El dolor de ser mujer en el Antiguo Israel: Las esposas de Lamec, Acsah, la Bella Cautiva….

 He presentado grandes figuras de mujeres en el Antiguo Testamento. Hoy quiero comenzar una serie más pequeña, dedicada al dolor de ser mujer. En esa línea presentaré algunos textos significativos que nos ayudan a situar el tema en un contexto de violencia y guerra,  para terminar hablando del matrimonio como rapto y violación, desde una perspectiva histórica y simbólica.

 

1. Adah y Silah, mujeres de Lamec 

 

Son las primeras mujeres/esposas de las que habla la Biblia Judía y aparecen ya en un contexto de lucha, donde el varón/marido las mantiene con violencia y las defiende también de la violencia ajena. La Biblia no justifica lo que pasa, sino que se limita a contarlo sobriamente. Lamec, descendiente directo de Caín, asesino de su hermano, es el primer opresor de las mujeres:

 

Lamec tomó para sí dos mujeres. El nombre de la una era Adah y el nombre de la segunda Sllah (que fueron madres de pastores, músicos y herreros)… Y dijo Lamec a sus mujeres: «Adah y Sillah ¡escuchad bien mi voz! Mujeres de Lamec ¡prestad oído a mi palabra! Yo he matado a un hombre por causa de una herida, a un muchacho por razón de un golpe; pues Caín será vengado siete veces y Lamec setenta y siete» (Gen 4, 19-24)[1].

 

Este relato se inscribe dentro de la tradición de violencia de Caín y Abel, dos varones hermanos que  luchan entre sí, con el resultado de que uno mata al otro. El texto supone que somos hijos de Caín, asesino de su hermano, a quien el mismo Dios protege pues si todos los asesinos tuvieran que ser vengados la misma humanidad se acabaría destruyendo sin remedio. En ese contexto puede situarse la figura de Lamec, creador cultural, héroe civilizador,  descendiente de Caín (agricultor) y Henoc (fundador de la ciudad), y padre de unos hijos que aparecen como creadores de los restantes tipos de vida organizada (pastores, músicos y herreros, cf. Gen 4, 17-22).

Pues bien, el texto citado le presenta como organizador de la vida familiar (del matrimonio histórico), que empieza siendo polígamo, pues se dice que Lamec  ha tomado dos mujeres a las que domina con violencia. Este pasaje no explica el paso de la monogamia ideal, igualitaria (que se supone en Gen 1, 27-28 y en 2, 21-25) a la poligamia real, donde el varón aparece como cabeza de dos o más mujeres, que él debe defender con violencia: Lamec, descendiente de Caín, el asesino, actúa de esa forma como dueño y vengador de sus mujeres.

Sólo él (el varón) tiene la palabra, mientras las mujeres aparecen como receptoras pasivas de su ley de violencia sagrada y social. Ellas carecen de voz, no pueden decir nada, simplemente  escuchan lo que Lamec les dice: son posesión que él debe custodiar con celo y sangre, son mujer-objeto, “protegidas” por una ley de venganza (¡setenta y siete veces!) que tiene dos finalidades: mantener a las mujeres sometidas (que introyecten la ley de su marido), expulsar a los posibles contendientes (otros machos que puedan desearlas).

Éste es el primer mercado y guerra, que convierte a la mujer en objeto de  dominio y disputa entre varones. Nacen así juntas la propiedad (las mujeres son de Lamec), la defensa violenta (Lamec lucha para defender a sus mujeres), y el derecho que la justifica. Por causa de mujeres (para poseerlas y robarlas) combaten los varones. Para domarlas se instaura la primera ley de dominio y venganza, no como norma de razón sino como principio de violencia “civilizadora”.

Más que fuente de atracción sexual (como aparecía en Gen 2, 23), la mujer aparece aquí como objeto de dominio del varón y madre de sus hijos. La evolución posterior de la humanidad se establece así en claves de violencia (masculina) y sometimiento (femenino). Esta ley de Lamec no ha definido toda la historia posterior de la humanidad, pero ha tenido mucho influjo en ella. Ciertamente, con el tiempo las cosas han cambiado, pero en muchos lugares sigue habiendo una violencia de género parecida a la de Lamec.

