Ashera, la diosa, ¿Una diosa-madre para Adviento?

Asherah3[1]He presentado el otro día el sentido del tiempo cristiano del Adviento, que está enraizado en la tradición judía. En este tiempo de espera, año tras año, nos hacemos judíos, de manera que las Escrituras de la Biblia Hebrea (desde Isaías hasta el libro de la Sabiduría) aparecen como nuestra Escritura más profunda.

 Pero en este tiempo de Adviento podemos dar un paso hacia atrás, recuperando incluso la figura de la Madre Diosa (Ashera) que los judíos rechazaron por pensar que ella iba en contra de la Unidad y Trascendencia de Yahvé. Su decisión fue buena, pues nos ayuda a descubrir mejor el misterio insondable de Dios, que está más allá de todas las formas y figuras.  Pero, en otro sentido, es bueno volver al misterio de la Diosa Madre, que se encuentra velada (pero con gran fuerza) en el fondo de la tradición judía.

   Dios es Padre-Madre, decimos, recuperando así un misterio que millones de hombres han venerado. Nosotros hoy, como cristianos, sabemos que es padre-madre de otra forma (en Jesús, por el Espíritu Santo). Pero eso no impide que busquemos los signos de ese Padre-Madre (y sobre todo de esa Madre) en el principio de los tiempos, en la base de la Biblia.

  Así quiero hacerlo hoy, recuperando la figura de la Diosa. Ella nos permitirá entender mejor la figura de María, una mujer de la historia, a la que llamaremos Madre de Dios, la Madre-Virgen del Adviento. Pero aún  nos queda tiempo. Quedemos hoy con la Ashera, imaginemos la experiencia y devoción de muchos judíos antiguos, que al principio veneraron a Yahvé y a su Ashera.

 

La religión de Israel tiene varios orígenes, entre los que pueden destacarse dos.

 (1) La del grupo del «solo Yahvé», vinculada al parece con los invasores que vienen del desierto del Sur (y/o de Egipto), dirigidos e impulsados por un Dios de la Guerra, celoso de su autoridad y soberanía, que no quiera pactar, sino imponer su dominio sobre la tierra de Canaán.

(b) La del conjunto de los habitantes de Canaán, que tienden a divinizar la tierra  y el proceso de la vida.

En el primer caso Dios es Yahvé, Señor trascendente y único, poder superior, sin forma ni imagen, que planea sobre todo, pero que se ha vinculado con sus fieles de Israel. En el segundo, lo divino es la pareja formada por Ilu-Elohim (Dios Padre, masculino) e Ilat-Ashera (Diosa Madre, femenina), vinculadas y formando una hierogamia engendradora.

Ashera, la diosa cananea

Para iluminar el trasfondo de esta segunda visión de lo divino podemos acudir a los textos prebíblicos de Ugarit (cultura cananea del norte de Fenicia, del siglo XII-XI a. C.) en los que aparecen El/Ilu y Athiratu/Ashera, aunque  más tarde, en el contexto de la Biblia, esa pareja divina ha sido relegada y en parte suplantada por Baal y Anat-Ashtarte.  

El Esposo-Padre se llama Ilu, nombre que más tarde, tanto en hebreo (El, Elohim) como en árabe (Alláh), ha pasado a significar simplemente Dios. Su función originaria consiste en engendrar todo lo que existe, especialmente a los dioses inferiores, que reciben casi invariablemente el nombre de bn(e) il, es decir, hijo o hijos de Dios. Este Ilu es mlk o rey (soberano y juez) y es  sabio y anciano (ab shanim, padre de años), guardián y sentido profundo de todo lo que existe.

La Esposa-Madre es Athiratu-Ashera,  engendradora o creadora de los dioses (qnyt ilm), que normalmente se presentan como sus hijos. Ella recibe a veces el nombre de Ilat, es decir, la diosa por excelencia. También se le llama Athiratu Ym, diosa del mar, quizá en recuerdo de su origen marino: ella es reflejo de las aguas primigenias, portadoras de la vida. Los cananeos posteriores, igual que los hebreos, la presentan como Ashera, la gran Diosa Madre originaria.

            En esta perspectiva, crear es engendrar, de forma que dioses y hombres forman parte de una misma cadena vital, como supone un famoso canto de Ugarit:

«Voy a invocar a los dioses apuestos, a los voraces ya de sólo un día, que maman de los pezones de Athiratu, de los pezones de la Señora» (Textos de Ugarit, KTU 1.23, 23-24).

