Una madrugada fría

Lo conocí cuando ya llevaba tiempo en la calle. Estaba hecho un desastre. No miento si digo que se conservaba en alcohol. El brick de vino barato le acompañaba siempre. Pasaba la muchas horas sentado en el suelo, en la acera justo debajo de la ventana de mi oficina, al sol de la mañana. Dormía en unos soportales cercanos. Ahora los han cerrado con vallas metálicas. Imagino para evitar que haya gente ahí pasando la noche. Era pacífico. No podía ser menos porque creo que vivía con las fuerzas justas. Se notaba que llevaba mucho tiempo en la calle y la calle hace estragos en las personas. Pero seguro que en algún momento había tenido un trabajo y una casa y una familia y unos amigos. A saber lo que le había llevado a que todas ese mundo de relaciones se fuese quebrando hasta que la calle le quedó como la única salida posible. Seguro que no fue una cosa. Como en los accidentes de los aviones. No es la rotura de una pieza la que provoca el accidente. Generalmente eso está previsto y tiene solución. El problema es cuando se rompen simultáneamente muchas piezas. Imagino que se le rompieron de golpe unas cuentas piezas a mi amigo: quizá perdió el trabajo, se quebró su matrimonio, se le acumularon las deudas, su mente también se rompió… Y la calle se convirtió en su casa. Y el alcohol en su consuelo. Unos conocidos míos le ayudaron más de una vez. Le llevaban a su casa, le duchaban, le daban ropa nueva, le alimentaban. Pero ya era incapaz de aguantar sujeto. La calle era su única vida.

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Le encontraron muerto una madrugada de invierno en aquellos soportales. La noche fue demasiado fría. Y él no aguantaba los albergues y menos las normas. Así terminó una vida que era un desastre.

Algo falló para que su vida terminase así. No es difícil averiguarlo. Faltó una mano amiga que, al principio, cuando todo empezaba, le acogiese, le abriese caminos de esperanza y le ayudase a comenzar de nuevo. Cuando yo le conocí, ya no había mucho que hacer. Demasiados años de calle, le habían convertido, permitánme la expresión, en una piltrafa humana. Para él ya no había muchas salidas. Apenas el cariño de aquellos amigos míos que, una y otra vez, el acogieron en su casa, le duchaban y le proporcionaban ropa y alimento por una o dos noches. Era lo más que aguantaba lejos de la libertad que le suponía la calle.

En nuestra sociedad deberíamos luchar para que nadie llegase a la situación a la que llegó mi amigo. Se puede evitar. No es complicado. No es caro. No consume demasiados recursos sociales. No basta con poner albergues durante el invierno. Hay que hacer algo antes. Es lo que intenta el centro de día de la Fundación Luz Casanova y de tantas otras organizaciones.  Para que en nuestra sociedad nadie quede excluido de la mesa común. Para que nadie más muera en la calle en una madrugada de helada.

 

Fernando Torres Pérez

Fundación Luz Casanova

 

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