ÉRASE UNA VEZ Y DOS…

8 de Marzo 2019, Día de la Mujer, como todos los días

Érase una vez… una chica muy joven, adolescente de 15 años en el 1968, que todavía no sabía lo que era el Mayo francés ni los cambios que iba a generar en ese tiempo; pero que empezaba a ver que, lo que les sucedía a las mujeres de su entorno más próximo y lo que percibía a más larga distancia, no le cuadraba con lo que entendía y le habían explicado que era el sentido común. Ese que, tanto en aquel tiempo como en todos los tiempos, suele ser el menos común de los sentidos.
Era la hija mayor de la familia, le seguía un hermano (15 meses menor que ella) y una hermana cuatro años menor.
Al finalizar la cena, una noche le dijo su madre: “¡Ve a abrirle la cama a tu hermano!” Era de esas camas que se plegaban. Fue obedientemente sin decir palabra.
Solía ayudar a su madre en pequeñas tareas, por ejemplo, ir a comprar pan a la salida del instituto, o limpiar la estantería de libros algún sábado para que su madre no se subiera a la escalera.
Pero mientras abría la cama de su hermano algo por dentro se empezó a mover, algo así como un fuerte ataque de sentido común: “Creo que yo no debería estar haciendo esto; es mi hermano quien tendría que abrir su cama”.
Acabó la tarea que le encomendó su madre y volvió a la mesa donde el resto de la familia veía el conocido concurso “Un, dos, tres”, con la convicción interior que puso las palabras justas en su boca y con toda serenidad le dijo a su madre:
– “Mamá, no me vuelvas a mandar a abrir la cama de mi hermano”.
Ella, sorprendida, contestó a su hija:
– “¿Entonces la tendré que seguir abriendo yo?”.
– Mamá, voy a ayudarte a ti a lo que me digas y cuando me digas, pero la cama de mi hermano no voy a abrirla nunca más, es él quien tiene que abrirla”.
Su madre debió entender, nunca más se lo pidió, pero ella siguió abriéndole la cama al chico.
Esta primera anécdota, se sitúa en el espacio político-social de la época. Ahora vamos a la segunda enmarcada en el espacio religioso del mismo tiempo.
Érase otra vez… aquella misma chica, con un par de años más, creyente y practicante, vinculada a grupos de jóvenes de parroquia y, sin saberlo conscientemente, recibiendo los nuevos aires del Concilio Vaticano II, un día que aguardaba a que le llegara el turno para confesarse por uno de los dos lados del confesionario destinados a las mujeres, notó interiormente otro fuerte ataque de sentido común: “No voy a volver a hablar tras una reja que no me permite ver la cara a la persona con la que hablo”.
Cuando le llegó su turno se acercó al confesonario por el lado de la puerta, que como ya sabemos era el sitio reservado a la confesión de los hombres. El sacerdote un poco sorprendido le dijo:
– ¿Por qué vienes por aquí a confesar ya sabes que es para los chicos?
– He pensado que no voy a hablar y mucho menos a confesarme con alguien a quien no puedo verle la cara.
Aquella chica tuvo suerte, el sacerdote sonrió y le dijo: “¡Adelante, está bien!”, quizás él también estaba recibiendo los aires nuevos del Concilio.
Aunque las dos anécdotas que he contado empiecen a modo de cuento son pura realidad.
Desde los años en que sucedieron estas dos anécdotas se ha avanzado, pero queda mucho y no se puede dejar la acción y la denuncia para un sólo día al año.
La vida de las mujeres y de los hombres que quieren y respetan a las mujeres como compañeras del camino es todos los días.

Mari Paz López Santos

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