Raquel y Lía, hermanas y madres (1)

rachel20and20leah20telbtle365[1]Raquel y Lía, hermanas, madres, competidoras  y amigas, forman parte del ciclo más extenso de mujeres de la historia patriarcal. Ellas  refleja, como en un espejo, los valores y las dificultades de la vida de muchas mujeres en el principio de Israel. Su historia es ejemplar en muchos sentidos y así la presento, con sus tres partes esenciales:

: (1) Raquel y Lía, las bodas.

(2) Raquel, Lía, los hijos.

(3) Raquel y Lía rompen con el padre.

   Buen dia a todos, mucho gozo con estas historias de amor y de vida, en esta primavera del 2010, en vísperas de San Valentín.

1. Raquel y Lía, las bodas[1]

                    Como le han dicho sus padres (Rebeca e Isaac), Jacob huye a la tierra de sus antepasados, para refugiarse de la ira de su hermano y para encontrar mujer, llegando al pozo donde había llegado y buscado en otro tiempo el siervo de su abuelo Abrahán, encontrando allí a su madre (Rebeca), para concertar el matrimonio. La historia se repite, pero resulta más compleja. Un grupo de pastores, reunidos junto al pozo, no pueden sacar agua ni abrevar sus rebaños, porque la piedra que tapa el brocal es inmensa y sólo pueden apartarla cuando se reúnen ya muchos pastores, para sacar agua. Mientras Jacob y los otros esperan llega Raquel, prima de Jacob e hija de Labán (hermano de Rebeca):

 

Aún estaba él hablando con ellos, cuando llegó Raquel con las ovejas de su padre, pues era pastora. Cuando vio Jacob a Raquel, hija de Labán, el hermano de su madre, y las ovejas de Labán…, se acercó y apartó la piedra de sobre la boca y abrevó los ovejas de Labán, el hermano de su madre. Jacob besó a Raquel y luego estalló en sollozos, diciendo a Raquel que era pariente de su padre e hijo de Rebeca. Ella se echó a correr y lo anunció a su padre. En cuanto Labán oyó hablar de Jacob, el hijo de su hermana, corrió a su encuentro, le abrazó, le besó y le llevó a su casa (Gen 29, 1-13).

 

Jacob es fuerte y atrevido: él sólo es capaz de correr la piedra, sin necesidad de otros pastores, sacando así el agua para beber y abrevar los rebaños. Raquel es decidida: se deja besar y va a contárselo a su padre. Y de esta forma se inicia una de las historias más conmovedoras de la Biblia Judía: la boda de Jacob con dos hermanas:

 

Labán dijo a Jacob: «¿Acaso porque seas pariente mío has de servirme de balde? Indícame cuál será tu salario». Pues bien, Labán tenía dos hijas: la mayor llamada Lía, y la pequeña, Raquel. Los ojos de Lía eran tiernos. Raquel, en cambio, era de bella presencia y de buen ver. Jacob estaba enamorado de Raquel. Así pues, dijo: «Te serviré siete años por Raquel, tu hija pequeña». Dijo Labán: «Mejor es dártela a ti que dársela a otro. Quédate conmigo».

Sirvió, pues, Jacob por Raquel siete años, que se le antojaron unos cuantos días, de tanto que la amaba. Jacob dijo a Labán: «Dame mi mujer, que se ha cumplido el plazo, y quiero casarme con ella». Labán juntó a todos los del lugar y dio un banquete. Luego a la tarde tomó a su hija Lía y la llevó a Jacob, y éste se unió a ella. Labán dio a su esclava Zilpa como esclava para su hija Lía. Se hizo de mañana, ¡y resultó que aquélla era Lía! Jacob dijo a Labán: «¿Qué es lo que has hecho conmigo? ¿No te he servido por Raquel? ¿Pues por qué me has hecho trampa?». Labán dijo: «No se usa en nuestro lugar dar la menor antes que la mayor. Cumple otra semana de años, y te daré también a la otra… ». Así lo hizo Jacob; y habiendo cumplido aquella semana, Labán le dio por mujer a su hija Raquel. Labán dio a su esclava Bala como esclava para su hija Raquel. Jacob se unió también a Raquel, y amó a Raquel más que a Lía, y sirvió en casa de su tío otros siete años más (cf. Gen 29, 15-30).

