Manifestación de Jesús a favor de los niños

jesus-y-ninos-jpgdfdf1[1]El evangelio del domingo (4 10. 09) trata del matrimonio y de los niños. Del matrimonio he tratado en otro lugar, comentando exon cierta estensión evangelio del domingo, con  (http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php). De los niños quiero tratar aquí y lo hago por tres razones. (a) Por la importancia del tema, que es central en el evangelio. (b) Porque Jesús organiza una especie de manifestación a favor de los niños (una manifestación algo distinta de la convocada para el 17-0). (c) Finalmente, porque Jesús impone las manos a los niños, es decir, les confiere el “auténtico” orden de la iglesia. Curiosamente, el evangelio no dice que Jesús haya impuesto las manos a clérigos y obispos. Sin embargo, cuidadosamente, dice que bendecía a imponía las manos a los niños.

Lectura del texto

Y le llevaban niños para que los tocara, pero los discípulos se lo impedían Jesús, al verlo, se indignó y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí; no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro: quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él , abrazándolos, los bendecía, imponiéndoles las manos (Mc 10, 13-16


Es posible que nosotros hubiéramos tratado el tema de los niños en otras claves: paternidad responsable y número de niños, anticonceptivos y superpoblación, aborto de prohibición del aborto, buena o mala escuela…. Esos problemas son importantes (y en su contexto deben plantearse), pero Mc, desde el fondo de la entrega de Jesús, destaca la tarea de la comunidad ante los niños ya nacidos, en clave de cariño, acogida, bendición e imposición de manos. :

Le traen niños para que los toque (10, 13a) en perspectiva que en su origen puede ser mágica (el santón, curandero o profeta transmite a los pequeños buena suerte), pero que ha de verse en clave de vinculación mesiánica. Quienes traen niños son los padres o familiares para que Jesús les toque, en gesto que es muy suyo (toca y cura en 3, 10; 5, 27-28; 7, 33; 8, 22). Ellos no forman todavía parte de la iglesia, están en el camino, pero piensan que Jesús (su iglesia) es buen lugar para el despliegue y crecimiento de sus niños.

Los discípulos lo impiden (10, 13b). No pueden permitir que Jesús pierda su tiempo, que abandone sus misiones importantes, para dedicarse a los niños, en tarea que parece poco digna, propia de mujeres. Al fondo del pasaje sigue habiendo una disputa eclesial, semejante a la de Hech 6, 1-6: los Doce no atendían a las viudas y a las mesas de los pobres. Ahora, los discípulos centrales (esos Doce) no permiten que Jesús se ocupe de los niños: desean crear otra vez (cf. 9, 33-37) un grupo de poder, controlado por ellos; por eso forman una especie de guardia pretoriana o círculo de seguridad en sn entorno, impidiendo que traigan los niños. La iglesia corre el riesgo de volverse grupo de personas importantes, que no tienen corazón ni tiempo para perderlo en esas cosas. Los mismos discípulos a quienes Jesús hizo mensajeros de salvación (6, 6b-13) y servidores de sus panes para los hambrientos (6, 41; 8, 6-7) tienden a volverse instancia de control para los pobres.

Dejad que los niños vengan a mí... (10, 14-16). Frente a la comunidad de los que quieren convertirse en grandes, Jesús reivindica el valor primario de los niños: son signo del reino, los más importantes; no hay tarea más valiosa que acogerles, tocarles, bendecirles. En medio de su gran ocupación mesiánica, cuando parece que debía dejar todas las cosas secundarias, Jesús afirma con solemnidad que esos niños son objeto, centro y meta de su reino, reasumiendo en clave distinta de acogida y organización lo dicho en 9, 33-37.


La Iglesia, hogar de niños

El camino de entrega, que en 10, 1-12 era principio de unión matrimonial, se vuelve ahora espacio para niños. Desde esa perspectiva ha de entenderse el sentido de la iglesia: no es escuela de sabios, ni reunión de ascetas, ni concilio de iniciados, sino hogar para los niños:

a: Principio: Dejad que los niños… (10, 14). La palabra clave es no se lo impidaís (mê kôlyete), dirigida como en 10, 39 a los dirigentes de la iglesia: Jesús pedía tolerancia para el exorcista; ahora exige acogida para los niños, que son signo privilegiado de Dios (de quienes son como ellos, toioutôn, es el reino de Dios.

