CUARESMA. MEDITACIÓN BÍBLICA

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 Quiero exponer el sentido de la cuaresma cristiana presentando y comentado brevemente tres pasajes de Marcos que trazan a mi juicio su sentido más profundo. Será un texto largo, de meditación, que porá leerse  durante varios días. Buen tiempo de cuaresma, buena lectura de la Biblia.

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1.- Mc 1,9-15. Nacimiento, desierto, conversión.

 

Jesús ha venido al desierto de la vera del Jordán donde proclama penitencia Juan Bautista. Se ha puesto en la cola de los penitentes, pecadores y proscritos de su pueblo, buscando con ellas la voluntad de Dios. Al salir del agua vio los cielos rasgándose y el Espíritu bajando sobre él como paloma; y se oyó un voz del cielo ¡este es mi Hijo muy querido, en él me complazco! (1,10).

 

Se abre el cielo. Hasta ahora cielo y tierra se encontraban separados: Dios arriba, incognoscible; los humanos perdidos en la lucha de la tierra. Pues bien, ahora se vinculan, de tal forma que Dios puede realizar ya sobre el mundo su proyecto de liberación mesiánica.

– Sobre Jesús desciende el Espíritu, como una paloma… Viene y se posa el poder divino, el misterio del amor transformador, la vida que recrea y reconstruye el mundo viejo.

Se escucha en fin la voz que dice: ¡Tú eres mi Hijo querido, en tí me he complacido! Esta es la palabra fundante, la voz del Dios que se desvela como Padre, llamando a Jesús Hijo querido.  

 

 Antes de toda voz humana, en el principio de la cuaresma, debemos escuchar con Jesús la voz de Dios que nos llama, diciéndonos ¡Hijo! en palabra donde culminan y se cumplen todas las palabras de la historia. Ha llegado el momento culminante, el mismo Dios dirige su mirada hacia Jesús y le reconoce (constituye) como Hijo diciéndole (diciéndonos):

 

Tú eres. La primera palabra de Dios no es Yo soy, en clave de autodefinición, como en Ex 3,14, donde él dice Soy Yavhé (=Yo soy el que Soy). El Dios de Jesús dice en cambio Tú eres. Ya no se define cerrándose en su “yo” sino haciendo ser a otro (a su Hijo Jesús, a mí).

Mi Hijo. En el origen y principio de Dios escuchamos la voz del Padre que nos dice con Jesús (como a Jesús): eres mi Hijo, yo hago que tú seas, yo te constituyo. Sólo quien escucha esta palabra puede luego transformarse y convertirse, si hace falta. En el origen de la vida no está la convesión sino la gracia filial.

El Querido. Jesús no es un hijo cualquiera, es el Querido, en el sentido de cercano, íntimo y gozoso. También nosotros nos sentimos vinculados al Padre Dios que, llamándonos, nos dice ¡Yo te quiero!. Sin esta primera palabra de amor carece de sentido la existencia.

En ti me he complacido. Dios no se limita a querernos, dice que nos quiere, lo muestra y se goza al decirlo, haciéndonos felices. Sólo quien escucha esta puede recorrer luego la cuaresma, el camino posterior de conversión transformadora. Sólo quien se sabe amado puede luego convertirse.

 

 

 El Dios de la cuaresma cristiana empieza siendo el Padre bueno y feliz que habla a Jesús diciéndole ¡Tú eres mi Hijo! Es un Dios que sabe dar vida y gozar, diciendo que se goza, haciéndonos felices al saber que él es feliz. Por eso podemos afirmar que en el principio de toda conversión cristiana está el reconocimiento y gozo del Padre Dios que engendra y sostiene en amor exultante a su Hijo. Del amor y gozo de Dios hemos nacido. En amor y gozo podemos realizarnos, sabiendo que Dios nos ha dado en Jesús lo más grande que tiene: el misterio y fuerza de su Espíritu.

