CARTA DE OTOÑO

925635_559460447519628_1472909957_nDe: LA VIDA ES AMABLE.

Editorial San Pablo.

 

Querid@ amig@……

 

Ya está aquí el otoño con su manto de hojarasca y rocío, con sus castañas y sus bellotas, con sus fríos y sus sombras. La madre naturaleza continúa su ciclo germinal y su huella nos va marcando por dentro. Suyo es el poder de decisión sobre nuestras vidas pasajeras. Ella nos confirma que el tiempo se nos va de entre las manos y que con él también vamos yéndonos nosotros, nuestra vida, nuestro ser.

 

La estación otoñal tiñe los campos de una coloración ocre. El otoño es la época en la que la naturaleza se va regenerando, es un tiempo de descanso, de sosiego, de germinación. La tierra va haciendo calladamente su trabajo: crear, dar vida, aunque casi imperceptiblemente. El otoño de ayer, el de los juegos, y el del hoy, el de los trabajos y los sueños irrealizados, es siempre un tiempo para la esperanza. Es cierto que en otoño vienen los primeros fríos y los días se hacen cada vez más cortos en favor de las sombras que confeccionan con sus hilos el tapiz oscuro de la noche que va poco a poco venciendo a la claridad diurna. Atrás quedan los días luminosos del verano. A primera vista parece que todo se hunde en un oscuro caos. Pero no es así, todo tiene su orden y concierto, y la naturaleza es sabia.

 

El tiempo de otoño nos afecta y condiciona, nos toca el corazón del ser que somos, no podemos ni debemos sustraernos a su influjo natural. Para unos es tiempo de tristeza, para otros -para los santos y los sabios- es una bendición, una oportunidad única e irrepetible para el crecimiento interior. El otoño reúne las condiciones óptimas para favorecer el encuentro y la intimidad. El encuentro y la intimidad con uno mismo, con los demás, con todo lo creado y hasta, si se quiere, con Dios.

 

El relente de la noche, el rocío matutino que asciende al cielo, y la escarcha que congela el agua del campo, son un estímulo para la creatividad y el crecimiento, para el optimismo, nunca para la desesperación o la frustración. Cada persona lleva dentro su propio otoño de oscuridades y fríos. No podemos evadirnos de la naturaleza que somos. También el pequeño otoño personal que nos constituye es un tiempo para regenerarse, para hacer cuajar la escarcha de la esperanza que brilla más esplendorosa que nunca en la noche más oscura: la de la enfermedad, la de la pérdida de un ser querido, la del enfrentamiento, la de los problemas…

 

Recuerdo que en mi ciudad del alma, Compostela amada, el otoño era -sigue siendo- el marco temporal ideal para sumirse en la contemplación paseando por sus rúas mojadas, al amparo de los soportales en la más inaudita soledad, aquella soledad poblada, habitada, que nos hace conscientes de nuestra valía personal, de lo que somos, ni más ni menos. Hay una soledad terrible, la del abandono, la del desamor, y ésta causa muerte en vida. Pero hay otra soledad salvadora: la del ser consciente de sí mismo y de cuanto le rodea que se hace fuerte en su mismidad para poder soportar y hasta vencer las contrariedades de la vida. Y Compostela, con sus piedras y su lluvia, se convierte, en otoño, en un invernadero en el que madura el ser al contacto con el arte y la espiritualidad.

 

La tarde se hace noche en otoño, y Santiago, ese gran claustro de piedra, enamora el alma y provoca la más próspera intimidad. Sus rúas atrapan al caminante y son medicina que cura, o al menos alivia, el ser doliente y dolido que somos las personas humanas, que a veces nos asemejamos a almas en pena arrastrándose por la vida mendigando cariños. El otoño y Compostela están presentes en mi corazón como marco excepcional para remontar el vuelo cual ave fénix que resurge de sus cenizas. Y la campana llamada “Berenguela”, con su tañido misterioso, habla en la noche otoñal el lenguaje de quien sabe escuchar. Somos más que un cuerpo, somos más que nuestras circunstancias, somos también trozos de otoño, árboles caducos que aguardan su primavera florida.

 

Sí, el otoño se nos brinda como una oportunidad para remontar el vuelo, pese a las inclemencias del tiempo. Todos tenemos una Compostela hermosa que nos anuda al vivir cotidiano, que nos fortalece y engrandece, todos tenemos una razón íntima y profunda para vivir.

El otoño es tiempo de esperanza y tú habitas en el corazón de la esperanza.

 

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