Mi experiencia Perú 2019

Es el año en el que participo en el encuentro de jurisdicciones que se reúnen a principios de febrero. La situación común de estas jurisdicciones eclesiásticas es que se sirven del mismo instrumento pastoral. Mi servicio y, a la vez desafío, es despertar y acentuar la dimensión espiritual un tanto, por no decir un mucho, olvidada.
Al inicio del encuentro, del 1 al 9 de febrero, yo quise comprobar si se había hecho algo que había propuesto para realizar en el transcurso del curso pastoral, mi sospecha, que no se había hecho nada, quedó confirmada en los primeros contactos con algunas personas antes de iniciar el encuentro.

Muy pronto pude constatar que el número de participantes había descendido significativamente, por diversas razones que no voy a entrar, y un número también manifiesto de personas participaban por primera vez. Esta situación sin duda me afectó, un cierto sentimiento de frustración, de fracaso, de duda me rondaba por dentro interrogándome sobre si estaba siendo acertado el camino iniciado hace dos años para dinamizar la dimensión espiritual. Me cuestionaba en mi interior, diciéndome: qué es lo que estaba pasando después de haber compartido que la espiritualidad prevalece a la pastoral, de los ejercicios de interiorización… Reconozco que tuve que sobreponerme y levantar el ánimo diciéndome, ¡ya estoy aquí! voy a aprovechar la oportunidad que se me presenta en este grupo concreto que por cierto, bien pronto mostraron gran interés y dedicación.

Los tres primeros días los dedicamos a ejercitarnos en cultivar la interioridad. Creo que es una de las claves para ayudar a los agentes de pastoral a hacer el pasaje de lo doctrinal a lo experiencial, de lo conceptual y objetivo a la interioridad y subjetividad. La interioridad se convirtió en la nota dominante que marcaba la tonalidad de las intervenciones. En principio parecía que se estaba cumpliendo aquello de: “ahora sí que ha prendido la chispa”. Lo percibía yo y lo expresaban ellos explícita e implícitamente en sus rostros y en sus gestos.

Los tres días restantes se propuso vivir una experiencia de interiorización. El punto de partida: CULTURA, RELIGIÓN, JÓVENES. Parecía que la proposición invitaba a mirar a los jóvenes, por tanto, como algo fuera de nosotros, aunque había gente cercana a los treinta años, la mayoría eran adultos y alguno de la tercera edad… Pero pronto quedó claro que se trataba de vernos nosotros desde los jóvenes, no de ver qué piensan, sienten o hacen los jóvenes, sino qué pienso, siento y vivo yo de los jóvenes. La interioridad es una capacidad humana que, por cierto, hay que cultivar. En el imaginario de algunas personas confunden la interioridad con intimismo. Intimismo sugiere un tipo de relación cerrada, circular, un tanto asfixiante…, mientras que la interioridad es relacional y se proyecta en un dinamismo hacia adentro y hacia afuera. Los dos aspectos son necesarios pero siempre esa energía va de dentro a fuera, que es propio de la calidad humana. Los humanos vemos, sentimos, pensamos y actuamos desde dentro, precisamente esa es la carencia que tratamos de comprender en la primera parte para poder experimentarla en la segunda. En buena medida logramos intercambiar nuestras percepciones de los jóvenes y concluíamos que la clave de nuestra relación con los jóvenes es conectar, echar puentes, escuchar, acoger a los jóvenes. Así terminamos la breve, pero densa experiencia. No teníamos mayor conocimiento de los jóvenes, sino lo que nosotros sentimos, pensamos de ellos sintiendo la necesidad de relacionarnos con ellos. Esta actitud es una buena disposición para iniciar un proceso de acción pastor al con los jóvenes, queriendo caminar con ellos, a su ritmo. Lo importante son las personas en su relación, no el contenido que queremos que aprendan. Cada persona que participaba sentía la necesidad de relacionarse con los jóvenes para contactar, escuchar, acoger y, desde el respeto y el intercambio, comprendernos, enriquecernos y solidarizarnos.

Nacho

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