Mujeres de la Biblia: las que desviaron el corazón de Salomón

 La historia de Salomón está dividida en dos bloques. El primero, que es más largo y culmina de algún modo con el relato de la Reina de Saba (cf. 1 Rey 3-10), destaca sus logros administrativos, políticos y religiosos, centrados en la construcción del templo de Yahvé. El segundo, más corto (1 Rey 11,14-43) describe la desintegración del reino, que continúa en 1 Rey 12 ss.

Miradas las cosas históricamente, la desintegración ha comenzado por otras razones, de tipo económico y social. Pero el autor de la Biblia Judía ha echado la culpa a las mujeres extranjeras que arrastraron el corazón de Salomón hacia otros dioses, desviándolo de Yahvé, Dios de Israel. El tema se inscribe dentro del motivo general del riesgo de las mujeres extranjeras, que hemos visto en la historia de los orígenes (caps. 2-3) y veremos en la restauración de la identidad israelita tras el exilio (caps. 15-16). Aquí me limitaré a evocarlo, citando el texto clave del libro de los reyes,poniendo en cursiva la redacción antigua y entre paréntesis las adiciones posteriores:

 

El rey Salomón amó a muchas mujeres (extranjeras, además de la hija del Faraón, moabitas, amonitas, edomitas, sidonias e hititas y de los pueblos que había dicho Yahvé a los israelitas: No os unáis a ellas y ellas a vosotros, pues seguro que arrastrarán vuestro corazón tras sus dioses; pero Salomón se enamoró perdidamente de ellas). Él tuvo setecientas princesas y trescientas concubinas. (Y así, cuando llegó a viejo, las mujeres de Salomón desviaron su corazón tras otros dioses y su corazón no fue por entero de Yahvé, su Dios, como el corazón de David su padre. Salomón marchaba tras Astarté, diosa de los sidonios, y tras Milcón, ídolo de los amonitas). Salomón hizo lo que el Señor reprueba y su corazón no se mantuvo del todo al lado de Yahvé, como David su Padre. Por entonces Salomón edificó un altar a Camós, abominación de Moab, y a Milcón, abominación de los amonitas. (Y lo mismo hizo con todas sus mujeres extranjeras que quemaban incienso y sacrificaban a sus dioses) (Rey 11, 1-8)[1].

 

El texto antiguo (en cursiva) proviene quizá del tiempo de la monarquía y no culpa directamente a las mujeres ni las presenta como origen del pecado del rey, pues la abundancia del harén es signo de riqueza (de la abundancia de un reino) e incluso de la “virilidad” de un rey, que así aparece como hombre de gran fuerza sexual, lo cual, en aquel contexto, se tomaba como signo de bendición para el reino. Además, el hecho de que el rey se casara con mujeres extranjeras forma parte de la diplomacia, pues los pactos entre pueblos y reinos se concretaban en el intercambio de mujeres, que constituían un “capital económico” para regular las relaciones sociales. Finalmente, tanto por política como por paz familiar, Salomón debía respetar las creencias de sus mujeres, para las que lógicamente edifica lugares de culto.

Ciertamente, el texto antiguo afirma ya que Salomón “hizo lo que Dios reprueba”, pero no centra ese pecado en su matrimonio con mujeres extranjeras. Pues bien, en contra de eso, los añadidos posteriores (entre paréntesis, en letra redonda), introducidos tras el exilio (cf. cap. 16) interpretan a las mujeres extranjeras no sólo como responsables de la idolatría de Salomón, sino de la división y ruina posterior de su reino. Como hemos visto en cap. 1, los dioses aquí mencionados, en especial Astarté/Anat, la “esposa” de Baal, eran bien conocidos en Canaán y no pueden tomarse en modo alguno como extranjeros. Por su parte, Milcón (Moloc, Dios-Rey) y Camos aparecen con frecuencia como variedades locales del mismo dios Baal (el Señor), que domina en toda la historia primitiva de Israel.

Las adiciones al texto (que se sitúan en un tiempo cercano al exilio), describen a las mujeres extranjeras como instigadoras de la infidelidad de Salomón: desvían su corazón, le separan del amor a Yahvé y son causa de la división y ruina de su reino. Esas adiciones han debido ser introducidas cuando crece la preocupación por el matrimonio de judíos con mujeres extranjeras (moabitas, amonitas, edomitas, sidonias e hititas), a las que se hace responsables del pecado de Salomón (y del riesgo de pecado del pueblo, en tiempo de Esdras y Nehemías). Ellas son idólatras y constituyen un riesgo para los israelitas (representados por Salomón), a los que pueden seducir, conduciéndole a la idolatría.

Significativamente, el autor bíblico toma a esas mujeres como “chivo expiatorio” de las miserias del pueblo. Es evidente, que el rechazo y condena de las “mujeres extranjeras” de Salomón se ha introducido en un momento en que el matrimonio de los judíos con mujeres extranjeras constituye la máxima preocupación para un grupo de judíos que quieren mantenerse separados de todos los cultos y costumbres extranjeras. En ese contexto, tiende a suponerse que los hombres (como Salomón) son en sí mismos buenos y que el riesgo de corrupción de Israel proviene de las mujeres. No hará falta decir que ésta es una visión partidista y sesgada, pues los males del reinado de Salomón no provienen de sus mujeres, sino de su misma política “imperialista” y la causa de la ruina (real o simbólica) de Israel no proviene de las mujeres, sino del conjunto del pueblo, como seguiremos viendo.  

 


[1] Asumo la reconstrucción del texto propuesta por en E. Würthwein, Die Bücher der Könige. 1. Könige 1-16, Das Alte Testament Deutsch, Vandelhoeck, Göttingen 1977, 130-135, elaborada de un modo especial por Elisabeth M. Cook Steike, La mujer como extranjera en israel. Estudio exegético de Esdras 9 y 10, Universidad Bíblica DEI, San José 2004

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