EL ARTE DE AMAR

 

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He comenzado a leer el libro “El arte de amar”, de Erich Fromm. Se trata de un clásico de la filosofía y la reflexión que aborda desde la teoría y la práctica ese arte que damos en llamar amar, y que forma parte de la esencia y la genética humana, porque no hay persona -por soberbia que se precie- que no haya sentido en algún momento de su vida la necesidad de amar y ser amada, aún cuando este bello regalo que nos ofrece la vida, la propia condición humana, vaya siempre envuelto en el papel de regalo del egoísmo, ese viajero insolente y molesto que nos acompaña siempre en toda nuestra trayectoria vital.

 

Lo cierto es que no encuentro otra razón mayor para vivir, para dar sentido a la vida. Así lo he intuido desde pequeño, cuando de noche caminaba monte a través hasta ascender a la cumbre de una montaña y poder contemplar desde allí las torres iluminadas de la catedral jacobea, bajo un manto de tenues estrellas, paseo y contemplación que desde siempre me evoca la armonía, la serenidad, la humildad, y que me ha llevado a pensar que tiene que haber un origen, una razón máxima que sostiene los pilares del firmamento. A este origen y meta, a ese cimiento, lo llamo Dios, y lo concibo (por influencia cristiana) como amor, puro amor, todo amor, nada más que amor, aún cuando esto pueda sonar a alarde de romanticismo desentrañado de la tierra de la realidad (ya que parece que lo romántico no está de moda).

 

Concibo el amor no como un mero sentimiento (aún cuando lo sentimental juega un papel esencial en el enamoramiento) sino como una forma de ser y de estar, como una actitud ante la vida que va, por ello, más allá de lo psicológico y de lo físico (aún cuando lo psicológico y lo físico participen en ese ejercicio de concreción de un ideal). Estoy convencido de que el amor es una fuerza, una energía interior creativa, incluso poderosa, resistente, paciente y esperanzada. Ningún poder humano podrá jamás vencer la fuerza del amor, porque en sí misma es incontrolable. El amor nos humaniza y hace triunfar sobre el sentimiento de negatividad que tantas veces se nos cuela entre las entretelas del corazón.

 

En cierta ocasión, casi como si de una luz interior se tratase, pensé que si es cierto que el interés mueve el mundo, las relaciones humanas (y el interés puede llegar a ser un disfraz del egoísmo), no es menos cierto -y estoy convencido de ello- que lo que verdaderamente sostiene el mundo es el amor. Así lo intuyó también Víctor Frankl, un psiquiatra vienés que tuvo que padecer en propia carne el horror de los campos de concentración en los que la condición humana alcanzó su más alto grado de degradación moral. En aquellas circunstancias él halló un sentido a su vida basado en el recuerdo de su amada esposa (prisionera en otro campo de concentración, y que moriría en estas circunstancias sin él saberlo hasta tiempo después), y en su servicio médico a los demás prisioneros, animándoles a no suicidarse, ayudándoles a encontrar un sentido a sus vidas en medio de todo aquel drama humano. “El mundo gira enamorado” fue su lema en aquel período, en alusión a una inscripción que figuraba en unos pendientes que él había regalado a su mujer. Sí, mientras haya soñadores que no sucumbamos ante tanta desgracia y poder del mal, y no caigamos en la tentación del egoísmo prepotente, el mundo seguirá girando enamorado, y nosotros con él. 

 

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