cada día en mis lagrimitas.
Una vez más no, por favor, que estoy cansada
y no puedo con el corazón,
una vez más no, mi amor, por favor,
no grites, que los niños duermen.
una vez más no, por favor, que estoy cansada
y no puedo con el corazón,
una vez más no, mi amor, por favor,
no grites, que los niños duermen.
Voy a volverme como el fuego,
voy a quemar tu puño de acero,
y del morao de mi mejilla saldrá el valor
pa cobrarme las heridas.
Malo, malo, malo eres,
no se daña a quien se quiere, no;
tonto, tonto, tonto eres,
no te pienses mejor que las mujeres.
malo, malo, malo eres,
no se daña a quien se quiere, no;
tonto, tonto, tonto eres,
no te pienses mejor que las mujeres.
El día es gris cuando tú estás
y el sol vuelve a salir cuando te vas,
y la penita de mi corazón
yo me la tengo que tragar con el fogón.
mi carita de niña linda
se ha ido envejeciendo en el silencio,
cada vez que me dices puta
se hace tu cerebro más pequeño.

Fernando Torres

Fundación Luz Casanova

 

¡Urgente! Se necesitan juguetes

La mayoría de los días abro el correo electrónico y me encuentro con cartas de asuntos de trabajo. También, de vez en cuando, me encuentro con publicidad, ofertas increíbles que me ofrecen los últimos aparatos tecnológicos o ropas a la última moda o… Pero hoy me he encontrado con un correo diferente. Es tan diferente que no puedo menos que copiarlo aquí, que no deja de ser una manera de mandárselo a todos mis contactos.
El mensaje llevaba por título “juguetes Reyes”. Pero no era de una empresa que me prometiese facilitar la compra de juguetes para los niños de mis conocidos. El contenido para mi sorpresa decía esto:
“Buenos días a tod@s:
Os vuelvo a molestar de nuevo para enviaros la información que me han dado desde la Casa de Acogida, nos puede servir de orientación. Os paso la lista de posibles juguetes/regalos por edades:
De 0 a 2 años: juegos de insertar piezas, juegos con sonidos y tactos, muñecos tipo gusiluz para dormir, mantas para el suelo. De 3 a 6 años: pizarras magnéticas o de agua, puzles o rompecabezas, cajas de playmobil, juegos de plastilina y/o manualidades, juegos de diferentes oficios, muñecos/as (tipo bebé que sirven para trabajar ciertos aspectos). De 7 a 11 años: juegos de mesa, juegos de manualidades, mecanos, cajas de playmobil/lego, patines, balones, muñecos/as (tipo bebé que sirven para trabajar ciertos aspectos). De 12 a 16 años: juegos de mesa, cajas de lego, coches teledirigidos, balones, ropa, set de maquillaje, set de colonia, música, libros.NInOS -1
Ahora todos los niños/as que tenemos están entre los 0 y los 5 años, pero de aquí a reyes pueden llegar niños/as de diferentes edades, por lo que nos interesa tener regalos para todas las edades. No interesan juguetes excesivamente caros (pondríamos un límite de 20€), para que no haya grandes diferencias entre unos regalos y otros. No hace falta que se traigan envueltos para regalo porque los envolvemos todos aquí con el mismo papel. A ver si entre todos/as conseguimos tener reyes para todos/as los niños/as.”
¿Sorprendente? Son los niños de la casa de acogida para mujeres de la Fundación Luz Casanova que han tenido que dejar sus casas para huir de la violencia impuesta por sus parejas. Han huido con sus pequeños porque ellos también eran víctimas de esa violencia. La carta solicita ayuda para que esos niños tengan juguetes como los demás, y que tengan unas navidades como los demás. Y que en los juguetes les llegue una promesa de una niñez sin violencia, sin amenazas, llena de paz y cariño. ¿Os dais cuenta de lo urgentes que son esos juguetes? Son para construir un muro contra la violencia.
Fernando Torres