LA SENDA DE LA PAZ

 

10693327_284415818430352_596648400_nHace unos años seis premios Nobel de la Paz (Desmond Tutu, Adolfo Pérez Esquivel, Jimmy Carter, Mohammad Yunus, Ximenes Belo, y Amnistía Internacional, por medio de su portavoz en España) declaraban a un medio de comunicación social cuáles, a su modo de ver, son los instrumentos que han de hacer posible el florecimiento decisivo de la paz en el campo de la creación. Todos ellos coincidían en que la paz no es posible sin un prólogo de justicia y de respeto de los derechos humanos fundamentales. Claro que del dicho al hecho hay mucho trecho. Basta echar un vistazo al mundo para comprobar cuánto trabajo nos queda aún por hacer.

 

La violencia es sin duda un gran obstáculo al avance de la paz. Es más, la violencia es por definición lo contrario a la paz, el pétreo muro que se interpone ante quienes soñamos, deseamos y tratamos de trabajar por la paz. Y por si no fuera poco, en esta era de revoluciones (sociales, económica, industrial, tecnológica, farmacológica…) asistimos atónitos a la proliferación de la violencia en sus diversas y más crueles manifestaciones que van desde la más cruenta guerra entre ejércitos (con los consabidos y nefastos “daños colaterales” que afectan a la población civil), pasando por la violencia doméstica o de género, el abuso de menores, o la violencia en las escuelas-institutos. Sin olvidar la magnitud terrible de esa otra gran guerra silenciosa del hambre que mata al día a unas 35.000 personas. La miseria es consecuencia misma de la injusticia, para vergüenza del género humano. Claro que hay quien de todo saca provecho. Nunca faltará detrás de cada situación dramática quien se enriquezca a costa del sufrimiento ajeno. Es triste tener que reconocerlo pero hay personas y grupos interesados en sostener este estado de cosas, este desequilibrio inhumano.

 

Necesitamos por ello mismo articular un nuevo sistema, poner en marcha una nueva revolución (no se asusten de la aparente ferocidad del término) basada en la justicia (que no en la venganza o la mera legalidad arbitraria) y en la solidaridad. Un nuevo orden de cosas en el que rija la verdad como horizonte hacia el que hay que tender. Una búsqueda de la verdad que ha de ser antes que nada una humilde actitud interior del ser humano que se enfrenta a las preguntas esenciales de la vida sin miedo, sin tapujos, despojándose de máscaras. Y desde ahí construir una ética humana. Porque no habrá revolución social, política o económica si antes no se desencadena y desarrolla en lo más profundo de nuestro ser un proceso de encaramiento con la propia verdad, reconociéndonos en nuestra esencia humana, como seres dotados de inteligencia y sentimientos.

 

La paz es una conquista, una aventura, una lucha pacífica y pacificadora. Quien sea capaz de sentirla y de expresarla estará en disposición de ayudar a este mundo nuestro (tan dramáticamente decrépito por la violencia que genera la avaricia y el afán de poder, ambos originadores de injusticias) para que resurja de sus propias cenizas cuan ave fénix. Y para muestra un botón: Santiago de Compostela con sus caminos está en disposición de convertirse (ya lo es) en un foro de encuentro y diálogo entre civilizaciones. La historia, el arte, la espiritualidad, y sobre todo, la solidaridad, lo hacen posible. Cada año, miles de peregrinos levantan, paso a paso, con tesón y hasta dolor, un monumento a la paz a través de la convivencia fraterna y solidaria, caminando juntos hacia una misma meta en el horizonte.

 

Así pues, no será poco el que en ti renazca la paz, porque entonces sí, el mundo comenzará a cambiar. La lucha por la paz (resulta paradójico) supone una auténtica revolución que estará abocada al fracaso si no fuese porque aún somos muchos los que soñamos con una paz sólida y consistente, basada en el respeto a los demás y al medio ambiente (hogar común que debemos preservar so peligro de autodestruirnos). La paz está huérfana si no la complementamos con una serie de valores humanos que no cotizan al alza en la bolsa de la vida (ni falta que hace): la justicia, el amor, la bondad, la honradez (que tanto flaquea en la sociedad), la solidaridad… y una ética humana y humanizadota, justa y solidaria a un tiempo. Sólo así haremos posible la revolución de la paz, una revolución que tiene más que ver con el corazón sensible que con grandes y teóricos discursos. Y el Camino de Santiago es ya un indicio de que la revolución de la paz está germinando.

 Foto: Mar de Galicia. De Eva Mª Castro Miramontes

 

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