Historia de viudas, en tiempos de Elías y Eliseo

El Evangelio de Jesús recuerda la historia de las viudas que había en Israel en tiempos de Elías y Elias. Viudas de Israel y de su entorno, mujeres a las que ayudaron los profetas. Ellas son un testimonio básico de dignidad y de presencia de Dios.

 

  La viuda de Sarepta (1 Rey 17).

 

  Elías y Eliseo, fueron también profetas de violencia, sobre todo en relación con Jezabel  de la que he tratado ya en este blog. Pues bien, al lado de ese aspecto duro, vinculado a la lucha contra los baales, ellos muestran un rasgo de misericordia y cercanía humana. La tradición recuerda así la historia de sus milagros (cuyo eco aparece en el evangelio de Jesús de Nazaret) y que están relacionados de un modo especial con extranjeros, es decir, con no israelitas. De esa manera, los enemigos del culto a los baales aparecen precisamente como amigos de los extranjeros, como muestra este pasaje:

 

Le fue dirigida la palabra de Yahvé a Elías diciendo: «Levántate y vete a Sarepta de Sidón y quédate allí, pues he ordenado a una mujer viuda de allí que te dé de comer». Se levantó y se fue a Sarepta. Cuando entraba por la puerta de la ciudad había allí una mujer viuda que recogía leña. La llamó Elías y dijo: «Tráeme, por favor, un poco de agua para mí en tu jarro para que pueda beber». Cuando ella iba a traérsela, le gritó: «Tráeme, por favor, un bocado de pan en tu mano». Ella dijo: «Vive Yahvé tu Dios, no tengo nada de pan cocido: sólo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la orza. Estoy recogiendo dos palos, entraré y lo prepararé para mí y para mi hijo, lo comeremos y moriremos».

Pero Elías le dijo: «No temas. Entra y haz como has dicho, pero primero haz una torta pequeña para mí y tráemela, y luego la harás para ti y para tu hijo. Porque así habla Yahvé, Dios de Israel: No se acabará la harina en la tinaja, no se agotará el aceite en la orza hasta el día en que Yahvé conceda la lluvia sobre la haz de la tierra. Ella se fue e hizo según la palabra de Elías, y comieron ella, él y su hijo. No se acabó la harina en la tinaja ni se agotó el aceite en la orza, según la palabra que Yahvé había dicho por boca de Elías.

Después de estas cosas, el hijo de la dueña de la casa cayó enfermo, y la enfermedad fue tan recia que se quedó sin aliento. Entonces ella dijo a Elías: «¿Qué hay entre tú y yo, hombre de Dios? ¿Es que has venido a mí para recordar mis faltas y hacer morir a mi hijo?». Elías respondió: «Dame tu hijo». Él lo tomó de su regazo y subió a la habitación de arriba donde él vivía, y lo acostó en su lecho; después clamó a Yahvé diciendo: «Yahvé, Dios mío, ¿es que también vas a hacer mal a la viuda en cuya casa me hospedo, haciendo morir a su hijo?». Se tendió tres veces sobre el niño, invocó a Yahvé y dijo: «Yahvé, Dios mío, que vuelva, por favor, el alma de este niño dentro de él». Yahvé escucho la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él y revivió. Tomó Elías al niño, lo bajó de la habitación de arriba de la casa y se lo dio a su madre. Dijo Elías: «Mira, tu hijo vive»… (1 Rey 17, 9-23).

 

Perseguido en Israel, Elías se refugia en una ciudad de Fenicia, en tiempo de hambre y pide a una viuda pobre que dé de comer. Ella lo hace, a pesar de que no tiene nada, ofreciéndole aquello ella misma y su hijo necesitan para vivir. Dios premia su generosidad y tanto la viuda como su hijo y Elías (a quien ella ha ofrecido una habitación en la parte superior de la casa) puede sobrevivir en tiempo de hambre. Después, cuando el hijo de la viuda muere, Elías le “resucita” y se lo devuelve con vida.

