La religión pura, la fe de Jesucristo. Carta de Santiago

Desde el domingo 22 al 27 del tiempo ordinario (Ciclo B), la liturgia católica expone algunos textos centrales de la Carta de Santiago, un texto básico del Nuevo Testamento, que vale por igual para judíos y cristianos. Sus temas siguen siendo esenciales hoy (año 2009) para entender no sólo el cristianismo y judaísmo, sino el conjunto de las religiones (desde la perspectiva de un Jesús que no quiere imponerse). La religión pura es el amor al prójimo, la fe en Jesucristo se expresa y celebra en una liturgia de iguales. Ésta es la religión pura y perfecta, ésta la fe en Jesucristo: que no haya nadie excluído, detras de  una alambrada, que no haya nadie que pueda imponerse sobre otros en la Gran Asamblea (crisiana, judía o de la ONU) a partir de su riqueza o su poder más alto.

 

Para judíos y cristianos, para todos

 

 La carta de Santiago podría ser un documento común para judíos y cristianos, siempre que unos y otros quisieran volver a la raíz común de sus tradiciones, enraizadas en la Ley universal y en el mensaje de Cristo (desde el fondo de otras opciones judías). No hace falta hablar mucho de la muerte de Jesús y de su resurrección, porque es claro que él está presente a través de su enseñanza en aquellos que le escuchan y creen como él. Y con esto pasamos a comentar algunos de los pasajes más significativos de la carta:

 

Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo,

a las doce tribus de la diáspora: Saludos (Sant 1,1).

 

En principio, Santiago, que no aparece como «hermano del Señor» (en contra de Gal 1, 19), sino como «siervo» de Dios y del Señor Jesucristo, escribe a los judíos de la diáspora, no a los cristianos. Pero, al mismo tiempo, esas «tribus de la diáspora» pueden identificarse no sólo con los cristianos, sino, en un sentido aún más amplio, con todos los hombres que forman las “doce tribus de Dios” (como en al Apocalipsis de Juan). De todas formas, en un sentido quizá más preciso, debemos decir que Santiago escribe a los judíos, como judío, pero lo hace desde la perspectiva de Jesús. Santiago es judío que escribe a otros judíos desde dentro de su tradición, pero presentándose, al mismo tiempo como «siervo de Dios y del Kyrios Jesucristo».

Queda sin determinar la relación entre Dios y el Kyrios Jesucristo, de manera que cada oyente o lector puede interpretarla desde su propia perspectiva. Un cristiano tenderá a presentar a Jesús como «Kyrios universal», en una línea abierta a la cristología posterior de la Iglesia, que le confiesa como Hijo de Dios, aunque sin necesidad de acudir al «homoousios» del Concilio de Nicea, que se sitúa en otra perspectiva. Pero un judío no tendrá que precisar el carácter de ese «Kyrios Jesucristo», dejándolo así, en la penumbra, como signo fuerte de la presencia de Dios, o diciendo que se trata de Kyrios o Señor en sentido de maestro espiritual.

 

La religión pura y perfecta

 

Es evidente que ese Kyrios no va en contra de Dios (ni le suplanta, ni se coloca a su mismo nivel, como un Segundo Ser Divino), sino que ayuda a los creyentes a entender el sentido de Dios (según el judaísmo) y a cumplir su Ley (que es la ley de Israel, tomada en sentido universal). Desde ese fondo, la carta se puede presentar, al mismo tiempo, como judía y cristiana. En esa línea, Santiago puede suponer que la esencia del cristianismo es «judía» y que la verdad más honda del judaísmo se expresa de un modo mesiánico/ético en el cristianismo. Desde aquí se entiende su visión de la “ley de la libertad” y de la auténtica “religión”, abierta a la concordia entre los hombres, desde los más pobres (huérfanos y viudas):

 

El que presta atención a la perfecta ley de la libertad (nomon tês eleutherias)… aquel que la cumple, será bienaventurado por lo que hace… La religión (threskeia) pura e incontaminada delante de Dios y Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su aflicción, y guardarse sin mancha del mundo (Sant 1, 25.27)

 

Santiago define así el judaísmo como Ley de Libertad, como una Religión centrada en la asistencia a los necesitados. Pues bien, esa  misma definición vale para el cristianismo, que quiere superar también la “mancha” de un mundo que oprime y expulsa a los pobres. De esa manera ha puesto de relieve la «unidad» entre el verdadero judaísmo y el movimiento de Jesús, que aparecen como expresión de la ley de libertad, que se expresa y despliega de un modo religioso, es decir, como don que viene de Dios y que se manifiesta en la acción liberadora, acogedora, de los creyentes. En ese sentido, la misma ley (nomos) se identifica con la religión, entendida como threskeia, adoración, servicio a Dios, sirviendo a los necesitados (huérfanos y viudas).Tenemos aquí una doble condensación.

 

(a) Una condensación judía pues todas las restantes leyes de tipo nacional o sacral (circuncisión, normas alimenticias) pasan a segundo plano y sólo quedan los mandatos básicos de la «ley» originaria, centrada en la ayuda a los huérfanos y viudas y extranjeros (cf. Ex 22,20-23; Dt 16, 9-15; 24, 17-22).

