Mujeres de la Biblia. Ana, la cantora, madre de Samuel

 samuel-ana-FD2[1]         Sigo con las mujeres “famosas” de la Biblia judía. Entre ellas sobresale   Ana la Cantora, madre de Samuel.   Su historia consta de una anunciación (que puede compararse con la de la anunciación de la  madre de Sansón y de la madre de Jesús  ) y de un canto (semejante a los de María la del Éxodo  y de Débora, la profetisa triunfadora). Ésta es  una historia fuerte, que nos sitúa en el centro de la dinámica de la Biblia Judía.

 

      a. Anunciación.

 

Está al comienzo del libro primero de Samuel, que es como una continuación del de los Jueces. No incluye una visión propiamente dicha (como en el caso de la madre de Sansón), sino que se sitúa en un contexto sacral (ante el sacerdote del templo) y de disputa de mujeres:

 

Hubo un hombre de Ramá…, que se llamaba Elcaná, de la tribu de Efraim. Tenía dos mujeres: una se llamaba Ana y la otra Penina; Penina tenía hijos, pero Ana no los tenía. Este hombre subía de año en año desde su ciudad para adorar y ofrecer sacrificios a Yahvé Sebaot en Silo… El día en que sacrificaba, daba porciones para su mujer Penina y para cada uno de sus hijos e hijas, pero a Ana le daba solamente una porción, pues aunque era su preferida, no tenía hijos. Su rival la zahería y vejaba de continuo, porque Yahvé la había hecho estéril. Así sucedía año tras año… y Ana lloraba y no quería comer.

Un día… después que hubieron comido…, se levantó Ana y se puso ante Yahvé. El sacerdote Elí estaba sentado en su silla, contra la jamba de la puerta del santuario, Estaba ella llena de amargura y oró a Yahvé llorando sin consuelo, e hizo este voto: «¡Oh Yahvé Sebaot! Si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y acordarte de mí, no olvidarte de tu sierva y darle un hijo varón, yo lo entregaré a Yahvé por todos los días de su vida y la navaja no tocará su cabeza».

Ana oraba en silencio, de manera que sus labios se movían, pero no se oía su voz, y Elí creyó que estaba ebria, y le dijo: «¿Hasta cuándo va a durar tu borrachera? ¡Echa el vino que llevas!». Pero Ana le respondió: «No, señor; soy una mujer acongojada; no he bebido vino ni cosa embriagante, sino que desahogo mi alma ante Yahvé. No juzgues a tu sierva como una mala mujer; hasta ahora sólo por pena y pesadumbre he hablado». Elí le respondió: «Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido». Ella dijo: «Que tu sierva halle gracia a tus ojos» Se fue la mujer por su camino, comió y no pareció ya la misma.

              Se levantaron de mañana y, después de haberse postrado ante Yahvé, regresaron, volviendo a su casa, en Ramá. Elcaná se unió a su mujer Ana y Yahvé se acordó de ella. Concibió Ana y llegado el tiempo dio a luz un niño a quien llamó Samuel, «porque, dijo, se lo he pedido a Yahvé» (cf. 1 Sam 1, 1-20).

 

La iniciativa no parte aquí de Dios (pues él no se aparece), sino de la misma mujer, que le pide un hijo y obtiene la certeza de que va a recibirlo. En los casos de Agar y de la madre de Sansón Dios mismo decía a la madre lo que su hijo sería. Aquí es la madre la que pide a Dios un hijo y se lo “promete”, diciendo que, en caso de tenerlo (de recibirlo de Dios), le hará “nazir”, consagrado de Dios, de manera que no se cortará nunca el cabello (1 Sam 1, 11. La versión de los LXX añade que no beberá nada fermentado; cf. Jc 13, 5).

Ana aparece así como una mujer emprendedora, que quiere definir y define la vida de su hijo, al que ella considera como “don de Dios” (en caso de tenerlo). A diferencia de la madre de Sansón, Ana no habla con su marido, ni le pide ayuda, ni deja que él decida lo que ha de ser su hijo, sino que es ella misma la que toma la iniciativa. En este contexto se sitúa la intercesión del sacerdote, que presenta ante Dios la petición de Ana (cf. 1 Sam 1, 19-20).