 

 El Bautista vivía en nivel de penitencia (conversión), obsesionado por los ritos de purificación del judaísmo (¡siempre el agua!). Jesús ha superado ese nivel de servidumbre y penitencia. Por eso añade Mc, con toda precisión, que saliendo del agua (superando el nivel de servidumbre familiar y ritual del judaísmo) escuchó la voz que le decía: ¡Eres mi Hijo!. Luego sigue el texto, diciendo que Jesús impulsado por el Espíritu Jesús fué al desierto donde estuvo cuarenta días y cuarenta noches, tentado por Satanás; y los ángeles le servían (1,13). Este es el principio de toda cuaresma (=cuarenta días) cristiana:

 

Cuaresma es descubrir que somos hijos de Dios y comenzar a vivir desde su fuente de amor: nacer a la vida verdadera, en situación de absoluta desnudez, desde el desierto en que la vida empieza.

Cuaresma es prueba. No prueba de ayunar sino de estar y mantenerse ante Satán, el Tentador, a lo largo de cuarenta días de tensión y nuevo nacimiento. Así se contraponen: Jesús como principio de amor y libertad (¡eres mi Hijo!) y Satanás, que es opresión y violencia sobre el mundo.

Estaba entre las fieras como Adán (Gen 2-3). Es evidente que Jesús no se ha quedado en lo animal, no es un mesías ecológico al que bastan los vivientes inferiores de la estepa. Quiere a los humanos y por eso sale del desierto para proclamar la nueva vida humana, en fraternidad de reino.

Y los ángeles le servían. Ellos aparecen como signo de transparencia y comunicación; son para Jesús animadores, compañeros de evangelio en el tiempo de la prueba. Allí donde el ser humano se dispone a realizar su tarea en gesto de total entrega, allí donde penetra en su más honda soledad, descubre la presencia de los ángeles de Dios entendidos como expresión de servicio y compañía.

 

 Jesús no ha ido al desierto para así evadirse. No se essconde ni separa de la sociedad por fracaso o victimismo, como muchos que se escapan de la compañía de los hombres porque les angustia su presencia. Al contrario, para penetrar más intensamente los problemas el mundo se introduce Jesús en el desierto, conducido por la fuerza del Espíritu. Evidentemente, no está solo, no se encuentra aislado: en la dureza y soledad del desierto, allí donde parece que todas las voces se apagan, escucha con más fuerza Jesús los dolores de los hombres.

El texto sigue. Juan ha cumplido su tarea y el han prendido para matarle. Jesús puede venir a Galilea, proclamando su buena noticia: Se ha cumplido el tiempo, ha llegado el reino de Dios, convertíos y creed en el evangelio (1,15). Ha superado la prueba, ha descubierto su tarea de hijo de Dios y, viniendo del desierto, como nuevo Adán, puede empezar su misión salvadora. Por eso vuelve al lugar donde habitan los hombres y mujeres de su pueblo, en Galilea para marcarles el camino de la auténtica cuaresma:

 

El tiempo se ha cumplido, llega el Reino de Dios. Reino es la forma de vida y familia que surge allí donde Jesús expande la fuerza de su Espíritu. El Reino de Dios se identifica con el surgimiento y despliegue universal de la filiación de Jesús. Se trata de que todos los humanos puedan (podamos) escuchar la palabra de Dios ¡tú eres mi hijo!, traduciéndola en un modo de vida compartida, fraterna, solidaria.

Convertíos y creed en el evangelio. El reino de Jesús se expresa a través de una profunda meta-noia, es decir, de una con-versión interpretada como cambio de mente, de vida. Hay una vida o “mente” (noia) que está hecha de disputas de dominio y exclusiones. Pues bien, transcendiendo ese nivel (que eso significa meta-noia) se eleva ahora un extenso y gozoso continente de vida hecha de gratuidad y expresada como fe en el evangelio, es decir, en la buena noticia de Dios. De esta conversión y fe de la que brota la nueva familia mesiánica quiere tratar nuestro libro.

 

 

Juan era la línea divisoria, culminación y cumplimiento de la profecía israelita , en clave de confesión de los pecados y de agua purificadora; él nos ofrecía el conocimiento del pecado, pero sin nuevo nacimiento. Su testimonio es valioso, pero no basta para definir la cuaresma cristiana. En el comienzo de esta cuaresma ha de encontrarse Dios que habla a Jesús, diciéndole su nombre, constituyéndose su Hijo, dándole su Espíritu. Unidos a Jesús, sabiendo que en él somos hijos de Dios, escuchando la palabra que nos dice ¡ees mi hijo, en tí me he complacido! podemos empezar también nosotros un camino de prueba (desierto) y asumir un proyecto de conversión en favor del reino.

