Las enseñanzas de un muñeco
Si piensas que los dibujos animados son sólo para niños estás equivocado. Si crees que una película de animación es sólo entretenimiento, también. Si consideras que ir al cine no trae nada bueno hoy en día, te confundes. Una película en concreto desbanca todas estas afirmaciones y estereotipos:Toy Story 3.
Los famosos muñecos de Pixar han vuelto a la carga con sus magistrales bromas y guiños cinéfilos. Pero en esta tercera entrega, además, han redoblado su esfuerzo educativo. Ya no sólo hablan de amistad y compañerismo, no. Ahora nos enseñan hasta dónde llega el compromiso, en qué consiste la fidelidad, cómo aprender a decir adiós a lo que quieres, o el valor del trabajo en equipo.
Sí, claro que hay buenos y malos, pero en esta peli, a diferencia de tantas otras cintas americanas en que los malos son cien por cien malos y siempre reciben un castigo, aquí se enseña lo que es la clemencia o la oportunidad de rectificar en la vida.
Y todo esto sin ser una historia plomiza, cargada de moralina o anticuada. No, es que resulta que encima es divertida, excitante y muy moderna.
En ella podemos encontrar referencias al mejor cine de todos los tiempos, reflejado en sus distintos géneros: desde el western a la comedia romántica, pasando por el cine carcelario, de terror o de aventuras. Y mucho, mucho y buen humor del que hace sonreír o reír a carcajadas.
Y todo eso sin necesidad de ser una de esas películas para minorías que echan en las cadenas de televisión a altas horas de la madrugada. Toy Story 3 es una película de éxito, que rompe récords de taquillas a pesar de que sus protagonistas no son de carne y hueso. Aunque quién lo diría… Y, como dijo el crítico de El País, Carlos Boyero, no os avergonceis de que os haya enternecido uno de esos muñecos. Que más de uno hemos dejado rodar alguna lagrimilla.
Para colmo, Buzz Ligthyear habla andaluz y baila por sevillanas. ¿Qué más se puede pedir? Un 10 para Pixar, saludos a Buzz y Budy, y larga vida al cine.

Sean motivo de satisfacción o de disgusto, las notas escolares llegan esta semana irremisiblemente a los hogares españoles. Y surgen entonces las dudas de si hay que premiar las buenas notas y castigar las malas, si hay que comparar con el contexto de la clase o el centro para relativizar los resultados o hacer saltar las alarmas en previsión de futuros y más graves fracasos.
Siempre que presento “Papás blandiblup” en alguna institución, jornadas sobre familia o educación, hago especial hincapié en enseñar a nuestros hijos a asumir las consecuencias de sus actos. Si no, nunca aprenderán de sus errores porque estaremos sus padres pagando las consecuencias por ellos. Esta manera de educar, evitando “golpes” a nuestros hijos, es muy característico de este tiempo nuestro. Pero en generaciones anteriores se daba también a veces, aunque sólo en el colectivo de los varones.
Hace ahora seis meses que veía la luz en las librerías mi libro “Papás blandiblup” y con él este blog, que se ha convertido para mí en un magnífico espacio de encuentro y debate. Habeis sido muchos los lectores que os habeis acercado a mí a través de este cuaderno de bitácora y me habeis relatado, en público o en privado, vuestras impresiones sobre el libro, vuestras experiencias como padres o abuelos, vuestras inquietudes y anhelos sobre la educación de los hijos.
Termina mayo y con él las Primeras Comuniones. Se acaban los niños vestidos de Almirante o a lo Don Johnson en Miami Vice, compitiendo con pomposos vestidos de gasa y tul rodeados de multitud de complementos, todos carísimos. Y tras ellos queda la estela impresionante de regalos que habrán recibido tras la ceremonia. ¿Y tiene sentido que un niño de 10 años reciba en un solo día, como le ocurrió a Julia, una cámara de fotos, un teléfono móvil, una videoconsola, un portátil, un patinete, patines, y hasta treinta obsequios diferentes más? Sus padres no han sabido cómo evitar ese desatino, al que reconocen el mal efecto educativo. Y el caso de Julia no es, desde luego, excepcional. Más bien muy común entre los niños que hacen la Primera Comunión. De hecho, cabría preguntarse si los chicos la hacen por el “efecto regalador” que tendrá o por verdadera convicción personal y familiar.