 

  2. Acsah, mujer/ciudad conquistada.

 

 La relación entre guerra y sexo que aparecía velada en el texto anterior viene a presentarse de manera más clara en diversos pasajes de la tradición bíblica (y de otras muchas otras culturas, a lo largo de la historia). La mujer aparece así como premio (¿descanso?) para el guerrero triunfador:

 

Y Kaleb dijo: – A quien bata a Qiryat-Séfer y la tome le dará a mi hija ‘Acsah como mujer. Y la tomo Otniel, hijo de Qenaz, hermano menor de Caleb; y éste le dio a Acsah su hija como mujer… Caleb le preguntó: – ¿Qué te pasa. Y ella contestó: – ¡Concédeme una bendición! (=berakah, que significa también regalo, alberca, pozo). Ya que me has dado una tierra desierta (=pais del Neguev), dame también fuentes de aguas. Y le dio Caleb las Fuentes de Arriba y las Fuentes de Abajo (Jc 1, 12-13. 14b-15).

 

 El padre, que actúa como dueño de su hija, se la entrega al guerrero más fuerte, que sea capaz de conquistar la ciudad. Como veremos más tarde, →  Jefté “sacrificará” su hija a Dios, Caleb se la entrega a un marido. Ella, Acsah, acepta su suerte y pide a su padre que, junto al campo yermo que rodea a la ciudad, le conceda un estanque de aguas (berakah: alberca, bendición), para que los habitantes de la ciudad puedan recibir la abundancia de la vida. Así aparece como persona activa y como como mediadora entre padre y esposo. Tiene una palabra, un gesto de mujer, al servicio de la vida. Para realizar su función y ser madre necesita las fuentes del agua (Jc 1, 14-15)[2]

En este contexto añadimos que ella aparece simbólicamente como ciudad que se debe conquistar. No es  un sujeto persona con quien hay que dialogar, para mantenerse en comunión con ella, sino una dificultad que se debe vencer, algo que se debe tomar (conquistar, dominar) por la fuerza, siendo objeto de contrato entre padre y marido. De esa manera, siendo objeto de conquista (tomar la ciudad), ella se vuelve mercancía, aunque pueda realizar una función activa ante su padre: para volverse madre y alimentar a los hombres, ella necesita las albercas de agua, apareciendo así como mujer que sabe expresar su voluntad, al servicio de la vida.

 De todas maneras, la mujer no tiene libertad. Nadie le pregunta si quiere o no quiere, no se le ofrece elección entre un marido u otro, sino que está a merced del más astuto y/o violento, de quien sepa conquistar la ciudad (conquistándola a ella), según la voluntad de su padre, que pone un precio grande por ella, pues vale igual que una ciudad (la Ciudad del Libro,  Qiryat Sefer). De esa forma, ella misma aparece quizá como libro donde el guerrero tiene que inscribir su nombre, dejar su descendencia.  

En este contexto se puede hablar quizá de una violencia civilizadora, por medio de la cual el hombre guerrero y conquistador se vuelve marido de una mujer que le consigue el agua de su estanque y le ofrece el libro de su vida, para que inscriba allí su historia de varón. Aquí no hay robo ni rapto, sino guerra y comercio en torno a las mujeres.   

 

 3. La bella cautiva

 

Uno de los textos de la Biblia Judía que más nos ayudan a comprender la condición de la mujer es la ley de la bella cautiva:   

 

  Cuando salgas a la guerra contra tus enemigos y Yahvé, tu Dios, los entregue en tu mano y cautives cautivos y veas entre los cautivos una mujer de hermoso aspecto y la deseas y la tomas por esposa, la introducirás dentro de tu casa y se rapará la cabeza y se cortará las uñas; y se quitará el vestido de cautiva y habitará en casa y llorará a su padre y a su madre por un mes; y después de esto entrarás en ella y la poseerás y será para ti esposa. Y si resulta que después no la quieres la dejarás marchar en libertad, pero no la venderás por dinero, ni la convertirás en esclava, pues la has humillado (Dt 21, 10-14).

 

En la base de de esa ley parece hallarse la norma general que permite tomar a saco una ciudad: matar a los varones, violar a las mujeres, quemar los bienes inmuebles y tomar como botín los bienes muebles. Pues bien, sobre esa norma se eleva esta ley que se aplica para el caso de un guerrero que no quiere limitarse a saciar su deseo una mujer de la ciudad vencida, sino tomarla como esposa (sin violarla ni esclavizarla). En ese caso, el guerrero tiene que diferir su apetito y seguir con la mujer un ritual de “humanización”: dejar que llore un mes por su familia (como se llora por los muertos), para comenzar luego con ella una vida nueva de matrimonio. Desde ese fondo deben destacarse algunos rasgos de esta ley.

