Nos vamos a Murcia

Hoy estoy de enhorabuena porque marcho a Murcia a presentar mi último libro, “Morir nos sienta fatal” (editorial San Pablo). Y no sólo estoy contenta porque siempre es hermoso disfrutar de un acto de encuentro con lectores que hasta ese momento son anónimos y con los que a partir de ese instante se establece una cierta complicidad y se produce un aire de confidencia en tema tan difícil y delicado como este de la muerte. También porque vuelvo a una ciudad que siempre me ha tratado de maravilla y en la que viven buenos amigos. De esos amigos en los que no hace mella la distancia ni el excesivo tiempo que pasamos sin vernos. Amigos como Pedro J. Navarro o la buena gente de la Junta de Hermandades de Cieza. O nuevas adquisiciones como Mª José Bataller, vecina de blog en 21. A todos ellos estoy deseando verlos y disfrutar de un rato de sana conversación. A ellos y a cuantos, queridos lectores, queráis acercaros a la librería San Pablo de la capital murciana esta tarde a las 20:00. Estáis todos invitados.

De sueños y honestidad

Retomo la actividad en el blog (muerta de vergüenza por la tardanza) para contaros que un buen amigo y colega de profesión, Jesús Bastante, acaba de presentar su nuevo libro. Se trata de una novela original en su planteamiento, pues pretende ser el diario íntimo de Jesús resucitado. “Y resucité de entre los muertos” (ediciones B), que así se titula, ha generado ya alguna que otra pulla y estocada de ese sector fanático y faltón que anida en las páginas más fundamentalistas de internet. Y esto antes incluso de que, curiosamente, el libro haya llegado hasta sus manos. Se apoyan los críticos en prejuicios y encasillamientos, sin ahondar en su contenido ni percibir las verdaderas intenciones o matices. Porque, sin entrar a valorar una novela que aún no he tenido tiempo de leer en su integridad y que a mí misma (tan racional como soy) puede inquietarme o incomodarme en algunos de sus planteamientos, lo cierto es que Jesús ha querido rendir homenaje al personaje histórico, “motor fundamental” de su vida. Y lo hace dotándolo de una extraordinaria humanidad, pese a su nueva condición de resucitado.

Reconoce Jesús que este libro es ficción, y no un tratado de Teología. Aunque eso no le ha importado a sus detractores a la hora de juzgarlo. Yo, antes de acabarlo, aplaudo la valentía y la honestidad de su autor. Celebro que le haya salido un libro optimista y utópico que transparenta su fe y sus principios y procura huir del morbo. Aunque en la novela, reconoce Bastante, “Jesús sueña otra Iglesia”.

Y esto me recuerda como madre la necesidad de educar a mis hijos en dos aspectos esenciales que a veces olvidamos entre tanta excelencia: la exigencia de ser honestos en todo lo que hacemos y la importancia de no dejar nunca de soñar y trabajar para que se cumplan esos sueños.

Enhorabuena, Jesús, porque tú has visto el tuyo hecho realidad en forma de libro.

¿Deberes sí, deberes no?

¡Qué vergüenza! ¡Un mes sin escribir ni una palabra en el blog! Liadilla que está una… ¿Acaso la gira de promoción de “Morir nos sienta fatal”, unida al ingente trabajo que acarrea ser redactora jefe de la revista 21 no dejan un minuto libre para redactar un mísero post? No digo que que no contribuyan, no. Pero lo que en los últimos tiempos me roba el tiempo y las energías es hacer el seguimiento, control y persecución de mi hijo Miguel y sus infinitas tareas escolares.

Y a éstas llega esa noticia venida desde Francia que cuenta que los padres se han puesto en huelga de bolis caídos para protestar por el exceso de deberes de sus hijos. Y yo, de natural (y de educación) esforzada, responsable y trabajadora, me siento culpable por tener unas ganas locas de unirme a la causa sin pestañear.

¿Y con qué cara abordo yo la elaboración de mi próximo reportaje en la revista 21, que va sobre el valor del esfuerzo? Pues exactamente con la cara demacrada que me deja la ingrata tarea de hacer que un niño de siete años, inquieto, vivaracho, traviesillo y listo como él solo se aplique cada tarde sin moverse de la mesa (¡imposible!) durante horas a rellenar fichas, estudiar palabros en inglés y leerse libros de 90 páginas (como lo cuento. Esto en concreto nos lo reservan sus queridas profesoras para todos y cada uno de los fines de semana del curso. Snif).