 

Las mujeres aparecen como objeto de compra (siete años de trabajo cada una) y son igualmente motivo de engaño. Jacob, el tramposo, que ha engañado a su padre (con la ayuda de su madre Rebeca) en engañado a su vez por Labán (¡hermano de Rebeca!). En este contexto podemos hablar de un matrimonio por amor (Raquel) y de matrimonio por conveniencia (Lía), sin que las dos hermanas, que son, a su vez, esposas de un mismo hombre combatan y rompan entre sí por ello (aunque tienen diversos enfrentamiento y roces). Éste es el caso más claro de poligamia bíblica, pues Jacob se casa no sólo por las dos hermanas, sino también con sus siervas: Bala (la Raquel: 30, 3) y Zilpa (de Lía: 30, 9). De esa forma, las cuatro mujeres (dos libres, dos siervas) comparten la vida de un hombre, sin que ello resulte especialmente problemático, ni mucho menos escandaloso.

 Aquí aparece con toda claridad eso que pudiéramos llamar una “familia de mujeres”. Ciertamente, cada una de las mujeres libres tiene su propia tienda/casa donde recibe a su marido cuando viene a comer o a requerir sus “favores”. No estamos ante ninguna teoría sobre la poligamia, sino ante una poligamia de hecho, con dos mujeres hermanas y libres, con iguales derechos, y dos siervas, al servicio de las libres, porque el valor de la mujer se mide, sobre todo, por la cantidad de los hijos que aporta al marido (al clan). Aquí no hay una libre y otra esclava (como Sara y Agar), sino dos mujeres libres y hermanas, iguales ante el marido (con unas siervas que no rompen la armonía de conjunto). Sin duda, el “amor” del marido las distingue (¡Jacob prefería a Raquel!), pero la causa básica su conflicto no es la lucha por el amor del hombre (al que puedan compartir), sino por los hijos pues ellos les dan un futuro, una dignidad, un estatuto de señora (gebîra). No son virtuosas, en el sentido espiritualista, pero luchan por la vida y la dignidad, en un mundo adverso, como pueden. Son buen ejemplo.

 

2. Raquel y Lía: siervas e hijos.

 

 Las mujeres no se vinculan al marido por amor (aunque en el fondo de la relación de Raquel con Jacob hay una historia de amor), sino por el trabajo (Jacob ha trabajado por cada una de las libres siete años) y por los hijos. Así lo indica el texto clave (Gen 29, 31−30, 24), que culmina en el final dramático de 35, 16-21, donde se dice que Raquel dio a luz al último de los hijos de Jacob (Benjamín) ya en la tierra prometida, junto a Belén, porque así lo exige la tradición que sitúa en aquel entorno su sepulcro (venerado por judíos, musulmanes y cristianos hasta el día de hoy).

La historia de los hijos de Raquel y Lía (y de sus siervas) está llena de tensión y dramatismo. El texto supone que las dos mujeres aman a Jacob (aunque Jacob no ame a Lía, cf. 29, 31-32), pero lo que ha destacado con toda claridad es que ellas quieren hijos, para asegurar de esa manera el favor de su marido y, sobre todo, para garantizar su autoridad y su futuro a través de la descendencia. En esa línea, el texto presenta con cierta claridad los “intereses y deseos” de las dos mujeres libres, empezando por Lía, que al dar a luz a Rubén, el primogénito, dice: «El Señor ha visto mi aflicción [etimología popular de Rubén] y ahora me querrá mi marido» (29, 32). Ciertamente, ella quiere al hijo, pero a través del hijo quiere conseguir también el favor de su marido. Lía tuvo además otros hijos: Simeón, Leví, Judá (Gen 29, 33-35). Éstos son los cuatro primeros: Rubén, Simeón, Leví y Judá.

Más opaca resulta la función de las siervas, que son madres vicarias y dan a luz para sus señoras, como en el caso de Agar con Sara, pero sin oponerse a ellas, ni reivindicar los hijos como propios. Así lo dice expresamente el texto, que comienza destacando la infecundidad de Raquel.

