Mujeres de la Biblia. Atalía, la reina madre asesinada[1]

            Era “hija” del Rey Omrí de Israel (884-874 a. C.) y hermana de Acab (874-852), siendo, por tanto, cuñada de Jezabel, de la que acabamos de tratar. Estaba casada con Jorán, rey de Judá (848-841) y actuó como gebîra durante el reinado de su hijo Ocozías, que murió en la sublevación de Jehú, que acabamos de evocar (841). Algunos investigadores suponen que no era hija estricta de Omrí, sino descendiente (nieta) y que sus padres eran Acab y Jezabel. Sea como fuere, era una mujer decidida, que quiso seguir en Judá la política de Acab/Jezabel, contando para ello con partidarios en la corte.

Su reinado empezó cuando Jehú mató a su hijo Ocozías y a los miembros de la familia real de Israel. Podemos suponer que ella tenía miedo de que la rebelión de Jehú se extendiese también a Judá, de manera que le mataran a ella y a los partidarios de Baal. En ese contexto se entiende su “golpe” o, quizá, mejor su “antigolpe” de Estado:

 

Cuando Atalía, madre de Ocozías, vio que había muerto su hijo [asesinado por Jehú, instaurador violento del Yahvismo en Israel se levantó y empezó a exterminar toda la estirpe real. Pero Josebá, hija del rey Joram y hermana de Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías y lo sacó de entre los hijos del rey a quienes estaban matando, y les puso a él y a su nodriza en el dormitorio, ocultándolo de la vista de Atalia, y no le mataron. Seis años estuvo escondido con ella en la Casa de Yahvé, mientras Atalía reinaba en el país (2 Rey 11, 1-3).

 

No conocemos los detalles religiosos y sociales de esta rebelión o “resistencia” de Atalía, de la que se dice que “empezó a exterminar toda la familia real”, aunque es claro que no logró hacerlo, porque su cuñada Josebá raptó a Joas, hijo de alguna de las mujeres de Ocozías y por tanto nieto de la misma Atalía. Ciertamente, Atalía debía contar con buenos defensores en el estamento social y religioso de Jerusalén y de Judá, que serían partidarios de las tradiciones jebusitas de la ciudad y de la coexistencia entre Baal (Ashera) y Yahvé, pues de lo contrario no podría haber reinado por seis años, como hizo, en contra de las tradiciones israelitas, en las que no se conocía la figura de una mujer reina.

No sabemos si tenía preparado algún hijo o nieto suyo para sucederle, aunque podemos suponer que sí. La Biblia le acusa de sangrienta, pero ella parece haber sido tolerante, en la línea de un pacto o convivencia entre las religiones de Baal y de Yahvé, pues dejó que, al lado del templo de Baal (y Ashera), funcionara el de Yahvé y no intervino mucho en su funcionamiento, pues no supo que allí se escondía Joas y que le estaban educando para coronarle rey cuando se hiciera mayor. Posiblemente, ella misma era sincretista, lo mismo que gran parte de la población que, como supone Elías en el juicio del Carmelo, parecía ir con muletas, inclinándose unas veces por Baal y otras por Yahvé (1 Rey 18, 21). Sea como fuere, ella permitió que se celebrara el culto del templo de Yahvé, dirigido por un sacerdote llamado Yehoyada, que estaba planeando la venganza. En este contexto se entiende la rebelión yahvista:

 

El año séptimo, Yehoyadá envió a buscar a los centuriones de los carios y de la escolta y los mandó venir donde él a la Casa de Yahvé y, haciendo un pacto con ellos, les hizo prestar juramento y les mostró al hijo del rey. Luego, les ordenó: «Esto es lo que tenéis que hacer: un tercio de vosotros, los que están de servicio el sábado, que custodien la casa del rey. Los otros dos tercios se quedarán guardando la Casa de Yahvé, junto al rey. Os pondréis en torno al rey, cada uno con sus armas en la mano. Todo el que venga contra vuestras filas, morirá. Estaréis junto al rey en sus idas y venidas». Los jefes de cien hicieron cuanto les mandó el sacerdote Yehoyadá… El sacerdote dio a los jefes de cien las lanzas y escudos del rey David que estaban en la Casa de Yahvé…