No, yo no estoy en contra de los deberes, estoy en contra del exceso de deberes. Estoy en contra de esos deberes que en realidad son una delegación de la responsabilidad de enseñar por parte de algunos (sólo algunos) profesores. Estoy en contra de esos deberes imposibles que no entienden ni los padres catedráticos o ingenieros de telecomunicaciones. Y hasta mi madre está en contra de que sus nietos no puedan ir a visitarla a Sevilla en Navidad o Semana Santa sin cargar con una mochila repleta de infinitas tareas que condicionan la vida de toda la familia también en vacaciones.

Pero estoy claramente a favor de esos deberes que favorecen la cultura de la disciplina y el esfuerzo, que ayudan a afianzar los contenidos aprendidos e incluso a amarlos a base de actividades complementarias como ver una película que esté relacionada, hacer algún experimento casero o acudir a un museo. Adoro esos deberes voluntarios que provocan la imaginación y creatividad de los niños, siempre que su nivel esté a la altura de la capacidad de los chavales, y no de la autoexigencia y ganas de figurar de muchos padres.

Pero, sobre todo, estoy a favor de unos deberes que no discriminen. ¿En qué sentido? Muy sencillo. ¿Cómo puede el sistema educativo mantener su deber de ofrecer a los chicos igualdad de oportunidades si su éxito o fracaso depende del tiempo y formación de los padres? ¿Cómo pueden alcanzar los mismos objetivos la hija de la inmigrante que llega a su casa agotada a las tantas de la noche, sin conocer el idioma o sin tener estudios, que esa otra niña que cuenta con profesores particulares y padres con tiempo, dinero y formación de sobra para darle todo lo que necesite o se le antoje? Si llegan a la vez a la meta, será un auténtico milagro.

Como siempre, la clave es la justa medida. ¿Por qué no hacemos todos un esfuerzo por encontrarla, al margen de debates superficiales? Siempre desde la necesidad, indiscutible, de aplicar (todos, no solo los niños) la cultura del esfuerzo. Pero de eso ya hablaremos en próximos números de la revista 21. ¿Me perdonareis mientras tanto la prolongada ausencia? Espero que sí porque prometo esforzarme para mejorar y hacer deberes en casa para no perder la disciplina ni el hilo. Palabra de mamá blandiblup.

Morir… de gusto en Barcelona

Nunca he tenido reparos en emplear la expresión “esto está de muerte”. Aunque mi padre, socarrón (que por cierto hoy, día de Andalucía, cumple 70 lustrosos años ¡Felicidades, papá!) siempre me dice, “pues si me voy a morir, yo prefiero no probarlo, hija”.
Ahora, desde que se pusiera a la venta mi libro “Morir nos sienta fatal. Diálogos a vida y muerte”, me paso el día citando a la Parca de una u otra manera. Pero este jueves, 1 de marzo, uno y otro uso del término se van a dar la mano porque, me voy a Barcelona a presentar “Morir nos sienta fatal”, y lo hago con un plantel “de muerte”, vamos, de lujo: la archiconocida catedrática de Ética Victoria Camps, el periodista de La Vanguardia Oriol Domingo y José Ignacio Pedregosa por parte de la editorial San Pablo. ¿Es o no es para morirse de gusto? En sentido figurado, por supuesto.
Por si algún barcelonés se pasea de vez en cuando por este blog, aquí os dejo la invitación, con la ilusión de que, sin llegar a las cifras de asistentes que logramos en Madrid y Sevilla (Menuda locura… ¡Gracias a todos!) podamos encontrarnos unos cuantos amigos con ganas de dialogar sobre la muerte y la vida. Sobre todo la vida.

Carne y piedra

Entre la carne y la piedra me quedo con la carne. Parece una elección fácil, pero no lo es. Las más de las veces preferimos deleitarnos con la imagen vicaria de una escultura, una película, un libro. Y es que la carne huele, suda, sangra. Exige e interpela. Esa es la verdad.
Pero aun así, yo me quedo con la carne. Que es cálida, arropa, protege y llora.
Y es curioso que a veces los procesos se produzcan a la inversa. Esta vez, la realidad ha imitado una obra de arte. Una mujer abraza a un familiar herido en la foto del español Sanuel Aranda que ha ganado el World Press Photo. Y lo hace como si se hubiera inspirado en la Piedad de Miguel Ángel. En tantas otras piedades que han poblado la historia del arte a lo largo de los siglos. Pero esta piedad es en realidad una encarnación de la primera, la original, esa que a veces se nos olvida. Esa que ocurrió hace más de veinte siglos y debería guiar el proceder de cuantos nos decimos cristianos. Pero tantas veces nos gusta más la piedra…
Es Yemen. Como podría ser Siria. Como tantos otros lugares donde vuelve a haber Cristos heridos en brazos de sus madres. Sin olvidar que, extraña paradoja, en la foto de carne también hay piedra: la losa de la opresión que envuelve a esta María en miserable tela de la cabeza a los pies. Maldita realidad, que se empeña en enmendar la plana al arte y la libertad. Y aun así, yo me quedo con la carne. Que es cálida, arropa, protege y llora. ¿Tú no lloras?