Ésta es, sin duda, de una historia popular, que recoge y reelabora recuerdos antiguos en los que se evoca la figura de Elías no sólo como profeta de Israel (en línea política dura, en contra de Ajab y Jezabel), sino como hombre de Dios y sanados cuya fama traspasa las fronteras de Israel.

En este contexto, lo que a Dios le importa (y lo que le importa a su profeta) ya no es ya el triunfo del yahvismo, ni la pureza religiosa de Israel (como en los textos de su tradición más dura: 18), sino la vida de los hombres y mujeres, y en especial la de las viudas y los huérfanos, dentro o fuera de las fronteras de la nación escogida. La viuda de Sarepta no es yahvista, ni Elías quiere “convertirla” en un plano religiosa, sino que ella es simplemente una mujer necesitada y Elías un “profeta de Dios”, al servicio de todos (israelitas y no israelitas).

Estamos ante tres milagros. (a) Un milagro de abundancia para la viuda y su hijo: “el cántaro de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará…”; que ella pueda comer en tiempo de carestía, éste es el don de Dios, ésta la religión. (b) Un milagro de vida también para la viuda: que su hijo viva, como signo de bendición y presencia de Dios,  precisamente antes del gran juicio del Carmelo (1 Rey 18), que desde esta perspectiva puede leerse de otra manera. (c) Un milagro de generosidad de la viuda no israelita, que da de comer al profeta de aquello que a ella misma le falta, ofreciéndole para vivir la habitación superior de la casa.

En el principio del “milagro” de Elías se encuentra la fe de esta mujer, que es capaz de dejar lo que ella tiene (para sí y para su hijo) para dárselo al profeta extranjero que viene a su tierra. Esta fe y generosidad de la mujer (que no es israelita) ofrece uno de los signos religiosos y humanos más profundos de la Biblia Judía. 

 

 3. La viuda pobre de un profeta y la mujer rica de Sunem (2  Rey 4).

 

El ciclo de milagros de Eliseo repite los temas del milagro anterior de Elías con la viuda de Sarepta, donde hemos destacado tres rasgos: (a) una mujer extranjera  da de comer a Elías, para ofrecerle después su propia casa; (b) Elías le ofrece alimento abundante; (c) le resucita a su hijo. Pues bien, cada uno de esos rasgos aparece desglosado y desarrollado de un modo más “brillante” en este nuevo ciclo de Eliseo, que consta de tres milagros (2 Rey 4-5). (a) Eliseo cura a a Naamán, un extranjero, general del ejército de Siria (2 Rey 5). (b) Eliseo ofrece alimento (dinero) abundante a una viuda israelita. (c) Eliseo promete a  una mujer israelita el nacimiento de un niño y después le resucita. 

Aquí sólo puedo evocar los dos últimos signos, realizados con mujeres. En el primero estamos ante una viuda pobre; en el segundo, ante una mujer rica (y con marido) a la que Eliseo “resucita” al hijo.

 

a. El primer caso es la viuda pobre, que no puede pagar la deudas y corre el riesgo de que vendan como esclavos a sus hijos. Es una mujer creyente que pide, al menos indirectamente, la ayuda del profeta:

 

            Una de las mujeres de la comunidad de los profetas clamó a Eliseo diciendo: «Tu siervo, mi marido, ha muerto; tú sabes que tu siervo temía a Yahvé. Pero el acreedor ha venido a tomar mis dos hijos para esclavos suyos». Eliseo dijo: «¿Qué puedo hacer por ti? Dime qué tienes en casa». Respondió ella: «Tu sierva no tiene en casa más que una orza de aceite». Dijo él: «Anda y pide fuera vasijas a todas tus vecinas, vasijas vacías, no te quedes corta. Entra luego y cierra la puerta tras de ti y tras de tus hijos, y vierte sobre todas esas vasijas, y las pones aparte a medida que se vayan llenando». Se fue ella de su lado y cerró la puerta tras de sí y tras de sus hijos; éstos le acercaban las vasijas y ella iba vertiendo. Cuando las vasijas se llenaron, dijo ella a su hijo: «Tráeme otra vasija». El dijo: «Ya no hay más». Y el aceite se detuvo. Fue ella a decírselo al hombre de Dios, que dijo: «Anda y vende el aceite y paga a tu acreedor, y tú y tus hijos viviréis de lo restante» (2 Rey 4, 1-7).

