Hombres justos

Soy médico, pero antes que eso soy un ser humano, y hoy compartiré con ustedes vivencias que me ayudan a vivir, aunque sin relación directa con mi profesión.

Vivimos en una sociedad básicamente injusta, donde ver los noticiarios o leer los diarios produce a veces asco, y en el segundo y tercer mundo no sólo eso, además puede llenarnos de espanto. Nos gobiernan y dirigen el país y el mundo gentes sin escrúpulos, mediocres y a veces corruptos. La mentira parece ser la norma y la estética es mucho más importante que la ética. Todo es objeto de negocio y no sólo la palabra ha perdido su valor, también lo ha hecho la imagen de puro bombardeo con las mismas. En el primer mundo temo que tenemos lo que nos merecemos: al fin y al cabo somos nosotros quienes hemos dejado la política en manos de quienes nos gobiernan, por acción u omisión, y si soportamos injusticias tal vez es porque no nos rebelamos contra ellas, quizás por temor a perder lo que poseemos. 

Es por ello que hay veces que tengo la tentación de dejar de creer en el hombre. Entonces recurro a un truco: pienso en personas cabales, gentes decentes y buenas que conozco. Son personas que jamás aparecieron en las noticias, figurarán en el libro Guiness de los récords o en el “Quién es quién” sajón. No me refiero a Gandhi, monseñor Romero o Martin Luther King, que fueron profetas, hombres enviados por Dios. Fueron o son, simple y llanamente, personas justas, honestas, dignas y decentes. Solamente eso. Ninguno poseyó o posee estudios universitarios, ninguno escribió un libro ni pronunció una conferencia, ninguno dominó otras lenguas ni fue o es rico, ni seguramente lo sea nunca. Pero su vida y su ejemplo, su praxis, me ayudan a seguir confiando en que la bondad es más fuerte que la maldad y que todavía puedo creer y esperar del hombre. Yo les hablaré de cuatro de ellos, pero sólo en un caso mencionaré su nombre; el último se adivina con facilidad.

 El primero es mi propio padre, su nombre era Mariano, murió posiblemente de una embolia pulmonar en su piso de Jaca en 1994. No saben cuánto lo recuerdo en unos tiempos que no son fáciles para mí y lo mucho que me enseñó. No tuvo grados académicos, sólo acudió algunos años al colegio, pero fue un lector empedernido y se convirtió en un hombre culto y un viajero curioso y entusiasta. Tuvo una tienda del textil y en aquellos tiempos –años 60 y 70- la recaudación del día se llevaba al banco diariamente, a veces le acompañábamos mi hermano y yo. Él usaba sombrero y saludaba al conserje que le abría la puerta exactamente igual que al director de la oficina, con la misma educación y amabilidad, al modo de entonces, levantándose brevemente el sombrero de la cabeza. Siempre daba una moneda a quien se la pedía, nunca le vi negar una limosna a nadie. Una vez un “amigo” pidió un préstamo que él avaló, no lo pagó y mi padre hizo frente a la deuda. Nunca se lo reprochó ni se lo reclamó a su “amigo”. Cuando le pregunté por qué no lo hacía, me dijo: “porque yo tengo dignidad”. Le sobrevivimos sus nueve hijos, su esposa (es decir mi madre), ya anciana con 89 años, más de 20 nietos y similar número de bisnietos. De él he heredado su tendencia depresiva y el gusto por los dulces, pero además le recuerdo cada vez que alguien me pide ayuda e intento prestarla en su memoria, y saludo por igual a la señora de la limpieza de mi hospital que al consejero de sanidad, porque él me enseñó que todos los hombres somos iguales. Si tuviese que decir quién fue mi padre, diría que un hombre bueno, “siempre ayudando en lo que podía”, como dijo el celebrante en su misa-funeral.

El segundo ejemplo es uno de los amigos que más quiero, un hombre sencillo. Tampoco ha estudiado mucho. Le admiro por muchas cosas, tal vez la más destacable es por ser un hombre veraz: una vez tuvo que convencer a una persona muy querida para que dijese la verdad en una situación difícil, y pagar por ello un alto precio, y lo hizo, posiblemente sufriendo más él mismo que la otra persona. Es lo que tiene ser sincero: siempre se paga un precio, a veces muy elevado (un expediente, un proceso, una denuncia, la pérdida de privilegios o hasta un puesto laboral). Quien no esté dispuesto a pagar ese precio, tendrá en alguna ocasión que mentir o callar la verdad y mirar para otro lado, que tal vez es la forma peor de mentira. Se llama también indiferencia.

