¡Qué vergüenza! ¡Un mes sin escribir ni una palabra en el blog! Liadilla que está una… ¿Acaso la gira de promoción de “Morir nos sienta fatal”, unida al ingente trabajo que acarrea ser redactora jefe de la revista 21 no dejan un minuto libre para redactar un mísero post? No digo que que no contribuyan, no. Pero lo que en los últimos tiempos me roba el tiempo y las energías es hacer el seguimiento, control y persecución de mi hijo Miguel y sus infinitas tareas escolares.
Y a éstas llega esa noticia venida desde Francia que cuenta que los padres se han puesto en huelga de bolis caídos para protestar por el exceso de deberes de sus hijos. Y yo, de natural (y de educación) esforzada, responsable y trabajadora, me siento culpable por tener unas ganas locas de unirme a la causa sin pestañear.
¿Y con qué cara abordo yo la elaboración de mi próximo reportaje en la revista 21, que va sobre el valor del esfuerzo? Pues exactamente con la cara demacrada que me deja la ingrata tarea de hacer que un niño de siete años, inquieto, vivaracho, traviesillo y listo como él solo se aplique cada tarde sin moverse de la mesa (¡imposible!) durante horas a rellenar fichas, estudiar palabros en inglés y leerse libros de 90 páginas (como lo cuento. Esto en concreto nos lo reservan sus queridas profesoras para todos y cada uno de los fines de semana del curso. Snif).
No, yo no estoy en contra de los deberes, estoy en contra del exceso de deberes. Estoy en contra de esos deberes que en realidad son una delegación de la responsabilidad de enseñar por parte de algunos (sólo algunos) profesores. Estoy en contra de esos deberes imposibles que no entienden ni los padres catedráticos o ingenieros de telecomunicaciones. Y hasta mi madre está en contra de que sus nietos no puedan ir a visitarla a Sevilla en Navidad o Semana Santa sin cargar con una mochila repleta de infinitas tareas que condicionan la vida de toda la familia también en vacaciones.
Pero estoy claramente a favor de esos deberes que favorecen la cultura de la disciplina y el esfuerzo, que ayudan a afianzar los contenidos aprendidos e incluso a amarlos a base de actividades complementarias como ver una película que esté relacionada, hacer algún experimento casero o acudir a un museo. Adoro esos deberes voluntarios que provocan la imaginación y creatividad de los niños, siempre que su nivel esté a la altura de la capacidad de los chavales, y no de la autoexigencia y ganas de figurar de muchos padres.
Pero, sobre todo, estoy a favor de unos deberes que no discriminen. ¿En qué sentido? Muy sencillo. ¿Cómo puede el sistema educativo mantener su deber de ofrecer a los chicos igualdad de oportunidades si su éxito o fracaso depende del tiempo y formación de los padres? ¿Cómo pueden alcanzar los mismos objetivos la hija de la inmigrante que llega a su casa agotada a las tantas de la noche, sin conocer el idioma o sin tener estudios, que esa otra niña que cuenta con profesores particulares y padres con tiempo, dinero y formación de sobra para darle todo lo que necesite o se le antoje? Si llegan a la vez a la meta, será un auténtico milagro.
Como siempre, la clave es la justa medida. ¿Por qué no hacemos todos un esfuerzo por encontrarla, al margen de debates superficiales? Siempre desde la necesidad, indiscutible, de aplicar (todos, no solo los niños) la cultura del esfuerzo. Pero de eso ya hablaremos en próximos números de la revista 21. ¿Me perdonareis mientras tanto la prolongada ausencia? Espero que sí porque prometo esforzarme para mejorar y hacer deberes en casa para no perder la disciplina ni el hilo. Palabra de mamá blandiblup.
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