F) Reconocer los tiempos de la relación

El Qoèlet, uno de los más sugerentes libros sapienciales del Antiguo Testamento, señala la capacidad de “reconocer los tiempos” como uno de los aspectos sobresalientes de la sabiduría. Algo semejante podemos afirmar, aunque desde el punto de vista psicológico, en relación a nuestra vida de relación y a la fundamental importancia de saber reconocer los tiempos.

Toda relación, de la que seamos co-protagonistas junto a otra perosnas, presenta siempre “fases” bien definidas y fácilmente identificables. Cada una con sus características específicas. Si aprendemos a conocer estas fases, estos “tiempos” de la relación, estaremos después en grado de “contextualizar” mejor lo que acontece en su desarrollo y de dar un “significado” más apropiado y una “lectura” más adecuada.

En el plano temporal todo acontecimiento, por eso también cada una de nuestra experiencia relacional, puede ser distinto en tres “tiempos” o fases: la fase de antes, la de durante y la de después. En el relacionarse con las demás personas, en cada uno de estos tiempos acontece algo específico y “siempre-igual”, que buscaremos ahora de describir brevemente.

La fase inicial de una relación precede a la experiencia “real” que sucesivamente haremos de la otra persona, en el momento en que la conoceremos así como ella “efectivamente” se muestra. Cuando comienza una importante relación de amistad o de pareja o, aún, una significativa experiencia de comunidad, la otra persona nos aparece atrayente, colmada de aprecio y de virtud, un auténtico recurso del que no renunciaremos jamás a privarnos, una presencia siempre disponible que sabe escucharnos y comprendernos del todo en todo momento.

Es por esto que desearíamos estar lo más a menudo posible con ella, compartir con ella nuestros intereses y todo lo que verdaderamente nos pertenece. Nos agrada ofrecerle nuestro tiempo, nuestra atención y nosotros mismos. Esta fase inicial está hecha de una total y visceral carga emotiva. Esta se caracteriza por el hecho que “vemos” de la otra persona sólo los aspectos positivos o los que más satisfacen nuestras expectativas.      

La siguiente fase es la que durante la cual, con el pasar el tiempo, “hacemos experiencia real” de la otra persona. Es el momento en el que aprendemos de ella a conocer por completo la ambigüedad, las contradicciones y todo cuanto de negativo parecía “escondernos”. Ella comienza a frustrarnos, no responde como antes a nuestras expectativas, pierde su inicial encanto, nos muestra, en toda su despiadada crudeza, sus límites. Se trata de una fase intermedia muy delicada y difícil, que toda relación significativa esta llamada a conocer y experimentar.

Es el tiempo en el que mueren dolorosamente nuestros sueños, se frustran nuestras expectativas y parecen fallar para siempre nuestros proyectos de compartir. El deseo de darnos, primero de manera espontánea e incontenible, se transforma lentamente en un amargo sacrificio, cada vez más duro de soportar. La misma presencia física de la otra persona, que antes buscábamos con impaciencia, ahora se convierte en un peso, un sufrimiento del que queremos huir.

Desde este punto de vista la relación se ve completamente comprometida y resulta difícil sustraerse a la tentación de “marchar” o de “resignarse” con fatigosa pasividad, replegándonos en nosotros mismos sin ninguna esperanza. A pesar de ello, en esta fase decisiva, la posibilidad que la relación con la otra persona “renazca” depende en gran parte de nosotros y de nuestra capacidad de “refundarlo”.

La fase de refundación de una relación, en efecto, puede comenzar sólo “después” que hayamos hecho la “experiencia” de la otra persona y estemos entonces resueltos a tomar la decisión de no “proyectar” sobre la otra persona nuestros límites, de no “delegar” en ella la solución de nuestros problemas. El tiempo del renacimiento comienza cuando nos hacemos capaces de asumir en primera persona nuestras necesidades, aprendiendo a responder a ellas de modo directo y responsable; cuando renunciamos definitivamente a aquello que habíamos deseado recibir de la otra persona y que ella no nos ha sabido, o podido, o querido dar; cuando para siempre ponemos fin al perverso mecanismo, en nosotros constante e inconscientemente activo, por el cual la otra persona es el eterno “chivo expiatorio” de nuestra falta de felicidad.  

Gran parte de este “giro” depende sobre todo de nuestra capacidad de “elaborar” la rabia y el resentimiento que están en nosotros, acogiendo a la otra persona tal como ella es “efectivamente”, aceptando los límites en el contexto de una relación siempre por “renovar” y “remodelar”. Si logramos “ver” al otro desde esta perspectiva, él lentamente de “chivo expiatorio”, sobre el que centramos nuestra descarga, se transformará en “compañero/a de viaje”, en cuyos límites sabremos reconocer una “común” condición de insuficiencia, que por completo nos pertenece. Es desde ese punto de vista como la “herida” nos abre a la reciprocidad y a la “común” condición humana de inadecuación, siendo para cada uno “lugar” de compartir y ocasión de crecimiento.

Cada relación, en la diversidad de los contextos en que se realiza, presenta siempre una cadencia que se articula cada vez en tiempos o pasajes antes delineados: el tiempo inicial del descubrimiento alegre y satisfactorio; el tiempo intermedio de la desilusión y de la “muerte”; el tiempo final del “renacimiento”, en el que solo la relación conoce la comunión plena y auténtica.

Todas las “patologías relacionales”, desde la crisis de pareja a los conflictos familiares, desde las tensiones en una comunidad, a las que nacen en cualquier ambiente de trabajo, son todas reconducibles a nuestra “ceguera” en reconocer los tiempos de la relación que nos une a las demás personas, sobre todo a nuestra rígida “clausura” a lo que habíamos definido el “tiempo del renacimiento”, cuando se trata de ponernos en discusión a nosotros mismos, de renunciar a los cómodos “chivos expiatorios”, de decir adiós a nuestro estéril victimismo.

Refugiarnos detrás de nuestros “fantasmas”, encerrarnos en nuestra unilateral visión de las cosas, rechazar toda apertura a la “realidad” de la otra persona, son actitudes que a la larga provocan aridez en nosotros y en cada relación de la que somos protagonistas. Cuando la relación con la otra persona nos frustra y nos hiere, es importante saber “reconocer” el tiempo del renacimiento. Frente a eso podemos elegir el encerrarnos en nosotros mismos, de no dar el “giro” necesario, de dejar “morir” las cosas; o en cambio podemos elegir cambiar la “herida” sangrante en “apertura” vital, podemos decidir en “fecundar” en vida la muerte incipiente, activando en nosotros la adormecida capacidad de acoger a la otra persona, de ver en sus fragilidades las mismas fragilidades que estamos obstinados en “proyectar” por nosotros, por la imagen que de nosotros mismos nos hemos creado.

Cada una de nuestras relaciones, desde la más importante e íntima a la más marginal y superficial, puede convertirse en una experiencia irrepetible de crecimiento personal, si sabemos vivirla como una oportunidad siempre nueva que la vida nos ofrece para aprender a abrirnos no sólo al “misterio” que nosotros mismos constituimos, sino también al “misterio” que la presencia de las otras personas es para nosotros.

3 Responses to “F) Reconocer los tiempos de la relación”

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