Débora, vidente y profetisa

Deborah-Barak[1]La “historia de Débora, integrada en el libro de los Jueces, consta de un relato (Jc 4) y de un canto (Jc 5), estrechamente vinculados, y se encuentra entrelazada con la “historia” de Yael, de la que trataremos después.

Se trata de una historia ejemplar, ubicada en el norte de Israel (en el entorno de Galilea), en el contexto de la conquista israelita de la tierra, en el momento en que Sísara, general del rey cananeo de Jasor (actual Galilea), provisto de carros de guerra, domina el territorio. Entonces aparece ella: 

 En aquel tiempo, Débora, una profetisa, mujer de Lappidot, era juez en Israel. Se sentaba bajo la palmera de Débora, entre Ramá y Betel, en la montaña de Efraím; y los israelitas subían donde ella en busca de justicia. Esta mandó llamar a Barac, hijo de Abinoam, de Quédes de Neftalí, y le dijo: «¿Acaso no te ordena esto Yahvé, Dios de Israel: Vete, y en el monte Tabor recluta y toma contigo 10.000 hombres de los hijos de Neftalí y de los hijos de Zabulón; yo atraeré hacia ti al torrente Quison a Sísara, jefe del ejército de Yabín, con sus carros y sus tropas, y los pondré en tus manos?».

Barac le respondió: «Si vienes tú conmigo, iré. Pero si no vienes conmigo, no iré, porque no sé cuándo me dará la victoria el Ángel de Yahvé». «Iré contigo – dijo ella – sólo que entonces no será tuya la gloria del camino que emprendes, porque Yahvé entregará a Sísara en manos de una mujer» (→ Yael). Débora se levantó y marchó con Barac a Quédes (Jc 4, 4-9). (más…)

La madre de Sansón, una vidente [1]

        samson-and-the-lion-by-lucas-cranach-the-elder[2]      Es (con Agar) el ejemplo más claro de una mujer a la que Dios (el ángel de Yahvé) se le revela de un modo personal, para anunciarle el nacimiento de un hijo salvador, conforme a un relato que suele llamarse de “anunciación”. En principio, la protagonista del relato es ella, aunque el texto empiece citando a su marido:

 

 Había un hombre en Sorá, de la tribu de Dan, llamado Manóaj. Su mujer era estéril y no había tenido hijos. El ángel de Yahvé se apareció a esta mujer y le dijo: «Bien sabes que eres estéril y que no has tenido hijos, pero concebirás y darás a luz un hijo. En adelante guárdate de beber vino o bebida fermentada y de comer algo impuro. Porque vas a concebir y a dar a luz un hijo. No pasará la navaja por su cabeza, porque el niño será nazir de Dios desde el seno de su madre. El comenzará a salvar a Israel de la mano de los filisteos (Jc 13, 2-5).

 

Ella es objeto de una visión (se le apareció) y de una audición divina: escucha al mismo Ángel de Dios que se le presenta como Señor de Vida y Salvación, es decir, como aquel que puede prometerle y “darle” un hijo, que será salvador para Israel. En principio, esto podría haber bastado, como en el caso de → Agar, que no consulta a nadie, ni siquiera a Abrahán, su marido, pues tanto Agar como la madre de Sansón son mujeres capaces de mantenerse a la escucha de Dios: ambas ven y oyen, descubriendo el futuro de sus hijos (el de Agar será padre de pueblo; Sansón será un “nazir”, consagrado de Dios). Pero Agar actúa por si misma, no necesita comunicar a nadie su secreto. Por el contrario, la madre de Sansón se lo comunica a su marido, pues quiere que él también participe de su experiencia. De esa forma, ella aparece como iniciadora de una historia de revelación compartida en la que ella actúa como “maestra” de su propio marido (Jc 13, 6-23); él parece dirigir la tema, pero la vidente decisiva es ella, su mujer.

 

Manóaj invocó a Yahvé y dijo: «Te ruego, Señor, que el hombre de Dios que has enviado venga otra vez donde nosotros y nos enseñe lo que hemos de hacer con el niño cuando nazca». Dios escuchó a Manóaj y el Ángel de Dios vino otra vez donde la mujer cuando estaba sentada en el campo. Manóaj, su marido, no estaba con ella. La mujer corrió enseguida a informar a su marido y le dijo: «Mira, se me ha aparecido el hombre que vino donde mí el otro día».

