Pasado y futuro blandiblup

Hace casi ocho años ya que se publicó la primera edición de mi primer libro, que da título a este blog: “Papás blandiblup. Retrato de las dudas y debilidades de los padres de hoy”. Y no pasa un día en que no llegue a mis oídos una noticia o una anécdota que me confirme en aquel análisis sobre el modo tan blandito y pegajoso en que ejercemos en estos momentos la paternidad (metámonos todos y sálvese quien pueda). También, claro está y por desgracia, en las terribles consecuencias que conlleva este laxo modelo educativo.

La más reciente me la contaba un joven entrenador de baloncesto. Tras reiteradas llamadas de atención a uno de los jugadores, de 7 años, se vio en la obligación de amonestarle sin convocarlo a un partido, para que corrigiera de ese modo su actitud. Su sorpresa fue mayúscula al comprobar que la madre del pequeño le escribía a través del grupo de padres del WhatsApp para pedirle en un tono amenazante que levantara el castigo a su hijo. El joven entrenador le explicó amablemente que no podía hacer eso porque el chico no había cambiado de actitud y rectificar su decisión sin motivos para hacerlo le desacreditaría ante el resto de compañeros. Además, le sugirió que continuaran la conversación en privado, y no a la vista del resto de padres.

¿Y qué hizo esa madre? ¿Comprender las razones del entrenador y reforzar su autoridad? ¿Reconvenir a su hijo para que obedeciera a su entrenador y aceptara la disciplina del trabajo en equipo? ¿Continuar la conversación en privado para aclarar sus dudas o rectificar y pedir disculpas? Pues no. Aquella madre fue a hablar con el coordinador de deportes del colegio para pedir que echaran al entrenador y, como no le hicieron caso, borró a su hijo de la actividad deportiva y lo sacó del equipo.

Educativo, ¿eh…?

Huelga decir que con ese comportamiento aquella madre le estaba mandando a su hijo un mensaje impecableque esconde en su interior un fruto envenenado: “te defenderé aunque no lo merezcas; te aplaudiré los malos comportamientos; te enseñaré a no asumir nunca las consecuencias de tus actos; te negaré la posibilidad de aprender a trabajar en equipo; te ocultaré que para disfrutar de las ventajas de convivir con otros hay que cumplir ciertas reglas”; y un largo etcétera de desaciertos educativos condensados en una anécdota que pueden hacer de ese chico un tipo indisciplinado, egoísta, irrespetuoso y poco hábil para las relaciones sociales en el futuro.

Porque el futuro, en esto de la educación, llega siempre mucho antes de lo que uno imagina o espera. Tanto cuando es para bien como cuando, por desgracia, lo es para mal.

La historia no es nueva, lo sé. Se repite cada día, con una y mil variantes, como saben tantos entrenadores, profesores o monitores de campamento. Con un par de matices en esta ocasión: que otra madre que leyó los mensajes en el WhatsApp colectivo felicitó al entrenador unos días más tarde por haberse mantenido firme frente a las amenazas. Y que ese entrenador, cosas de la vida y de ese futuro que llega sin preguntar, es mi hijo mayor.

Mi mundo, el mundo

“Mamá, aquí no tienen toallitas húmedas en los baños”. El pobre crío mostraba explícitamente su desconcierto. Y es que su primera estancia en un campamento de verano le había enseñado que muchas cosas que uno cree certezas, dejan de serlo cuando sales de tu pequeño círculo para entrar en uno mayor, más variopinto y diverso. Esto ha pasado y pasará siempre, no solo a los niños. También los adultos necesitamos salir de nuestra zona de confort y contemplar las otras opciones que conviven con la nuestra en el mundo. Pero es cierto que a nuestros hijos se les hace quizás más cuesta arriba en estos tiempos porque nos hemos empeñado en crearles un mundo de comodidades (reconvertidas en imperiosas necesidades, que esa es otra), cálido, confortable  y seguro, que les hace creer que todo el mundo vive como ellos. Que todos los seres humanos del planeta tienen toallitas húmedas en el baño (¡ya quisieran muchos tener baño!) para limpiarse el trasero con menos esfuerzo.