 

Este es el verdadero cambio categórico, la conversión origina. La primera palabra, la más honda verdad que Dios nos dice es: ¡tú eres mi Hijo amado,en tí me he complacido!. Antes de toda obligación o deber impositivo, antes de toda ley o ayuno, en el principio de la cuaresma cristiana se encuentra la experiencia gozosa de la gracia. Decir a los hombres que son “hijos queridos”, introducirles en el campo del amor de Dios, a través de nuestro amor hecho cariño y gesto de servicio, eso es apostolado cristiano de cuaresma.

 

2.- Cuarema esponsal. No es tiempo de ayuno (2,18-22). 

 

Fariseos y bautistas acusan a los discípulos de Jesús de no ayunar. Ellos han programado una cruzada penitencial de renovación israelita a base de ayunos y rituales purificadores. También los musulmanes ayunan todo el mes de Ramadán, juzgando que la auténtica familia y sociedad humana surge y se vincula por el sacrificio de sus miembros. Unos y otros celebran muy bien sus cuaresmas. Para eso no hace falta ser cristiano.

Pues bien, Jesús responde responde de forma distinta. A su entender, cerrado en un nivel penitencial, como fin en sí mismo, el ayuno acaba haciéndose contrario al don de Dios, apareciendo al mismo tiempo como elitista y antihumano. Por eso, en sentido original, la cuaresma no es ayuno.

 

– Hay un ayuno elitista, que ofrece ventaja a los “virtuosos” de la ascesis, es decir, a los capaces de vencerse y dominar sus propias tendencias con esfuerzo. ¿Y los demás? ¿Los millones de pobres del mundo que no pueden comportarse como ascetas? ¿Y los que tienen que ayunar por obligación y por injusticia del sistema que les arroja en manos del hambre, mientras otros malgastamos? Ese ayuno ascético no es sólo elitista sino también injusto porque ignora a los millones de personas que pasan hambre por necesidad sobre la tierra.

En la raíz del evangelio no está el ayuno sino el gozo por la creación, conforme a lo que Dios mismo ha querido al suscitar el mundo. En el principio de la obra de Dios no está el hambre sino la comida generosa para todos (cf Gen 1). Lógicamente, el Jesús de Mc no viene a ayunar sino a comer con los amigos, en gesto de solidaridad abierta a los más pobres. Esta es la raíz de su cuaresma. Su signo signo primordial es la comida, como indica 2, 13-18 y toda la sección llamada de los panes (6,6-8,26). El ayuno es para Mc secundario; le que él quiere es que surja la nueva familia mesiánica, en torno al pan compartido.

 

 Jesús ha rechazado a el modelo de ayuno que ofrecen fariseos y bautista. No quiere iniciar a los poseidos y leprosos, a los paralíticos y publicanos, en un camino ascético. Al contrario, él les ofrece una fiesta de bodas. Su nueva familia mesiánica es don, regalo gratuito de Dios, campo de amor, no resultado del trabajo especial de algunos privilegiados. Por eso responde:

 

Los amigos (=hijos) del novio no pueden ayunar, mientras está el novio con ellos;

mientras tienen con ellos al novio no pueden ayunar.

Llegarán días en que les sera arrebatado el novio, entonces ayunarán (2,19-20).

 

 Jesús quiere instaurar su familia sobre un fundamento de bodas donde él mismo pueda presentarse como novio o gran amigo de los hombres. Lógicamente, ha de añadir que los hijos (= amigos) del novio no pueden ayunar en su presencia, mientras dure la fiesta de los esponsales (2,19). Estas palabras conducen al centro en que se asienta la familia mesiánica.

 

– El texto vincula bodas y comida. Mientras los novios celebran el amor, en fiesta que convoca a toda la familia, sería indecoroso que en su entorno se exigiera ayuno. A la vida pertenece el culto del amor, el gozo de la mesa compartida. En el fondo del camino de Jesús viene a expresarse una intensa utopía de bodas, el deseo de un amor que se despliega de manera transformante en medio de los hombres. Por eso es normal que sus discípulos no ayunen.  

Jesús aparece así veladamente como Novio de las Bodas. No es predicador penitencial, profeta del gran miedo. Desde el centro de la más honda experiencia afectiva de la historia, él viene a presentarse como fuente de amor y así despliega el gozo de la vida, la experiencia fascinante de la transformación esponsal en nuestro mundo. Noviazgo y amor no son ley, no se celebran con imposiciones. Por eso sus discípulos no ayunan.