 

Se trata de una viuda israelita, que había sido esposa de un profeta (compañero de Eliseo). Pero la desgracia cae igual sobre creyentes y no creyentes, sobre israelitas y extranjeros. Ella es pobre, no puede pagar las deudas y corre el riesgo de que vendan sus hijos como esclavos quedándose absolutamente sólo. Pero tiene una botella de aceite y el profeta le promete que ese aceite se multiplicará, de forma que con el producto de su venta podrá no sólo pagar la deuda que tiene y retener a sus hijos, sino comer de lo que sobre.

Éste es el milagro de una mujer pobre, que necesita algo de comida para mantenerse y la asistencia de sus hijos para no quedar abandonada. Es un milagro de misericordia cercana, en el que Dios aparece vinculado a la vida de una vida, como en el caso de Elías, en el que el que se decía: “el cántaro de harina no se vaciará…” (1 Rey 17, 14). Nos hallamos ante unos milagros simples, de pan y de aceite, que nos sitúan un plano de vida universal, que vale lo mismo para israelitas y no israelitas.

 El milagro de Elías (1 Rey 17) incluía dos elementos: uno de comida, otro de resurrección. Como he dicho, en el caso de Eliseo esos milagros se desglosan ahora en Elisea de modo que al lado de la viuda sin comida (que acabamos de evocar) tenemos a la mujer rica que no tiene hijos o que ha perdido a su hijo.

 

b. La mujer rica es de Sunem, en la zona norte de Israel, lo mismo que → Abisag, la mujer de David (o quizá la sunamita/sulamita del → Cantar de los cantares). El texto que trata de ella se puede dividir en tres partes:

 

 

(a) Un día pasó Eliseo por Sunem; había allí una mujer principal y le hizo fuerza para que se quedara a comer, y después, siempre que pasaba, iba allí a comer (2 Rey 4, 4-8).

(b) Dijo ella a su marido: «Mira, sé que es un santo hombre de Dios que siempre viene por casa. Vamos a hacerle una pequeña alcoba  en la terraza y le pondremos en ella una cama, una mesa, una silla y una lámpara, y cuando venga por casa, que se retire allí». Vino él en su día, se retiró a la habitación de arriba, y se acostó en ella. Dijo él a Guejazí su criado: «Llama a esta sunamita». La llamó y ella se detuvo ante él. El dijo a su criado: «Dile: Te has tomado todos estos cuidados por nosotros, ¿qué podemos hacer por ti?…».  Respondió Guejazí: «Por desgracia ella no tiene hijos y su marido es viejo». Dijo Eliseo: «Llámala». La llamó y ella se detuvo a la entrada. Dijo él: «Al año próximo, por este mismo tiempo, abrazarás un hijo.» Dijo ella: «No, mi señor, hombre de Dios, no engañes a tu sierva».Concibió la mujer y dio a luz un niño en el tiempo que le había dicho Eliseo (4, 9-16).