 

b. Canto. El pasaje más significativo de la historia de Ana no es la “anunciación” (su promesa de ofrecer a Dios la vida de su hijo), sino el canto de agradecimiento y profecía (1 Sam 2, 1-10), que ella eleva a Dios después de haberlo obtenido y ofrecido. Este canto (unido a los de → María y Débora) constituye una de las expresiones más significativas de la fe de Israel, desde la perspectiva de una mujer, que es aparece gran profetisa y vidente del pueblo, pues “ve” lo que ha de pasar e interpreta desde Dios la historia israelita:

 

Mi corazón se regocija por Yahvé,

por Yahvé se exalta mi poder,

      mi boca se ríe de mis enemigos

      porque celebro tu salvación.

No hay santo como Yahvé,

no hay otro fuera de ti,

no hay roca como nuestro Dios…

Se rompen los arcos de los valientes,

mientras los cobardes se ciñen de valor.

Los hartos se contratan por el pan,

mientras los hambrientos engordan

      La mujer estéril da a luz siete hijos,

      mientras la madre de muchos queda baldía.

Yahvé da la muerte y la vida,

hunde en el abismo y levanta;

da la riqueza y la pobreza,

Yahvé humilla y enaltece.

El levanta del polvo al desvalido,

alza de la basura al pobre,

      para hacer que se siente entre príncipes

      y herede un trono de gloria;

      pues de Yahvé son los pilares de la tierra

      y sobre ellos afianzó el orbe.

El guarda los pasos de sus fieles,

mientras los malvados parecen en las tinieblas,

porque el hombre no triunfa por su fuerza… (1 Sam 2, 1-9).

 

 Ésta es una confesión de fe gozosa, expresada en forma de alabanza, como muestra la primera parte del pasaje (2,1): la orante, madre del profeta, símbolo del pueblo, se eleva hacia Dios y canta. Su vida está firme y puede “reírse” de sus adversarios, pues celebra y canta al Dios que ha revelado su poder a favor de los israelitas, descubriendo y declarando que la tierra es ya lugar seguro para los fieles de Yahvé. De esa manera, su misma vida se vuelve liturgia y su palabra se hace canto para todos los israelitas.

      Pues bien, frente a ese gozo confesante, ella eleva también la palabra de advertencia dirigida a los que piensan gozar de firmeza, por sí mismos, volviéndose arrogantes ante Dios. Pero Yahvé lo sabe todo, conoce bien lo que está en el corazón del hombre, de forma que nadie puede vencerle ni engañarle. Por eso, la verdadera oposición no se establece entre los fieles (que se gozan en Yahvé) y los arrogantes (que pretenden cimentar la vida en su soberbia), sino entre los arrogantes, que quieren convertirse en dioses de este mundo, y Yahvé, Dios verdadero, que protege a sus devotos. Ana nos sitúa, según eso, ante un juicio teológico.

 

      En ese contexto se entiende la inversión que ella, madre profética, proclama y describe, en un plano militar, económico y demográfico. (a) Conflicto militar (2, 4). Antes dominaban los valientes cananeos, expertos en la guerra (=giborim); pues bien, ahora se han roto sus poderes (arcos, armas militares) y pueden elevarse triunfadores los antes cobardes (=niksalim), esto es, los israelitas, previamente dominados por el miedo. (b) Conflicto económico (2, 5a). Duramente deben trabajar por pan los que estaban hartos; en cambio, los antes hambrientos (israelitas) pueden ya vivir tranquilo, sin temor ni angustia alimenticia. (c) Conflicto demográfico (2, 5b). En situación de necesidad los niños mueren, pues las madres no los pueden engendrar o alimentar, como pasaba con los israelitas, que eran pocos, en comparación con los ricos cananeos. Pues bien, la situación se ha invertido: los israelitas crecen (pueden asegurar la vida de sus hijos), mientras decrecen los antes opresores.

