Nos vamos de campamento

Son éstos días de despedidas y mochilas. Muchos niños españoles se han marchado de campamento, dejando en unos casos a sus padres huérfanos de mimos y objetos de sus desvelos, y en otros tan felices de estrenar dos semanitas de noviazgo.

Cada año, frente a los autobuses, se suceden idénticas escenas de lágrimas contenidas, sonrisas que esconden el miedo de los niños a vivir tantos días sin sus padres ( y de más de un padre incapaz de imaginarse viviendo sin sus hijos…), niños que se arrepienten de la decisión y se niegan a subir al autobús, o padres decepcionados porque sus descastados hijos ni siquiera miraron una vez atrás para despedirse. “Pues no que ha bajado la persiana cuando me he acercado a la ventanilla…”, contaba un padre atónito a quien quisiera oírle.

Vendrán después la inquietud por esa llamada que no llega, la visita del Día de Padres y las ganas infinitas de volver a abrazarlos cuando pasen estos quince días. Porque a los niños estamos deseando perderlos de vista de boquilla. Y al ratito de que se hayan marchado ya tenemos morriña de ellos.

Eso hace que se produzcan escenas de película, como aquella madre, me contaban, que se agarró a su hijo gritando como una loca “¡no me lo quiteis!”, como si lo fueran a secuestrar en vez de llevárselo al campo a pasárselo en grande.

En fin, en tiempos de hiperprotección paterno-filial, creo que ir de campamento debería ser una asignatura prácticamente obligatoria. Porque les enseña a valorar lo que tienen (desde la ducha caliente a la cama acogedora. ¡No digamos la tele o la videoconsola!), porque aprenden a seguir una disciplina y respetar una nueva autoridad, descubren la diversidad y se arman de herramientas para convivir. Porque, además, se entretienen y se divierten sin una máquina cerca y deben cuidar sus cosas y gestionar sus recursos.

Pero también los padres aprendemos cosas cuando enviamos a nuestros hijos de campamento: en primer lugar, descubrimos de lo que son capaces nuestros adorados niños cuando no les queda más remedio. Y, de regalo, nos damos cuenta de lo mucho, muchísimo, que los necesitamos y queremos. Sí, ya sé: también retomamos aquellas viejas prácticas, casi olvidadas, de ser una pareja que dialoga en paz, duerme la siesta sin sobresaltos, sale al cine y muchas cosas más…, que tampoco hay por qué entrar en detalles. Así que, bendito campamento estival.

6 Responses to “Nos vamos de campamento”

  1. ¡Debería estar reogido en los derechos humanos de segunda generación!

  2. Ja,ja. Totalmente de acuerdo. Curiosamente, una amiga me decía esta mañana que el derecho de los matrimonios a estar a solas no siempre es comprendido.

  3. ¿Sabes si hay campamentos para bebés?

  4. Anda, que lo dices con la boca pequeña… En cualquier caso, mis hijos han ido a campamentos urbanos desde que tenían 3 años. Normalmente los monitores que los llevan son fantásticos. Los niños se lo pasan bien, están entretenidos, hacen nuevos amigos y aprenden cosas. Hay campamentos temáticos, más culturales, deportivos, o simplemente lúdicos. Lo único malo es que los niños se acostumbran a que todos los momentos de la vida están ocupados por actividades y entrañan diversión. Tampoco es malo, como hemos dicho otras veces, que los niños se aburran. El problema es cuando confundimos aburrimiento con estar viendo la tele como zombis durante horas. El verano tiene ese riesgo. Pero con la edad de Alicia, no hay nada como los tíos o los abuelos con morriña de nieta para darse un respirito matrimonial.

  5. Yo me he aburrido toda la vida muchísimo, con un aburrimiento sostenido, muy manejable. Hasta el punto de que pocas cosas me entretienen tanto como aburrirme.

  6. Tirado, sé de lo que hablas. Quizá, por eso, me entretengo tanto dando vueltas a los pensamientos.
    Yo no tuve hermanos, ni calle donde jugar. A la sazón, me aburren las ‘diversiones’, en cambio, estar ensimismada no me parece perder el tiempo.

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