Manóaj se levantó y, siguiendo a su mujer, llegó donde el hombre y le dijo: «¿Eres tú el que has hablado con esta mujer?». El respondió: «Yo soy». Le dijo Manóaj: «Cuando tu palabra se cumpla ¿cuál deberá ser la forma de vida del niño y su conducta?». El Ángel de Yahvé respondió a Manóaj: «Deberá abstenerse él de todo lo que indiqué a esta mujer. No probará nada de lo que procede de la vid, no beberá vino ni bebida fermentada, no comerá nada impuro y observará todo lo que yo le he mandado (Jc 13, 8-14).

 samson_and_dalila_1949[1] (más…)

Rajab, hospedera de Jericó[1]

rahab[1]Entre las “heroínas” del Éxodo/Conquista ocupa un lugar especial una mujer cananea llamada Rajab, de la que se trata en la conquista de Jericó por Josué. La raíz hebrea de su nombre (rjb) significa ensancharse o anchura: aquello que es dilatado espacioso. Por eso se utiliza para indicar una calle abierta y sobre todo una plaza (pudiéndose aplicar para una prostituta).

Ese nombre puede tener un sentido teóforo (Dios ensancha; cf. Rejabiah: 1 Cron 23, 17; 24, 21). Así se llamaba, según la tradición una mujer “cananeaa” de Jericó, que hospedó en su casa a los espías israelitas que venían a explorar la tierra: ella, la Ancha/Espaciosa, «hospedera» de Jericó, les escondió y protegió, contribuyendo de esa forma a la conquista de la ciudad. (más…)

Séfora, mujer de Moisés[1]

biblia05[1]Como he señalado en la entrada anterior,   Moisés ha podido vivir por la ayuda de tres mujeres (madre, hermana e hija del Faraón). Pues bien, siendo ya mayor, él ha creado disturbios en Egipto (por ponerse al servicio de los oprimidos) y ha tenido que escaparse, porque el faraón le persigue. En este momento ya no puede liberarla su “madre egipcia”, pero encuentra otras mujeres que le esperan junto a un pozo de Madián (según un motivo, de tipo matrimonial, que aparece ya en las bodas de Isaac y Jacob: cf. Gen 24 y 29): 

             Moisés huyó del Faraón y se refugió en el país de Madián y se sentó junto a un pozo. Tenía el sacerdote de Madián siete hijas que fueron a sacar agua, y llenar los pilones, para abrevar las ovejas de su padre. Pero vinieron los pastores y las echaron. Entonces, Moisés se levantó, salió en su defensa y abrevó su rebaño.

Cuando ellas volvieron donde su padre… éste les dijo: ¿cómo es que venís hoy tan pronto? Respondieron: “Un egipcio nos libró de las manos de los pastores y además sacó agua para nosotras y abrevó el rebaño”. Preguntó entonces a sus hijas: “¿Y dónde está? ¿Cómo habéis dejado ira a este hombre? Llamadle para que coma”. Aceptó Moisés morar con aquel hombre, que le dio a su hija Séfora como esposa. Ésta dio a luz un hijo, y Moisés le llamó Gersón… (Ex 2, 15-22)

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Las mujeres de la infancia de Moisés

MosesNile[1]Estrictamente hablando, Moisés  no debía haber nacido ni crecido… Pero la providencia de Dios le ha acompañado a través de unas mujeres, que le han acogido y acompañado en su infancia. Ellas son la expresión mejor del Dios bueno, que protege a su pueblo. De ellas quiero hablar brevemente en lo que sigue. (más…)

Tamar, nuera de Judá, una mujer de “cuaresma” (Gen 38)[1].

MUSEO-large[1]            Tamar es una de las “abuelas” de Jesús, según Mt 1, 3: un mujer ejemplar, en el fuerte sentido del término, luchadora al servicio de la vida (de sus hijos). Frente a ella se sitúa Judá (¡gran patriarca, padre de todos los judíos!), que aparece, en cambio, como ejemplo de “olvido” y falta de fidelidad, pues no cumple lo que debe a una mujer (Tamar), que busca un ardid ambiguo para conseguir la descendencia a la que tiene derecho. Su gesto ha sido visto por la Biblia como providencial para la tribu de Judá y para las promesas de Dios (como ratifica Mt 1, 3 en la Biblia Cristiana).

