Guerra para conquistar mujeres

  •  Son muchos los pueblos que conservan la memoria de guerras que se hicieron, hasta tiempos relativamente recientes, para conseguir mujeres, desde Roma hasta México y la India. En un momento de necesidad, cuando un grupo  carece de mujeres suficientes las “compra” (intercambio comercial) o lucha por ellas. El caso más significativo de la Biblia Judía aparece en Jc 21, cuando se habla de la guerra por el crimen de Guibea (con la muerte de la → concubina del levita, cf. Jc 19-21), de la que hablaremos más tarde.

Una historia de violencia

En ese contexto se nos dice que los “violadores” humillados y derrotados de la tribu de Benjamín corren el riesgo de quedar sin descendencia, porque no tienen mujeres y ninguna de las otras tribus de Israel se las puede dar, pues han jurado mantenerse separados de ellos. Pues bien, en ese momento, los mismos que niegan sus mujeres a los benjaminitas (para no romper un pacto) les proponen un medio distinto para casarse y tener descendencia: luchar contra la ciudad “traidora” de Jabes Galaad y robar a sus mujeres:

 

Entonces la Asamblea de Israel mandó allí a doce mil hombres valerosos y les dieron órdenes diciendo: «Id y matad al filo de la espada a todos los habitantes de Yabes Galaad, incluidos mujeres y niños. Y obrareis de esta manera: ¡Exterminaréis a todo varón y a toda mujer que haya conocido varón acostándose con él, dejando con vida a las solteras!».  Y encontraron entre los habitantes de Yabes Galaad cuatrocientas jóvenes vírgenes (=capaces de ser madres) que no se habían acostado con varón (= no habían yacido con él para dejar recuerdo). Y las llevaron al campamento de Siloh… (Y la Asamblea de Israel se las dio a los benjaminitas…) (Jc 21, 10, 14).

 

Esta guerra tiene dos fines: vengarse de la ciudad desleal a la alianza (pues no se ha unido en la guerra a las otras tribus de Israel) y raptar a las muchachas casaderas. (1) La venganza recae sobre varones y niños y sobre mujeres que han conocido varón. Es evidente que mujeres y niños no son responsables del posible pecado de la ciudad, pero no cuentan por sí mismas y mueren con los hombres (a cuyo servicio de semen/memoria se encuentran). (2) Por el contrario, las mujeres casaderas que no han conocido varón son raptadas y entregadas como esposas a los benjaminitas. Han de ser jóvenes (ne’ara) y vírgenes (betulah, es decir, sexualmente maduras), pero sin haber “conocido” varón todavía.

 Nadie pregunta a las mujeres lo que quieren, ni se preocupa por sus dolores y sus culpas, nadie pide su consejo: unas son asesinadas (las mujeres casadas o sexualmente “utilizadas”), otras son raptadas para entregarlas los benjaminitas, violadores  perdonados, para que así quede memoria de la tribu.

De forma significativa, varón y memoria se dice en hebreo de igual modo (zakar). Por eso, acostarse como varón y acostarse dejando memoria (le mishkab zakar), son lo mismo. Eso significa que la mujer en sí no tiene valor, ni tampoco su virginidad o intimidad como posible “virtud”, en el sentido posterior. Ella vale en cuando propiedad del marido: sirve para darle memoria o descendencia. Por eso, los delegados de Israel tienen que matar a las mujeres que han conocido varón (han estado al servicio de la descendencia de otros), pero raptan y llevan a las mujeres ya maduras que no han conocido varón (para que sirvan para dar descendencia a los benjaminitas). 

Las mujeres en sí no tienen descendencia, no dejan memoria, no valen como personas, sino simplemente como medio para que los hombres expandan su memoria. En ese contexto se entiende la guerra de las tribus federadas contra los habitantes de Jabes Galaad a los que derrotan y exterminan, simplemente para robar y utilizar a sus mujeres vírgenes, que sirven para que los benjaminitas dejen en ellas su remen-recuerdo y así pueda perdurar su tribu. Por causa de ellas luchan los varones, no para defender el derecho de las mujeres, sino su privilegio de varones.

 

5. Rapto de mujeres

 

En el contexto anterior de la guerra por el asesinato de la concubina del levita (Jc 19-21) se añade todavía una historia de rapto sin guerra, pero ya sin necesidad de guerra. El texto supone que cuatrocientas mujeres vírgenes que se han conseguido en la guerra de Jabes Galaad no han bastado para todos, de manera que hay muchos benjaminitas que no tienen esposa, ni pueden dejar su memoria en Israel. Por eso, la asamblea de las tribus  les indica que pueden raptar a las muchachas en la fiesta más sagrada del otoño.   

 Es evidente que en el fondo del relato hay una especie de folklore, una leyenda de la fiesta de Yahvé, relacionada a la vendimia y el baile de las viñas en otoño. Danzan las muchachas no casadas y se esconden en las cepas los guerreros, para salir luego y llevar cada uno a la que quiere o puede conseguir por fuerza. Estrictamente hablando aquí no hay guerra, sino robo.