Fotografía ganadora del World Press Photo.

El debe y el haber de la paternidad

Uno tras otro se van sucediendo los nombramientos de nuevos cargos del gobierno de Rajoy. Y una tras otra van llegando a las redacciones las notas de prensa con los perfiles de los nuevos secretarios de Estado de esto o aquello, directores generales o presidentes de tales o cuales instituciones públicas. Nada extraño hay en ellos. Salvo que, cosa curiosa, observo cómo en los perfiles de mujeres se indica su estado civil y número de hijos, mientras que en los de los hombres no. Se ve que los hijos sólo cuentan en el haber (¿o es en el debe?) de las madres, sean secretarias de Estado o cantantes de ópera. Es más: parece que tienen que contar, sí o sí, aunque lo que se esté elaborando sea un perfil profesional. Quienes los redactan deben pensar que Soraya Sáenz de Santamaría se va a marchar de un Consejo de Ministros porque el niño tiene cita con el pediatra, y sus colegas hombres no. Lo más triste del asunto es que nadie repare en ello y que los gurús del periodismo sigan preguntando en las entrevistas a las mujeres famosas, sean del ámbito político, cultural o deportivo, cómo hacen para compatibilizar su puesto con la maternidad, pero nunca nadie ose preguntar lo mismo al presidente del Gobierno o el técnico José Mourinho. Supongo que si entrevistaran a los hijos de estos, les preguntarían sin pestañear a quién quieren más, si a papá o a mamá…

Plan de lectura

Hace bien poco leía en la prensa que el 15,5 por ciento de los libros editados en España en 2010 –todavía no había datos definitivos de 2011– corresponden a literatura infantil y juvenil, en total más de 53.000 ejemplares. El 12,1% de las ventas de libros en nuestro país se deben a este tipo de obras y es la única materia que no desciende respecto al año anterior y que incrementa sus datos. Pero no es sólo que se vendan libros infantiles y juveniles, porque muchos podrían servir exclusivamente para decorar las estanterías, sino que los expertos afirman que los hábitos de lectura de los más pequeños son bastante buenos. “Los niños son los más lectores del país por las lecturas obligatorias del colegio y porque luego se aficionan a los libros”. Y ofrecían un dato especialmente llamativo:  “Hasta los 16 años más del 80% de los pequeños son lectores habituales”.

No estaría de más felicitarse por ello, ahora que parece que los padres lo hacemos todo tan mal. Porque conseguir que un niño lea hoy en día no es fácil. No lo es porque requiere un esfuerzo que no le demandan las máquinas infernales de videojuegos, tan facilonas ellas, tan llamativas, tan intuitivas… Porque requiere silencio (ese anhelado tesoro en estos tiempos), concentración y paciencia. La paciencia necesaria para esperar hasta la última página si quieres conocer el desenlace de la historia en la que te sumergiste al comienzo. Y los niños de hoy no tienen tiempo ni ganas de esperar. Lo quieren todo ya, que para luego es tarde.

¿Sólo los niños? Ay, no, perdona, que los mayores vivimos pegados al teléfono, enganchados al portátil o la tableta, entregados a las videonoticias de internet porque ya no queda tiempo para leer la prensa de papel  y tan impacientes por conocer el final de una saga literaria que nos vamos a verla al cine antes de acabarnos ese tocho de libro que alguien demasiado paciente ha escrito.

