La madre de Sansón, una vidente [1]

        samson-and-the-lion-by-lucas-cranach-the-elder[2]      Es (con Agar) el ejemplo más claro de una mujer a la que Dios (el ángel de Yahvé) se le revela de un modo personal, para anunciarle el nacimiento de un hijo salvador, conforme a un relato que suele llamarse de “anunciación”. En principio, la protagonista del relato es ella, aunque el texto empiece citando a su marido:

 

 Había un hombre en Sorá, de la tribu de Dan, llamado Manóaj. Su mujer era estéril y no había tenido hijos. El ángel de Yahvé se apareció a esta mujer y le dijo: «Bien sabes que eres estéril y que no has tenido hijos, pero concebirás y darás a luz un hijo. En adelante guárdate de beber vino o bebida fermentada y de comer algo impuro. Porque vas a concebir y a dar a luz un hijo. No pasará la navaja por su cabeza, porque el niño será nazir de Dios desde el seno de su madre. El comenzará a salvar a Israel de la mano de los filisteos (Jc 13, 2-5).

 

Ella es objeto de una visión (se le apareció) y de una audición divina: escucha al mismo Ángel de Dios que se le presenta como Señor de Vida y Salvación, es decir, como aquel que puede prometerle y “darle” un hijo, que será salvador para Israel. En principio, esto podría haber bastado, como en el caso de → Agar, que no consulta a nadie, ni siquiera a Abrahán, su marido, pues tanto Agar como la madre de Sansón son mujeres capaces de mantenerse a la escucha de Dios: ambas ven y oyen, descubriendo el futuro de sus hijos (el de Agar será padre de pueblo; Sansón será un “nazir”, consagrado de Dios). Pero Agar actúa por si misma, no necesita comunicar a nadie su secreto. Por el contrario, la madre de Sansón se lo comunica a su marido, pues quiere que él también participe de su experiencia. De esa forma, ella aparece como iniciadora de una historia de revelación compartida en la que ella actúa como “maestra” de su propio marido (Jc 13, 6-23); él parece dirigir la tema, pero la vidente decisiva es ella, su mujer.

 

Manóaj invocó a Yahvé y dijo: «Te ruego, Señor, que el hombre de Dios que has enviado venga otra vez donde nosotros y nos enseñe lo que hemos de hacer con el niño cuando nazca». Dios escuchó a Manóaj y el Ángel de Dios vino otra vez donde la mujer cuando estaba sentada en el campo. Manóaj, su marido, no estaba con ella. La mujer corrió enseguida a informar a su marido y le dijo: «Mira, se me ha aparecido el hombre que vino donde mí el otro día».

Manóaj se levantó y, siguiendo a su mujer, llegó donde el hombre y le dijo: «¿Eres tú el que has hablado con esta mujer?». El respondió: «Yo soy». Le dijo Manóaj: «Cuando tu palabra se cumpla ¿cuál deberá ser la forma de vida del niño y su conducta?». El Ángel de Yahvé respondió a Manóaj: «Deberá abstenerse él de todo lo que indiqué a esta mujer. No probará nada de lo que procede de la vid, no beberá vino ni bebida fermentada, no comerá nada impuro y observará todo lo que yo le he mandado (Jc 13, 8-14).

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Manóaj le pide a Dios que se aparezca de nuevo a los dos, cuando él esté con ella. Pero Dios se aparece otra vez sólo a su mujer, cuando ella está en un lugar despoblado (en el campo, no en la casa), como si tuviera una capacidad especial de ponerse en contacto con el misterio (que toma aquí la forma de “hombre”). Pues bien, esta vez, ella avisa a su marido, porque quiere que la “visión” y la tarea sea de los dos, como sucede de hecho. Significativamente, cuando el marido viene él “ve” lo mismo que ha visto ella y escucha de nuevo lo que ella ha escuchado. No hay una nueva revelación, sino una repetición de la anterior. El marido descubre (ve y escucha) sólo lo que ha visto y oído su mujer, la iniciadora.

El texto no recoge el nombre de la mujer, mientras que al marido se le llama desde el principio Manoaj (Jc 13, 2), pero es ella la que actúa como transmisora de la voluntad de salvación de Dios, que se encarnará en su propio hijo (Sansón). Nos hallamos, sin duda, ante una tradición antigua, de carácter simbólico (alguien diría “mítico”), vinculada quizá con un lugar donde se mantenía la memoria de una revelación de Dios, que se hace allí presente (como indica el sacrificio posterior que Manoaj ofrece: Jc 13, 15-21).

