Tengo una amiga

Tengo una amiga

Para muchas mujeres el hogar se convierte en una cárcel difícil de salir

De entre todas las cosas que dijo aquella mujer hubo una que me sorprendió especialmente. Estaba hablando de su experiencia como sufridora de la violencia de género. Lucía unos cuarenta y pico años. De buen ver. Con carrera universitaria. Con trabajo en la administración. Pero su experiencia de matrimonio había sido muy desafortunada. El que había sido tan simpático en el noviazgo y el que resultó ser tanto don de gentes con todo el mundo resultó que en cuanto traspasaba la puerta del hogar familiar –si es que se puede llamar hogar a lo que terminó convirtiéndose en un infierno– era un abusador. Primero con la palabra, luego con el control y, al final, lo intentó con la mano. Pero ahí dijo la que hablaba que había cortado. Se había ido de casa y, con la ayuda de un centro de acogida, en la Fundación Luz Casanova,  había comenzado una nueva vida.

No había sido fácil. Con los ojos los mismos compañeros y compañeras de trabajo le decían algo así como “¿Qué habrás hecho?” La familia del marido todavía la perseguía. Había perdido los amigos de siempre. Tuvo que buscar una nueva casa. Claro que todo se compensaba con la comprensión encontrada en el centro de acogida. Allí con los profesionales y con las otras mujeres que habían pasado por similar experiencia, se sentía comprendida y, por una vez, se sentía en casa. No era ella la rara. No era ella la mala. Sólo tenía que darse cuenta de que le había tocado pasar por una experiencia horrible. Pero ella no tenía la culpa. “Ella no había hecho nada para merecerlo.”

Hasta aquí es una historia relativamente y, sobre todo, desgraciadamente común. Es una terrible desgracia que haya tantas mujeres –y niños, que también son víctimas– en nuestra sociedad a las que les toca pasar por una experiencia relativamente similar.

Pero lo que me llamó la atención que, hablando de su vuelta al trabajo, se encontró con una compañera que se hizo la encontradiza con ella varias veces. Y siempre le terminaba hablando de una amiga suya que tenía un problema parecido al que había pasado ella. Y se preguntaba esta compañera cómo le podía ayudar. La protagonista de nuestra historia decía que unas cuantas veces le preguntó si esa “amiga” de que hablaba no era ella misma. Y que la respuesta había sido siempre negativa. “No, qué va. Yo no tengo ese problema.”

Los años pasaron hasta que en otra conversación, reconoció que sí, que ella misma era la amiga para quien pedía consejo y ayuda. Y que aquellas conversaciones le habían ayudado a salir del círculo de la vergüenza, de dolor y soledad en el que siempre mete a la víctima ese  ciclo interminable y siempre creciente de la violencia de género.

Ahora, después de haber escuchado esta historia, me pregunto cuantas amigas, enjauladas en su propia vergüenza y dolor, necesitan la mano amigo, la comprensión y la escucha que las ayude a ver la luz al final del túnel.

Fernando Torres Pérez

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