Así que nosotros leemos menos que ellos. Se ve que en nuestros “coles” no nos ponen planes de lectura…

Pero, más allá de las razones o las anécdotas, de esta noticia se extrae para mí otra conclusión: nos permite comprobar los resultados de obligar. En estos tiempos en que somos reacios a imponer a nuestros hijos nada por la fuerza, no hay otro sistema para competir con las máquinas que imponer tiempos de lectura. Y funciona. Lo sé por propia experiencia. ¡Claro que es mejor que descubran por sí solos el placer de construir con la mente lo que se cuenta en un libro! Y existen casos, como el de Azahara, que con cinco añitos ya tiene carné de la biblioteca porque se zampa ella solita cinco libros a la semana. Pero no es su perfil el más común en estos tiempos. No, sobre todo, a partir de 7 u 8 años, cuando dejan de encontrar magia en juntar letras y descubrir palabras. Así que si no le entra sólo ese gusanillo, ¿no es mejor que le demos un empujoncito?

También ayuda encontrar los títulos más sugerentes para cada tunante: piratas para unos, ciencia para otros… Pero, por favor, no descafeinemos sus lecturas indefinidamente. Que está fenomenal que haya tantos títulos de literatura infantil y juvenil adaptados a su edad. Pero eso no debe hurtarles la posibilidad de leer Robinson Crusoe, Miguel Strogoff o Historia de Dos Ciudades. Que no hay mejor aliciente para hacer de un joven un empedernido lector en el futuro que un clásico lleno de aventura, pasión y buena literatura.

¿Y después de los 16? Sólo queda confiar. Pero lo mismo ayuda que, de vez en cuando, vean a sus padres con un libro entre las manos.

Ganar perspectiva

Pasar unas horas en la sala de espera del pediatra da para escribir unas cuantas entradas en este blog. Enfrascada en la lectura de una novela de Pombo, no pude evitar ayer levantar la vista para contemplar la escena tantas veces repetida de una mamá desgañitada haciendo notar a todos los presentes lo listo que es su niño. Sí: descubrimos sin pretenderlo que este pequeñín ya sabe responder a algunas preguntas en inglés, contar, o, tan chiquitín él, reconocer algunas letras en los carteles que decoran los pasillos del  centro de salud. Y allá que iba la abnegada mamá, marcando una a una las letras (“¿esta?”, “¿y esta?”, “¿y esta?”…) en voz bien alta para lucimiento de su hijo y evidente orgullo personal.

Quienes, a estas alturas, hemos superado esa etapa de primeros aprendizajes, sabemos ya que no importa si un niño aprende unos meses antes que los demás a leer. Que en el cómputo final de los años y los saberes, no contará ese adelanto. Que todos los niños, a poco que uno se aplique a ello con tiempo y dedicación, aprenderán cosas que nos parecen imposibles de saber a su edad. Y que, si en vez de dejarles ver todos los días Bob Esponja, les sometemos a dieta de pintura impresionista, reconocerán de lejos un Monet con la misma facilidad que nuestros churumbeles hablan de Calamardo o la cangreburguer. Otra cosa es que eso sea bueno o necesario…

Mi hijo mayor era uno de esos niños que sabían quién era Sorolla y dejaban boquiabierto al personal cuando explicaban con media lengua que es “el pintor de la luz”. Ese mismo niño, hoy instalado terroríficamente en la más cruel adolescencia, suspende alguna asignatura en Secundaria como el que más. Y no tiene ni idea de qué camino académico elegir (“¡Arte no!”), pese a los años que sus padres lo llevamos a clase de pintura con disciplina y sacrificio familiar.

Hoy sé que ni sus primeros pinitos con el pincel ni su suspenso de ahora son cosas verdaderamente importantes en la trayectoria global de una persona. Me importa más, y me llena de la misma satisfacción que muestra la mamá del centro de salud, comprobar cada día cómo se convierte en un ser afable, autónomo, educado, jovial y con criterio, pese a su condición de irritante adolescente. Pero esta perspectiva más prudente que conceden el paso del tiempo y la experiencia como madre no evita que a uno le den ganas de que todo el mundo compruebe y certifique “lo lindo que es mi niño”, que decimos en mi tierra. Orgullos de madre que cuesta disimular, aunque ya no señalemos las letras de los carteles para lucimiento de nuestros crecidos churumbeles.

Regalos sensatos

Cuando se acerca la Navidad no hay familia que se precie que no prepare su consabida carta a los Reyes Magos. Y los papás más despiertos procuran vigilar y aconsejar a sus hijos para que las peticiones no abrumen a Sus Majestades ni contradigan con sus excesos el imprescindible sentido común.