 

En esta línea se entienden los signos vinculados a las bodas: vino bueno, buen vestido... ( 2,21-22). Es tiempo de esponsales para todos y se encuentran especialmente invitados los dementes, leprosos, paralíticos… Con ellos ha iniciado Jesús un proyecto de fiesta y familia gozosa, con vino y vestidos hermosos.

 

 Evidentemente, la vida no es ayuno, la religión no es sacrificio, ni el mesianismo es represión de la alegría de la vida. Todo es gozo fuerte en este contexto de bodas. Jesús no ha venido trayendo la bandera de la ley o del ayuno; viene ofreciendo a los humanos la alegría de la vida, el vino, vestidos y gozo de las bodas. Así evoca Mc la palabra principal de su experiencia de familia: hay un nymphios, un novio. Es tiempo de encuentro, despliegue de amor entre los humanos. Desde aquí se entienden las dos posibles situaciones:

 

Mientras el novio esté con ellos no pueden ayunar sus “hijos” (2,19), es decir, aquellos que viven y crecen en su compañía. Como creador de familia de amor (auténtico novío de varones y mujeres) se presenta aquí Jesús, animando la fiesta. La comida forma parte del gozo de su presencia; es comida en compañía

Vendrán días en que el novio les sea arrebatado, entonces ayunarán (2,20). Este es el primer anuncio, todavía velado, pero intensamente triste, de la ausencia del novio, a quien “llevarán” de forma violenta, dejando abandonados a sus “hijos” (seguidores). El ayuno se interpreta de esa forma como ausencia del amigo, como falta de compañía: cuando el novio no está pierden su apetito los invitados a las bodas. Cuando el novio sufra (cuando le persigan o maten, matando o persiguiendo a los pobres de la tierra) los discípulos descubrirán un nuevo tipo de ayuno, en gesto de solidaridad y entrega de la vida por los otros.

 

¡Faltará el novio! Evidentemente, Mc se refiera aquí a la muerte de Jesús, perseguido, torturado, asesinado. Entonces, cuando le vean morir ayunarán sus amigos, no por gesto artificial de ascesis sino por dolor compartido. Pues bien, el dolor de ese Jesús se amplia conforme al evangelio, abarcando a todos los que sufren por Jesús, como Jesús, sobre la tierra, suscitando así un nuevo tipo de ayuno: el que proviene de la solidaridad con el amigo (el novio). En el Jesús amigo que será entregado ha visto Mc a todos los sufrientes de la historia, a los hambrientos, perseguidos, marginados, torturados de la tierra. Por ellos tendrán que ayunar los seguidores de Jesús, en cuaresma hecha de solidaridad con los que sufren, de tristeza por el novio que padece.

Es difícil encontrar símbolos más hondos, palabras más hermosas. Signo de amor es la comida: por eso, mientras está presente el novio comen sus amigos, en gesto que vincula alimento y compañía humana. Por el contrario, la ausencia se vuelve ayuno: cuando el amigo falta, cuando llega el luto a las familias viene a ser normal el sacrificio, entendido como gesto de solidaridad y ayuda a los que sufren sobre el mundo.

Esta es la cuaresma de Jesús: viene a comer, invitando a todos a las bodas de su reino. Pero entrega la vida al servicio de aquellos a los que ama, para que esa comida (la casa compartida del amor) se pueda ofrecer a todos los que sufren en la tierra. Por eso, el mismo amor del novio se convierte en principio de solidaridad creadora. Aquí tendrá sentido el nuevo ayuno de los creyentes, más allá de todo ritualismo de días, de formas de comida, de distinciones entre carne o pescado, que son absolutamente ajenas a la mentalidad del NT.

En el principio de su camino mesiánico, Jesús ha elevado el gran signo de unas bodas de alegría donde todos se encuentran invitados, como hijos del novio (2,19), a la fiesta del amor, a la comida de abundancia donde se anticipa el reino. Dentro de esa llamada a la fiesta se inscribe al ayuno allí donde hay algunos que aún no participan en las bodas, como gesto de solidaridad en favor de los expulsados de la mesa y de la casa mesiánica. Vivir para servicio de los pobres y entregar todo por ellos, ese es el ayuno de Jesús.