Creció el niño y un día se fue donde su padre junto a los segadores. Dijo a su padre: «¡Mi cabeza, mi cabeza!» El padre dijo a un criado: «Llévaselo a su madre». Lo tomó y lo llevó a su madre. Estuvo sobre las rodillas de ella hasta el mediodía y murió. Subió y le acostó sobre el lecho del hombre de Dios, cerró tras el niño y salió… Hizo aparejar el asna y dijo a su criado: «Guía y anda….». Fue ella y llegó donde el hombre de Dios, al monte Carmelo… Llegó donde el hombre de Dios, al monte, y se abrazó a sus pies… y dijo: «¿Acaso pedí un hijo a mi señor? ¿No te dije que no me engañaras?»… adre del niño dijo: «Vive Yahvé y vive tu alma, que no te dejaré». El pues, se levantó y se fue tras ella… Llegó Eliseo a la casa; el niño muerto estaba acostado en su lecho. Entró y cerró la puerta tras de ambos, y oró a Yahvé. Subió luego y se acostó sobre el niño, y puso su boca sobre la boca de él, sus ojos sobre los ojos, sus manos sobre las manos, se recostó sobre él y la carne del niño entró en calor… Llamó a Guejazí y le dijo: «Llama a la sunamita». La llamó y ella llegó donde él. Dijo él: «Toma tu hijo». Entró ella y, cayendo a sus pies, se postró en tierra y salió llevándose a su hijo (19-22.32-36

 

El texto contiene dos milagros (uno de nacimiento, otro de resurrección), relacionados con una mujer, la sunamita, esposa rica y caritativa de un hombre influyente (en 4, 19 aparece con sus segadores). Tres son los rasgos que pueden destacarse en el relato, con un anejo posterior (que no he citado).

a. La identidad de la mujer. A diferencia de lo que sucede en otros casos, estos dos “milagros” de Eliseo están vinculados con la “bondad” previa de la mujer, que ayuda al profeta y a su servidor, a quienes hospeda en su casa. Ella es la protagonista, una mujer de “discernimiento espiritual” (conoce el valor del profeta) y de gran iniciativa: invita al profeta a comer, siempre que pasa, y hace que su marido prepare una habitación para él, en la azotea de la casa. Ella aparece en la Biblia Judía como un signo destacado de mujer inteligente y caritativa.

b. El primero milagro es de nacimiento. Lógicamente, Eliseo quiere recompensar a la mujer (¡no a su marido!), pero ella no necesita nada material, ni ha pedido nada al profeta. Ciertamente, quiere un hijo, pero no lo dice, quizá porque no se atreve, o porque le parece imposible conseguirlo. Pues bien, por indicación de Guejazí, su criado, Eliseo se lo ofrece: ¡El año que bien por estas fechas abrazarás a un hijo! Éste es el mayor tesoro que puede recibir, como mujer, como persona, y así se lo anuncia el profeta, a ella (una mujer), no a su marido. Ella no se lo ha pedido, pero el profeta se lo ofrece.

c. Mayor que el milagro del nacimiento es el de la resurrección. Han pasado unos años, el niño ha crecido, pero un día, en el tiempo de la siega (quizá de insolación) el niño muere en  brazos de su madre, que sale presurosa en busca del profeta, pidiéndole la vida de su hijo, el hijo que el profeta le ha “dado”. Significativamente, ella ha puesto al niño muerto en la habitación superior y en la cama que ella había dispuesto para Eliseo, como si quisiera dejarle “en manos del profeta”, mientras sale a buscarle y no deja de insistir hasta que viene a su casa, pues no le basta que venga su criado y que imponga sobre el niño muerto su vara de profeta.

Es evidente que ella cree que el profeta, que le ha dado un hijo, se lo podrá dar de nuevo (resucitar), como en el caso del profeta Elías (1 Rey 17) que antes hemos evocado. La escena está descrita de un modo plástico para indicar que el aliento el calor del profeta pasan al niño muerto. Ciertamente, nos hallamos ante un milagro de profetas, pero estrictamente hablando éste es un milagro de madre.

d. Hay un anejo en 2 Rey 8, 1-6, que parece posterior y que sirve para justificar la protección del profeta sobre la sunamita. Cuando llega el hambre sobre el país, Eliseo dice a la mujer que emigre y así lo hace, son su hijo y su familia, para volver, pasados siete, recibiendo de nuevo su tierra. Da la impresión de que el marido ha muerto. Ella actúa como jefe de familia.

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