Estos días de Todos los Santos y Todos los difuntos es momento apropiado para hablar del cielo. Así lo haré, tomando un texto de mi Diccionario de las Religiones (Verbo Divino, Estella 2007). A todos los que habéis pedido por mí en mi enfermedad, gracias.  A todos los amigos del blog un aludo. Nos encontramos de nuevo.

En las religiones tradicionales, el cielo es la altura, la bóveda celeste con su sol y con luna, con sus astros, entendidos como sede de la divinidad y de la vida perdurable. La Biblia empieza tomando el cielo como la bóveda que cubre la tierra, formando unidad con ella, de tal forma que dice: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra». Pero, al mismo tiempo, la Biblia entiende el cielo de un modo simbólico como lugar de la presencia de Dios (lo identifica con el mismo Dios) y como expresión de la bienaventuranza de los elegidos.

(1) El cielo de los dioses.

La Biblia conserva el recuerdo de una experiencia uránica sagrada, en la que el cielo aparece vinculado con la divinidad. De esa manera, ellos conciben simbólicamente a Yahvé como un ser celeste, que cabalga sobre las nubes y envía sobre la tierra el rayo y el agua (como Zeus o → Baal-Hadad). Así aparece Yahvé como rey del cielo, de un modo tan intenso que cielo y Dios han terminado identificándose, de manera que se ha podido decir «reino de los cielos» en vez de «reino de Dios». En ese contexto, desbordando los límites del monoteísmo bíblico, se ha podido decir que el Dios masculino (expresado de algún modo por Yahvé) es el cielo, mientras que la divinidad femenina (expresada por un tipo de Ashera) se identifica con la tierra. Pero el Antiguo Testamento conserva también el recuerdo poderoso de una divinidad femenina de los cielos, que se sitúa en la línea de → Astarte/Ishtar.

En ese caso, el Dios masculino aparece más vinculado con la tierra (muere y resucitado), mientras la diosa del cielo permanece siempre triunfante. Así parece evocarlo el libro de Jeremías, cuando dice que «los hijos recogen la leña, los padres encienden el fuego, y las mujeres amasan la masa, para hacer tortas a la Reina del Cielo» (Jer 7, 18). El culto a la Reina del cielo constituye el tema de las controversias de Jeremías con los judíos y judías exiladas en Egipto Jeremías les exige que abandonen ese culto. Ellos responden: «La palabra que nos has hablado en nombre de Yahvé no la oiremos de ti; sino que ciertamente pondremos por obra toda palabra que ha salido de nuestra boca, para ofrecer incienso a la reina del cielo, derramándole libaciones, como hemos hecho nosotros y nuestros padres, nuestros reyes y nuestros príncipes, en las ciudades de Judá y en las plazas de Jerusalén, y tuvimos abundancia de pan, y estuvimos alegres, y no vimos mal alguno. Mas desde que dejamos de ofrecer incienso a la reina del cielo y de derramarle libaciones, nos falta todo, y a espada y de hambre somos consumidos» (Jer 44, 16-18; cf. 44, 19.25). Estos judíos fugitivos suponen que Yahvé les ha abandonado y recuerdan desde su exilio de Egipto a la Madre del Cielo, a la que habían invocado ya en Jerusalén y a la que ahora invocan en Egipto, identificándola, sin duda, con la diosa Isis. Sólo más tarde, tras la restauración del judaísmo de Jerusalén en forma de → comunidad del templo, con la reforma de → Esdras y Nehemías, el conjunto de los judíos superará la religión de la Reina del cielo.

(2) El cielo de Dios.

El cielo cósmico, entendido como una o varias bóvedas, ha perdido muchas veces su significado puramente cósmico, para convertirse en signo de la divinidad. De un modo quizá convencional, al dirigirse a las autoridades persas, los judíos del libro de Esdras se presentan como servidores del Dios del cielo, entendido como Dios trascendente y universal, a quien de alguna manera veneran todos los pueblos (cf. Esd 6, 9-10). En esa línea, el rey Artajerjes escribe a Esdras y le presenta como «escriba erudito en la ley del Dios del cielo»; los judíos, por su partes, son adoradores del Dios del cielo (cf. Esd 7, 12.21.23). Según eso, el Dios que reina en el cielo (entendido como espacio donde ejerce directamente su autoridad) viene a presentarse casi como Dios-Cielo, de manera que cielo viene a ser un nombre del mismo Dios.