Es la fiesta de Yahvé, celebración de la vida sobre el campo en el otoño, tiempo de deseos. Se puede suponer  que habrá muchachos mirando con deseo tras las cepas. Se puede suponer que las muchachas han salido a bailar sabiendo que pueden ser raptadas. Sea como fuere, este baile de muchachas en otoño viene a presentarse  como tiempo de guerra nupcial, de rapto bendecido por el mismo Dios. La mujer nace y se educa para ser robada, en una fiesta de Yahvé que se interpreta de algún modo  como guerra[1]. En este contexto se sitúa el “consejo” de la asamblea de Israel y la “acción” de los benjaminitas, es decir, de aquellos que corren el riesgo de quedar sin mujeres:

 

(Reflexión de la asamblea) ¿Qué podemos hacer para proporcionar mujeres a los que quedan, pues las mujeres de Benjamín han sido exterminadas? ¿Cómo conservar un resto a Benjamín para que no sea borrada una tribu de Israel? Porque nosotros no podemos darles nuestras hijas en matrimonio ¡Pues habían pronunciado este juramento: Maldito quien que entregue mujer a Benjamín!

(Consejo, en le fiesta de Yahvé). Pero se dijeron: Es ahora la fiesta de Yahvé (que se celebraba todos los años en Silo…)   Y dieron esta orden a los benjaminitas: Id a poner una emboscada entre las viñas.  Estaréis alerta, y cuando las muchachas de Silo dancen en corro, saldréis de las viñas y raptaréis cada uno una mujer de entre las muchachas de Silo y os iréis a la tierra de Benjamín. Si sus padres o hermanos vienen a querellarse contra vosotros, les diremos: “Hacednos el favor de perdonarles…”.

(Acción de los benjaminitas). Así lo hicieron y cada uno llevó a una mujer, de entre las danzarinas que raptaron; luego se fueron, volvieron a su heredad, reedificaron las ciudades y se establecieron en ellas (Jc 21, 16-23).

 

    El problema de la falta de mujeres se resuelve cuando las muchachas salen a bailar entre las viñas, dispuestas a mostrarse a sí mismas en la fiesta del vino de y de la fecundidad para los varones. Ellas son representantes de Dios, portadores de vida y celebran en la danza en la fiesta de Yahvé, en Silo, junto al santuario. Puede tratarse de una fiesta cuando las viñas empiezan a brotar… (cf. Cant 6, 11; 7, 12-13), pero es mucho más probable que se trata de la fiesta que se celebra cuando la vendimia ha terminado (en el entorno de la fiesta llamada los Tabernáculos, que es celebración del vino y matrimonio, en el otoño).

No sólo han venido las muchachas casaderas, sino que están en fiesta sus padres y hermanos, es decir, es decir, sus tutores. Las muchachas bailan, elevando con el ritmo de sus cuerpos un canto a la vida. Se supone que los hombres beben el vino nuevo (mosto) recién preparado, de la uva de las viñas: beben, se alegran y se fijan en aquellas que más les convienen, para sacarlas del baile y ofrecerles matrimonio. Con esto acabará el verano; un año más se animarán las bodas, acabada la vendimia. Allí mismo se estipulan los contratos: unos roban, otros consienten, ellas son raptadas.

Pues bien, en este contexto irrumpen los benjaminitas, que no estaban a la visa de todos, en la fiesta, sino escondidos en las viñas, para apoderarse así de las muchachas, rompiendo el pacto social establecido donde el rapto de muchachas estaba socialmente regulado (de manera que cada muchacho había ya escogido previamente a la muchacha). Año tras año salen y bailan sobre el campo, entre las viñas, las muchachas de Silo (y otros lugares) en gesto que expresa el gozo de la vida, en un momento y lugar donde se “arreglan” los matrimonios. Pues bien, en ese momento, rompiendo los moldes de la fiesta establecida, irrumpen los varones guerreros escondidos para robar sin más a las muchachas, por la fuerza.

Estos guerreros no son los muchachos del entorno próximo, que ellas ya conocen y con los que han pactado de algún modo el matrimonio, sino unos invasores, que vienen de fuera (con el permiso implícito de la asamblea). Ellos no preguntan a las muchachas “raptadas” si quieren, no les piden permiso, pues piensan que la “ley” de violencia de la guerra se puede imponer sobre las danzantes. Con ese supuesto apoyo legal salen de sus escondites y roban a las muchachas casaderas, mientras sus padres o hermanos “cuidadores” deben consentir en la violencia, pues ellos también son también responsables y cómplices de esta guerra/fiesta de Yahvé, dirigida contra las mujeres a quienes se dirá que es un honor y gloria ser raptadas y empleadas sexualmente, para que perdure la memoria de los varones guerreros (violadores, ladrones) sobre el mundo. 

Entre el “matrimonio por rapto pactado”, que se celebra en las fiestas normales de la vendimia de Silo, donde asisten muchachos y muchachas que ya se conocen, por sí mismos y por sus familia, en un baile peculiar de rapto sin violencia,  y el “matrimonio del robo violento” de los benjaminitas que irrumpen en la fiesta y llevan consigo a las mujeres que quieren, de un modo impositivo, para casarse con ellas por la fuerza, hay muchos intermedios. Por otra parte, cierto tipo de rapto matrimonial ha existido hasta hace poco tiempo, en diversas cultura. Pero el caso del rapto realizado por los benjaminitas (¡con permiso implícito de los padres de las muchachas!) nos sitúa en el límite de la pura violencia. En ese contexto, algunos han podido decir que en todo matrimonio forzado hay un tipo de rapto de la mujer.

 


[1] Cf. R. de Vaux, Instituciones del Antiguo Testamento, Herder, Barcelona 1985, 622-623.

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