Jesús no ha sido domador religioso, experto en leyes, promotor de ayunos. No ha querido reprimir a base de ley los malos instintos de los hombres, para formar de esa manera una familia de esclavos obedientes. El se ha presentado como amigo universal y de esa forma va creando entre los pobres y caídos (expulsados) de su pueblo un ritual de nueva boda a la que todos se encuentran invitados. Al servicio de esas bodas ha vivido y muerto, iniciando con su entrega una nueva forma de cuaresma de solidaridad.

 

 

3.- Mc 8,31-38. Cuaresma y entrega de la vida

 

Pedro ha dicho que Jesús es Cristo, interpretando el mesianismo en claves de poder sobre los otros (2,29). Jesús reinterpreta su función en perspectiva de entrega de la vida: empezó a enseñar diciendo que el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho y ser negado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que le matarán y que al tercer día resucitará (8,31). Esta es su cuaresma: dejarse matar por aquellos que rechazan su ideal de mesianismo al servicio de los pobres y expulsados de la tierra.

             Por buscar la nueva familia mesiánica (en gratuidad y pan compartido), Jesús viene a caer en manos de las autoridades oficiales de la vieja familia nacional israelita. Él lo sabe y dice que será negado y rechazado por los ancianos (representantes de las grandes familias judías), por los sacerdotes (portadores de la sacralidad nacional, centrada en la casa del templo) y por los escribas (intérpretes de la Ley de Dios). Es evidente que le matarán, pero Dios le resucitará a los tres días. Frente al poder de los hombres se eleva así la autoridad más alta de Dios, ratificando el camino de familia de Jesús, conforme a su palabra de esperanza. Ese es su ayuno: ofrecer a los hombres un camino de justicia y amor; ser capaz de morir en el intento.

 Ciertamente, también Pedro está a favor de la nueva familia mesiánica, pero desea construirla en claves de poder, sin quedarse en manos de los hombres, sin tener que morir o dar la vida en el intento. Por eso, rechaza abiertamente el proyecto de Jesús, pensando que tiene el derecho de increparle, de guiarle en el camino y corregirle. También Pedro es inteligente, sabe pensary piensa conforme a los criterios de este mundo. Jesús le había pedido su opinión (¿quién decís vosotros que soy yo?). Pedro le responde con honestidad: Eres el Cristo y tienes que triunfar.Tiene derecho a darle su lección, a traerle al buen camino del cordura humana.

 Jesús contesta a Pedro, llamándole Satanás (Tentador) y diciendo que se aparte de su lado (8, 33). De este modo inicia su cuaresma, el camino de su mesianismo: llama a todos los discípulos y dice: ¡si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga! (8,34). Este es el ayuno de Jesús: para realizar su misión de justicia y de reino tiene que entregarse en manos de los hombres y lo mismo han de hacer sus seguidores.

 Para ofrecer el verdadero reino de la gracia de Dios y de la vida, Jesus ha debido renunciar a toda forma de violencia. No puede imponer su proyecto por la fuerza, no puede emplear en su favor las armas de justicia y opresión del mundo, pues ellas las controlan los ancianos, escribas y sacerdotes de Jerusalén, vinculados al poder de Roma. Es claro que en este enfrentamiento desigual Jesus se encuentra derrotado de antemano. A pesar de ello (precisamente por ello) se mantiene en su camino.

Eso significa que él debe conocer y asumir la soledad del rechazado. No es un inconsciente que no sabe lo que hace; tampoco es un suicida que se pone de manera masoquista en manos de sus torturadores. Todo lo contrario: Jesús es hombre de reino y sabe lo que hace. Por eso se mantiene y abre el don de su vida (la vida de Dios) hacia todos los humanos, en gesto de solidaridad creadora. Para avalar su gesto y concluir su camino mesiánico tiene que estar dispuesto a morir y de esa forma morirá, si es que no cambia el tipo de vida de los hombres. Jesús acepta ese destino (esa providencia creadora de Dios que pasa y se realiza por su muerte). Así lo sabe, así lo ha declarado llegando al centro de su camino; todo el resto del evangelio será una especie de expansión de estas palabras, la crónica y despliegue concreto de una muerte ya anunciada y aceptada, en esperanza de resurrección.

