La “esposa” del levita

El texto que ahora comentamos forma parte de una durísima trama de violación, con sacrificio de esposa, venganza militar y rapto de mujeres (Jc 19-21). Del final de esta historia, con el rapto de mujeres, hablaré otro día.  Aquí me ocupo  sólo del sacrificio de la esposa.

 El relato comienza hablando de un levita que busca a una esposa (concubina), que le ha dejado para así volver a vivir a casa de su  padre (en Belén de Juda). El levita no acepta de buen grado este “abandono legítimo” de su esposa libre (pilegesh) y quiere llevarla de nuevo a su casa marital, en la tierra Efraín, pasando así del matrimonio patri-local (la esposa puede vivir en casa de su padre) al viri-local (ella habita en casa del marido). El padre de la mujer consiente; de ella no se dice nada, aunque se supone que acepta la propuesta del marido.

Pues bien, tras hospedarse unos días con su suegro, el levita vuelve a su tierra, llevando a su mujer y pernocta de camino, con ella y su criado, en Gibea de Benjamín, donde un emigrante efraimita, extranjero en el lugar, les ofrece alojamiento, ante la indiferencia y rechazo de los habitantes del lugar, que son benjaminitas, quienes, por pasión homosexual o por humillar al levita recién llegado, le quieren violar. Pero el levita, apoyado por el efraimita que le ha recibido en su casa, se defiende y les entrega, en su lugar, a su esposa, a la que violan a lo largo de la noche.

La esposa, entregada por su marido y violada por los habitantes de la ciudad, vuelve de mañana y se  tiende a las puertas de la casa, cuando el esposo ya se marchaba. Pues bien, el esposo levita, cargándola en su asno, la lleva hasta su ciudad y hasta su casa, donde la corta en doce pedazos, que envía a cada una de las tribus de Israel, pidiendo venganza. Vengamos al texto, cuyas partes centrales citamos:

 

“Un hombre de la tribu de Leví, que habitaba como forastero en la parte más remota de la región montañosa de Efraín, había tomado como esposa (pilegesh) a una mujer de Belén de Judá. Su esposa se enfadó con él y se fue de su lado a la casa de su padre, a Belén de Judá, y estuvo allá durante cuatro meses. Su marido se levantó y se fue tras ella para hablarle con amor y hacerle volver. Llevó consigo un criado y un par de asnos… Cuando volvían se les hizo de noche junto a  Guibea de Benjamín, donde entraron y se sentaron en la plaza, porque no hubo quien los recibiese en su casa para pasar la noche.

 Pero sucedió que al atardecer un anciano volvía de trabajar en el campo…  y los hizo entrar en su casa y dio forraje a los asnos. Y ellos se lavaron los pies, comieron y bebieron. Cuando estaban reponiéndose, los hombres de la ciudad, hombres pervertidos, rodearon la casa y golpearon la puerta diciendo al anciano, dueño de la casa: «¡Saca fuera al hombre que ha entrado en tu casa, para que lo conozcamos!». Aquel hombre, dueño de la casa, salió donde estaban ellos y les dijo: «¡No, hermanos míos! Por favor, no cometáis esta maldad, porque este hombre ha entrado en mi casa. No cometáis esta vileza. Aquí está mi hija virgen. Yo os las sacaré; humilladla y haced con ella lo que os parezca bien. Pero no hagáis esta vileza a este hombre».

Pero aquellos hombres no le quisieron escuchar; por lo cual el levita, tomando a su esposa, la sacó afuera. Ellos la violaron y abusaron de ella toda la noche hasta el amanecer, y la dejaron al rayar el alba. Cuando amanecía, la mujer vino y se tendió ante de la puerta de la casa de aquel hombre donde se había hospedado su marido, hasta que fue de día.

   Y levantándose de mañana, su marido abrió la puerta de la casa y salió para seguir su camino. Y   la mujer, su esposa, estaba tendida ante la puerta de la casa, con sus manos sobre el umbral. Él le dijo: «Levántate, y vámonos». Pero ella no respondió. Entonces el hombre la cargó sobre el asno, se puso en camino y se fue a su pueblo.

Cuando llegó a su casa, tomó un cuchillo, y sujetando firmemente a su esposa, la cortó  en doce pedazos y los envió por todo el territorio de Israel. Y todos los que lo veían, decía: «¡Jamás se ha hecho ni visto cosa semejante, desde el día en que los hijos de Israel subieron de la tierra de Egipto hasta hoy! ¡Consideradlo, deliberad y manifestaos!» (Jc 19, 1-30)[1].

 

  Este levita tiene probablemente varias esposas y una es ésta, a la que el texto llama pilegesh, término que suele traducirse como concubina, pero que estrictamente hablando significa una mujer casada que sigue conservando su propia libertad dentro del matrimonio, de manera que puede marcharse de casa del marido para habitar con su padre, sin que el marido pueda obligarle a vivir con él. Esto es lo que hace efectivamente nuestra mujer, dejando a su marido para vivir en casa de su padre (cosa a la que tiene derecho, según las normas del matrimonio patrilocal). El texto no dice por qué se ha marchado, aunque es muy probable que sea porque su marido le ha defraudado (parecen carentes de sentido las traducciones que suponen que ella se había marchado de casa del marido para serle infiel).

