Madre Israel, madre humanidad: Dolores de parto

 Sólo cuando ha desaparecido en Israel el culto a la Diosa (Ashera/Astarté), como pareja de Dios (sólo cuando ella no puede ser ya adorada en una estatua, como esposa de Dios), puede y debe surgir en Israel la figura simbóliamente poderosa de la mujer sagrada, como signo del mismo pueblo de Israel.

     De la humanidad como “madre divina” de la que brota una salvación más alta quieren tratar las rflexiones que siguen, partiendo de la profecía israelita. No somos simplemente hacedores, fabricantes de utensilios (en línea de productividad y economía). Somos seres gestantes, en busca de nueva humanidad, somos una gran madre, madre gestante, como el Espíritu Santo, que es Señor y Dador de vida.

Para situar mejor el tema, quiero empezar evocando el signo de la mujer que va a dar a luz (¡como en Is 7, 14), pero que ahora sufre y grita, en medio de los dolores de parto (que desembocan en el nacimiento de un niño salvador). Éste es un motivo que culmina en Ap 12, 2, un libro cristiano compuesto a partir de una larga tradición de símbolos judíos, donde esos dolores de madre que da a luz, siendo una expresión de angustia y tribulación (cf. Jer 6, 24; 13, 21; Is 37, 3), evocan, al mismo tiempo, una esperanza salvadora:

 

 ¿Quién oyó tal? ¿Quién vio cosa semejante? ¿Puede nacer un país en un solo día? ¿O nace todo un pueblo de una vez? Pues bien, Sión tuvo dolores y dio a luz a sus hijos (Is 66, 7-8).

 

Esos dolores de parto, a los que alude el profeta de la escuela de Isaías (a quien suele llamarse el Tercer Isaías), encontrarán su sentido cuando irrumpa el tiempo salvador, que se expresa en el nacimiento de un niño. La historia del pueblo de Israel (y de la presencia de Dios) aparece así bajo el signo de una “mujer-madre”, que encuentra su gozo cuando ha dado a luz (como sabe Jn 16, 21).

En esa línea, el conjunto del judaísmo podría suscribir las palabras de Pablo en Rom 8, 22, quien afirma que la creación entera (y especialmente Israel), sufre y gime en dolores de parto, como madre que está grávida de Dios, hasta el momento en que llegue la salvación. Eso significa que los dolores de parto de la mujer-Israel, que aparece también como mujer-humanidad y que es signo de Dios, tienen un sentido positivo: va a nacer el niño, va a surgir un tiempo nuevo de plenitud.

 

Ciertamente, hay casos en los que puede hablarse también de un fracaso, es decir, de un dolor materno que es falso e inútil: parece que la salvación tendría que llegar, pues las angustias del parto han sobrevenido sobre el pueblo-mujer, pero se ha tratado de angustias vacías, porque «hemos concebido, tenemos dolores, pero no hemos traído a la tierra espíritu de salvación» (cf. Is 26, 18). Pero ese fracaso de la Madre Israel (madre humanidad) se acaba superando siempre, conforme al testimonio de la Biblia:

 El Dios bíblico, como madre que va a dar a luz, es principio de vida, de manera que sus dolores constituyen un elemento integrante de la tribulación escatológica, tienen un sentido salvador (dentro del gran canto de salvación de Is 26, 16-27, 1, donde se inscribe el texto anterior, abierto a la esperanza final del pueblo).

 

Siguiendo en esta línea, la tradición rabínica judía hablará de los ayes (dolores de parto), propios del tiempo del Mesías, que están abiertos a la revelación salvadora de Dios, aunque en un plano parcial ellos dolores pueden acabar y acaban llevando al fracaso, como ha sucedido el año 587 con la primera caída de Jerusalén y, sobre todo, el año 70 d.C., tiempo en que numerosos libros judíos hablan de la ruina de la Madre Israel (así 4 Esdras). De todas formas, en ese contexto, llegando al límite de su dolor, desde la hondura de su propia angustia, impotencia y soledad, el conjunto de Israel ha tenido una esperanza mesiánica materna: Como madre que espera y sufre por el nacimiento de su hijo salvador, así es Israel (y, en el fondo, así es Dios). Eso significa que el dolor no ha sido inútil, pues el mismo Dios ha sostenido a la mujer, como decía el primer el texto citado, el más significativo (ha concebido la doncella y dará a luz un hijo: Is 7, 14) y como reformulaba Miqueas, hablando de la esperanza vinculada a la dinastía de David, que aparece así como representante del judaísmo:

