Oseas. Se ha prostituido tu madre

Oseas ejerció su función profética en el Norte de Israel (reino de Samaria), entre los años 740 y 722, es decir, antes de la conquista asiria de la zona. Conocía bien las tradiciones israelitas de la alianza y quiso oponerse a la religión de las “asheras” donde Dios aparecía como dualidad sexual, para recuperar la experiencia del único Dios trascendente (Yahvé), pero de manera que el pueblo de Israel ocupase de algún modo la función y puesto de esposa de Dios. El problema central venía dado por el origen de los productos de la tierra (pan, vino y aceite). Ciertamente, son dones de Dios, pero ¿de qué Dios? ¿No serán un signo de la presencia de los dioses de la tierra, y en especial de Baal y Astarte/Ashera, como afirmaban desde antiguo los cananeos? ¿Se puede afirmar que Yahvé, Dios que viene del desierto (¡Dios de la guerra!) sabe cuidar y ofrecer los dones de la tierra? La cuestión discutida no es Dios en sí, sino los dones y alimentos de este mundo: ¿De quién los recibimos, a quién los agradecerlos? ¿Cómo debemos relacionarnos con ellos? Ésta es la “historia” que ha quedado fijada en Os 2, cuyas imágenes queremos evocar, poniendo de relieve los aspectos esponsales de Yahvé, que aparece, al mismo tiempo, como esposo y padre de Israel, pidiendo a sus hijos (=israelitas) que rechacen a su madre como adúltera, para recapacitar después y rogar a los israelitas que se dejen amar por Yahvé, el auténtico esposo:

Pleitead contra vuestra madre, pleitead, porque ella no es mi mujer, ni yo soy su marido, que quite de su cara sus fornicaciones, y sus adulterios de los pechos. – Se ha prostituido su madre (=Israel), se ha deshonrado… Ella decía: iré tras mis amantes, que me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mi vino… – Ella no comprendía que era yo quien la daba pan, vino y aceite, plata y oro en abundancia (y ellos lo empleaban para Baal). Por eso volveré a quitarle mi trigo en su momento, mi vino en su sazón; y arrancaré mi vino y lana que cubrían su desnudez… – Por tanto, mira, voy a seducirla, la llevaré al desierto, hablaré a su corazón, le entregaré allí sus viñedos y el valle de Desgracia será puerta de Esperanza. Me responderá como en su juventud, como el día en que subió de Egipto… − Aquel día, oráculo de Yahvé, escucharé a los cielos y estos responderán a la tierra, y la tierra responderá con el trigo, el vino y el aceite… Me casaré contigo para siempre, me casaré contigo en justicia y derecho en misericordia y compasión, me casaré contigo… (cf. Os 2, 4-23).

Según Oseas, muchos israelitas se han prostituido, entregándose en manos de Baal (de los baales y asheras), divinidades de los agricultores cananeos, antiguos dueños de la tierra. Pensaban que Yahvé, Dios de pastores nómadas, era incapaz de producir los dones de la tierra. Pues bien, Oseas, interpreta esa actitud como adulterio, pues Israel, esposa legítima de Dios ha buscado otros esposos (los dioses de la tierra). Ciertamente, Yahvé no tiene esposa-diosa (en ese nivel se encuentra sólo).

Pero, siendo trascendente (Único), él se ha “casado” (ha hecho alianza) con una esposa humana, que es Israel. Conforme a la visión de Oseas, Israel, esposa elegida de Yahvé, se ha vuelto infiel, convirtiéndose en esposa mala, que abandona al Dios Yahvé y adultera, uniéndose con dioses o amantes falsos (impotentes), cometiendo de esa forma unos pecados (adulterios) que destruyen el orden del mundo, pues invierten el proceso creador de Gen 2, 4b ss. Sobre la tierra yerma y seca había Dios creado un paraíso. Más aún, él había querido vincularse con un pueblo especial (que es Israel), haciéndole su esposa. Pero el pueblo ha roto esa alianza, ha sido infiel a ese matrimonio, como el mismo profeta descubre en su experiencia: también él se ha casado con una mujer que la ha sido infiel, que se ha vuelto adúltera; pero Dios le pide que ame a esa mujer de nuevo y que la acoja, pues también él (Dios) quiere acoger y amar a su esposa infiel, tras un dramático proceso de castigo y de transformación (cf. Os 1-2).

