Y no pasa nada

       Me pregunto a veces si es que nos hemos vuelto más insensibles que una lija del cuatro. Lo digo porque hoy me he encontrado con una noticia que la he tenido que leer dos veces para darme cuenta de su verdadero significado. Según los últimos datos de la Encuesta de Población Activa, difundida este jueves (27 de abril de 2017), los hogares con todos sus miembros en paro subieron en 6.900 en el primer trimestre, un 0,5% respecto al trimestre anterior, hasta situarse en 1.394.700, según datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) difundida este jueves por el Instituto Nacional de Estadística (INE).
      He dicho que la tuve que leer dos veces para comprenderla bien. Estamos hablando de hogares donde todos sus miembros están en paro. Vamos a pensar en un hogar “normal”: mamá, papá, dos niños y el abuelo.
    IMAGEN1  Ya se entiende que los niños son sujetos pasivos. Ellos no trabajan, como es natural, sólo consumen. Y mucho porque están en edad de crecer y comen lo que no está escrito. Y desgastan ropa y zapatos y lo que se les ponga por delante.
      Luego están papá y mamá. En principio, lo habitual es que sean ellos los que aporten económicamente para que la familia funcione. Uno o los dos. Estamos hablando de sueldos normales, no de salarios espectaculares. Pero en este caso –que no es un caso aislado porque hay que recordar que estamos hablando de un millón trescientos noventa y cuatro mil setecientos hogares en España– sucede lo que no es normal, lo que no debería ser normal, lo que no deberíamos permitir que suceda en este mundo. Ni papá ni mamá tienen trabajo. Es posible que estén cobrando el paro pero también es muy posible que el seguro de desempleo –esos dos años que dura– se haya terminado y estemos hablando, con suerte, de alguna prestación mínima ofrecida por el ayuntamiento o la comunidad autónoma. Pero mínima, mínima, mínima. Lo justito para ir malviviendo y mal tirando, para que desde que empieza el día hasta que llega la noche todo sean dificultades y apreturas.
      Y, para terminar está el abuelo. En principio, pertenece también a las clases pasivas. Pero, maravillas de la vida, se ha convertido en el centro de la familia, en la clase activa por excelencia. Su pequeña pensión –de esas que han subido unos miserables cero comas por ciento en los últimos años– es la única fuente de ingresos en la casa. De ahí tiran todos: niños papás y abuelo.
      Esto sucede un millón trescientas noventa y cuatro mil setecientas (1.394.700) veces en este país. Y nadie sale a la calle. Y no se monta un plan de urgencia para salvar a toda esta gente de una más que probable caída en la marginación y en tantas otras cosas. Y no se hace nada. Nosotros a lo nuestro. Y vosotros a lo vuestro. Es urgente hacer algo, no sé qué, pero algo. Para no dejarnos hundir en ese lodazal fangoso de inhumanidad e hipocresía que supone el seguir viviendo como si nada sucediese.

Fernando Torres Pérez

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