A esto se une el empeño actual en adaptar todas las realidades a los niños. No me refiero ya al menú infantil de los restaurantes, o las zonas de juego que se habilitan en algunos centros comerciales. Hasta hay iglesias que tienen al fondo una sala acristalada con pinturas, juguetes y mobiliario liliputiense. El colmo de esto que digo lo vengo escuchando estos días por la radio: se trata de salas de cine “adaptadas” ¡que tienen hasta toboganes! Le tengo tanto respeto al cine que me ha dado dolor imaginar semejante aberración. ¿Y es que acaso no es el cine en sí mismo ya lo suficientemente divertido como para tener que añadirle nada más? Después, claro, nos extrañaremos de que los niños no sean capaces de atender ni de comportarse en público, prolonguen la infancia hasta convertirla en infantilismo o no coman otra cosa que pollo, pasta o arroz. ¡Pues menos menú infantil y más comida como la de todos!

Bromas aparte, yo debo reconocer que he llevado a mis hijos a ver películas de adultos (aptas para todos los públicos, que no se escandalice nadie) desde bien pequeños. Algunas de esas cintas, dirigidas por Clint Eastwood o  David Rusell, por citar un par de ejemplos, me parecen tremendamente educativas. Y lo es también ceñirse al “protocolo” de una sala de cine en que se guarda silencio, no se dan patadas al asiento delantero, ni se sale a mitad de la película para ir al baño. Cosas que demasiados padres permiten a sus hijos en las salas donde se proyectan películas infantiles.

Ser niño implica jugar, investigar, descubrir, pero no tiene por qué suponer pobreza cultural, romper normas por sistema, o hacer sólo cosas “de niños”. Doy fe, porque lo he comprobado numerosas veces y no sólo con mis hijos, de que niños de todas las edades son perfectamente capaces de seguir la visita de un museo, la explicación de una guía, una obra de teatro (¡no digamos una película!) como un adulto. O con más interés y formalidad incluso… Por supuesto que, aunque haya padres y madres que no lo crean, nuestros hijos pequeños también pueden limpiarse el culo con simple papel higiénico. Lo prometo. Así que, ánimo, que el verano es muy buena ocasión para salir a explorar el mundo sin complejos.

Concursar en Gran Hermano

“Mª Ángeles, ¡que mi hija a lo que aspira es a concursar en Gran Hermano!”. La frase es desoladora. No sólo por su contenido último y por el tono de angustia, frustración y fracaso con que la emite su autora. Lo es porque es real y porque no es aislada. No es una anécdota que una chica de una familia común y corriente, trabajadora y decente (porque es corriente que haya familias decentes en España aunque no lo parezca viendo el telediario), que se ha esforzado por educar a su hija y transmitirle el valor del esfuerzo y el sentido de la responsabilidad, oiga esta frase. No lo es  porque hay más chicos y chicas diciendo eso o cosas parecidas. Y porque semejante aspiración no es fruto de la casualidad. Ni siquiera consecuencia en exclusiva de la influencia de la televisión.

Esta misma madre doliente se rebelaba ante la afirmación de la orientadora del instituto donde estudia su hija, que le espetó un día: “los niños hacen lo que ven”. –”No, Mª Ángeles, yo no dejo la ropa tirada en el suelo, ni me tumbo en el sofá a ver las horas pasar”. Ella, como tantos otros padres y madres, sale cada día de su casa para trabajar, vuelve a casa y sigue trabajando. Lo hace con dedicación y esmero, con esfuerzo y sacrificio. Y recibe una compensación económica por ello. Pero su ejemplo no ha sido determinante para su hija. Y yo me pregunto por qué. Si hemos dejado a nuestros hijos demasiado tiempo a solas delante del televisor. Si nos han escuchado admirar y hasta envidiar a quienes ganan “mucha pasta”. O si la escuela ha dejado de ayudar a preguntarnos por el sentido de la vida para animar a nuestros jóvenes a responder sólo cuánto dinero quieren ganar. Me lo pregunto pero no tengo una respuesta. O tengo demasiadas tal vez. Lo cierto es que me pongo en el lugar de esta mujer y comprendo su angustia y su pena. Y recuerdo la historia de una niña de Kenia a la que le pregunté qué quería ser de mayor y me respondió: “Quiero ser presidenta del país para acabar con el hambre y que las mujeres dejen de sufrir”. La distancia infinita entre esa respuesta y la de la hija de aquella madre angustiada es responsabilidad nuestra: padres, profesores, políticos, sociedad y medios de comunicación.