 

La muerte está anunciada. No es algo que vendrá sólo al final, como por casualidad. No es un accidente inesperado que trunca la carrera victoriosa de un mesías triunfador. No es una tragedia contra la que debe elevarse angustiado el profeta del reino. No es tampoco una comedia, una especie de representación teatral que hace Jesús, sabiendo de antemano lo que debe suceder, sin implicarse de verdad en ello (como si sólo le afectara por fuera, en actitud de docetismo espiritualista: sufre sólo externamente; el alma no padece, está ya en gloria).

Es camino de muerte anunciada de Jesús tiene un nombre, es evangelio (cf 8,35), buena nueva de aquel que se deja matar en actitud de entrega gratuita, solidaria, creadora, en favor de los hombres angustiados, condenados, de la tierra. Jesús asume y recorre así el camino de una vida amenaza por la violencia de los otros. Jesús invita a los demás a recorrerlo, en camino de cuarema mesiánica. Estos son los momentos de su ayuno.

 

 

Negarse a sí mismo (8,34). Ordinariamente utilizamos a los otros a nuestro servicio. Es normal que tomemos la “familia” como medio para el propio crecimiento. Pues bien, la familia de Jesús sólo se construye allí donde sus miembros aprenden a negarse a sí mismos, buscando cada uno el provecho de los otros.

Quien pretende ganar su propia vida ése la pierde (8,35). Quien desea asegurar su propio triunfo, en clave individual o familiar, aquel que siempre necesita ganar o imponerse, poniendo a los demás a su servicio acaba por perderse: destruye a los demás y se pervierte a sí mismo.

Quien pierde su vida propia ese la gana... (8,35). Pierde la vida que él tenía (autou), en egoísmo y seguridad solitaria, para ganar la vida nueva de Jesús y su evangelio. Este es el centro del mensaje de Mc, el lugar donde Jesús ofrece su experiencia y presenta su vida como principio y fuente de la nueva familia de los hombres. Quien busca su seguridad en plano de imposición aniquila a los otros y se pierda a sí mismo. Sólo quien se encuentra dispuesto a morir (a perder su vida) por ellos,en gratuidad evangelica, puede ganarla de verdad, descubriéndola de nuevo y convirtiéndola en principio de existencia compartida.     

 

Jesús ha establecido así la paradoja principal de la existencia y familia del cristiano. No es victimismo lo que expone; no es ascetismo masoquista lo que busca. Jesús quiere y ofrece gratuidad, vida compartida; y para ello tiene que exponer, con su ejemplo hecho palabra, la ley nueva de salvación, la gracia que subvierte, rompe y establece de un modo más alto, los códigos de vida compartida. Esta es su cuaresma: dar la vida por los otros.

Jesús no construye una ley de familia, como los rabinos. Tampoco quiere imponer su propia norma grupal sobre los demás. Él inicia un camino de entrega de la vida, poniéndose al servicio de los otros. Su mismo proyecto le pone en camino de muerte porque, en un mundo, como el nuestro, dominado por la ley de imposición de los violentos, quien pretenda hacer familia como el Cristo debe estar dispuesto a morir, dando la vida por los otros.

Pues bien, la suerte de Jesús se amplía a sus discípulos (8,34-9,1), de tal forma que aquellos que le siguen deben asumirlo de forma voluntaria, estando dispuestos a morir por el mismo ideal y camino de reino. Sólo se crea vida dando vida, sólo surge familia verdadera allí donde hay personas dispuestas a morir por ella. En el fondo de esa entrega y esa muerte se desvela Dios como principio de resurrección para Jesús (¡a los tres días!: 8,31) y para aquellos que le siguen: ¡quien pierda su vida por mí o por el evangelio ese la salvará! (8,35). Esta es la cuaresma cristiana, este el ayuno: dar la vida por los otros, en camino de esperanza y gozo pascual.

Resumimos ya lo dicho. En el principio de toda cuaresma ha de estar la voz del Padre que nos dice (que dice a todos, por medio de la iglesia): ¡yo os amo!. En el centro está el gozo de las bodas y la solidaridad con aquellos que sufren. En la meta y culminación de la cuaresma está la decisión de entregar la vida, con Jesús y como Jesús, al servicio de la justicia liberadora, en manos de la gracia de Dios Padre, en esperanza de resurrección.

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