 

Vio Raquel que no daba hijos a Jacob, y celosa de su hermana dijo a Jacob: «Dame hijos, o si no me muero». Jacob se enfadó con Raquel y dijo: «¿Estoy yo acaso en el lugar de Dios, que te ha negado el fruto del vientre?». Ella dijo: «Ahí tienes a mi criada Bala; únete a ella y que dé a luz sobre mis rodillas: así también yo ahijaré de ella». Dióle, pues, a su esclava Bala por mujer; y Jacob unióse a ella. Concibió Bala y dio a Jacob un hijo. Y dijo Raquel: «Dios me ha hecho justicia, pues ha oído mi voz y me ha dado un hijo». Por eso le llamó Dan (Gen 30, 1-6).

 

Raquel tendrá otro hijo, por medio de Bala, y le pondrá por nombre Neftalí. Por su parte, Lía «que había dejado de dar a luz, tomó a su esclava Zilpa, y se la dio a Jacob por mujer» y tuvo a través de ella dos hijos: Gad y Aser (Gen 30, 1-13). Lía tuvo después dos hijos propios, Isacar y Zabulón, y una hija (Dina) que no entra en la genealogía de las doce tribus pero que juega un papel importante en las tradiciones de la familia, como veremos (Gen 30, 17-21). Finalmente, Raquel tendrá también dos ojos propios, uno en la tierra de su padre (José: Gen 30, 22-24) y otra ya en la tierra de Canaán, junto a Belén (Benjamín: Gen 35, 16-21), los preferidos de Jacob.

La figura de las siervas, que se acuestan con el amo por obligación y que conciben hijos para otra mujer nos resulta hoy especialmente dolorosa. Sin embargo, ellas reciben cierta dignidad a través de sus hijos, pues ellos son libres y, a pesar de que jurídicamente, tienen “otra madre” (Lía o Raquel), de hecho, su madre natural resulta importante para ellos.

Estamos, según eso, ante una familia extensa (un clan), centrado en un hombre (Jacob), que ejerce la función de marido de cuatro mujeres (dos libres y dos siervas) y de padre de todos los hijos. Es significativo el hecho de que la tradición de la Biblia Judía no haya establecido diferencias entre los doce “hijos” de Jacob, que aparecen con igual dignidad, tanto los hijos de libres, como los hijos de esclavas (en contra de lo que sucede en la historia de Abrahán) y sin que se destaque, ni siquiera, la primogenitura de Rubén. De todas formas, esos hijos suelen dividirse por el nombre las madres, de manera que podemos hablar del clan de Lía formado por Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar y Zabulón, con Gad y Aser (hijos de su sierva Zilpa), y del clan de Raquel, formado por sus hijos José y Benjamín, con de Dan y Neftalí (hijos de su sierva Bala).

La Biblia destaca los hijos “varones” fundadores de tribus, los doce patriarcas de Israel, hijos de un único padre (Jacob) y de cuatro mujeres. A modo de pasada, como he señalado ya, para introducir la historia que vendrá después, el texto dice que Lía tuvo una hija a la que llamó Dina (¡cuyo nombre no explica!). Es como si ella en sí no contara.

 

3. Las mujeres rompen con el padre. Los terafim de Raquel[1]

 

La historia de las dos hermanas (y sus siervas), esposas de Jacob, resulta compleja. Lía y Raquel tienen celos entre sí, pero las dos se unen defendiendo a Jacob, su marido, frente a su padre Labán, que le acusa de enriquecerse a su costa, pues los negocios de Jacob prosperan, mientras los suyos decrecen. Jacob entonces llama a sus mujeres y les propone abandonar la tierra de su padre Labán, para volver a la tierra de Canaán, de la que él ha venido. Ellas le escuchan y responden con una sola voz:

 

             ¿Es que tenemos aún parte o herencia en la casa de nuestro padre? ¿No hemos sido consideradas como extrañas para él, puesto que nos vendió y, por comerse, incluso se comió nuestra plata? Así que toda la riqueza que ha quitado Dios a nuestro padre nuestra es y de nuestros hijos. Por tanto, todo lo que te ha dicho Dios, hazlo». Levantóse Jacob, montó a sus hijos y a sus mujeres en los camellos, y se llevó todo su ganado y toda la hacienda que había adquirido (Gen 31, 15-18).