¡Venga ya!

Las veces que lo habré dicho: estamos volviendo a nuestros hijos idiotas. Listos son un rato: hay que ver cómo manejan cualquier dispositivo electrónico, las virguerías que hacen con la cámara de su móvil, cómo encuentran en internet cualquier cosa que les interesa. Pero, ay, los pobrecitos tienen una limitación: su facilidad de comunicación con las máquinas no incluye el sofisticadísimo lenguaje de la lavadora, su pericia dactilar para teclear whatsapp no funciona en cambio con el lavavajillas. Y su creatividad a la hora de montar un video o alterar una foto para subirla a Instagram no alcanza a la cocina. Como mucho hacen bizcochos o galletas si les pilla con ganas, pero preparar la cena… No, la cena no está entre sus habilidades.

Así es: nuestros chicos no se entienden con los electrodomésticos de línea blanca, aunque lleven pantalla digital. Y es porque nosotros, tontos de manual, se lo hemos permitido. No hay padre o madre de adolescentes que no se queje de que hay que recordarles cada día que recojan la mesa y metan los platos sucios en el lavavajillas. De poner lavadoras no hablamos porque si hay un o una valiente que haya logrado que sus hijos pongan la lavadora y la tiendan de manera habitual, por favor que levante la mano y nos ilustre con su sabiduría educacional.

No, yo no lo he conseguido. Aún tengo que recordar a mi prole que la basura no tiene patas para viajar sola hasta el contenedor. Que cuando uno saca el pan de molde para hacerse un sandwich tiene que volver a guardarlo en su lugar. O que la secadora no muerde, ni sacar la ropa de ella y doblarla provoca cáncer (que sepamos de momento).

Pero la culpa no es de ellos (o no del todo, que tampoco hay que restarles en esto responsabilidad cuando van teniendo ya una edad), es nuestra, por supuesto. Que seguimos pensando que son demasiado críos para hacer la colada o creyendo que van a estropear la ropa, sin darnos cuenta de que su dejadez es calculada y no es nueva. Ya la practicábamos nosotros de jóvenes: ‘si lo hago mal mi madre no me lo volverá a encargar’. ¿O no?

Es evidente que si saben usar la videoconsola, configurar el móvil sin instrucciones y muchas cosas más… ¡pueden poner la lavadora!

Pueden hacer tantas cosas sin que suponga una heroicidad o un esfuerzo sobre humano… Pero nosotros seguimos sobreprotegiéndolos como si eso implicara quererlos más, cuidarlos mejor, hacerlos mejores.

El colmo de esta dinámica paternal de la hiperprotección rayana en la jilipollez severa me lo contaron el otro día. Atentos: una madre cambia a su hija la compresa cuando tiene la regla porque a ella le da asco. ¡¡¡Venga ya!!! Pues sí señor. Como me lo contaron lo cuento, avergonzada de pertenecer a esta generación blandiblup a la que ya sólo le queda masticar y deglutir los alimentos a sus hijos. ¡¡¡¿O alguien ha caído ya en lo de masticar?!!! Casi prefiero no saberlo…

Lágrimas de rabia en los Goya

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Imagen del momento publicada por el diario El País.

Las palabras de Miguel Herrán, el joven que ha ganado el Goya a mejor actor revelación en la pasada edición de los premios del cine español, nos emocionaron a todos: “Has conseguido que un chaval sin ilusiones, sin ganas de estudiar, sin que le guste nada, descubra un mundo nuevo y quiera estudiar, quiera trabajar y se agarre a esta vida nueva como si no hubiera otra. Me has dado una vida, Daniel. Gracias”. Se las dedicaba a Daniel Guzmán, su descubridor, y quien le ha dirigido en la película “A cambio de nada”. Yo lloré en casa escuchándolo, como lo hizo Guzmán en el patio de butacas y con él mucha más gente. Pero las mías no fueron sólo lágrimas de empatía; también de rabia. Rabia porque tengo cerca a unos cuantos chavales como Miguel, repletos de talento por despuntar que se ven, sin embargo, metidos en un callejón sin salida. A los que el sistema educativo no les ofrece una oportunidad. Y que están desperdiciando sus capacidades porque nadie les ha sabido o les ha querido orientar.

Son chicos con valores, con cosas que ofrecer  a sí mismos y a la sociedad. No son apáticos, es que no encuentran su camino y el sistema no favorece su búsqueda, sino que los hunde en la sensación de fracaso y la desgana.