Un proceso engendrador

Athiratu-Ashera es madre de leche abundante y de sus pechos reciben vida dioses nuevos y hombres. Ella es el signo de la fertilidad, señora de la generación y así, representada por dos sacerdotisas o consagradas, preside con Ilu, su esposo, el rito de la generación:

 «Se dirigió Ilu a la orilla del Mar, y marchó a la orilla del océano. Tomó Ilu a las dos consagradas… Mira, una se agachaba, la otra se alzaba. Mira, una gritaba ¡padre, padre!, la otra ¡madre, madre! Se alargaba la mano (=miembro) de Ilu como el mar, la mano de Ilu como la marea…Tomó Ilu a dos consagradas…» (Textos de Ugarit, KTU 1.23, 30-36).

 Este ritual nos sitúa ante las grandes aguas, lugar del que proviene Ashera y donde están sus consagradas, ante las que Ilu muestra su potencia (parece fecundar el mar entero). Ilu, padre primigenio, engendra de esa forma todo lo que existe, en gesto de poder y deseo, que sus fieles celebran en el rito hierogámico del templo donde las hieródulas o sacerdotisas (representantes de Ashera) vuelven a ser poseídas (fecundadas) por el Dios de gran potencia. Ilu se define por su miembro, Athiratu por sus pechos. Los dos unidos forman el principio de la vida y así de su unión brotan los dioses apuestos: Sahru, la Aurora (hebreo sahar), y Salimu, el Ocaso (hebreo salem), es decir, el día entero,  principio y fin de la existencia.  

El culto a la diosa madre aparece bien atestiguado en la vida y religión de Israel por lo menos hasta la reforma de Josías y el exilio (finales del siglo VII y principios del VI a. C.). Ciertamente, a finales de ese período se fue imponiendo Yahvé, como Dios único, asexuado y sin imagen, el Dios del desierto y la conquista de la tierra, que se vincula al fin, de un modo especial, con la ciudad y templo de Jerusalén. Pero seguían venerándose a su lado otros dioses y en especial Ashera, madre divina engendradora.

Una diosa, una imagen divina

De todas formas, la palabra ashera puede significar tanto la diosa como su imagen o lugar de culto, vinculado en especial con los árboles y fuentes, pero también a las figuras de las diosas-madres (de grandes pechos). Pues bien, los partidarios de “sólo Yahvé” han condenado de un modo tajante no sólo a la Ashera-Diosa, sino también a sus signos, como muestran una serie de textos que parecen vinculados a un «pacto de conquista» entre Yahvé y los israelitas, a quienes él promete la tierra de Palestina,  exigiéndoles que destruyan el culto de la diosa: «Derribaréis sus altares, quebraréis sus estelas sagradas y destruiréis sus imágenes de Ashera» (Dt 7, 5):

 «Derribaréis sus altares, quebraréis sus estatuas, quemaréis sus imágenes de Ashera, destruiréis las esculturas de sus dioses y borraréis su nombre de aquel lugar» (Dt 12, 3).

« No plantarás ningún árbol para Ashera cerca del altar de Yahvé, tu Dios, que hayas edificado» (Dt 16, 21);

«Destruiréis sus altares, quebraréis sus estelas sagradas, destruiréis sus imágenes de Ashera y quemaréis sus esculturas en el fuego» (Ex 34, 5).  

 El culto a la Ashera

Este culto  formaba parte de la religiosidad normal de los israelitas que conforme a la tradición constante de los libros históricos (1 y 2 Rey) se celebraba en los “bamot”, que son los “lugares altos” (pequeñas cumbres de las colinas, altozanos), al aire libre, donde solía reunirse la familia o el clan para celebrar el culto. Ellos constaban básicamente de una estela/estatua, es decir, de un monolito que era signo masculino de Dios, y de una “ashera”, que era el signo femenino, representado básicamente por un árbol sagrado (o por una fuente).

Lo divino aparecía de esa forma como signo de totalidad cósmica y vital, que podía hallarse vinculada con la memoria del mismo Yahvé. Parece evidente que la mayor parte de los israelitas no vieron contradicción  entre este culto de los “lugares altos”, donde lo divino podía aparece como masculino-femenino (con sus signos especiales), y la soberanía de Yahvé, Dios único, venerado de un modo especial en Jerusalén (como Dios único, sin imagen ninguna).

 Pero, en un momento dado, en el reinado de Ezequías (727-698 a. C.; cf. 2 Rey 18, 4) y especialmente con la reforma deuteronomista de Josías (640-609), los partidarios del “sólo Yahvé” lograron imponerse y desacralizaron estos “altozanos” con sus estelas/monolitos y sus árboles sagrados, queriendo imponer la religión de «sólo Yahvé» desde el templo de Jerusalén.

En un sentido, esta supresión de los “altozanos” con sus signos de Dios y su Ashera puede interpretarse como un avance en el proceso de profundización de la religión israelita. Pero en otro sentido ha supuesto, sin duda, una perdida notable, pues ha conducido a un empobrecimiento en la visión de Dios, que pierde su aspecto femenino y su vinculación concreta con la tierra.

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