De todas formas, ni la teología judía ni la cristiana han dado nunca totalmente ese paso, pues cielo y tierra siguen tomándose como las dos partes o momentos de la realidad creada y renovada por Dios (cf. Is 65, 17; 66, 22). Este doble sentido de cielo (es Dios y es el espacio más perfecto de la creación de Dios) aparece en la versión del → Padrenuestro de Mateo: «Padre nuestro, que están en los cielos…» (cielo es el ámbito de la trascendencia de Dios); «hágase tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo» (se supone así que cielo es el lugar-estado donde se cumple la voluntad de Dios, a diferencia de la tierra, donde ella puede no cumplirse) (Mt 6, 9-10). A diferencia de lo que sucede en las religiones de otros pueblos, la Biblia es muy sobria a la hora de «representar» el cielo, a no ser en algunas → teofanías muy particulares (como las de → Henoc y Daniel). En esa línea, Pablo afirma (2 Cor 12, 2-4) que ascendió al tercer cielo y que oyó cosas que no pueden decirse. En general, los videntes israelitas no han sido expertos en visiones de cielo. De todas maneras, a partir de Ex 25 y Ez 1-3 se puede suponer que existe una correspondencia entre el templo o santuario de Dios en la tierra y el cielo en el que Dios mora.

(3) El cielo para los hombres.

Más importancia que el tema del cielo de Dios ha tenido en el conjunto de las religiones, y en especial en la cristiana, la visión del cielo como espacio y estado de bienaventuranza para los hombres salvador. De esa forma se han contrapuesto cielo e infierno, salvación y condena. Tomada en sentido estricto, esa oposición no es bíblica, aunque aparece en forma simbólica en diversos relatos y textos judiciales, como pueden ser Mt 25, 31-46 (reino del Padre, fuego del Diablo) y Lc 16, 20-26 (seno de Abrahán, frente al Hades de fuego). La Biblia no concibe el cielo en forma idealista, en la línea de algunas representaciones de tipo platónico (como un cielo espiritual), sino en forma de culminación de la obra creadora de Dios, vinculando la imagen de la altura con la del futuro.

(a) La imagen de la Altura está en el fondo de las representaciones de la pascua de Jesús como → Ascensión: Jesús sube al Cielo, a la vista de todos los discípulos (Lc 24, 51; Hech 1, 10). En esa línea, desde una perspectiva que puede llevar a la gnosis, el evangelio de Juan repite continuamente la imagen de Jesús como enviado mesiánico (Hijo del hombre) que ha bajado del cielo y que volverá a subir al cielo (cf. Jn 3, 13). Si se absolutizara esta perspectiva, la tierra podría venir a convertirse en un lugar de puro destierro temporal: las almas han bajado del cielo y al cielo deben ascender, tras su purificación en el mundo.

1101-TODOS-LOS-SANTOS[1](b) La imagen del futuro resulta dominante en el conjunto de la Biblia (cf. Is 66, 17.22; 2, Ped 3, 13) y en especial en el Apocalipsis, donde se retoma la primera palabra de la creación (en el principio creó Dios el cielo la tierra: Gen 1, 1) y se dice « Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe más. Y yo vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén que descendía del cielo de parte de Dios, preparada como una novia adornada para su esposo» (Ap 21, 1). No se trata por tanto de un cielo futuro más alto o futuro frente a la tierra actual, sino de la renovación de todo lo creado, del «cielo y de la tierra».

(4) El cielo de los cristianos.

Para los cristianos, el cielo se identifica con la resurrección de Cristo. El cielo nuevo forma parte de la plenitud de la creación de Dios, entendida en forma de comunicación divina. Estas son algunas de sus formulaciones más significativas: « Ahora vemos oscuramente por medio de un espejo, pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte, pero entonces conoceré plenamente, así como fui conocido» (1 Cor 13, 12); entonces también el Hijo se someterá al Padre «para que Dios sea todo en todos» (1 Cor 15, 28). «Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar ya no existía, la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén, bajando del cielo, de junto a Dios, ataviada como una novia que se adorna para su esposo. Y oí una voz potente, salida del trono, que decía: Esta es la tienda de Dios con los humanos: habitará con ellos; ellos serán sus pueblos y el mismo Dios-con- ellos será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos y no habrá ya muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque las antiguas cosas han pasado» (Ap 21, 1-4). No hay nuevo cielo sin nueva tierra, sin culminación de la historia bíblica (Nueva Jerusalén), sin comunión con Dios, sin plenitud de bodas. Esta imagen, vinculada con la resurrección de Cristo, como principio de una realidad reconciliada, en la que viven todos los que han muerto, es el punto de partida y sentido del cielo cristiano

(cf. C. McDannell y B. Lang, Historia del cielo, Taurus, Madrid 1990; X. Pikaza, Apocalipsis, Verbo Divino, Estella 1999; J. L. Ruiz de la Peña, Las pascua de la nueva creación. Escatología, BAC, Madrid 1966; A. Vögtle, Das Neue Testament und die Zukunft des Cosmos, Patmos, Düsseldorf 1970).

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