Me enfada pensar que como país estamos desperdiciando ese talento y generando tanto sufrimiento. Me enfada que no trabajemos todos por encontrar una fórmula que saque a estos chicos (y sus sufrientes familias, no lo olvidemos) del agujero. Me enfada y me duele que no se produzca un verdadero pacto ciudadano por la educación (no sólo político) que ponga luz en el horizonte educativo español.

Unos días  antes de la gala de los Goya se presentaba en Madrid la película documental “Profes”, protagonizada entre otros por mi buena amiga y gran pedagoga Carmen Pellicer. En ella se puede ver otra forma de educar en las aulas. Con o sin recursos a disposición, lo importante es intentar sacar el máximo partido de cada alumno, que sean capaces de dar lo mejor de sí mismos, que se tengan en cuenta sus múltiples inteligencias.

Porque no todos los chavales están dotados para memorizar o para las Matemáticas, pero todos tienen algo que ofrecer. Miguel Herrán lo ha volcado en una película de la mano de Daniel Guzmán y le han dado un premio por ello. Y yo espero que los demás sepamos ser los DanielGuzmán de nuestros hijos, sobrinos o nietos. Por su bien y por el nuestro.

Mayoría de edad maternal

Sí, así de mayor soy. O así de mayor me hacen mis hijos: Alejandro ha cumplido 18 años hace un par de meses. Pero cuando he comprendido verdaderamente lo que esto significaba fue ayer, cuando le vi votar.

Llevaba meses cruzando los dedos para que Rajoy no adelantara las elecciones y su cumpleaños llegara a tiempo. Llevaba semanas empapándose los programas electorales, atento a la prensa, las redes sociales y los debates. Llevaba días con su decisión tomada. Y ayer por fin pudo depositar sus papeletas en las urnas. “Mi pequeña contribución a un nuevo tiempo” lo llamó.

Y yo, al verlo tan seguro, tan feliz, recordé la de veces que he tenido dudas sobre cosas tan sencillas como si sabría hacer amigos, se convertiría en un tipo educado y solidario, encontraría su propio camino. Hoy sé que ese camino, inevitablemente, tiene baches y cuestas arriba. Que los ha tenido, los tiene y los tendrá. Por mucho que tantas veces nos empeñemos en suavizar el sendero a nuestros hijos. Pero mi bebé se ha convertido en un adulto. Aunque para mí vaya a ser siempre “mi niño”. Así somos los padres. Y así tiene que ser siempre que ese “mi” no implique idea de posesión ni restricciones en la autonomía, la responsabilidad y la libertad.

Alejandro ha votado. Y ha aprobado la mitad del carné del conducir. Es un hombre, aunque aún tenga que hacerse un poco más. Más veces de la cuenta se nos olvida a los padres y las madres que los hijos vienen con ese “defectillo” de fábrica: siempre crecen. Pueden hacerlo con el viento a favor o en contra, venciendo resistencias o con suave placidez, enderezados o torcidillos. Pero crecer crecerán. ¡Ay, si no lo hacen al ritmo que debieran!

¿Que eso nos hace mayores? Pues a mí me ha sentado fenomenal ver a mi hijo ejercer el derecho al voto. No diré que me ha quitado años, pero debo reconocer que casi lloro como una niña… ¡Menuda mayoría de edad maternal recién cumplida!

Aprender de

Pues sí, aunque haya algún rezagado, quien más quien menos ha regresado ya de sus vacaciones estivales y se dispone a empezar un nuevo curso. Quienes tenemos familia oímos 1 de septiembre y echamos a correr como si fuéramos velocistas en una pista de atletismo. Y no es de extrañar porque hay que comprar libros, forrarlos, hacer las inscripciones en las actividades extraescolares y un montón de cosas más. Y muchas de ellas las hacemos además preocupados por la falta de interés y entusiasmo de nuestros chavales por volver al redil escolar.

Profesores y padres suelen lamentarse de esa falta de interés de los más jóvenes por aprender. Pero a raíz de un par de anécdotas ocurridas en el pasado curso a mis hijos, yo me pregunto también si estamos nosotros igualmente interesados en aprender de ellos.