Así que yo me aplico a debatir con mis hijos qué pedirán este año como regalo. Y a recomendar o sugerir aquellos obsequios más apropiados. Eso sí: ya saben desde pequeños que, en nuestra casa, Melchor, Gaspar y Baltasar sólo dejan tres regalos. Ni uno más. Y que no se les puede pedir nada que no aprueben papá y mamá.

Estas navidades nuestra carta va a ir sobre ruedas, porque la familia necesita renovar el parque de bicicletas. Y es que un buen criterio es pedir a los Reyes cosas útiles, duraderas, a poder ser que ayuden al niño a practicar deporte, a aprender, o a relacionarse mejor con los demás. Juegos de mesa, material deportivo o didáctico son una buena apuesta.

Ya, me direis: ¿y qué pasa con la DS, la Wii o la Play? Imposible ir contra los tiempos, aunque siempre se puede solicitar por vía urgente a los Reyes que dejen unas indicaciones bien claras de los términos en que pueden usarse estos diabólicos y adictivos aparatejos, incluyendo una cláusula por la que podrán llevárselos de vuelta si los pequeños de la casa no cumplen el contrato a rajatabla. A mi hermano Ignacio le ocurrió y aún lo recuerda…

No obstante, yo personalmente creo que si no puedes luchar contra el enemigo, es mejor que te unas a él. ¿Cómo? Pues adquiriendo aquellos juegos electrónicos que permiten convivir en familia o con los amigos, que proponen participar en concursos, reírnos y sacar partido a nuestras dotes como pintores, bailarines, sabihondillos o políglotas. Y que no sean violentos, ni sexistas o xenófobos. Vamos, practicando la sensatez…

Lo que mis hijos saben que no pueden pedir son esos objetos carísimos que exceden el presupuesto de los Reyes Magos, o son un desperdicio porque se rompen al primer día.

Sin olvidar, eso sí, que el 6 de enero es el día de la ilusión. Y reducir la entrega de regalos a un par de ocasiones o tres al año es una buena manera de garantizar la emoción, la sorpresa y la magia que deben acompañar siempre a los Reyes Magos.

¡Suerte con sus majestades!

 

Artículo publicado en la revista Presencia Marista. 

Amigos en herencia

Quienes disfrutamos de nuestra infancia en los años 60, 70 u 80, recordamos lo fácil que era entonces hacer amigos: en el cole, la calle o el bloque donde vivíamos. Y pasados los años, sabemos lo difícil que es conservarlos, lo que valen los amigos de verdad y por qué merece la pena cuidar y disfrutar del tesoro de la amistad.

Ahora las cosas han cambiado. La relación de los niños con otros chicos de su edad se ve restringida muchas veces al ámbito escolar porque nuestros miedos nos impiden dejarlos salir a la calle a jugar. Y pocas veces pueden alimentar esas amistades escolares porque unos y otros viven a demasiada distancia o las agendas de los papás son incompatibles con el trivial acto de “quedar” a jugar.

Por eso nos preocupa tanto que nuestros hijos, desde bien pequeños, hagan amigos. Que sepan la satisfacción que produce contar con un cómplice de juegos, con un confidente, con alguien que te quiere aunque no le unan a ti lazos de sangre.

Nos preocupa y, en no pocas ocasiones, nos ocupa. Porque más de un papá y una mamá han intervenido en las cortas y sencillas vidas de sus vástagos para “facilitarles” la tarea de hacer amigos u organizar planes con ellos, incluso cuando éstos ya se acercan peligrosamente a la adolescencia. “Es que es tan tímido…”, decimos. Y seguimos protegiéndolos sin reparar en que son ellos quienes tienen que echar a volar con sus propias alas, también en esto de conquistar la amistad.

Incluso, en algunos casos extremos en que los padres tienen un acusado sentido de la posesión y ponen sus miedos por encima de la felicidad última de su pequeño, preferimos que no tengan amigos con tal de que se queden en casa, al abrigo de papá y mamá, con la fría compañía de un montón de máquinas de videojuegos. Sin reparar en que protegerles de verdad es favorecer que construyan sólidas relaciones de amistad, que aprendan a entregarse con generosidad, a querer y respetar. Que sepan escuchar y compartir, regalar, perdonar y dejarse corregir.

No hay mejor herencia que, como padres, les podamos dejar: saber hacer amigos, pocos o muchos, pero de los de verdad. De esos que años más tarde te ponen en tu sitio, te recuerdan quién eres de verdad, te arropan en la desgracia y celebran contigo tu felicidad. Palabra de amiga.

Artículo publicado en la revista Presencia Marista.