 

Esta voz conjunta de las dos mujeres de Jacob (a la que debe unirse, en silencio, la voz de las siervas) resulta básica en la trama de la historia israelita. Ellas optan por el marido, más que por el padre. De esa forma dejan la casa paterna y van con sus hijos a la tierra de Canaán, que será su tierra. Todos vienen de fuera, como emigrantes, menos Benjamín, que nacerá junto a Belén (Efrata), donde su madre Raquel muere de parto, siendo enterrada allí, en un sepulcro que ha ha sido y sigue siendo venerado y mantiene su memoria (35, 16-21).

En este contexto resulta fundamental el tema de los “terafim”, dioses o signos sagrados, protectores de la casa paterna (vinculados con el culto a los muertos y, quizá, con la adivinación sagrada). La Biblia supone que Labán, igual que su familia (emparentada con Abrahán), es monoteísta o, por lo menos, no está “contaminado” con las idolatrías de los cananeos. Pues bien, a pesar de ello, Labán tiene en su casa o, quizá mejor, en el lugar sagrado (santuario) del centro de su posesiones unos “terafim”, que son sus dioses protectores, garantes de la fecundidad de su tierra, de la prosperidad de la casa , sobre todo, de la continuidad de la familia. Volveremos a encontrar terafim en la casa de → Mical, mujer de David (1 Sam 19, 11-17), aunque en el caso de Raquel parecen ser pequeños (caben bajo la montura de la caballería), mientras que los de Mical son grandes, del tamaño de un hombre.

Jabob y sus mujeres, con toda su familia y sus posesiones, se marchan a escondidas, mientras Labán está lejos, esquilando sus rebaños. Raquel, la más vinculada con Jacob, enojada con su padre (¿porque le ha hecho esperar siete años? ¿porque trata injustamente a su marido?), le roba los terafim y se los lleva ocultos, queriendo, sin duda, dos cosas. (1) Dejar a su padre sin la protección de sus dioses (de sus antepasados), abandonado a su propio egoísmo. (2) Llevar con ella (para bien de Jacob) la protección de esos dioses, es decir, de los antepasados.

Evidentemente, Jacob no lo sabe, pues la Biblia no puede afirmar que Jacob, padre de las tribus, fundador de Israel, ha robado y traído unos dioses de la tierra de sus antepasados. Él no lo puede hacer, pero lo hace su esposa más querida, que aparece así vinculada con un tipo de “idolatría” (como se dirá de muchas mujeres posteriores). Por eso, cuando Labán viene en su persecución y le alcanza ya junto a Galaad (casi en la tierra de Canaán), pidiéndole sus dioses, Jacob puede responder: «Aquel a quien encuentres tus terafim no quedará con vida» (31, 32).

Ciertamente, Jacob aparece en toda su historia como yahvista (vinculado a la fe de sus antepasados, devoto de un solo Dios), pero el mismo texto supone que sus mujeres no comparten esa opción, al menos en sentido estricto, de manera que Raquel ha podido llevarse los terafim del clan padre, no sólo para vengarse de él y dejarle sin protección sagrada, sino también para heredar la religión de su padre. Jacob no lo sabe, no controla la religión de las mujeres y por eso le dice a Labán que puede buscar libremente sus terafim y que castigará a quien los haya robado:

 

Entró Labán en la tienda de Jacob, en la de Lía y en la de las dos criadas, y no halló nada. Salió de la tienda de Lía, y entró en la de Raquel. Pero Raquel había tomada los terafim y, poniéndolos bajo la montura del camello, se había sentado encima. Labán registró toda la tienda sin hallar nada. Ella dijo a su padre: «No se enfade mi señor si no puedo levantarme en tu presencia, porque estoy con la regla». El siguió rebuscando por toda la tienda sin dar con terafim (Gen 31, 33-35).

 

 Raquel engaña a Labán, que no podía exigir que su hija bajara del camello en esas condiciones, ni podía registrar la montura, porque según la ley antigua esa montura y todo lo que está en ella se encuentra en situación de impureza (cf. Lev 15, 19-30). De esa forma, Raquel llevó los terafim de su padre, pero los puso en el lugar más impuro que un judío pueda imaginarse, manchados con la sangre de su “regla”. El texto supone de esa forma que los terafim se vinculan con la impureza de las mujeres, como si fueran elementos de una religión propia de ellas, en contra de la buena religión de los varones. Todas las mujeres, incluso las más queridas por los judíos, como Raquel, cuyo sepulcro-memoria se venera junto a Belén (35, 16-21), parecen vinculadas de algún modo a la impureza de los ídolos.