Sí, claro que los jóvenes tienen mucho que aprender y están en edad de hacerlo. Pero, ¡ay de nosotros si pensamos que ya lo sabemos todo! Y sobre todo si creemos que el aprendizaje se produce sólo en sentido vertical, de arriba abajo.

Todo el mundo tiene algo que enseñarnos. Toda experiencia esconde una enseñanza. Y nuestros chavales, nuestros hijos, alumnos, sobrinos, nietos son grandes maestros.

No me refiero sólo a que, como nativos digitales que son,  sepan más informática que nosotros o se manejen mejor con cualquier tipo de aparatejo electrónico.

De lo que hablo es de sabiduría emocional. De ésa que te ayuda a caminar por la vida, que te permite relacionarte mejor con tu gente, tu entorno, tu mundo. De la que te sustenta frente a las dificultades.

El pasado curso una profesora de uno de mis hijos les pidió hacer unas redacciones en inglés sobre sus miedos. Para que no se sintieran incómodos, los textos serían anónimos. Y los chavales, cumplidores, así lo hicieron.

Y pasó que la profesora se llevó las redacciones a su casa para corregirlas. ¡Estaba en un momento vital tan complicado! Su hermana padecía una enfermedad grave. Lo estaba pasando verdaderamente mal. Y entonces ocurrió lo inesperado: cuando la profesora empezó a leer las redacciones encontró unas reflexiones tan honestas y de tal profundidad que se quedó sorprendida. No sólo. Se sintió reconfortada, animada, acompañada, comprendida por algunas de aquellas palabras. Y al día siguiente, con lágrimas en los ojos, les pagó aquel regalo con la misma honestidad. “¡No sabéis cómo me habéis ayudado!”, les dijo después de confesarles sus preocupaciones.

Por supuesto que aquellas redacciones no se leyeron en voz alta aquel día. Las guarda la profesora como un preciado bien. Y sus alumnos no olvidarán la experiencia maravillosa de conocer el poder de las palabras, la fuerza arrolladora de la sinceridad, el valor de la empatía, la grandeza de la condición humana en su desvalida pequeñez.

Los alumnos, maestros por un día, se sintieron orgullosos. La profesora, alumna de nuevo, agradecida. Y la madre de uno de esos chicos quinceañeros, que aquí lo cuenta, feliz de saber que aún hoy se producen milagros en las aulas. En esas aulas que en pocos días abrirán de nuevo sus puertas para recibir a miles de chavales que tienen muchas cosas que enseñarnos. No lo olvidemos nunca.

Echar el freno en vacaciones

Me marcho de vacaciones. Pero de vacaciones vacaciones. No de ésas en que técnicamente estás de vacaciones pero en la práctica sigues teniendo que poner el despertador, perseguir a los niños para que estudien o hagan tareas, hablar con los profesores particulares y comprobar si llevan al hilo la materia de la que se tendrán que examinar a la vuelta del verano. Esas “vacaciones” (¡y una porra, vacaciones!) las viví ya el año pasado. Y no se las recomiendo ni a peor enemigo (si alguno hay). Éste me toca descansar, disfrutar de un tiempo relajado de convivencia en familia y dejarles también a ellos disfrutar, que tampoco es moco de pavo.

Porque cuando mis hijos han suspendido alguna asignatura en verano a mí me sale mi lado Mr Hyde y me entran ganas de tenerlos encerrados en una mazmorra a pan y libros todo el verano. No lo hago, claro. Aunque lo mismo ellos difieren de esta última afirmación. Porque, no lo niego, cuando no han cumplido con sus obligaciones escolares, me reconcome verlos dedicar aunque sólo sea un minuto a algo que no sea estudiar. Y, claro, no se puede estudiar todo el santo día, así que anda una reconcomiéndose por los rincones…

Por no hablar de esa dificultad maternal, que te deben entregar de serie en el parto, para no soltar parrafada, discurso, charleta, cantinela, sermón, sentencia o lo que sea en medio de cualquier conversación con nuestros hijos, venga a cuento o no.

–Mamá, ¿sabes que a Fer le tienen que operar la rodilla?

–Tú lo que tienes que hacer es centrarte en el curso.

 

–Mamá, yo quiero aprender a tocar la batería.

–Tú saca el curso, y ya hablaremos tú y yo de baterías.

 

–Mamá, ¿qué hay de cenar?

–Menos preguntar y más estudiar.

¿Exageraciones? No tanto, no.

