Jeremías, la Reina del Cielo[1]

              Pertenece a la tradición del pacto más que a la del templo de Jerusalén, quizá porque proviene de una familia sacerdotal que había sido marginada tras el triunfo del nuevo orden sacerdotal (¡jebuseo!) impuesto por Salomón. Actúa como profeta entre el 627 a.C. (vocación) y el 580 a. C. (últimos oráculos en Egipto). Desde su fidelidad a la alianza de Yahvé se entiende su famoso sermón del templo (Jer 7), donde se vincula la condena de los que adoran a Yahvé (pero mantienen la injusticia: 7, 1-15), con el culto de aquellos que adoran a la Reina de los Cielos (7, 16-21).

            A los ojos de Jeremías, la injusticia social (robar, matar…) va unida al gesto de los que ofrecen incienso a los baales/asheras. La idolatría no es solamente mala porque desconoce a Dios, sino, de un modo especial, porque ratifica de algún modo la injusticia social (robar, matar, no liberar a los siervos…). En ese contexto se sitúa su famosa condena del culto a la Reina del Cielo, como elemento central del “pecado” de Israel.

            Esa Reina del Cielo aparece como opuesta al Dios del Pacto israelita, pues su culto está vinculado a la injusticia (cf. Jer 7). Ciertamente, parece que, a su juicio, el templo oficial de Jerusalén está dedicado sólo a Yahvé (según la reforma deuteronomista), pero el culto real del pueblo se dirige más bien a la Reina del Cielo, que actúa como divinidad superior (celeste) de la vida y la comida, una divinidad familiar, en cuyo culto participan los diversos miembros de la casa: «los niños recogen la leña, los padres encienden el fuego, las mujeres amasan la pasta para hacer las tortas a la Reina del Cielo» (cf. 7, 16-20).

Frente al culto de Yahvé, que parece cerrado en un tipo de sacralidad oficial, masculina, propia de unos especialistas religiosos, hallamos aquí un tipo de culto integral, centrado en el pan (la cosecha, el hogar), donde interviene toda la familia, reunida en torno a la memoria de la Reina del Cielo, a la que parece interesar menos el  reinado social  de Yahvé, que se vincula al templo de Jerusalén y al cumplimiento de unas normas radicales de justicia.

Ese culto a la Reina del Cielo constituye un elemento resistente de la religiosidad israelita, vinculado de un modo especial a las mujeres. Así lo muestra el final de su libro, donde Jeremías, refugiado en Egipto, con otros muchos hombres y mujeres de Judá (mientras otros han sido desterrados a Babilonia), tras la caída de Jerusalén (587 a.C.), se alza contra aquellos que siguen haciendo lo que hacían en Jerusalén antes de la destrucción del templo:

 

 Entonces todos los hombres que sabían que sus mujeres quemaban incienso a otros dioses, y todas las mujeres que estaban presentes… respondieron a Jeremías diciendo: «La palabra que nos has hablado en nombre de Yahvé no te la escucharemos. Más bien, pondremos por obra toda palabra que ha salido de nuestra boca, para quemar incienso a la Reina del Cielo y para derramarle libaciones, como hemos hecho nosotros y nuestros padres, nuestros reyes y nuestros magistrados, tanto en las ciudades de Judá como en las calles de Jerusalén. Pues nos saciábamos de pan, nos iba bien y no vimos mal alguno. Pero desde que dejamos de quemar incienso a la Reina del Cielo y de derramarle libaciones, nos falta de todo, y somos exterminados por la espada y por el hambre». Y las mujeres dijeron: «Cuando nosotras quemábamos incienso a la Reina del Cielo y le derramábamos libaciones, ¿acaso era sin el conocimiento de nuestros maridos que le hacíamos tortas, reproduciendo su imagen, y le derramábamos libaciones?» (Jer 44, 15-29).