En contra de lo que dirá más tarde un judaísmo purista, que prohíbe el matrimonio de los israelitas como mujeres extranjeras, Judá tomó una mujer cananea y tuvo con ella tres hijos, Er, Onan y Sela, a quienes quiso dar mujeres y así lo hizo, empezando por Er, su primogénito, a quien casó con Tamar, que parece también cananea. A partir de aquí se inicia una historia dramática en cuatro actos. (más…)

CUARESMA. MEDITACIÓN BÍBLICA

    cuaresma2[1]                                                     

 Quiero exponer el sentido de la cuaresma cristiana presentando y comentado brevemente tres pasajes de Marcos que trazan a mi juicio su sentido más profundo. Será un texto largo, de meditación, que porá leerse  durante varios días. Buen tiempo de cuaresma, buena lectura de la Biblia.

retiro_cuaresma[2] (más…)

Raquel y Lía, hermanas y madres (1)

rachel20and20leah20telbtle365[1]Raquel y Lía, hermanas, madres, competidoras  y amigas, forman parte del ciclo más extenso de mujeres de la historia patriarcal. Ellas  refleja, como en un espejo, los valores y las dificultades de la vida de muchas mujeres en el principio de Israel. Su historia es ejemplar en muchos sentidos y así la presento, con sus tres partes esenciales:

: (1) Raquel y Lía, las bodas.

(2) Raquel, Lía, los hijos.

(3) Raquel y Lía rompen con el padre.

   Buen dia a todos, mucho gozo con estas historias de amor y de vida, en esta primavera del 2010, en vísperas de San Valentín. (más…)

Rebeca ¿santa o tramposa? ¡Dos hijos luchan en tu vientre!

recontre_disaac_et_de_rebecca-large[1]El “ciclo” de Isaac es más corto que el de Abrahán, pues básicamente incluye sólo la historia de una mujer fuerte, llamada Rebeca, pues él no tiene otras mujeres ni concubinas. 

Ese ciclo consta de cuatro textos: bodas junto al pozo (Gen 24), embarazo y nacimiento de gemelos enfrentados (25, 21-29), mentira de Isaac (26, 1-11), engaño y bendición (Gen 27). En todos estos casos, la figura de Rebeca aparece más nítida y diferenciada que la de Isaac su marido. 

Ella, Rebeca, es el símbolo del pueblo de Israel, pueblo dividido. San Pablo la ha tomado también como símbolo de la unidad y separación entre judíos rabínicos y cristianos: a uno amó, a otro aborreció… (Rom 9, 9-13). Ella, la gran madre, sigue esperando la hora de la unidad de sus hijos, aunque se inclina  favor de uno de ellos. Ella, la gran madre, sigue siendo para Pablo y signo de la elección (predestinación) misteriosa de Dios que parece escoger  a unos y rechazar a otros. Su historia sigue siendo un símbolo para pensar, para esperar, para transformarnos.00011377[1] (más…)

La mujer y las hijas de Lot

0011-0059_lot_und_seine_toechter[1]   Llevo  un mes sin introducir nuevos textos en mi blog, a causa de varias ocupaciones inmediatas (no sé si importantes). Hoy vuelvo y, si Dios quiere, seguiré presentando temas de Mujeres en la Biblia Judia,  es decir, en el Antiguo Testamento. Éste será un blog temático, una especie de curso bíblico sobre mujeres. A ellas en especial, a las mujeres, les pido, si les parece, que entren  comentan.

   La mayor parte de las historias que voy a contar y comentar son “ejemplares”, en el sentido de las Novelas Ejemplares de Cervantes, no porque sean historias a imitar, sino porque nos muestran ejemplos de lo que ha sido y sigue siendo la historia humana.  Aquellas antiguas mujeres de la Biblia nos ayudan a pensr y situarnos ante la vida.

   Con esto sigo o, mejor dicho, empiezo: cada dos días una mujer o historia de muejres en la Biblia.  Yo voy a disfrutar. Espero que disfrutéis vosotros.

  

La historia de Lot y sus mujeres forma parte del ciclo de Abraham, de quien es sobrino (cf. Gen 11, 31). En ese contexto, recogiendo narraciones populares de tipo etiológico y burlesco, algunos israelitas, que se sienten más vinculados con Abrahán y sus promesas, han tenido el atrevimiento de mofarse de la mujer y las hijas de Lot.[1].

La mujer aparece de manera expresa como “no creyente”, pues no escucha el mandato de Dios que les pide que no se vuelvan hacia atrás, que no miren con añoranza a las ciudades que van a ser destruidas por perversas. Lot y sus hijas obedecen, y no se vuelven, pero la mujer no escuchó: «Miró hacia atrás y se convirtió en estatua de sal» (Gen 19, 16). Sin duda, el texto tiene un sentido etiológico (popular) y quiere “explicar” el origen de algunos pilares de sal, de tipo antropomorfo que aún pueden verse en las riberas del Mar Muerto, mostrando, al mismo tiempo, el riesgo de la falta de fe.