 

(a) Es normal que la bella cautiva sea virgen y que viva en la casa de sus padres, por quienes llora durante un mes (no por sus hijos). De todas formas, el texto no legisla sobre la condición de la mujer, sino sobre el deseo del varón, que, normalmente, en una guerra, quiere recibir el “premio” inmediato de volar a unas mujeres. Tampoco  está en juego la descendencia del guerrero (que puede tener otras mujeres legítimas con hijos que mantengan su memoria),  sino su comportamiento con una mujer a la que quiere hacer su esposa.

 (b) El guerrero que quiere casarse con la cautiva debe retrasar su deseo, es decir, que tiene esperar y respetar por un tiempo a una mujer, a fin de poder tener después siempre a su disposición. De esa manera, el rapto inmediato (propio de la guerra) se convierte en posesión duradera, para bien del propio marido, que espera que la mujer acepte su situación y colabore.

(c) Ésta es una ley de renacimiento femenino. El varón ha de renunciar a la violencia inmediata, esperando que su nueva mujer “madure”, adaptándose a nueva vida, para así domesticarla (hacerla de su domus, casa) para siempre: tiene que cambiar sus vestidos, cortarse su pelo y sus uñas  y llorar durante un mes por aquello que ha muerto para ella (la casa de sus padres). El texto supone que ella puede y debe cambiar en este tiempo.

 

Ese ritual de renacimiento convierte a la mujer raptada en propiedad “especial” (esposa) del marido, de forma que él ya no la puede vender ni esclavizar después al modo usual, como se hace con mujeres que no han pasado el rito (que son esclavas, no esposas). En ese sentido decimos que ésta es una ley humanizadora, pues hace que el hombre trate a la cautiva como mujer y no como su esclava. Ésta ley nos lleva casi a la frontera de una guerra donde la pura violencia (muerte, violación) tiende a convertirse en principio de relación personal (aunque la mujer no tiene la posibilidad de rechazar aquello que le proponen). Ciertamente, a la bella cautiva se la trata con cierta humanidad, pero, en sentido estricto, ella sigue estando dominada bajo una ley de violencia que concede a los varones el derecho de tomar mujeres, según su deseo.

  Nadie ha preguntado a la mujer si quiere; nadie le ha dicho si prefiere morir o ser raptada. Una vez que ha sido vencida y tomada (como una ciudad), ella carece de patria y familia, de protección y seguridad. No es sujeto ni persona, sino objeto al servicio del deseo y quizá de la memoria (descendencia) de unos hombres que siguen creyéndose llamados por Dios para cumplir una tarea especial sobre el mundo. Ciertamente, la ley dice que el esposo no podrá venderla como esclava, sino que tiene que dejarla en libertad en el caso de que un día ya no la desee, sino que prefiera repudiarla (quizá para no seguirla manteniendo). En ese caso, ella consigue la libertad. Pero ¿qué podrá hacer con esa libertad? No puede volver a la casa del padre (que fue destruida). Sólo le queda morir o volverse prostituta[3].

 


[1] Estudio básico del texto en G. von Rad, Génesis, BEB 18, Sígueme, Salamanca 1977, 131-136; C. Westermann, Genesis 1-11, Augsburg PH, Minneapolis 1987, 321-344. De un modo especial, cf. S. Croatto, Exilio y sobrevivencia. Tradiciones contraculturales en el Pentateuco. Comentario de Gen 4-11,  Lumen, Buenos Aires 1997 e I. Gómez Acebo (ed), Relectura de Génesis   En clave de mujer,  Desclée de Brouwer, Bilbao, 1997.

[2] Ha expuesto el tema M. Bal, Death and Dissymetry. The Politics of Coherence in the Book of Judges, UP, Chicago 1988, 153-165.   Sobre el trasfondo simbólico de la ciudad, cf. J. Rykwert,  La idea de la ciudad, Sígueme, Salamanca 2002. Sobre la ciudad como consecuencia arquetípica de la rebelión del hombre contra su condición humana en el mundo, según la Biblia, cf. J. Ellul, La Ciudad, Aurora, Buenos Aires 1972.

 

[3] Entre esta ley del rapto y la norma más tardía de la prohibición de matrimonios mixtos, es decir, de casarse con mujeres extranjeras (de la que trataremos de un modo especial en cap. 6) hay un hilo conductor constante: las mujeres son víctimas de una guerra de varones. Por eso, los   varones más fieles de Israel tendrán que expulsar de la tierra y raza santa a las mujeres extrañas, sin pedirles su opinión, sin contar con sus posibles razones y dolores, porque se supone que ellas son un riesgo para los fieles varones (cf. Es 9-10; Neh 8-10).

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