Sea como fuere, el marido viene a buscarla a casa su padre, de manera que parece convencerla, por lo que ambos se ponen de nuevo en camino hacia las tierras de Efraín, pasando la noche en Guibea de Benjamín, donde les hospeda un hombre no benjaminita. En este contexto se añade que los hombres de Guibea «quisieron conocer» (violar) al levita que había venido a dormir con su esposa. Quizá querían simplemente divertirse al modo homosexual, pero es más probable que quisiera humillarle, por lo que él representa, como levita y marido de una mujer a la que lleva de nuevo a su casa con halagos.

Pero el levita, en vez de dejarse violar para defender a la esposa (a la que lleva de nuevo a su casa con muestras de cariño), prefiera entregarla, para que los benjaminitas sacien de esa forma su deseo. Sabiamente, el texto no comenta nada: no habla de la cobardía o egoísmo del levita, que entrega a la mujer para evitar su humillación,  ni deja que hable la mujer que cae (se tiende) extenuada ante la puerta de la casa donde se habían hospedado, después de una noche de sufrimiento. El texto sólo evoca el mandato del levita que ordena a su mujer muy de mañana, de un modo imperioso: «¡Levántate, vámonos!». Los benjaminitas querían haberle violado a él, pero es ella la que ha sufrido, y ahora parece que su dignidad y su vida no importan, sino que sólo importa la honra del marido. 

Hemos dicho que ella era una mujer que quería ser independiente y por eso había vuelto a casa de su padre. Pero luego cedió, quizá por amor, y se dejó llevar por el marido, con el consentimiento de su padre. Pues bien, en medio de camino, este marido, en vez de defenderla, la entrega en manos de unos violadores, que querían vengarse de él, no de ella.

Evidentemente, este levita no es un héroe, ni un defensor de su mujer, pues la “sacrifica”, para salvarse él mismo, dejándola primero en manos de los violadores y cortándola después en doce trozos, para salvar “su honor” de marido manchado y cobarde. No ha querido defender a su mujer, sino que sólo se defiende a sí mismo, de manera que no se digna ni hablar con su mujer, sino que, llevándola a casa la mata (porque ha sido violada por todos), mandando los trozos de su carne a las tribus, haciendo así que comience una guerra durísima en contra de los benjaminitas, en defensa de su honor de marido violado, no del honor ni de la dignidad de su mujer. 

El contenido del texto resulta para nosotros extraño, pues los guerreros de Israel no luchan contra los benjaminitas para defender el honor o la vida de la mujer violada, sino el honor del marido, manchado por aquellos que han violado a su mujer. Por otra parte, estos guerreros no matan a los hombres/maridos violadores de la ciudad de Guibea (que serían los culpables), sino a las mujeres de la tribu de Benjamín (¿qué culpa tienen ellas?), como sigue contando la historia (Jc 20-21).

El marido/levita, sacrificador oficial, ha inmolado a su esposa (como algo de su propiedad), después que él mismo ha dejado que la violen. Ella no ha tenido palabra, ni antes ni después: no ha podido decir nada, ni cuando su esposo la entregó en manos de los violadores (mientras él quedaba seguro), ni le han preguntado nada ni le han dejado hablar cuando ha caído desfallecida a la puerta de la casa donde su marido había pasado la noche seguro.   

En este contexto queremos destacar de nuevo la identidad de la mujer violada,  que es una pilegesh, una esposa legítima que conserva su propia libertad en el matrimonio y que por eso ha podido marcharse a la casa de su padre. Pues bien, cuando accede a volver a la casa de su marido (que probablemente tiene más esposas legítimas), éste se porta con ella de un modo cruel, entregándola en manos de los violadores.

Sabiamente, el texto no comenta nada: no habla de la cobardía o egoísmo del levita, que entrega a la mujer para que no le humillen a él, ni deja hablar a la mujer que cae extenuada ante la puerta, después de una noche de sufrimiento, sino que nos trasmite sólo su mandato, diciendo a la mujer caída, de un modo imperioso: «¡Levántate, vámonos!».

Es como si ella no contara, sino que sólo cuenta el marido que, en vez de defenderla, la ha entregado en manos de unos violadores, para matarla después, él mismo, porque ha sido violada por todos, mandando los trozos de su carne a las tribus y suscitando así una guerra durísima, en defensa de su honor de marido violado. Una vez violada (por “culpa” del mismo marido), ella ya no cuenta.

 Estrictamente hablando, se podría suponer que ella estaba muerte, desde el momento en que cayó a la puerta de la casa y no respondió a la voz del marido que le dijo: «Levántate y vamos». Pero todo el ritmo del relato está indicando que ella se encontraba biológicamente viva, aunque era incapaz ya de actuar y de responder a la seca voz imperiosa (no amorosa) de su marido, que le dijo: ¡Levántate y vámonos!

Eso significa que ella quedé en manos de su marido que (en vez de hablarla y hacerle revivir por amor) la llevó a su casa y la mató, para iniciar así una guerra de varones. El marido/levita, sacrificador oficial, ha inmolado a su esposa (como algo de su propiedad), después que él mismo ha dejado que la violen.

Ella no ha tenido palabra, ni antes ni después: no ha podido decir nada, ni cuando su esposo la entregó en manos de los violadores (para estar así él seguro), ni cuando cayó desfallecida a la puerta de la casa donde su marido ha pasado la noche, sin haberse dejado violar, ni cuando éste la llevó en su asno, ni cuando la mató en su casa, como si ella no fuera más que doce trozos de carne que se envían para iniciar una guerra de violadores

 


[1] Cf. M. Bal, Death and Dissymmetry. The Politics of Coherence in the Book of Judges, UP, Chicago 1988.

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