 

            Estos judíos suponen que el pueblo de Jerusalén y Judá (con reyes, jueces y ancianos) había rendido culto a la Reina del Cielo y que el abandono de ese culto  ha motivado precisamente la caída y ruina de la ciudad en manos de los babilonios. Los adversarios de Jeremías optan por retornar a la Reina del Cielo, a la que pueden adorar como refugiados en Egipto, pues ella es una diosa universal. Ese retorno les situaría en la línea de una religiosidad abierta, centrada en la Gran Madre, en diálogo con otros pueblos del entorno, que podrían haber hecho una opción semejante (abandonando el culto al Dios-Rey del Estado o del imperio), en la que faltaría la radicalidad del Dios israelita y su exigencia de justicia.

            Pues bien, en contra de eso, Jeremías, a quien la Biblia Judía concede la última palabra, opta por retornar al sólo Yahvé, que debía ser el único Dios israelita. En esa línea, él afirma que la caída de Judá y Jerusalén no ha sido causada por el abandono de la diosa, sino todo lo contrario: ella proviene del juicio de Yahvé, que ha condenado a los judíos «por el incienso que quemasteis (a la Reina del Cielo) en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén… Yahvé no pudo soportaros más… Por tanto, vuestra tierra ha sido convertida en ruinas, en horror y en maldición, hasta no quedar habitantes, como en este día» (Jer 44, 22-23).

No es la Diosa la que ha castigado a los judíos, porque le han abandonado, sino que les ha castigado Yahvé, porque ellos habían adorado a la Diosa. La destrucción de Judá y Jerusalén no proviene del abandono de la Gran Madre, sino de su culto y por eso Yahvé ha tenido que “castigar” a su pueblo. Sólo tras ese castigo y destrucción, cuando mueran los que han adorado a la Gran Madre, podrá haber un nuevo comienzo para Israel «Todos los hombres de Judá que están en la tierra de Egipto serán exterminados por la espada y por el hambre, hasta que perezcan del todo… Los que escapen de la espada sabrán de quién es la palabra que ha de prevalecer: si la mía o la de ellos» (Jer 44, 27-28).

Así queda abierta la gran alternativa. (a) Por una parte se eleva la Reina del Cielo, signo astral sagrado, parecido a Ishtar (Astarté), divinidad única de tipo femenino, que puede vincularse también con Deméter, que da el pan, según el mito griego. (b) Por otra parte queda el Dios Yahvé, con sus grandes valores, vinculados a la justicia. Nos hallamos ante una la exigencia de una opción radical, y las dos partes tienen sus valores. Pues bien, como venimos diciendo en este libro, en el judaísmo posterior y en la Biblia ha triunfado el Yahvé de Jeremías.

 


[1] Cf. Ph. C. Schmitz, Queen of Heaven, en ABD. Véase además, S. Ackerman, “And The Women Knead Dough”. The Worship of the Queen of Heaven, en P. Day (ed.), Gender and Difference in Ancient Israel, Fortress, Minneapolis 1989, 109-124; W. Helck, Betrachtungen zu Grossen Göttin und den ihr verbundenen Gottheiten (Religion und Kultur der alten Mittelmeerwelt in Parallelforschung 2), Munich 1971; R. Jost, Frauen, Männer und die Himmelskönigin. Exegetische Studien, Kaiser, Gütersloh 1995; Chr. Frevel,  YHWH und die Göttin bei den Propheten, en M. Oeming y K. Schmid (eds.), Der eine Gott und die Götter. Polytheismus und Monotheismus im antiken Israel (AThANT 82), Zürich 2003, 49-75; K. Koch, Aschera als Himmelsgöttin in Jerusalem, UF 20 (1988) 97-120S; M. Olyan, Some Observations Concerning the Identity of the Queen of Heaven, UF 19 (1987)161–74; W. E. Rast, Cakes for the Queen of Heaven, en A. L. Merrill y T. W. Overholt (ed.), Scripture in History and Theology (Theological Monograph Series 17), Pittsburgh 1977, 167–180; M. Weinfeld, The Worship of Molech and the Queen of Heaven and Its Background, UF 4 (1972) 133–54.

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