(b) Hay una condensación cristiana, que puede interpretarse en la línea de Mt 25, 31-46, donde el Mesías de Dios se identifica con el hambriento, sediento, desnudo, de manera que la «religión» (culto al Mesías de Dios) se identifica con la ayuda a los necesitados. En este  nivel, Santiago nos sitúa ante una «religión» que es universal e idéntica para judíos y cristianos, pues ella define y presenta la forma de mantenerse limpios del mundo<!–[if !supportFootnotes]–>[1]<!–[endif]–>.

 

La fe de Jesucristo y la auténtica liturgia

 

Desde ese fondo se entiendo la “liturgia” o reunión de los creyentes, definida de una forma que puede valer lo mismo para judíos y para cristianos. Santiago no expone los ritos propios de cada grupo (sus lecturas, sus gestos sacramentales), para centrarse en algo previo: la acogida y la igualdad. Una “liturgia” es religiosa si en ella se supera la distinción de personas:

 

            Hermanos míos, tened la fe de nuestro glorioso Señor Jesucristo, sin hacer distinción de personas. Porque si en vuestra congregación (sinagogué) entra un hombre con anillo de oro y ropa lujosa, y también entra un pobre con vestido sucio y sólo atendéis con respeto al que lleva la ropa   lujosa y le decís: “Siéntate tú aquí en buen lugar”; y al pobre le decís: “Quédate allí de pie” o “Siéntate aquí a mis pies”, ¿no hacéis distinción entre vosotros, y no venís a ser jueces con malos criterios? (cf. Sant 2, 1-3).

 

Santiago quiere recuperar la fe de Jesucristo, es decir, su forma de vivir y de actuar. En esa línea, él interpreta la fe como pistis, es decir, como fidelidad mesiánico, como la forma de vida que tuvo Jesús en el mundo. De esa manera recupera la tradición más honda y fiable del Jesús histórico, vinculándose a la línea de los sinópticos (en especial, a la de Mateo y Lucas). Pues bien, esa “confesión de fe” (que es la aceptación de la fidelidad de Jesucristo) se traduce en la creación de comunidades donde se supere la distinción entre ricos y pobres, entre honorables y no-honorables, de manera que todos puedan vincularse como hermanos

Más que creer en Jesucristo (en una fe separada de la vida), importa actuar como Jesús, mostrando de esa forma la fidelidad de Jesucristo, no sólo de un modo universal o general (como en el caso anterior: acoger a huérfanos y viudas: 1, 27), sino de un modo concreto y muy significativo: en la reunión o asamblea de los fieles. Lo que define la asamblea de los fieles no es que haya jerarquías (bien ordenadas), ni que se recibe el buen credo (pura ortodoxia), sino que en ella no exista separación de ricos y pobres, ni marginación de nadie.

 

Iglesia o sinagoga, es lo mismo

 

En este lugar, Santiago desconoce o evita (prefiera evitar) la palabra iglesia (ekklesia) que está siendo más utilizada por los cristianos helenistas (como hemos visto en cap. 9 y que él mismo utilizará más tarde), empleado la palabra más común del judaísmo del entorno (y en especial del rabínismo): la reunión de los cristianos se llama sinagoga. Pero lo más significativo no es el cambio de palabra (en el fondo, la palabra sinagoga o iglesia daría lo mismo), sino la advertencia que nos ofrece el texto. Santiago no habla de las cosas que se hacen o dicen en la sinagoga (en la reunión), aunque puedan ser muy importantes (comida/eucaristía, prácticas espirituals, enseñanza de doctrinas superiores…). Todo eso queda en un segundo plano y puede pasarse por algo, sin necesidad de citarlo. Lo único que le importa es que no haya separación o distinción entre ricos y pobres.

Ésta es su sinagoga, ésta su iglesia: una reunión donde pueden venir todos, sin acepción de personas, sin ricos que se sientan a un lado y pobres a otros, sin maestros que presiden y oyentes que obedecen. Así se define en el fondo la identidad de la iglesia de Jesús (de la fe en Jesús), que el evangelio de Mateo ha puesto de relieve en un pasaje convergente (Mt 18): la fe de Jesucristo consiste en que todos puedan reunirse, sin acepción de personas, vinculados por la «ley regia» (es decir, la Ley del Reino) que es «amar a los demás como a uno mismo». Si se aman y acogen así, todo lo que hagan en la reunión será Iglesia, comunidad de Jesús.

 

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<!–[if !supportFootnotes]–>[1]<!–[endif]–> He puesto de relieve esta condensación del judaísmo y cristianismo en Antropología Bíblica, Sígueme, Salamanca 2006. En perspectiva judía, cf. E. Levinas, Totalidad e Infinito, Sígueme, Salamanca 1987. Cf. también J. Fensham, Widow, Orphan the Poor in Ancient Legal and Wisdom Literature: JNES 21(1962) 129-139; H. A, Hoffner, Almanah (viuda), en DTAT 1, 305-309; R. D. Patterson, The Widow, the Orphan and the Poor in the OT and the Extrabiblical Literature: Bib­Sac 130 (1972 ) 223-234: J. D. Pleins. Poor, Poverty, en ABD V, 402-414; Ch van Houton, The Alien in the Israelite Law (JSOT SuppSer 107), Sheffield 1991.

3 Responses to “La religión pura, la fe de Jesucristo. Carta de Santiago”

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