B b: Lectura introversionista: hacerse niño (10, 15) . La palabra de Jesús (quien no recibe el reino como niño…) puede interpretarse con niño como sujeto: nos debemos hacer niños ante el reino, para recibirlo como ellos (niños) reciben la vida, en actitud de pequeñez, de acogimiento gratuito. Frente a la exigencia de las obras (conquistar el reino por ascesis, ciencia o violencia) se expresa aquí la más honda experiencia de la receptividad: Mc 9, 35 hablaba de “hacerse los últimos”; ahora hablaría de volverse niños. Es la lectura que ha puesto de relieve Mc 18, 1-5 y 19, 13-19, espiritualizando el tema; ella nos parece secundaria en Mc.

b’: Lectura social: recibir al niño (10, 15). La frase anterior puede y debe interpretarse con niño como objeto: Quien no recibe el reino como se recibe a un niño… Ciertamente, importa “hacerse” niño (=pequeño), pero sobre todo recibir, acoger, ofrecer casa, a los niños. La misma iglesia ha de entenderse como sociedad especializada en acoger a los niños: como gran maternidad, hogar de cariño, escuela de experiencia y amor para ellos. Esta lectura asume y completa lo indicado en el texto anterior (9, 33-37), tanto en plano de ironía intraeclesial (los discípulos siguen ignorantes) como de transformación social: el reino de Dios se hace presente en los niños; el reino se recibe (se deja construir y se construye) al recibirlos.

Abrazar, bendecir, imponer las manos

Las dos lecturas (b y b’) son buenas pero el gesto final de Jesús (abrazar, bendecir, imponer las manos:10, 16) y el conjunto de Mc destacan la segunda: la iglesia ha de abrirse como espacio de amor para los niños. Ellos son meta y sentido de obra de Jesús: por ellos sube a Jerusalén, por ellos muere. Este pasaje nos lleva al centro del proyecto mesiánico de Jesús. No emplea el término amor (agapaô), pero es claro que todo ha de entenderse desde su transfundo: Jesús, varón mesiánico abraza, bendice e impone las manos a los niños:

Abrazo (enankalisamenos). Abrazar es gesto de cariño y comunicación vital entre esposos, amigos, familiares. Antes de toda voz está la palabra de la piel que acaricia, de las manos que tocan, de los brazos que sostienen, del cuerpo que dice su verdad a otro cuerpo. En este primer nivel se ha situado Jesús, ofreciendo a los niños la alegría de su vida y recibiendo la ternura y gozo que ellos le transmiten con la suya.

B Bendición (kateulogei). Jesús ofrece a los niños un futuro de vida al bendecirles, como hacía Dios a los humanos al principio (Gén 1, 28). No les abandona en su pequeñez, no les deja en su infancia por siempre; quiere que crezcan y gocen, para poseer los bienes de la tierra, pues eso significa bendecir: ofrecer a los demás palabra y riqueza de vida, educación, esperanza gozosa, abundante. Crear un mundo donde la vida de los niños merezca la pena, eso es bendecir.

Imposición de manos (titheis tas kheiras ep’auta). Este gesto final ha de entenderse como iniciación sanadora (cf. 5, 23; 7, 32) y consagración mesiánica: sirve para transmitir a otra persona el propio poder. Así lo hacen los sacerdotes de Israel con sus sucesores (cf. Núm 27, 18; Dt 34, 9). Así lo harán después los obispos cristianos, impartiendo su carisma a otros jerarcas. Pues bien, en gesto que rompe los esquemas de poder israelita, Jesús impone las manos a los niños, ofreciéndoles su autoridad. Ellos, los más pequeños, son desde ahora los verdaderos presidentes de la iglesia.

Los términos abrazas/bendecir/imponer las manos forman los momentos fundamentales de esta iniciación humana (cristiana) de los niños. A partir de aquí se ha planteado el bautismo de los niños, sobre el cual hubo intensa discusión hace decenios: cf. K. Aland, Die Säuglingstaufe im NT und in der alten Kirche (TEH 96) München 1967; J. Jeremias, Nochmals:Die Anfänge der Kindertaufe (TEH 101), München 1962; O. Cullmann, El Bautismo de los niños y la doctrina bíblica del bautismo, en Id., Del evangelio a la formación de la teología cristiana, Sígueme, Salamanca 1972, 151-232. Recoge y evalúa esa discusión, con referencia a Mc 10, 13-15, G. Barth, El Bautismo en el tiempo del cristianismo primitivo (BEB 60), Sígueme, Salamanca 1986, 157-168. Es evidente que a Mc no le interesa el bautismo en cuanto rito separado (cf. esquema 4, 1) sino la acogida integral de los niños en la vida eclesial.