En un primer momento, respondiendo al pecado del pueblo, Dios decide convertir el paraíso de la esposa infiel en paramera. Ésta es la experiencia más honda del profeta, que descubre a Dios como un marido celoso, que sufre por la falta de fidelidad de su esposa. En ese contexto afirma Oseas que la madre de los israelitas (que es Israel, esposa de Yahvé) se ha prostituido (Os 2, 7). Ha buscado otros “amantes” que le ofrezcan y aseguren los dones vitales (pan y agua, lana y lino, aceite y vino), se ha entregado a los valores inmediatos de Baal/Ashera (vida cósmica, proceso de la vegetación), olvidando el más hondo amor, la fidelidad personal, el compromiso por la justicia, que es propio de Yahvé. Los israelitas baalistas interpretaban esos “dones” como signo de sacralidad cósmica, vinculada al amor Dios y de la Diosa, vinculando así a Yahvé con Baal y su Ashera). En contra de eso, Oseas se siente representante del Dios único (Yahvé), diciendo que sólo Yahvé es capaz de dar a los israelitas los dones de la vida, como esposo legítimo del pueblo (que es su esposa humana).

Ese Dios Único (Yahvé) no está casado con una diosa, sino con el pueblo de Israel. Los dones de la tierra (pan, vino, aceite…) no provienen de Baal y Ashera, sino que son regalo de Dios y fruto del trabajo humano. No son un fruto del amor Dios/Diosa, sino expresión del amor supremo del único Dios Yahvé, que se ha vinculado en matrimonio de fidelidad con su pueblo. En ese fondo, Oseas ha puesto de relieve la insuficiencia de un mito agrario cerrado en sí mismo. Sin duda, el mito de Baal y de su Ashera, que se vinculan con la lluvia y la cosecha, con el vino y el trigo que nacen de la tierra (del Dios que muere y resucita), es hermoso. Pero, a juicio de Oseas, ese mito encierra a los hombres y mujeres en el nivel de los bienes de la tierra, como si la mujer (la diosa) fuera sólo un signo de la madre naturaleza y de los productos de la cosecha. En contra de eso, Oseas sabe y quiere decir que los hombres y mujeres son seres personales, autónomos y de esa forma, unidos como pueblo, ellos pueden presentarse como “esposa” del único Dios, que no les da sólo el pan, vino y aceite, sino unos dones mucho más altos (de fidelidad ética). Hoy, pasados veinticinco siglos de aquella lucha entre Baal y Yahvé, seguimos siendo muy sensibles a los viejos valores paganos de la tierra: admiramos el banquete de la vida, el orden y equilibrio de la naturaleza, en la que seguimos descubriendo una presencia divina…

Pero, al mismo tiempo, confesamos y agradecemos la experiencia israelita de la transcendencia divina, la fidelidad personal y la justicia que propugna Oseas, cuando presenta a Israel como “esposa humana” (no divina) de Yahvé. En ese contexto se entiende la nueva promesa (tarea) de Dios que, como esposo engañado (lo mismo que Oseas) opta por iniciar de nuevo el camino del amor, venciendo así la infidelidad anterior de su esposa Israel. Por eso dice: la llevaré al desierto… (2,16-17). Para reconocer el sentido de los dones de la tierra cultivada (pan, vino, aceite), es conveniente que Israel vuelva al principio de su historia, a la dureza de una estepa donde no existían cultivos, ni fiesta de vino, ni abundancia de pan, ni gozo de aceite. Retornar al desierto significa enamorase de nuevo con Dios, descubriendo así que los bienes de la tierra, los signos más hondos de la vida, son regalo matrimonial de un Dios que existe en sí mismo. En esa línea, el desierto se vuelve revelación de Dios, que “conversa” con los cielos, para que se vuelvan fuente de vida (lluvia) y plenitud para su pueblo. Por su parte, los cielos conversan con la tierra, para que sea signo de paz y abundancia: no habrá fieras; batallas y perfidias serán superadas. Podrán abrazarse en noviazgo varones y mujeres, compartiendo desde Dios, en eucaristía de fidelidad y amor, los dones de la tierra.

