E) Saber gestionar los conflictos

El intento de favorecer relaciones de reciprocidad con las demás personas se transforma en una empresa nada fácil cuando surgen con evidencia las “diversidades”. Su inalcanzable distancia respecto a nuestro modo de pensar y de actuar pronto nos irrita, nos resulta insoportable, terminando después por alimentar episodios conflictivos más o menos abiertos y siempre más recurrentes.

No es difícil comprender que la diversidad de cada uno constituye el fundamento indispensable para que pueda subsistir nuestra irrepetible unicidad. No puede darse, en efecto, identidad individual sin diversidad. Así como no hay diálogo o integración si no entre diversos. Pero la diversidad no es sólo garantía de legítima individualidad, fuente de apasionado diálogo y de gratificante integración. Ella inevitablemente lleva consigo la separación, la distancia, el conflicto, haciendo en cada momento débil y frágil cualquier tipo de relación. Es sobre todo en el conflicto cuando la presencia de las demás personas y su diversidad se convierten para nosotros particularmente misterioso, se transforma en una realidad del todo incomprensible e inaceptable.

Cada vez que experimentamos una relación conflictiva con los demás personas, nos aparecen puntualmente en toda su radical “diferencia” de nosotros y esto les hace a nuestros ojos extrañas, casi enemigos, una presencia hostil a la que contraponernos con fuerza. Cualquier contexto social o comunitario, antes o después, no tarda jamás en aparecer situaciones de conflicto que hacen extremadamente difícil no sólo la dinámica de la reciprocidad, sino la posibilidad misma de relacionarse con otras personas.

Puestos frente al conflicto, nos defendemos de él relacionándonos con las demás personas de modo no auténtico, acusando, agrediendo de modo manifiesto u oculto. Las situaciones de conflicto nos hacen inevitablemente más vulnerables, más frágiles, reducen nuestra “funcionalidad” psíquica, aumentando nuestra autodefensa, empujándonos con más facilidad al juicio y a encerrarnos, produciendo una “ceguera relacional” que nos impide “ver” realmente y por entero a las demás personas.

Cada una de las personas implicadas comienza a “leer” y a “puntuar” la realidad de manera diferente a la otra, no interpretando de manera correcta los mensajes que recibe y no ofreciendo informaciones adecuadas a su interlocutor. Una “puntuación” arbitraria y sectaria de los acontecimientos hace la interacción conflictiva todavía más confusa y ambigua.

Tal arbitrariedad, después, es a menudo alimentada por la imagen que cada quien tiene de sí, por los miedos y por las “heridas” que su historia personal le ha dejado en herencia. De manera que, no es raro, la percepción que se tiene de otra persona resulta fuertemente deformada por nuestra misma fragilidad, por nuestras “proyecciones”. Desde este punto de vista el conflicto con las demás personas, antes que manifestarnos su diversidad, nos permite tomar contacto con nuestras partes vulnerables y con nuestros problemas no resueltos, es decir con lo extraño que está en nosotros y de lo que no nos gusta tomar conciencia.

Por este motivo, el conflicto constituye un momento muy importante tanto para el mejor desarrollo de las relaciones interpersonales, como para el crecimiento de cada persona. El conflicto con las demás personas, en efecto, no sólo me “obliga” a tomar nota de su radical diversidad, sino que sobre todo me lleva a mirar mis límites y la fragilidad de mi condición, que esta “toma de conciencia” pone de relieve.

En el conflicto se experimenta de modo inédito la extrañeza y hostilidad de las demás personas, pero también la extrañeza hostil de aquella parte de mi mismo que tengo rígidamente oculta en mi conciencia. Lo extraño que encuentro “fuera” de mí, en definitiva, tiene mucho que ver con lo extraño que hay “dentro” de mí y con lo que obstinadamente rechazo siempre confrontándome.

El trabajo de cada conflicto es debido no sólo a la fatigosa acogida de la diversidad de las demás personas, sino también al sufrimiento de apropiación de parte de nuestra identidad por mucho tiempo escondida o rechazada (fantasmas del pasado, miedos antiguos, fragilidades emotivas…). El conflicto con las demás personas se alimenta no sólo de problemas “externos”, reales y objetivamente relevantes, sino también de los problemas “internos”, todavía abiertos y no resueltos, que cada quien de nosotros lleva dentro, junto al temor de afrontarlos.

El conflicto se hace insoluble y destructivo cuando se alimenta un “mecanismo victimario”, es decir, cuando se “sacrifica” como víctima una de las partes en juego y culmina con la anulación de una de ellas. Al contrario, la dinámica conflictiva se compone y se revela como un momento indispensable de crecimiento cuando se transforma en ocasión de “recíproco reconocimiento” y de “recíproca acogida”; es decir, cuando cada persona en litigio se vuelve capaz de tener cuidado de la propia distinción y al mismo tiempo sabe como “acoger” la diferencia irreductible de la otra.

Lo que hace difícil la composición de cada conflicto es, todavía, el hecho que en él experimento la “negatividad” del límite que pesa sobre la condición humana, la mía y la de las demás personas. La “finitud” en mí se manifiesta en forma de instancia siempre abierta, de necesidad siempre insatisfecha; mientras en la otra persona se manifiesta puntualmente como incapacidad de comprenderme definitivamente.

Pero realmente es esta finitud la que funda y hace posible el don de sí, la apertura a otra persona, la transformación de aquello que se opone a mí y me limita en “lugar” de comunicarme y de compartir. Podemos afirmar, pues, que la misma relación de reciprocidad puede brotar sólo de la consciencia de las heridas propias y de la de los demás. Es desde la “herida”, en efecto, que tiene origen la auténtica apertura a la otra persona y a la dinámica de reciprocidad que nos une. En la medida en que nos hacemos plenamente conscientes de la “común” insuficiencia y de la “común” imperfección,  encontramos la fuerza de acoger la diversidad y de hacer nuestra la gratuidad de la relación.

Saber “gestionar” el conflicto, sabiendo acoger las profundas implicaciones que apenas hemos delineado, significa transformar una experiencia frustrante en una ocasión irrepetible de crecimiento personal y de “descubrimiento” de la otra persona; significa, en particular, transformar a la otra persona de presencia que me niega, que me obstaculiza, que se me opone, en presencia que me fundamenta y me constituye.

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