Padres, NIÑOS, Iglesia

Parece que una ley de iglesia debe regular de manera especial los derechos y deberes de los mayores: los grandes, los sabios, los dirigentes. Pues bien, Mc ha invertido de manera programada esa tendencia, haciendo de los niños el principio y punto de referencia de la iglesia, en tres contextos programáticos que definen de manera insuperable su evangelio.

Experiencia fundante: los padres están al servicio de los niños y no al revés. Así lo muestran los tres milagros donde el padre y/o madre debe cambiar para curar al niño: el Archisinagogo y su hija (5, 21-24.35-43), la sirofenicia y su hija (7, 24-30), el semicreyente y su hijo (9, 14-29).


Inversión del poder, el niño en el centro de la iglesia (9, 35-37): frente a los discípulos que quieren ser grandes dominando sobre los demás, sitúa Jesús al niño como testimonio y portador del valor supremo de la iglesia.


Recibir y ayudar a los niños (10, 13-16): frente a los discípulos que pretenden construir una iglesia para ellos (sin lugar para los niños), presenta Jesús su programa de acción con (para) los niños, en gesto que incluye el cariño (abrazo), la educación (bendición) y el poder (imposición de manos).


La iglesia posterior ha ritualizado el gesto y opción de Jesús, bautizando a los niños. Esa es buena respuesta, pero corre el riesgo de olvidar lo principal: lo que define aquí a los niños no es que sean cristianos o no sino que están necesitados. Frente a la caridad sacral de bautizar al niño para que se salve en la otra vida (cosa que Mc no plantea), el evangelio insiste en el servicio social de ofrecer casa (acoger) a los niños del mundo (en el entorno de la iglesia, a la que definimos como hogar de acogida para ellos).

Lo más importante son los niños

Al tratar así a los niños, Jesús ha situado en el primer plano de la iglesia algo que parecía propio de mujeres: se ha pensado que los hombres deberían realizar negocios importantes (y apostólicos); las mujeres, en cambio, tendrían que ocuparse del hogar y el futuro de los niños. Pues bien, en contra de esta división protesta aquí Jesús: el cuidado de los niños, la defensa de la vida es compromiso de todos, empezando por el Hijo del humano. La iglesia se presenta así como lugar donde no sólo es posible y gozoso el matrimonio sino también la vida de los niños. Ellos pertenecen en algún sentido a toda la comunidad que ha de ofrecerles su cuidado, haciéndose hogar para ellos (sean cristianos y no) como suponía el contexto del pasaje Ninguna ocupación cristiana es buena si impide el encuentro creador con los niños, en clave de gozo y gratuidad (no de opresión o propaganda manipuladora). No hay para Jesús nada más grande que ocuparse de ellos. Si un trabajo profesional o sacral (de gobernador o pastor, obispo o monje) configura al cristiano de tal forma que le impide compartir su tiempo (jugar) con los niños, acaba siendo malo (tanto para los “grandes” que lo ejercen como para los niños que quedan desplazados del centro de atención de la comunidad).

Frente a a una posible gerontocracia (mando y control de ancianos), frente a una sacralización de los presbíteros que fijan desde antiguo la ley comunitaria (cf. 7, 3), Jesús ha establecido aquí la libertad sorprendente y amorosa de los niños que, dejándose querer, son principio de vida para el resto de la comunidad. Amar implica en ese fondo comenzar de nuevo, en actitud de neotenia, de retorno creador hacia la infancia, pues el ser humano brota del cariño y confianza que en ella se reciben

En el camino de entrega de Jesús ha presentado Mc a los niños, abriéndoles un camino de felicidad (abrazo) y futuro (bendición), dentro de una iglesia donde son lo más valioso (Jesús mismo les ha impuesto las manos). Lo que dice Mc sobre ellos ha de inscribirse en su visión total de la comunidad cristiana donde se invierten de forma poderosa los valores esenciales del contexto social, centrados en honor y vergüenza (es decir, en el poder)

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