La Hija de Jefté

 Abraham, a quien Dios pidió el sacrificio de su hijo Isaac, para pedirle después que no lo hiciera y que, en su lugar, sacrificara un cordero es  quedado en la Biblia judía como padre de los creyentes. Por el contrario, Jefté, que ha sacrificado de hecho a su hija, cumpliendo de esa forma un voto religioso, ha terminado siendo una figura marginal para los lectores de la Biblia.

Pienso, sin embargo, que el  sacrificio de la hija de Jefté resulta muy importante para comprender Biblia. Normalmente, las hijas han sido “sacrificadas” por sus padres  (y después por sus esposos), en aras de una determinada concepción patriarcalista de la vida. Muchos tienen miedo de hablar de este tema, que resulta, sin duda, horrible, pero la Biblia lo desarrolla sin inmutarse, pues expresa (sigue expresando) un tema clave de la historia humano: hay un tipo de victoria económico o militar (en línea de sistema) que implica la utilización y/o destrucción de millones de mujeres.

Situemos el texto. Eran tiempos de dura violencia, una época «sin reyes» (quiere decirse «sin leyes»), en la que cada uno hacía lo que quería (cf. Jc 21, 25), y los israelitas se hallaban amenazados de muerte por unas tribus de amonitas. Pues bien, los representantes de Yahvé, es decir, del pueblo de la alianza,  incapaces de vencer esa amenaza, pidieron a Jefté, un guerrillero marginal, que asumiera el control de la guerra. Él lo hizo y, siguiendo las más duras costumbres de su tiempo, ofreció a Dios un voto, «prometiéndole la vida de aquel que saliera a recibirle de su casa cuando llegara victorioso»:

 

 Y Jefté hizo un voto a Yahvé: – Si entregas a los amonitas en mi mano, al primero que salga a mi encuentro, de las puertas de mi casa, cuando regrese victorioso lo ofreceré para Yahvé en holocausto… Y cuando regresaba…  le salió a recibir su hija con  címbalos y danzas. Y ella era única; no tenía fuera de ella hijo ni hija. 

Al verla, Jefté rasgó sus vestiduras y exclamó: – ¡Ay, hija mía! Me has perturbado por completo. Tú misma me has hecho desgraciado, pues yo he abierto mi boca ante Yahvé y no puedo volverme atrás! Y ella le respondió: – Si has abierto tu boca ante Yahvé, cumple conmigo lo que prometiste, pues Yahvé te ha concedido vengarte de tus enemigos, de los hijos de Amón. Y le pidió también a su padre: – ¡Que me concedan esto! Déjame libre dos meses,  para que habite entre los montes y llore mi virginidad con mis compañeras. Él le contestó ¡vete! y la mandó por dos meses.

Y fue con sus compañeras y lloró su virginidad por los montes. Y al cabo de dos meses volvió donde su padre y él cumplió con ella el voto que había prometido. Y ella no había conocido varón. Y quedó por costumbre en Israel que año tras año vayan las hijas de Israel a cantar a la hija de Jefté, el galaadita, cuatro días al año (Jc 11, 30-31.34-40)[1].

 

 Del padre Abraham, a quien Dios pide la vida de su hijo Isaac (sustituido después por el cordero: Gen 22), pasamos a Jefté, padre guerrero, que ofrece y sacrifica a su hija, en acción de gracias por la victoria obtenida sobre los enemigos, en gesto de cruel intercambio religioso: «Dios me ha dado lo más grande, la victoria; yo tengo que darle lo mejor que tengo, la vida de mi hija».

Algunos han pensado que Jefté ha caído en la trampa de su irreflexión, ofreciendo a Dios «al primero que salga por las puertas de mi casa», sin saber de quien se trataría (suponiendo que sería un animal). Pero el texto supone que Jefté sabe bien lo que dice: no tiene mujer ni más familia, de manera de su casa de guerrero sólo puede salir una persona para recibirle con júbilo, dirigiendo el coro de cantoras que celebran la victoria: su querida y única hija.  

No puede salir de su casa un animal  de sacrificio (oveja o novillo), pues un animal de ese tipo no habita en una casa. Tampoco puede salir de ella, por casualidad, algún personaje extraño, pues en la casa de Jefté sólo habita una persona que puede recibirle con gozo, «desde las puertas » (cf. Jc 11, 31): ¡Su hija! Jefté lo sabe y así la ofrece  a un Dios de violencia, al servicio de la guerra. Eso significa que el duro padre y guerrero ha negociado con Yahvé su victoria militar al coste de su hija.