 

Ana proclama de esta forma la gran inversión israelita. Siguiendo una lógica de fuerza, antes dominaban los poderosos del mundo: los que tenían buen ejército, los ricos y los numerosos. Pues bien, la presencia de Yahvé ha invertido esa lógica, de forma que ahora vencen los impotentes, cobardes y pobres, y así logran hacerse numerosos los que antes sólo eran una minoría amenazada. Ha podido suceder así porque el Dios de Israel es el poderoso, el que mueve los hilos de la historia, como ha visto y cantado Ana, la gran madre israelita.

 Antes dominaba el poder y la riqueza, la abundancia de los hombres. En ese contexto no podía hablarse de salvación de Dios (de los pobres), sino de imposición de los poderosos. Ahora, en cambio, ella, la madre antes estéril, descubre que su vida (la vida de su pueblo) se ha vuelto fecunda y así lo formula en este canto, ampliando su experiencia a todo el pueblo de Israel, que antes parecía estéril, al borde de la muerte, y que ahora (en el tiempo del comienzo de la monarquía: siglo X a.C.) empieza a mostrarse fecundo y abundante.

 

Este cambio de suertes (del vacío estéril a la fecundidad) sólo puede formularlo una mujer como Ana, que así aparece, con → María, como la primera profetisa y teóloga de Israel, pues descubre y dice que Dios dirige con poder la historia del pueblo, abriendo un camino de futuro salvador para los pobres israelitas. Ella es la teóloga y cantora de la gran “inversión”, por la que se expresa la lógica más alta de Dios (que da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta, humilla y enaltece), pero que no un Dios de puro azar, sino que, actuando de forma imprevisible, se revela como salvador de los pequeños y oprimidos: Él levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para hacer que se siente entre príncipes y herede un trono de gloria. Ésta es la verdad de Dios en Israel, la experiencia de un pueblo que puede elevarse y vivir (como ella, Ana, se ha elevado y vive).

 

Por encima de la lógica de la fuerza, que antes imperaba, Ana ha descubierto, en su propia vida (como madre), una experiencia más alta de misericordia y ternura, pues el hombre no triunfa por su fuerza (2,9), ni la justicia se extiende por imposición. De esa forma, ella pobre mujer estéril, viene a elevarse en Israel como representante de la abundancia y alegría de la vida, como cantora exultante del Dios de los pobres, en una línea que se repite y culmina en el Magnificat en el Nuevo Testamento (Lc 1,46-55).

Este canto de la madre profética, expresa y promueve un cambio cualitativo, que la tradición israelita identificará más tarde con los ideales mesiánicos formulados por los grandes profetas. Ana descubre y formula el triunfo de los débiles/pequeños, no por efecto de su propia fuerza sino como expresión de la fuerza de Dios, que promueve la victoria de los pobres/débiles/pequeños, pero no con el fin que sean como fueron los antes dictadores, sino para expandir sobre la tierra un tipo de vida que no es lucha impositiva. En este contexto podemos recordar y resumir el tema de los tres grandes cantos de Israel, cantos de mujeres,

 

                  – El Canto de Débora (Jc 5) nos sitúa ante una guerra claramente humana, entre los carros de combate de los cananeos y los voluntarios/campesinos de Israel, que no tienen carros de combate, pero que confían en el Dios de las batallas. Sobre las aguas de un llano, convertido en pantano por la lluvia, los israelitas se sintieron superiores, tomaron el control sobre la tierra y empezaron a crecer. Esa victoria militar, entendida como triunfo de los campesinos pobres, constituye el centro de la teodicea femenina de Débora: el mismo Yahvé ayuda desde el cielo (¡tormenta!) a los pobres soldados israelitas (y a Yael, que mata a Sísara).

 

                  – El Canto de María (Ex 15) interpreta el tema de la guerra desde antiguas tradiciones del éxodo de Egipto: triunfa un pueblo sin ejército, un grupo de fugitivos, que acaban de salir de la opresión y que no pueden enfrentarse a campo abierto contra los soldados de Egipto, pero que confían en la ayuda de Dios. Estrictamente hablando, los israelitas no presentan resistencia armada, ni tienen estructuras militares, pues, en este caso, los únicos soldados son los otros, los carros y caballos del Faraón y de Egipto. Desde aquí se entiende la teodicea de María, que canta al Dios que vence sin necesidad de armas humanas.

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