El tema de una mujer convertida en piedra o montaña aparece en diversas culturas, a veces con sentido positivo, para identificarla con la madre tierra, fuente de bendiciones y vida. Sin embargo, nuestro texto ofrece dos variantes significativas. (a) El pecado “original” de la mujer de Lot (y de otras mujeres) sería la vuelta atrás, retornar a la tierra y cerrarse en el pasado, en vez de abrirse a la palabra y promesa de Dios. (b) La condena es volverse estatua estéril de sal (no montaña viva), al lado de un mar muerto. Así, condenada a la esterilidad eterna, la mujer de Lot es signo del fracaso mayor de una mujer, hecha para dar vida. Vivir es mirar hacia adelante. Quien se fija y detiene solamente en el pasado se convierte en estatua de sal.

A diferencia de su madre, las hijas de Lot han escuchado la palabra de Dios y siguen a su padre, abandonando la tierra maldita, arrasada por el fuego de la muerte. Se han salvado de la destrucción, pero viven con su padre a solas, en una tierra sin hombres que puedan “darles” hijos. En ese contexto, algunas tradiciones israelitas de carácter burlesco e injurioso han descrito el origen incestuoso de sus “parientes” moabitas y amonitas, jugando con la etimología (popular) de sus nombres:

 

Subió Lot desde Soar y se quedó a vivir en el monte con sus dos hijas… y se instalaron en una cueva. La mayor dijo a la pequeña: «Nuestro padre es viejo y no hay ningún hombre en el país que se una a nosotras, como se hace en todo el mundo. Ven, vamos a llenarle de vino, nos acostaremos con él y así engendraremos descendencia». En efecto, dieron vino a su padre aquella misma noche, y entró la mayor y se acostó con su padre, sin que él se enterase de cuándo se acostó y se levantó.

Al día siguiente dijo la mayor a la pequeña: «Mira, yo me he acostado anoche con mi padre. Vamos a llenarle también de vino esta noche, y entras tú a acostarte con él, y así engendraremos de nuestro padre descendencia». Dieron, pues, también aquella noche vino a su padre, y levantándose la pequeña se acostó con él, sin que él se enterase de cuándo ella se acostó ni cuándo se levantó. Las dos hijas de Lot concibieron de su padre. La mayor dio a luz un hijo, y le llamó Moab [que se interpretaría como mi-abi, es decir, de mi padre): es el padre de los actuales moabitas. La pequeña también dio a luz un hijo, y le llamó Ben Ammí [que se interpretaría como hijo de mi madre o, quizá, de mi pariente]: es el padre de los actuales amonitas (Gen 19, 30-38).

 

No estamos ante un hecho histórico, sino ante un “mito de origen”, elaborado por unos israelitas que desprecian y condenan a sus vecinos moabitas y amonitas, acusándoles de un origen incestuoso, contrario a las buenas costumbres matrimoniales de Israel. Las hijas de Lot actúan como si no hubiera más hombres en la tierra y, en esas condiciones, fieles a su destino de dar vida, buscan la forma de hacerlo. Resulta difícil enjuiciar su conducta con categorías de moral convencional. En una situación desesperada, ellas optan por la vida y lo hacen de la única manera a su alcance. El texto no dice lo que pasa después, pero supone que los hijos de estas mujeres crecieron y encontraron más seres humanos para relacionarse y tener hijos con ellos.

0078-0193_lot_und_seine_toechter[2] (de sus enemigos moabitas y amonitas), diciendo que son hijos del incesto entre un padre borracho y unas hijas ávidas de maternidad. Es evidente que la Biblia no juzga, pero da la impresión de que apoya la burla (¡y mentira!) de los creadores de este pasaje, mofándose de las madres de los moabitas y amonitas, de una manera que hoy nos resulta insoportable (aunque quizá deba entenderse en clave de ironía). Desde la perspectiva actual resulta más comprensible el gesto de las mujeres (¡en caso de que fuera histórico!) que la burla de aquellos que desprecian y calumnian de esa forma a sus vecinos, “inventando” así la historia de sus madres.

 

 


[1] Además de comentarios a Gen, cf. L. R. Helyer, The Separation of Abram and Lot: Its Significance in the Patriarchal Narratives, JSOT 26 (1983) 77–88; R. Kilian, Zur Uberlieferungsgeschichte Lots, BZ 14 (1970) 23–37; C. Westermann, The Promises to the Fathers: Studies on the Patriarchal Narratives, Fortress, Philadelphia 1980.