 

1. Yahvé, Dios de la guerra, necesita un precio para aplacarse y conceder victoria al jefe militar israelita. Quiere, como siempre, lo más grande: la vida de la hija única y virgen del guerrero, «que llora por los montes su virginidad». La desea para sí, sin que nadie más pueda casarse con ella, ni tener hijos. Así viene a mostrarse como un Dios del sacrificio violento, que quiere precisamente lo más importante y valioso: la vida de la joven, la renuncia al sexo y a la maternidad.

2. Jefté, guerrero sacerdote, viene a presentarse de esa forma como dueño de la vida de su hija, de la que dispone como “valor de cambio” para negociar con ella (como el padre que podría venderla como esclava: Ex 21, 7). Ciertamente, él consigue la victoria, pero a costa de su hija. Abraham iba a ofrecer a Dios su “único hijo” por nada, para mostrarle su fidelidad. Jefté promete a su hija a Dios para conseguir la victoria, y cuando la logra se la ofrece. El texto bíblico actual condena los sacrificios humanos (cf. 2 Rey 3, 27; Lev 18, 21; Dt 12, 31; 18, 10), pero este pasaje muestra que existieron.

 

Este sacrificio de la hija de Jefté pertenece a la historia primigenia de la humanidad y tiene equivalentes en otros pueblos (desde el sacrificio de Ifigenia en Grecia hasta la muerte de doncellas casaderas mexicanas en las fiestas del Dios del maíz). Conforme a la lógica de este sacrificio (y del Dios que está en su fondo), Jefté ofrece a Dios lo más propio que tiene, su hija (los hijos se independizan; las esposas vienen y van…), para triunfar en el combate. Da la impresión de que Yahvé y Jefté, ambos guerreros, se disputan por una mujer. La lucha de Jefté contra los amonitas parece secundaria. Su verdadera guerra la que entabla con Dios con quien disputa la vida de su hija.

El Dios que en Gen 22 “perdonó” la vida de Isaac no perdona a la hija de Jefté, sino que la quiere para sí. No hay posible salvación para la hija virgen, que acaba muriendo en manos del guerrero padre, que la ofrece en sacrificio. Evidentemente, ella  tiene que ser virgen (no haber conocido varón), pues sólo de esa forma vale como precio de memoria (de  batalla) para Dios o para los esposos que la rapten por guerra (como hemos visto ya: cf. Jc 21, 10-14) o que la compren (la reciban) de manos de su padre.

Según eso, la hija de Jefté aparece como un es ser para la muerte (el holocausto), al servicio de la guerra y del dios de los varones, sin más recuerdo que la memoria del llanto (los cuatro días que lloran cada año las hijas de Israel en las montañas)[2]. Hay una “cultura de guerra” que sólo logra extenderse y conseguir sus objetivos matando a los inocentes (como esta muchacha).

 Jefté aparece así como dueño de la vida de su hija, de la que dispone como valor de cambio para negociar con Dios. Por su parte, la hija de Jefté es símbolo de una parte de la humanidad (formada sobre todo por mujeres) que vive sacrificada bajo el terror de la guerra y del dios de los varones, sin más recuerdo que el memorial del llanto: los cuatro días que lloran por ella cada año las hijas de Israel en las montañas.  ).

 

 


[1] Para una visión general del tema, cf. M. Bal, Death and Dissymetry. The Politics of Coherence in the Book of Judges, UP, Chicago 1988; R. G. Boling, Judges, AB 6a, Doubleday, New York 1975; A. D. H. Mayes, Judges, JSOT, Sheffield 1985; J. A. Soggin,  Judges, Westminster, Philadelphia 1981. 

 

[2]   Al hijo varón no se le mata, pues puede luchar y morir en la batalla, haciendo al mismo tiempo que perdure su memoria a través de las mujeres. La que muere es la hija, de manera que el canto jubiloso de victoria (cf. 1 Sam 18, 6-6; Ex 15; Jc 5; 1 Sam 2) se convierte para ella en experiencia y memorial de muerte. L. Feuchtwangen,  Jefta y su hija, EDAF, Madrid 1995, ha intentado penetrar en forma novelada, desde la vertiente del padre (no de la hija sacrificada) en la historia y teología o ideología abismal de este relato.

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