Un paquete de comida

El periodista la vio por pura casualidad. Una mujer normal, de edad mediana, de belleza mediana. Podría haber pasado desapercibida. Una más entre las muchas mujeres que van y vienen a media mañana por la calle, todas con sus carros de la compra o con sus bolsos, cada una a sus quehaceres, con sus urgencias y sus prisas, con sus disgustos y sus alegrías, centradas en lo suyo.

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Pero ella se diferenció del resto por un pequeño detalle que puso en guardia al periodista y le dijo que allí había algo que podía ser una noticia. Porque la diferencia es lo que hace de un gesto normal una noticia. Y allí estaba esa diferencia. Vio cómo la mujer, aún caminando deprisa, paraba un momento al lado de un mendigo, un pidón, que estaba a la puerta de un comercio, y abría el bolso. De entrada pensó que le iba a dar una limosna, unos céntimos, como habían hecho algunos viandantes antes y otros harían después. Nada fuera de lo normal.

Lo que le llamó la atención, lo que marcó la diferencia, fue que lo que sacó de su bolso –uno de esos bolsos femeninos donde cabe medio mundo– no fue la cartera sino un paquete, pequeño pero paquete, que con sumo cuidado entregó en mano al mendigo. Quizá lo que más le llamó la atención al periodista es que el mendigo lo recibió como si supiera lo que era, como si no fuera la primera vez que recibía aquella limosna diferente. Al periodista se le encendió una luz en el cerebro. ¿Qué era aquello? Ahí estaba la noticia. Tenía que hablar con aquella mujer.

Lo hizo. Tuvo que acompañarla con su prisa pero no fue difícil entablar conversación. Se dirigía al autobús. Tenía prisa porque no podía perderlo. Su trabajo consistía en ayudar a algunos enfermos aquí y allí. Era emigrante. De otro país lejano se había traído un título de enfermería pero aquí, en España, no se lo reconocían. Sólo había encontrado trabajo por horas como asistenta. Y sus clientes eran todos ancianos. Unas hora aquí y unas horas allí. Mucho moverse para ganar lo justito para vivir ella aquí y mandar algo a su familia de lejos, bien necesitada de su ayuda y causante de su viaje a España.

No tuvo inconveniente en explicar al periodista el misterio del paquete. Cuando llegó a España lo había pasado mal. Muy mal. Los primeros tiempos se había visto obligada a pedir ayuda. Ahora no estaba para tirar cohetes. Ganaba lo justo. Incluso un poco menos de los justo. Pero le rompía el corazón ver la necesidad de los que pedían por la calle. Por eso, cada vez que cocinaba para ella hacía siempre un poco más para darlo a algunos de aquellos necesitados que se encontraban por la calle. Más no podía hacer. Casi pedía excusas al periodista.

El periodista se fue un poco avergonzado. Él creía que hacía algo contando las cosas. Aquella mujer, normal, de mediana edad y pobre vida, entregaba de su tiempo y su trabajo un poco de su propia comida para que otros pudiesen saciar su hambre. ¿Qué más se puede pedir?

Fernando Torres

Fundación Luz Casanova

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