 

Pero tú, Belén Efratá, no eres la menor entre las familias de Judá pues de tí ha de surgir aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño. Por eso, él los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz; y entonces el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel (Miq 5, 2).

 

Según eso, desde antiguo, tanto Is 7, 14 Miq 5, 2 simbolizan al pueblo de Israel como una madre que da a luz, abriendo un camino de esperanza para todos. El signo máximo de Israel (y de Dios) es una mujer gestante que va a luz, en medio de dolores y circunstancias adversas, superando al fin todos los riesgos y dificultades. Éste es el Signo: un pueblo en forma de mujer a la que Dios transcendente ha fecundado con su palabra, haciéndole capaz de abrirse hacia un futuro de salvación (dará a luz al mesías, entendido en sentido personal o social).

 

Este camino de gestación israelita (con dolores de parto y nacimiento) es uno de los signos más profundos de Dios. En esa línea se sitúa, como he dicho, un texto cristiano (Ap 12, 1-5), pero también un famoso salmo de Qumrán, que retoma el motivo central de Is 7,14 y 9, 4-6, con Miq 5, 2:

 

 (a) Me encontraba en los dolores, como mujer que da a luz a su hijo primogénito… La mujer fecundada por un hombre sufre penosamente sus dolores, pero en medio de tormentos de muerte dará a luz un hijo varón, y en medio de durísimos sufrimientos saldrá de su vientre de gestante un maravilloso consejero y lleno de poder…

 

(b) Pero ellos, los que han concebido de la víbora (o vanidad), vendrán a ser presa de un tormento horrible y las olas de la muerte se apoderarán de todas las obras del horror; los fundamentos de su muralla se hundirán, como un barco se hunde bajo el agua (I Q H, III, 7-14; =1QH Col XI) .

((

Texto hebreo en E. Lohse Die Texte aus Qumran, Kösel, München 1964, 120-121. Traducciones en F. García M., Textos de Qumrán, Trotta, Madrid 1992, 368-369; J. Carmignac, Les textes de Qumran I, Letouzey et Ane, Paris 1961, 192-196; G. Vermes, The Dead Sea scrolls in english, Penguin, Harmondsworth, 1965, 157)).

 En un plano el signo de la mujer gestante “buena” se identifica con la comunidad esenia (los elegidos de Israel). Pero, en otro plano, los dolores del parto mesiánico se formulan de forma individual y reflejan la experiencia del autor del himno; pero aún en este segundo plano los dolores del hombre sufriente se generalizan y se aplican al conjunto de la comunidad, que aparece como madre del Salvador a quien se llama maravilloso consejero (como en Is 9, 5).

Pues bien, frente al buen pueblo que gesta al salvador (la salvación) están aquellos que han concebido de la víbora (de la vanidad o de la nada); evidentemente, son los enemigos de la comunidad (la mala mujer) que sólo podrán dar a luz la perdición (la muerte), como una madre frustrada. De esta manera se pone de relieve el riesgo del mal nacimiento, pero, en su conjunto, la Biblia y la tradición judía ha superado el riesgo de dualismo de Qumrán y ha presentado a Israel/Jerusalén aparece como madre buena que da a luz al salvador .