El gozo de Dios se expresa en la fe del pueblo, que celebra la fiesta de la libertad y concordia. En este contexto, Dios aparece esposo y padre; y por su parte la humanidad (Israel) como esposa e hija. Dios es Padre del pueblo, entendido como grupo de personas necesitadas de ayuda, y es Esposo de ese mismo pueblo, entendido en su unidad, como grupo de personas capaces de dialogar con él en encuentro de fidelidad o de rechazo, es decir, de adulterio/prostitución. Ambos signos (esposo y padre) se fecundan y determinan. Es evidente que ellos pueden entenderse en forma jerárquica (de imposición): el padre-esposo aparece como dueño de la esposa, a la que trata como hija menor… Pero ellos pueden entenderse también en clave de diálogo personal. La humanidad (o, mejor dicho, el pueblo de Israel) ocupa el lugar que ante tenía la Diosa. Por un lado es un pueblo humano, que depende de Dios sin ser divino (es hijo). Pero, por otro lado, es un pueblo integrado en Dios (como esposa amada). No se trata, por tanto de negar la sacralidad de la tierra, para dominarla de un modo destructor (como hemos los herederos de una tradición judeo-cristiana mal interpretada), sino de ver en ella la mano de un Dios creador, que aparece al mismo tiempo como esposo-padre del pueblo (y de la tierra).

Ciertamente, ese símbolo (Dios Padre y Esposo) resulta hoy problemático, pues destaca los aspectos masculinos, de manera que implícitamente supone que lo femenino es inferior (pues Dios aparece como esposo/masculino), mientras que la humanidad aparece como esposa inferior (vinculada a los niños). Pero es un símbolo importante que puede y debe elaborarse en claves de vinculación en igualdad de lo masculino y femenino. Desde esta perspectiva podemos entender el pasaje que sigue. Habla Dios como Padre y Esposo de Israel: (Padre) Cuando Israel era niño, yo lo amé y desde Egipto yo llamé a mi Hijo… Yo enseñé a andar a Efraín, y lo llevé en mis brazos y ellos no advertían que yo los cuidaba. (Esposo) Con lazos de amor los atraía, con cuerdas de cariño… ¿Cómo podré dejarte, Efraín, entregarte a ti, Israel?… No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín, que soy Dios y no un hombre, el Santo en medio de ti y no enemigo devastador (Os 11, 1-4.8-9). Dios se revela y actúa así como padre/esposo de amor, que lleva en brazos y acuna a su hijo, al que convierte en su esposa. No apela a su grandeza/poder para imponerse sobre el hijo/esposa, ni utiliza palabras de castigo, sino que se presenta en debilidad e impotencia, como alguien que saber ceder por amor. Estar dispuesto a perder ante el amigo, esto es amar: quedarse impotente ante el pueblo/esposa, ofreciéndole amor, esto es ser Padre/Esposo verdadero, no para destruir la tierra (como han hecho después los herederos judeo-cristianos de esa experiencia), sino para potenciar su sacralidad, pero en clave personal. Al presentar de esa manera a Dios, el profeta ha vinculado las dos experiencias del amor más profundas de la humanidad. En una perspectiva (que aparece sobre todo en Os 2) domina la visión de Dios como Esposo amante, no como Señor patriarcalista que se venga de la mujer infiel, castigándola o matándola por ley (cf. Lev 20, 10; Dt 22, 22-24), sino como Amigo que sabe amar y que, en amor, perdona, iniciando de nuevo el camino de una vida en compañía. En la otra perspectiva (Os 11) domina la imagen del Dios que es Padre materno, que se vuelve esposo. Este es un Dios débil, sensitivo, que, en vez de castigar al hijo infiel le ama, ofreciéndole de nuevo un camino de realización.

Según eso, Dios no es dualidad en sí (esposo-esposa, Baal-Ashera), como decían los cananeos, pero se vuelve dualidad al amar a su pueblo. Eso significa que no tiene esposa divina (en sí mismo es “Dios solo”, ni masculino ni femenino), pero puede tener y tiene una esposa humana (crea dualidad). En ese sentido, en el fondo Dios, no actúa como “varón”, sino que está más allá de la dualidad varón-mujer. Pero él puede y quiere presentarse como padre-esposo del pueblo, lo que hace que el pueblo entero aparezca a su lado como esposa-hijo, de manera que, simbólicamente, puede suscitar una dualidad jerárquica entre los sexos, pues lo divino tiende a verse como más cercano al padre-esposo, mientras que lo humano queda vinculado al signo de la mujer-hijo En esa línea, se puede hablar de una elevación de la mujer, que aparece así como signo de una humanidad (de un pueblo de Israel) que es capaz de aceptar o rechazar a Dios… Pero esta experiencia puede ofrecer también un riesgo para la mujer, pues sigue situando a las mujeres concretas en un plano de inferioridad jerárquica, pues todo el orden de la realidad se funda en el Dios padre/esposo, que ama al hijo/esposa, pero desde arriba.

53 Responses to “Oseas. Se ha prostituido tu madre”

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