Medicina humanitaria

Comparto con ustedes algunas reflexiones personales sobre la medicina hoy. Son bastante generales pero pueden ser un buen marco teórico para desarrollar los temas que se sugieren en entradas sucesivas. Formaron el embrión de un artículo para la revista de mi hospital, que luego reformulé y nunca vio la luz, pero me sirvieron para verter al papel ideas que me rondaban por la cabeza desde hace tiempo.

Siendo la medicina un arte que trata sobre las enfermedades el hombre, es obvio que debe ser humanitaria. Pero esto no siempre es así si consideramos el término en un sentido más profundo y de mayor alcance. Me refiero a la medicina ejercida con humanidad, esto es, atendiendo a la persona de forma integral, no sólo a su cuerpo, sino también a su alma (o psykhé en griego) y a su ánimo (timós). ¿Qué necesitamos para que una práctica que tiene también mucho de técnica pueda ser humanitaria en todo su sentido? ¿Es eso posible en las estructuras sanitarias de nuestra sociedad?

 Primeramente, necesitamos un contexto adecuado: es sumamente difícil ejercer bien bajo la presión y sobredemanda asistencial de, por ejemplo, un servicio de urgencias: por experto y vocacionado que sea el profesional está sometido a demasiado stress como para poder exigirle más allá de una buena capacidad técnica, que a veces también se ve desbordada por el número de pacientes, los pocos medios o la escasa colaboración de otros servicios del hospital. Ocurre algo parecido en la asistencia primaria, donde los ciudadanos se dirigen con quejas que desbordan con mucho la demanda de “salud” (cualquier cosa que signifique ese término), insolubles no ya para el médico, sino para el sistema sanitario entero (en muchas ocasiones problemáticas psicosomáticas derivadas de problemas sociales, laborales, familiares, personales). Es imposible ser de mucha ayuda cuando se disponen de tres minutos por paciente.

 Sin embargo, la situación del hospital donde trabajo actualmente es diferente: si bien los problemas de salud son muy serios disponemos de espacio y tiempo. Las estancias son aquí largas y aunque las habitaciones no son en su mayoría individuales siempre pueden buscarse espacios adecuados para la comunicación con pacientes y familiares. En ese aspecto, pues, nuestra posición es ventajosa. Tampoco el número de pacientes suele ser tan excesivo como para no poderles dedicar el tiempo necesario.

 Pasemos pues a los factores más importantes de la ecuación: el paciente y el médico. Es obvio que lo primero exigible al profesional es que sea una persona técnicamente capaz y eficaz, al día de los conocimientos científicos y abierto a modificar su praxis en función de éstos. Hay un interesante movimiento en medicina que busca actualizar el Juramento Hipocrático dándole un matiz que incorpore dos características de la medicina actual: el hecho que se ejerce en equipo (por lo que uno debe estar abierto a otras opiniones y criterios) y con una vertiente comunitaria o pública (no sólo tenemos responsabilidad ante el paciente concreto sino en algunos aspectos ante la sociedad en la que ejercemos).

Pero no sólo debemos ser buenos técnicamente: una medicina humanitaria exige que veamos al paciente como un todo y nos acerquemos a aspectos que escapan a los sentidos. Que intentemos aproximarnos a su interior y al posible sufrimiento que ahí puede existir, y eso sólo se logra mediante la empatía, ese término griego que significa “entrar en el sufrimiento del otro”. Sin embargo, es muy difícil una medicina empática si el médico no posee un cierto bagaje interior, si no ha experimentado en carne propia algunos de los sufrimientos que intentará sanar (el padecimiento de personas queridas, las pérdidas que supone la vida humana: de salud, de posición social o económica, de amor). Y no solamente ha transitado por ese terreno de dolor, además ha intentado afrontarlo de forma positiva y aprender de él: lo contrario a convertirse en una persona escéptica o amargada, que pierde la confianza en sí mismo, en los demás y en que la vida puede tener para nosotros mejores posibilidades. Es indudable que poseer algún tipo de fe (sea en aspectos divinos o humanos de la existencia) ayuda a elaborar esa faceta de riqueza interior del médico.

 Es obvio que es necesario mantener una “distancia terapéutica” que no oscurezca la serenidad necesaria para tomar decisiones, a veces dolorosas y difíciles. Pero esa distancia no significa una relación fría o desapegada: es importante que el paciente perciba que al médico le importa como persona, no solamente como enfermo al que ha de tratar.

 Finalmente, ha de poseer una ética. No nos engañemos, por acción u omisión toda acción humana la posee y es preciso conocer desde dónde ejercemos y sirviendo a qué intereses: si personales, institucionales, del paciente o de la sociedad. Y esto no siempre está tan claro hoy en día, en una medicina progresivamente más costosa y compleja.

Suponiendo que uno de los factores de la ecuación (el médico) sea buen profesional y posea un bagaje humano y ético, nos quedará el paciente. ¿Qué podemos pedirle? Su confianza. Sin entrega mutua no hay relación terapéutica y por excelentes que sean los fármacos que utilicemos no llegarán a ser tan efectivos como el beneficio que se obtiene de una buena relación  médico-paciente, basada en la credibilidad del profesional pero también en la entrega por parte del enfermo y sus familiares. Y también una actitud activa, con implicación en el proceso diagnóstico y terapéutico y en la toma de decisiones sobre él, en la medida en que pueda y desee (hay pacientes que prefieren dejar todo esto en manos del médico, lo cual es de agradecer por la confianza que supone).

La pintura que aquí dibujo es justamente la opuesta a ejercer con la mentalidad de un sitiado, permanentemente bajo escrutinio y pensando en las potenciales consecuencias legales de una evolución adversa. La precaución y la prudencia en el ejercicio de la medicina son una cosa aconsejable, la práctica de una medicina defensiva a ultranza otra, por lo general nada beneficiosa ni para el paciente, el médico o incluso la sociedad.

 Otro día les contaré algunas historias de relación médico-paciente, veinticinco años ejerciendo dan para mucho.

Recen por los pacientes y por quienes les cuidamos.

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