Tampoco es tan complicado

A veces escucho unas cosas que me dejan el corazón temblando. Y no hace falta que las digan los políticos o artistas en programas de esos de la tele en que todos hablan, las más de las veces sin mucho sentido. Es que las oigo en reuniones familiares. Y me echo a temblar porque me cuenta la sensibilidad, o más bien falta de sensibilidad, que tienen muchas personas sobre una cuestión tan seria como la violencia de género.
      Lo que sigue fue escuchado en el curso de una comida familiar. Como la que se celebra en tantas familias, un domingo cualquiera. Salió en la conversación la noticia de que había habido una mujer a la que su marido había pegado. El primer comentario fue del marido: “Es que hay algunos bestias por ahí”. Hasta ahí casi normal. Porque la expresión no es inocente. Ni es totalmente condenatoria. A esos bestias los conocemos todos pero no hacemos nada. Quizá incluso algunos de ellos pertenecen al grupo de amigos. Pero, ya se sabe. No hay nada que hacer.????????????????????????????????????

      Lo malo, lo peor, vino con el comentario de ella. “La verdad es que ella ya sabía a lo que se enfrentaba porque la misma madre del marido, antes de casarse, ya le avisó de que no se casará, que su hijo era un bruto. Y ella no atendió a razones.” Y de la afirmación se colige sin duda que la culpa de la paliza, en el fondo, no era del marido. Él no hacía más que responder a su naturaleza: era un bruto. Parece ser que hasta su madre lo sabía. La culpa –se insinúa con suavidad– fue de la misma mujer. Fue ella la que se metió donde no debía. Fue ella la que se arriesgo. Fue ella la que, avisada, no escuchó e hizo lo que no debía.
      En el ambiente quedó flotando, aunque no se llegó a expresar, que evidentemente la culpa no era del hombre sino de la mujer. En ningún momento se habló de que el hombre mereciese un castigo ni que fuese culpable. Lo más que se dijo de él es que era un bruto. Actuó conforme a su naturaleza. ¡Pobre hombre!
      Pero ella, ella, estaba avisada y no atendió a razones. Ella apareció más como culpable. Como si los palos se los hubiese dado ella a sí misma en un acto de autoagresión imperdonable. Ella fue la poco inteligente que merecería un castigo por tonta. Vamos, que si el juez fuese mínimamente inteligente le aplicaría un castigo a ella y dejaría suelto al pobre hombre que no había hecho más que actuar según su propia manera de ser.
  Vamos a tener que aprender a usar mejor nuestro lenguaje porque a veces dice más de lo que pensamos. Está claro quien pegó los palos. Y quién los recibió. La naturaleza del hombre no es pegar ni ser bruto. Para modificar esos comportamientos están la cultura y la educación. Y si hace falta también la ley y la pena.
      Pero, nunca, nunca, justifiquemos lo injustificable ni, mucho menos, echemos la culpa a la víctima.
Fernando Torres

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