No hará falta recordar que la versión del texto ofrece una perspectiva masculina, lo mismo que el conjunto de la Biblia Judía, con Jacob como protagonista. Para conocer bien el sentido de esta escena habría que haber preguntado a Raquel y a las mujeres, no sólo sobre el significado que para ellas tenían los terafim (vinculados a la casa y a la fertilidad), sino sobre la sangre menstrual. Para la Biblia de los varones, esa sangre es impureza y causa de separación (durante el tiempo de la regla la mujer ha de encontrarse aislada, quizá entre otras mujeres). Pues bien, en ese contexto, ellas han podido cultivar quizá un tipo de experiencia religiosa más vinculada a los terafim, que podrían aparecer así como signo de la sangre de la vida[2].

 


[1] Cf. T. J. Lewis, Cults of the Dead in Ancient Israel and Ugarit (HSM 39), Scholars Press, Atlanta GE 1989; O. Loretz, Die Teraphim als „Ahnen-Götter-Figur(in)en“ im Lichte der Texte aus Nuzi, Emar und Ugarit, UF 24 (1992) 133-178; J. Tropper, Nekromantie. Totenbefragung im Alten Orient und im Alten Testament (AOAT 223),  Neukirchen-Vluyn 1989.

[2] En ese contexto resulta significativa la novela de A. Diamat, La tienda roja, Via Magna, Barcelona 2009 que recrea la vida de las mujeres del ciclo de Jacob, fijándose de un modo especial en Dina.

 


[1] Sobre las “historias” de Lía y Raquel, cf. J. Blankenship, Rachel and Leah: Biblical Tradition and the Third Dream of Dante’s Purgatorio, en R.J. Frontaine y J. Wojcik (eds.), Old Testament Women in Western Literature, University of Central Arkansas, Conway AR 1991,68-91; M. Görg, Terafim: tragbare Göttinnenfigur(en), BN 101 (2000) 15-17; M. Greenberg, Another Look at Rachel’s Theft of the Teraphim, JBL 81 (1962) 239-248; M. Grohmann, Die Erzmütter: Sara und Hagar, Rebekka, Rahel, in: M. Öhler (Hg.), Alttestamentliche Gestalten im Neuen Testament, Beiträge zur Biblischen Theologie, Darmstadt 1999; R. A. Klein, Leseprozess als Bedeutungswandel. Eine rezeptionsästhetische Erzähltextanalyse der Jakobserzählungen im Buch Genesis (ABG 11), Leipzig 2002; J. E. Lapsley, The Voice of Rachel: Resistance and Polyphony in Genesis 31.14-35, en A. Brenner (ed.), Genesis. The Feminist Companion to the Bible (Second Series), Academic Press, Sheffield 1998, 232-248; M. McKenna, “Déjala” (Jn 12, 7). Mujeres en la Escritura, Sal Terrae Santander 2001, 222-249; K. Spanier, Rachel’s Theft of the Teraphim: Her Struggle for Family Primacy, VT 16 (1992) 404-412; A. Wenin, Mujeres de la Biblia, Claret, Barcelona 2008-.

Discussion area - Dejar un comentario






He leído y acepto las condiciones generales y la política de privacidad


Información básica sobre protección de datos
Responsable: REVISTA REINADO SOCIAL 21RS (más info)
Finalidad: • Gestión de la adquisición del producto, suscripción o donativo, así como la tramitación de los mismos.
• Envío de comunicaciones relacionadas con el proceso de compra, las suscripciones o los donativos.
• Envío de comunicaciones y ofertas comerciales, por diferentes medios, incluidos los medios electrónicos (email, SMS, entre otros). (más info)
Legitimación: Ejecución de una compra online, suscripción o donativo. (más info)
Destinatarios: No se cederán datos a terceros, salvo obligación legal. (más info)
Derechos: Acceso, rectificación, supresión, cancelación, y oposición. En determinados casos derecho a la limitación del tratamiento de sus datos. (más info)
Información adicional: Puede consultar toda la información completa sobre protección de datos a través del siguiente enlace (más info)
Los enlaces de (más info)