Pero este año no. Este año no hay que decir la famosa palabra maldita: “estudia”. Me limito a repasar las tablas de multiplicar y el vocabulario de inglés con Miguel en la piscina y hacerle una ahogadilla cuando falla alguna pregunta. Pero relajadamente… Bueno, seamos sinceros: en realidad nunca me relajo del todo. No soy capaz de echar el freno. Busco la manera de que lean, de que practiquen el inglés, que echen una hojeada a los libros del próximo curso o escriban un diario. Sí, soy pelín cansina. Qué le vamos a hacer. Una es como es. Así que mis hijos hacen apuestas: a ver cuánto tarda mamá en que se le escape un “estudia”, aunque estemos en la playa jugando a las paletas. Así somos las madres. O algunas madres. O yo como madre. O yo en estos momentos, y visto lo visto, como madre. O sencillamente yo. Porque una buena pregunta es si al ejercer como padres proyectamos o no nuestra personalidad, o más bien influyen estereotipos, costumbres y modelos sociales. Pero esa reflexión tan seria la dejamos para la vuelta.

Felices y relajadas vacaciones a todos

Mamá helicóptero

Acaban de darme el diagnóstico: parece ser que soy, sí, una mamá helicóptero. Es para preocuparse, ¿no? Yo, que creía que dejaba a mis hijos volar y los educaba en la autonomía… Yo, que a veces me culpo de ser demasiado independiente, demasiado despegada, de andar todo el día de acá para allá con 20.000 proyectos personales y profesionales, no como esos padres entregados a la causa paternal en cuerpo y alma… Yo, que tantos días entro en casa bufando como un tren de mercancías a punto de descarrilar… Resulta que soy un helicóptero.

Sí, revoloteo todo el rato alrededor de mis hijos y sus vidas. Siempre alerta. Dispuesta en todo momento a resolver una emergencia. A apagar algún fuego. A perder altura para filmar de cerca un momento inolvidable. Y, ¿por qué no decirlo?, también a multar si es necesario, como el susodicho de la Benemérita: “Abandone ese carril inmediatamente y detenga el vehículo en el arcén”.

Soy madre helicóptero cuando llamo a casa para recordar a Pablo que tiene que entregar al tutor el papel de los itinerarios de 4º, antes de que él haya tenido la oportunidad siquiera de olvidarlo. Lo soy cuando dejo caer (con los adolescentes no puede una tirarse en paracaídas sin más, que corre el riesgo de estamparse) a Alejandro la sugerencia de una película de nazis porque está estudiando la II Guerra Mundial. O busco información sobre un cursillo, a ver si Miguel se anima a hacerlo en vacaciones. Cuando pregunto una y otra vez sobre decisiones que deben tomar y aún no tienen claras, acuciándolos y esperando poder aportarles algo de información y sensatez. ¡Como si pudiéramos equivocarnos o acertar por ellos!

Revoloteo día y noche, incluso cuando ni siquiera ellos perciben mi presencia, entre nubes de angustia y soleados claros de satisfacción maternal cuando las cosas salen como una espera.

Puestos a seguir con las metáforas yo querría ser avión-nodriza. Sí. Ayudarles a levantar el vuelo y dejarles planear después en libertad, surtiéndoles de combustible de calidad. O portaaviones. Para que siempre tuvieran un lugar seguro donde aterrizar en medio del mar. También querría ser una madre cohete espacial. Que les enseñara a tener sueños elevados y a salir disparados en su busca. Y mami-submarino. Que les ayudara a bucear en su interior para conocerse a sí mismos y sumergirse con confianza en el infinito del océano.

Pero no pierdo la esperanza. Cualquier día de estos, como si de un artilugio de ciencia ficción se tratase, lo mismo me transformo y hago de mis aspas un molino de viento y de mi cabina una nave interestelar. Los padres tenemos una enorme capacidad de adaptación y también nos podemos reciclar y actualizar. La cuestión es no dejar de avanzar. Sea por tierra, por aire o por mar. 😉

 

En la piel: feliz y reivindicativo Día de la Mujer

“¿Cómo le explico yo a mi hija que el modelo a seguir no es la choni que se forra en la tele sino el ingeniero que atiende en el MacDonalds?”. La frase circulaba estos días por las redes sociales con montones de megusta y comentarios sobre el modelo de vida y de felicidad que ofrecemos a nuestros hijos. Sin embargo, ¡qué curioso!, nadie prácticamente se hacía eco de un pequeño pero importante detalle. El texto contrapone a “la” choni con “el” ingeniero. Curioso, ¿no? Por no decir otra cosa… Difícilmente vamos, desde luego, a convencer a nuestras hijas de que estudien ingeniería, o lo que quieran, si piensan que ser “choni” es femenino e ingeniero (o presidente, o catedrático, o fontanero, o encargado) siempre es masculino. Y esto, que parece un detalle nimio en un mensaje intrascendente, no lo es.

