Tamar, nuera de Judá, una mujer de “cuaresma” (Gen 38)[1].

MUSEO-large[1]            Tamar es una de las “abuelas” de Jesús, según Mt 1, 3: un mujer ejemplar, en el fuerte sentido del término, luchadora al servicio de la vida (de sus hijos). Frente a ella se sitúa Judá (¡gran patriarca, padre de todos los judíos!), que aparece, en cambio, como ejemplo de “olvido” y falta de fidelidad, pues no cumple lo que debe a una mujer (Tamar), que busca un ardid ambiguo para conseguir la descendencia a la que tiene derecho. Su gesto ha sido visto por la Biblia como providencial para la tribu de Judá y para las promesas de Dios (como ratifica Mt 1, 3 en la Biblia Cristiana).

En contra de lo que dirá más tarde un judaísmo purista, que prohíbe el matrimonio de los israelitas como mujeres extranjeras, Judá tomó una mujer cananea y tuvo con ella tres hijos, Er, Onan y Sela, a quienes quiso dar mujeres y así lo hizo, empezando por Er, su primogénito, a quien casó con Tamar, que parece también cananea. A partir de aquí se inicia una historia dramática en cuatro actos.

 

a. Tamar se casa dos veces, pero no tiene hijos (Gen 38,1-11).

 

La Biblia dice que su primer esposo (Er) era malo y que murió sin haber dejado descendencia. Pues bien, conforme a la ley del levirato (cf. Dt 25, 5-10), Onán, su cuñado (segundo hijo de Judá), tuvo que tomarla como esposa, para engendrar de esa manera un hijo que fuera heredero de su primer marido (Er). «Pero Onán, sabiendo que el hijo que él tuviera no sería suyo, sino de su hermano, cada vez que se unía con Tamar, la mujer de su hermano, vertía en tierra para no dar descendencia a su hermano. Pues bien, lo que hacía era malo ante los ojos de Yahvé, que también a él le quitó la vida» (Gen 38, 4-9).

De este Onán recibe su nombre el onanismo y, en general, la masturbación, que para la Biblia no tiene un carácter de pecado sexual, sino de injusticia, pues consiste en negarse a dar descendencia a un hermano. Pues bien, muerto Onán, Tamar espera que Judá, padre de sus dos esposos muertos, le conceda a Sela, el tercero de los hermanos. Pero Judá tiene miedo de perder también a Sela y manda a Tamar que vaya a la casa de su padre (de manera que nos encontramos ante un nuevo aso de onanismo, es decir, de negación de unos derechos que se deben a la viuda).

 

 2. Tamar consigue el hijo al que tiene derecho,

 

acostándose para ello con el padre de sus maridos muertos (Gen 38,12-23). La Biblia supone que se trata de un gesto anormal, pero en ningún sentido “inmoral”, pues Tamar debería haber recibido como esposo a Sela, el tercero de los hijos de Judá, para así darle un heredero a su primer marido, pero al ver que el padre no se lo quiere entregar en matrimonio busca una estratagema para conseguirlo.

Para ello se hace pasar por una prostituta y, así disfrazada, en un día conveniente, se coloca al borde del camino por el que tiene que pasar un Judá satisfecho y excitado, tras acabar el esquileo del rebaño. Judá la contrata, para acostarse con ella y, como anticipo del cabrito que ha quedado en pagarle por su servicio, ella le pide una señal: “el anillo del sello, con la cinta y el bastón”. Tras haber logrado ese anticipo, la misteriosa “ramera del camino” desaparece y nadie sabe decirle al enviado de Judá, quién ha podido ser esa mujer cuando él viene a llevarle el cabrito.

 

3. Tamar es acusada, pero prueba su inocencia (Gen 38, 24-26).

 

Al cabo de un tiempo le dicen a Judá que su nuera está embarazada y que, por tanto, es adúltera, pues debía haberse mantenido fiel a su tercer marido Sela, quien tenía el derecho de casarse con ella. Pues bien, jefe de clan y padre de Sela, Judá condena a Tamar a muerte:

 

 Dijo Judá: «Sacadla y que sea quemad». Pero cuando ya la sacaban, envió ella un recado a su suegro: «Del hombre a quien esto pertenece estoy encinta», y añadía: «Examina, por favor, de quién es este sello y este bastón». Judá lo reconoció y dijo: «Ella tiene más razón que yo, porque la verdad es que no la he dado por mujer a mi hijo Sela» (Gen 38, 25-27).

 

Tamar se ha arriesgado, pero ha logrado lo que quería, es decir, ser madre y tener un descendiente, que no será ya de su primer esposo (Er), sino del mismo padre de la tribu (Judá). Desde ese fondo ha de entenderse la “moralidad” de Tamar. Todos nuestros intentos por defenderla o condenarla en ese plano carecen de sentido, pues lo que está en juego no es la moralidad sexual de Tamar (en el significado actual), sino su función materna, el bien supremo para una mujer, en aquel contexto bíblico antiguo.

Este pasaje pone de relieve la fidelidad materna de Tamar, que logra tener unos descendientes a la tribu de Judá. Pues bien, precisamente en ese fondo destaca con más fuerza la ambigua moralidad de Judá (patriarca y símbolo de los judíos) que no tiene reparo en acostarse con prostitutas, mientras que está dispuesto a matar a su nuera sin escucharla (y después de haberle negado sus derechos).

 

4. Tamar, madre mesiánica (Gen 38, 27-30).

 

La historia termina con el nacimiento de Farés y Zéraj, los dos hijos gemelos de Judá y de Tamar (la que había sido esposa de Er y Onán). Así se consuma es la «Venganza de Tamar» (según el título de un drama de Tirso de Molina), una «venganza» de mujer, no en contra del varón, sino al servicio de la vida, como ha sabido destacar la tradición bíblica.

Tamar es la última de las “matriarcas” antiguas, una mujer que puede y debe compararse a Sara y Rebeca, a Lía y Raquel, aunque su origen sea probablemente cananeo. Frente a la mujer de Putifar, que aparece en el capítulo siguiente de la Biblia (Gen 39), queriendo acostarse con José, sólo por placer, a pesar de estar casada con otro hombre, Tamar se acuesta por justicia (y a escondidas) con el padre de sus esposos muertos, para darles descendencia (que será descendencia mesiánica). Parece una prostituta y, sin embargo, es más justa que el Judá, el patriarca del judaísmo. No es ejemplar, en sentido espiritualista, pero es ejemplo de moral al servicio de la vida.

Los hijos de Tamar serán los fundadores de la tribu de Judá, de manera que ella (una mujer cananea) aparece como aquella que ha marcado para siempre la línea de la tribu más representativa del judaísmo posterior, como matriarca de la que proviene David, por medio de Farés (cf. Rut 4,12, 18–22; 1 Chr 2–4), un antepasado del Jesús cristiano (cf. Mt 1, 3).

 

 

 


[1] Cf. J. A. Emerton, Judah and Tamar, VT 29 (1979) 403–415; J. Ebach,  Genesis 37 – 50 (HThKAT), Freiburg/Br. 2007; E. M. Menn, Judah and Tamar (Genesis 38) in Ancient Jewish Exegesis, en Studies in Literary Form and Hermeneutics (JSOT 51), Leiden 1997; S. Niditch, The Wronged Woman Righted: An Analysis of Genesis 38, HTR 72 (1979) 143–149; A. Wenin, Mujeres de la Biblia, Claret, Barcelona 2008.

Share

Discussion area - Dejar un comentario