Poner nombre al maltrato

Hace unos meses asistí a un curso en el que una de las conferencias la impartió el delegado del gobierno para la violencia de género. Habló mucho y bien del tema. Dio muchos datos. Y uno de ellos me impresionó. No me acuerdo de cifras. Pero venía a decir que el 80% de las mujeres que denuncian maltrato no se reconocen como maltratadas. Ellas denuncian lo que entienden que son comportamientos ocasionales.

También dijo que en el caso de la campaña que están haciendo ahora mismo para intentar prevenir y crear conciencia sobre el maltrato en las parejas de jóvenes, se han visto obligados a cambiar la formulación de los anuncios publicitarios. Se dieron cuenta de que poner algo así como “Si te sientes maltratada, llama al teléfono…” obtenía poquísimas respuestas. Porque nadie se reconoce como maltratado. Sin embargo, cambiando la formulación a “Si sientes que tu pareja te controla tus entradas y salidas, tu teléfono móvil, tu whatsapp, etc., llama al teléfono…” el número de llamadas aumentaba.

La razón es muy simple. Nos cuesta reconocer y poner nombre a determinadas situaciones que a veces nos toca vivir. Reconocer que en el contexto de la pareja, allí donde el amor ha sido el vínculo originario, se produce una situación de dominación, control, maltrato y abuso, significa-implica reconocer el propio fracaso-error. No se acertó en la elección de la pareja. Algo habré hecho mal. Quizá tenga que ser así la vida de relación en pareja. Quizá haya sido siempre así. Al fin y al cabo, él me quiere. Lo que me hace no es más que una prueba de su amor que me quiere toda para él.

Damos muchas vueltas antes de poner nombre a las cosas. Porque ponerle nombre nos enfrenta a la realidad desnuda. Y la realidad, cuando es dolorosa, como en el caso del maltrato en el seno de la pareja, no es nada agradable de mirar de frente. E inevitablemente nos lleva a buscar soluciones, ayuda. A tomar decisiones, que siempre son arriesgadas. A romper relaciones que, aunque dolorosas, también solucionan problemas vitales (casa, recursos económicos, etc.). A buscar nuevos caminos y horizontes que, por desconocidos e inciertos, siempre provocan temor y angustia. A veces se terminan prefiriendo los ajos y las cebollas de Egipto (lugar de la esclavitud) a la incertidumbre de caminar por el desierto en busca de la Tierra Prometida (que no asegurada).

La experiencia de las mujeres que han dado el paso es siempre la misma. No se arrepienten en absoluto. Se arrepienten de no haberlo dado antes. Pero hay que pasar por ese momento crítico de poner nombre a lo que se vive y experimenta. Amigos, familiares, conocidos somos responsables de ayudar a las mujeres que sufren en silencio a dar ese paso.

Fernando Torres

Fundación Luz Casanova

 

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