Plan de lectura
Hace bien poco leía en la prensa que el 15,5 por ciento de los libros editados en España en 2010 –todavía no había datos definitivos de 2011– corresponden a literatura infantil y juvenil, en total más de 53.000 ejemplares. El 12,1% de las ventas de libros en nuestro país se deben a este tipo de obras y es la única materia que no desciende respecto al año anterior y que incrementa sus datos. Pero no es sólo que se vendan libros infantiles y juveniles, porque muchos podrían servir exclusivamente para decorar las estanterías, sino que los expertos afirman que los hábitos de lectura de los más pequeños son bastante buenos. “Los niños son los más lectores del país por las lecturas obligatorias del colegio y porque luego se aficionan a los libros”. Y ofrecían un dato especialmente llamativo: “Hasta los 16 años más del 80% de los pequeños son lectores habituales”.
No estaría de más felicitarse por ello, ahora que parece que los padres lo hacemos todo tan mal. Porque conseguir que un niño lea hoy en día no es fácil. No lo es porque requiere un esfuerzo que no le demandan las máquinas infernales de videojuegos, tan facilonas ellas, tan llamativas, tan intuitivas… Porque requiere silencio (ese anhelado tesoro en estos tiempos), concentración y paciencia. La paciencia necesaria para esperar hasta la última página si quieres conocer el desenlace de la historia en la que te sumergiste al comienzo. Y los niños de hoy no tienen tiempo ni ganas de esperar. Lo quieren todo ya, que para luego es tarde.
¿Sólo los niños? Ay, no, perdona, que los mayores vivimos pegados al teléfono, enganchados al portátil o la tableta, entregados a las videonoticias de internet porque ya no queda tiempo para leer la prensa de papel y tan impacientes por conocer el final de una saga literaria que nos vamos a verla al cine antes de acabarnos ese tocho de libro que alguien demasiado paciente ha escrito.
Así que nosotros leemos menos que ellos. Se ve que en nuestros “coles” no nos ponen planes de lectura…
Pero, más allá de las razones o las anécdotas, de esta noticia se extrae para mí otra conclusión: nos permite comprobar los resultados de obligar. En estos tiempos en que somos reacios a imponer a nuestros hijos nada por la fuerza, no hay otro sistema para competir con las máquinas que imponer tiempos de lectura. Y funciona. Lo sé por propia experiencia. ¡Claro que es mejor que descubran por sí solos el placer de construir con la mente lo que se cuenta en un libro! Y existen casos, como el de Azahara, que con cinco añitos ya tiene carné de la biblioteca porque se zampa ella solita cinco libros a la semana. Pero no es su perfil el más común en estos tiempos. No, sobre todo, a partir de 7 u 8 años, cuando dejan de encontrar magia en juntar letras y descubrir palabras. Así que si no le entra sólo ese gusanillo, ¿no es mejor que le demos un empujoncito?
También ayuda encontrar los títulos más sugerentes para cada tunante: piratas para unos, ciencia para otros… Pero, por favor, no descafeinemos sus lecturas indefinidamente. Que está fenomenal que haya tantos títulos de literatura infantil y juvenil adaptados a su edad. Pero eso no debe hurtarles la posibilidad de leer Robinson Crusoe, Miguel Strogoff o Historia de Dos Ciudades. Que no hay mejor aliciente para hacer de un joven un empedernido lector en el futuro que un clásico lleno de aventura, pasión y buena literatura.
¿Y después de los 16? Sólo queda confiar. Pero lo mismo ayuda que, de vez en cuando, vean a sus padres con un libro entre las manos.


El año pasado, cuando estaba preparando mi nuevo libro sobre el dinero dirigido a adolescentes, cayó en mis manos un libro muy interesante: LAS LECTURAS DE LOS JÓVENES, Un nuevo lector para un nuevo siglo.
Está compuesto de varios pequeños ensayos:
“La rueda de la fortuna, una lectura de la temporalidad juvenil” Enrique Gil Calvo (Universidad Complutense)
“La generación multimedia” de Roxana Morduchowicz..
“Culturas juveniles y pedagogía en tiempos inciertos” de Germán Arellano etc.
Todo él fue muy enriquecedor, solo destacaré un par de conclusiones del profesor Gil:
“La trayectoria juvenil deja de proyectarse como una flecha dirigida hacia el futuro para enroscarse como una pescadilla que se muerde la cola, dando lugar al modelo circular de trayectoria juvenil que sólo sabe dar vueltas sobre sí misma girando indefinidamente como una noria, un carrusel, un a ruleta… Es la incierta rueda de la fortuna juvenil. (…) De un lado, los jóvenes dejan de utilizar los medios lineales, como las novelas o los relatos, para pasar a preferir los circulares: móviles e Internet.
Ahora la juventud carece de tensión por el desenlace, ya que su trayectoria se ha convertido en una deriva circular en torno a la imprevisible rueda de la fortuna”.