Hizo salir entonces al hijo del rey, le puso la diadema y las insignias y le ungió. Batieron palmas y gritaron: «¡Viva el rey!». Oyó Atalía el clamor del pueblo y se acercó al pueblo que estaba en la Casa de Yahvé. Cuando vio al rey de pie junto a la columna, según la costumbre, y a los jefes y las trompetas junto al rey, y a todo el pueblo de la tierra lleno de alegría y tocando las trompetas, rasgó Atalía sus vestidos y gritó: «¡Traición, traición!». El sacerdote Yehoyadá dio orden a los jefes de las tropas diciendo: «Hacedla salir de las filas y a los que estén con ella pasadlos por la espada», porque dijo el sacerdote: «Que no la maten en la Casa de Yahvé». Le echaron mano y, cuando llegó a la casa del rey, por el camino de la Entrada de los Caballos, allí la mataron.

 Yehoyadá hizo una alianza entre Yahvé, el rey y el pueblo, para ser pueblo de Yahvé… Fue todo el pueblo de la tierra al templo de Baal y lo derribó. Destrozaron sus altares y sus imágenes, y mataron ante los altares a Matán, sacerdote de Baal. El sacerdote puso centinelas en la Casa de Yahvé, y después tomó a los jefes de cien, a los carios y a la guardia y a todo el pueblo de la tierra, e hicieron bajar al rey de la Casa de Yahvé y entraron a la casa del rey por el camino de la guardia, y el rey se sentó en el trono. Todo el pueblo de la tierra estaba contento y la ciudad quedó tranquila; y a Atalía la habían matado en el palacio del rey (cf. 2 Rey 11, 4-20).

 

Se trata de una “rebelión sacerdotal yahvista”, utilizando las armas del templo de Yahvé (¡que no han sido destruidas por los baalistas!) y dirigida por los mercenarios reales, controlados por el Sacerdote de Yahvé, y no por Atalia, la “usurpadora”. Atalía no había logrado dominar a los “carios”, ejército profesional que formaba la “escolta real”, cosa que logró Yehoyada, el sumo sacerdote, haciendo que ellos se pusieran de parte del niño pretendiente. La rebelión triunfó, de manera que, en vez de gobernar Atalía (quizá como regente al servicio de otro rey futuro), gobernará el sacerdote de Yahvé, que controla al rey niño hasta su mayoría de edad.

Atalía parecía “tolerante” y representa la tradición más antigua de la tierra, en la que se mezclaban elementos yahvistas y baalistas, de manera que permitió que funcionaran en Jerusalén los dos templos, con sus sacerdotes, en una línea de sincretismo. Yehoyada, en cambio, era partidario del “sólo Yahvé” mandó destruir el templo de Baal y degollar a su sacerdote, siguiendo así la conducta de Jehú en Israel. La tradición posterior de Israel (y la Biblia Judía) ha seguido la línea del “sólo Yahvé”, con sus grandes valores de fidelidad moral, pero también con un riesgo intolerancia religiosa. En ese contexto, la figura de Atalía, que dejó que existieran en Jerusalén un templo de Baal y otro de Yahvé, merece ser recordada con agradecimiento.

 

 


[1] Cf. J. Begrich, Atalja, die Tochter Omris, ZAW 35 (1935) 78-79; H. Donner, Art und Herkunft des Amtes der Königinmutter im Alten Testament, R. Kienle (ed.), Festschrift Johannes Friedrich zum 65. Geburtstag, Winter V., Heidelberg, 1959,105-145; H. J. Katzenstein, Who Were the Parents of Athaliah? IEJ 5 (1955) 194–97; C. Levin, Der Sturz der Königin Athalja. SBS 105. Stuttgart 1982; E. Puech, Athalie, fille d’Achab, et la chronologie des rois d’Israël et de Juda, Salmanticenses 28 (1981) 117–136 (aparece también en R. Aguirre y F. García (eds.), Escritos de Biblia y Oriente, Universidad Pontificia, Salamanca 1981); W. Rudolph, Die Einheitlichkeit der Erzählung vom Sturz der Atalja (2 Kön 11), en W. Baumgartner (ed.), Festschrift A. Bertholet, Mohr, Tübingen 1950, 473–478.

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