Mi arraigada sensibilidad feminista (sí, feminista, ese término que asusta más, es curioso, que el machismo que discrimina, agrede y mata) me hace detectar con suma facilidad aquellos mensajes, a veces semiocultos, que perpetúan las diferencias de derechos y los estereotipos entre hombre y mujer. Y mis hijos, varones los tres, han “heredado” ese mismo olfato. A menudo me advierten de algo que “no me va a gustar” o me va a enfadar mucho en un anuncio o una serie de televisión.

Yo no he necesitado adoctrinar a mis hijos en materia feminista. Sencillamente conviven con unos padres que reparten equitativamente las tareas, que se remangan por igual para hacer unas cosas u otras, que se desarrollan en trabajos externos con libertad y tienen aficiones y amistades que cuidar. Y que se escandalizan cuando detectan comportamientos discriminatorios o vejatorios entre seres humanos, por razón de género, pero también, ¿cómo no?, de raza, origen, creencia o condición social.

Por eso, porque lo han mamado, lo tienen interiorizado. Sencillamente para ellos es lo natural. Por eso Pablo llegaba a casa hace poco asombrado porque un compañero al que aprecia había soltado en clase como una gracia que la fregona es cosa de mujeres. Por eso, Alejandro no puede entender que en un campo de fútbol un montón de gente jalee a un maltratador y acuse a su víctima. Y en otro se reclame el regreso de Franco para que nos devuelvan a las mujeres a la cocina. ¡Qué triste, pero qué triste! Que toda esa gente que grita esas cosas a una árbitra o a un jugador no se pare un segundo a pensar lo que está diciendo y como afectarían esas amenazas a sus madres (intuyo que todos tienen al menos eso…), sus hermanas, novias, mujeres, hijas, amigas o primas. ¡¡¡Qué triste y qué terrible que haya gente que lo piense y lo desee de verdad!!! Qué penoso, en fin, que todo quede en una multita de 50 euros, sí.

Miguel, con 9 años, dio un discurso en su campamento de verano explicando (porque sigue habiendo que explicarlo, ¡que aburrimiento!) que chicos y chicas tienen los mismos derechos y pueden hacer las misas cosas. Y eso, claro está, me gustó. Pero lo que me hizo comprender que en casa habíamos dado un paso en materia de educación en la igualdad fue cuando Pablo, a sus 14 años, llegó a casa empeñado en que viéramos un video que le había llegado a lo más hondo. Ése que muestra a distintas personas respondiendo a la pregunta qué significa correr como una niña. Ese sencillo video no incluye ningún elemento verdaderamente impactante. Sin embargo, cada vez que Pablo nos lo iba poniendo a sus padres, sus hermanos o sus abuelos… se emocionaba. Sí. Siempre en el mismo momento, a Pablo se le ponía el vello de punta y se le saltaban las lágrimas. Ése momento en que una niña dice que si le piden que corra como una niña ella corre lo más deprisa y lo más fuerte que pueda.

 

 

 

Pablo estaba en aquel momento en el pellejo de esa niña. Sin más esfuerzo ni intención. Se ponía en su lugar y le emocionaba su empoderamiento.

Aquel día pensé que en casa de los Pérez López habíamos puesto un minúsculo granito de arena para acabar con la desigualdad. Y me sentí muy bien. Pero también me pregunté qué hay que hacer para que quienes gritan barbaridades machistas o se cachondean de las víctimas de violencia de género sean capaces también de ver a otro ser humano en esa mujer a la que vejan, humillan o cosifican. Sean capaces de ponerse en su piel. Como Pablo, como Alejandro, como Miguel. Como tantos hombres que comparten la necesidad de seguir batallando por la igualdad.

A todos y todas, feliz Día de la Mujer.

 

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