 

((

Valoración de I Q H, III, 3-18 en relación con Ap 12, cf. O. Betz, Das Volk seiner Kraft: Zur Auslegung der Qumrân-hodajah III, 1-18, NTS 5 (1958) 67-75; R. E. Brown, The messianism of Qumrân: CBQ 19 (1957) 53-82; H. W. Brownlee, Messianic motifs of Qumrân and the NT, NTS 3 (1956-1957) 12-20 y 195-210. El tema ha sido estudiado básicamente a partir de Ap 12; cf.  M. Böckeler, Das Grosse Zeichen. Apokalypse 12, 1. Die Frau als Symbol göttlicher Wirklichkeit,  Müller, Salzburg 1941; B. Le Frois, The woman clothed with the sun (Apoc 12): Individual or Collective?, Herder, Roma 1954;  H. Gollinger, Das “grosse Zeichen” von Apokalypse 12, Echter, Stuttgart 1971)). 

 Como vemos, las interpretaciones de ese signo materno de Dios pueden ser distintas, pero en el fondo de todas ellas, de alguna manera, se supone que Israel (y Dios) es como una mujer que ha concebido y va dar a luz. Desde esa perspectiva afirmamos que la Biblia judía es la expresión de un pueblo teológico y mesiánico, de un pueblo que cree en el Dios que actúa no sólo como creador sino como padre de un pueblo que va a nacer, pues la Madre-Israel va a dar a luz un futuro de salvación. En ese contexto se sitúan algunos de los textos apócrifos más significativos que han definido el sentido y herencia de Israel en el comienzo del cristianismo.

 Entre ellos se puede destacar, por ejemplo, de 4 Esdras, cuya figura principal es la Madre Israel, en forma de viuda (ha muerto ya su hijo) o de madre gestante (va a dar a luz nuevamente a sus hijos). Según eso, el “primer ser humano” no es un Adam, sino una figura femenina, que puede relacionarse con Eva, madre de todos los vivientes .

((Significativamente, la figura de la Madre-Israel, vinculada estrechamente con Dios, que ha dado a luz a su hijo (Israel) y que después lo ha perdido (en la guerra del 67-70 d.C.), quedando así viuda y baldía, mientras espera la nueva “hora de Dios” (concebir de nuevo, que su hijo resucite), está en el centro de una parte considerable del judaísmo del siglo I d.C. En ese  mismo contexto se sitúa la tradición cristiana, cuando habla de Jerusalén como madre de los creyentes (Gal 4, 26; cf. Ap 21, 2- 10). ))

Desde este fondo, H. Arendt, ensayista y antropóloga judía, ha interpretado la novedad del judaísmo (y del cristianismo) en claves de natalidad (capacidad de dar a luz). El ser humano se define como ser natal, alguien que puede engendrar y dar a luz: es capaz de hacer surja algo nuevo (alguien) que le permite superar la esclavitud del pasado.

 

El milagro que salva al mundo, a la esfera de los asuntos humanos, de su ruina normal y «natural» es en el último término el hecho de la natalidad, en el que se enraíza ontológicamente la facultad de la acción. Dicho con otras palabras, el nacimiento de nuevos hombres y un nuevo comienzo es la acción que los humanos son capaces de emprender por el hecho de haber nacido. Sólo la plena experiencia de esta capacidad puede conferir a los asuntos humanos fe y esperanza, dos características esenciales de la existencia humana que la antigüedad griega ignoró por completo, considerando el mantenimiento de la fe como una virtud muy poco común y no demasiado importante y colocando la esperanza entre los males de la ilusión en la caja de Pandora. Esta fe y esperanza en el mundo encontró tal vez su más gloriosa y sucinta expresión en las pocas palabras que en los evangelios anuncian la gran alegría: «Os ha nacido hoy un Salvador» . ((H. Arendt, La condición humana, Paidós, Barcelona 2001, 266).

 

 Estas palabras de de H. Arendt, una judía universal, que ha dirigido su mirada de vigía profética a través de las oscuridades del siglo XX pueden servirnos de referencia para entender el sentido de la mujer en el judaísmo, llevándonos hasta el lugar donde es posible la acción más alta, propia de la fe y de la esperanza, la acción que traza un nuevo comienzo, expresado y concretado en cada nacimiento humano. Según H. Arendt, al fijarse en la mujer que ha concebido y en el niño que va a nacer, la profecía bíblica enciende en los hombres la certeza de que va a nacer algo totalmente nuevo; la madre y el niño son signo de salvación.

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