 El tercer ejemplo es otro de mis mejores amigos, tampoco con mucha formación académica pero también un gran lector. Este hombre contrató un día a unos trabajadores que venían de lejos tras un largo y duro viaje de miles de kilómetros en autobús, tal como hacían nuestros compatriotas hace no mucho para ir a trabajar a Austria, Suiza y Alemania. Como el momento económico era malo, se le ofrecieron como temporeros a menor precio que la cosecha anterior, pero él no lo quiso así, aun cuando él perdería porque el fruto de la tierra no había subido proporcionalmente. Antes bien, les pagó más porque le pareció que era lo justo. Además les costeó el seguro, cuando otros sólo contrataban si el trabajador se lo pagaba. Nadie le obligó, él lo quiso así. Eso se llama ser justo. Se llama honradez, justicia, decencia y dignidad. No se aprende en las aulas, ni en los salones elegantes, mucho menos en los ayuntamientos, los parlamentos o las sedes de los partidos políticos. Eso nadie te lo da y nadie te lo puede quitar. Eso se llama hacer el Reino, se llama humanidad, se llama fraternidad, se llama solidaridad. Se llama sanar a la madre Tierra y sólo se aprende cuando uno mismo sabe lo duro que es pelear para sobrevivir.

 Finalmente, el último fue carpintero y vivió en un país pequeño y militarmente ocupado hace mucho tiempo. Resume a los tres previos. En realidad, de forma consciente o no, todos ellos le pro-siguen, relacionándose con el resto de las personas y con el mundo del mismo modo que él. Por ejemplo, dijo siempre la verdad, lo cual le costó la vida; hizo todo el bien que pudo, con lo cual ayudó a comprender que su Dios era un Padre/Madre y que todos éramos hermanos. Y trató a los demás con justicia, dignidad y decencia, porque creía que lo más importante era la misericordia.

 A ese hombre intento yo torpemente pro-seguir en donde vivo y donde trabajo. No lo hago muy bien, pero confío en aprender. Recientemente he pagado un precio algo alto, pero eso no es importante ahora. Además, me merece la pena, si no no lo pagaría. Por eso escribo. Por eso digo lo que pienso, lo que creo y aquello que me mueve y conmueve, en la esperanza de que pueda ser útil a otros.

Cuando duden de que lo que hacen con buena voluntad e intención recta merece la pena, o que el costo es elevado, piensen en esas personas que conocen o han conocido similares a las que comento: no necesariamente en mártires o santos, o en los fundadores de las órdenes a las que pertenecen si son ustedes religiosos, por admirables que les parezcan. No piensen en los pilotos, sino en el personal de tierra, que con su tarea anónima, oculta y callada hace posible que el avión despegue. Y recen por ellos: sólo así el avión podrá tener un buen vuelo y llegar a su destino. Aunque los pasajeros nunca les conozcan y sólo vean al piloto y a las bellas azafatas.

3 Responses to “Hombres justos”

  1. Ud. tiene tal sensibilidad que logra humedecerme los ojos al percibir su gran humanidad. Esto me pasa todos los domingos al participar en Misa con un sacerdote que preside y que habla desde el corazón a partir de la Palabra.
    Hace muy bien al presentarnos esos personajes ocultos pero enormemente valiosos como ejemplos a imitar. Son santos anónimos, y gracias a éllos podemos los demas intentar vivir con esa dignidad, podemos creer que es posible ser buena persona y por ende buen cristiano .
    Esa misma sensibilidad le hara sufrir mucho y le acarreará no pocos disgustos.Siempre ha sido difícil ser honesto y hablar con claridad.Eso se “paga”. La claridad es ceguera para quien no quiere ver. Jesus nos dijo de caminar en la luz y de que los hombres prefirieron las tinieblas a la luz.Esto sigue ocurriendo.

  2. Dicen que Diógenes, el del barril, que no sé si era también el Cínico, buscaba con un candil un hombre. Sólo uno. Quizá no tuvo suerte, quizá le cogiera en mal lugar, en mal momento. Buscar al hombre, así de uno en uno, lo que tiene de materia delicada, su perfil de tipo cabal, su gracia de andante sin queja, callado y sereno. Un hombre, una mujer. Sí, también yo conozco algunos y a veces me miro en el espejo buscando el que puedo tener más cerca. Pero no es fácil, no es empeño banal, tampoco vano.

  3. No hacen falta grandes propósitos para ser “de recibo”.
    Bastaría que supiéramos poner, cada vez más juntos, los momentos de: acierto, de saber ceder, de hablar claro, de callar el orgullo, de resultarnos ligero el servicio, de desdibujarse los enemigos, de esperar confiados, de los hitos de alegría por el sentido que nos devuelve la fe…
    Habrá habido santos que habrán podido hacer, de esos momentos, una línea continua, yo aspiro a un discreto hilván, porque Cristo nos ha salvado con un grueso trazo pintado encima.

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