Lo que en este relato más importa no es la visión exterior, sino la fe del pueblo israelita que cree que se puede “ver” a Dios, y que hay mujeres especialmente dotadas que le han visto y escuchado (conforme a una dinámica psicológico/religiosa que se ha mantenido hasta la actualidad en lugares como Lourdes o Fátima), vinculando la experiencia de Dios con el proceso de generación y alumbramiento. Estoy convencido de que la memoria israelita contenía otras tradiciones como ésta, pero ellas no han sido recibidas por la Biblia oficial, muy reacia a las “apariciones femeninas”.

Esta aparición de Dios a la futura madre (que ella comparte después con su marido) puede entenderse como signo de una mayor receptividad (alguien diría “credulidad”) de las mujeres. Pero no es una receptividad enfermiza, al servicio de fantasías evasivas, sino una visión muy realista, al servicio de la vida. La mujer madre conoce a Dios desde el deseo de fondo de su vida (al servicio de los demás), y no con argumentos racionales. Además, ella sabe que una visión como la que ha tenido es valiosa y positiva, en contra de lo que teme su marido, como indica el final de la escena:

 

Al desaparecer el Ángel de Yahvé… Manóaj se dio cuenta de que había sido el Ángel de Yahvé y dijo a su mujer: «Vamos a morir, porque hemos visto a Dios». Su mujer le respondió: «Si Yahvé hubiera querido matarnos no habría aceptado nuestro holocausto y oblación, ni nos habría mostrado todas estas cosas ni nos habría comunicado una cosa así». La mujer dio a luz un hijo y le llamó Sansón. El niño creció y Yahvé le bendijo (Jc 13, 21-24).

 

Conforme a este pasaje, Manoaj se limitó a declarar un artículo de fe fundamental de la religión israelita: «Dios es invisible para el hombre, de forma que si un hombre le ve tiene que morir» (cf. Dt 5, 25). Pues bien, en contra de eso, la mujer eleva su realismo de madre (dadora de vida), oponiéndose a ese “dogma”, pues ella sabe que, en general, a Dios no se le ve (¡como dirían los teólogos!), pero sabe también que el Dios invisible se puede mostrar y se muestra de hecho, de manera que se le puede “ver” cuando actúa al servicio de la vida. Ésta ha sido la historia de la madre; más adelante (cap. 6) veremos la historia de las mujeres de Sansón.

 


[1] Para una introducción al tema, cf. M. Bal, Death and Dissymmetry. The Politics of Coherence in the Book of Judges (Studies in the History of Judaism) Chicago 1988. S. Muñoz Iglesias, Los evangelios de la Infancia I-IV, BAC, Madrid 1986/1990, ha estudiado la “anunciación” de la madre de Sansón, en su trasfondo histórico y literario, analizando su influjo las anunciaciones posteriores de la Biblia judía y del Nuevo Testamento. Para un estudio más preciso del ciclo de Sansón y de sus “mujeres”, cf. B. Balscheit, Simson. Ein Retter Israels. Eine Auslegung der Kapitel 13-16 des Richterbuches, Zwingli V., Zürich 1940; J.L. Crenshaw, Samson. A Secret Betrayed, a Vow Ignored, SPCK, London 1979; J. C. Exum, The Theological Dimension of the Samson Saga, VT 33 (1983) 30-45; P. Galpaz-Feller, Samson: The Hero and the Man. The Story of Samson (Judges 13-16), (Bible in History 7), Bern 2006; H. Gese, Die ältere Simsonüberlieferung (Richter c. 14-15), ZThK 82 (1985) 261-280; C. Houtman y K. Spronk, Ein Held des Glaubens? Rezeptionsgeschichtliche Studien zu den Simson-Erzählungen, Contributions to Biblical Exegesis and Theology 39, Leuven 2004;  P. Nel, The Riddle of Samson, Bib 66 (1985) 534-545; S. Niditch, Samson as Culture Hero, Trickster, and Bandit: The Empowerment of the Weak, CBQ 52 (1990) 608-624; H. J. Stipp, Simson, der Nasiräer, VT 45 (1995) 337-369; M.Witte, Wie Simson in den Kanon kam. Redaktionsgeschichtliche Beobachtungen zu Jdc 13-16, ZAW 112 (2000) 526-549.

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