Año nuevo, Fiesta de la paz (Jubileo de Lev 25, 31-46)

jubileo El día 1 de enero ha sido fiesta de Santa María, principio de año y celebración del Día de la Paz. Con esta ocasión quieto colgar de mi blog un trabajo que escribí hace doce año, con ocasión del Gran Año Jubilar (2000), recordando los principios del Año Nuevo judío, es decir, del Año Jubilar

Esa fiesta del gran año nuevo se celebraba cada 49 años (aunque se recordaba cada a). Tres eran sus motivos básicos:

a) Igualdad real, económica y familiar. Reparto universal de todos los bienes (que entonces eran ante todo las tierras), para que todas las familiar pudieran empezar en igualdad económica y social

b) Libertad real de todos los prisioneros y encarcelados. Tenían que abrirse todas las “bastillas”, en gesto de conversión y de reconciliación, abierta para todos.

c) Fraternidad real, en gesto de confianza básica en la vida humana, en la vida de todos… Pero de hecho esta fraternidad tendía a cerrarse en el pueblo de Israel… y aún dentro de Israel había grupos que nunca aceptaron esta “ley” e ideal del jubileo

He “colgado” este trabajo en mi blog de Religiondigital, pero  dividido yen partes. Quiero ofrecerlo aquí unido, porque ofrece una visión espléndida del camino de la paz. El tema forma parte de mi libro FIESTA DEL PEN, FIESTA DEL VINO (Verbo Divino, Estella 2004). Buen año a todos.

Tema

Jubileo deriva presumiblemente de yobel, cuerno de carnero que los sacerdotes judíos hacían sonar al comienzo del gran año de liberación y comunión, que recibe el nombre de jubileo (cf. Lev 25, 8-9). Dios mismo se revela  como manantial de gozo, del cuerpo y el espíritu, el trigo, el vino y el aceite, de la familia y la sociedad, en este año de restitución universal. Esa utopía del jubileo de Dios, expresado en la justicia y comunión humana, llena toda la Biblia israelita y culmina en la fiesta mesiánica del pan y del ino, de la eucaristía de Jesús de Nazaret.

Han pasado los siglos, han corrido los años. Muchos piensan que las fuentes del júbilo antiguo se han secado, que el mismo Dios se encuentra jubilado (inactivo). Algunos añaden, incluso, que ha muerto. Son más los que dicen: ha dejado de actuar. Volveremos al tema en la conclusión de este libro, que dedicamos a la fiesta del Dios jubiloso que actúa en el pan de comunión y en el vino del amor definitivo, que se expresa plenamente por la Eucaristía. Este primer capítulo, de tipo introductorio, trata sobre el jubileo israelita y ha sido concebido como principio y trasfondo de todo lo que sigue. Es muy esquemático y podrá resultar difícil para lectores menos iniciados en la Biblia. Será normal que algunos prefieran dejarlo por ahora y pasar directamente a los capítulos siguientes, para retomarlo al fin del libro.

La ley israelita del año sabático y jubilar refleja antiguas tradiciones del oriente, vinculadas a la necesidad del descanso cíclico (barbecho) de los campos y a visiones míticas de la propiedad y del uso de la tierra. En el fondo de esa ley se ha expresado también una utopía sagrada de justicia y reparto o recuperación igualitaria de las tierras, profundizada por la singular experiencia israelita. Así nos pone en contacto con las más hondas raíces y esperanzas agrarias de nuestra cultura de occidente.

Lógicamente, esa ley ha desbordado el plano agrario, para aplicarse en el ámbito social, proyectando y programando unos tiempos especiales de remisión (perdón) de las deudas y liberación de los esclavos. Eso significa que todos los hermanos (familias) del pueblo pueden y deben vivir en igualdad y concordia, sin dependencia económica ni esclavitud humana, sobre una tierra compartida.

Por eso, es bueno que en un tiempo como este (año 200), marcado por la celebración folclórica y  sacral del jubileo, retomemos las raíces de nuestra cultura social y religiosa, evocando el proyecto de libertad, solidaridad económica y reparto tierras que sigue proclamando el jubileo bíblico. Ciertamente, somos cristianos, no puramente israelitas y así decimos que la ley judía no vale ya para nosotros, en un nivel externo; pero su exigencia más profunda, asumida por Jesús en su mensaje jubilar (cf. Lc 4, 18-19), es fuente de inspiración para todos los creyentes monoteístas y, en especial, para los cristianos.

Método. Objetivos.

Empleamos un método histórico y sistemático, trazando el sentido general y aplicación de las tradiciones jubilares. Lo haremos de un modo unitario, vinculando sus temas: perdón de las deudas, liberación de los esclavos, reparto de las tierras. Para ayuda del lector menos informado en ciencias bíblicas, citamos por extenso los textos y omitimos toda discusión erudita con la bibliografía especializada que aportamos en algunas ocasiones, ofreciéndola de un modo sumario al final del capítulo. Ofrecemos, así, una introducción general al estudio de la eucaristía, que sólo alcanza su pleno sentido en un contexto de libertad, independencia económica y posesión básica (familiar e igualitaria) de las tierras.  En el comienzo de un camino abierto hacia la plenitud cristiana (donde el pan y vino son signos de vida compartida y no sólo de recuperación igualitaria de las tierras) se sitúa esta introducción.

1. Inspiración sabática: descanso de la tierra, libertad de los esclavos

Código de la Alianza (Ex 20, 22-23, 19).

Los israelitas tuvieron desde antiguo (siglo XII a. de C.) normas y leyes vinculadas al uso y propiedad de la tierra, repartida igualitariamente entre tribus, clanes y familias. Las ciudades cananeas habían desarrollado un modelo de propiedad y dominio piramidal, llamado “modo de producción asiático”: reyes y templos poseían de unos campos, que los campesinos trabajaban como siervos; el poder militar, político y económico se concentraba en unos pocos habitantes de la ciudad central, que actuaban como señores y dueños del “hinterland” o entorno agrario. Por el contrario, los israelitas habían constituido una federación de campesinos libres, propietarios de la tierra, organizados en tribus y clanes, vinculados entre sí por un pacto de solidaridad, avalado por Yahvé, Dios de la alianza. Eran iguales y libres, no esclavos de reyes, siervos de señores, ni renteros campesinos de unos ricos ciudadanos (Gottwald, 1980, 237-388; Pikaza, 1997, 9-50)[2]. Esta experiencia básica de posesión igualitaria de la tierra definirá las leyes y alimentará las esperanzas utópicas que aquí estudiamos.

Y así venimos a las primeras  leyes sabáticas del Código de la Alianza (Ex 20, 22-23, 19), antiguo texto legal, que recoge normas tradicionales de las tribus, no de reyes o ciudades, redactadas en su forma actual en torno al siglo IX a. C. Este Código,  marcado por un fuerte sentido social, quiere amparar la vida y libertad universal sobre la tierra que Dios ha dado al pueblo. Contiene leyes económicas, cultuales y criminales, propias de una sociedad austera, aunque bien organizada (cf. Sicre, 1992, 122-123). Entre ellas están las dos leyes sabáticas (Ex 21, 1-11 y 23, 10-13), que, unidas a las cultuales (Ex 20, 22-26 y 23,14-19), forman un quiasmo o círculo unitario.

1. Ley de esclavitud:

[Principio]              Cuando compres un esclavo hebreo, servirá seis años, y el séptimo quedará libre sin pagar rescate. Si entró solo, solo saldrá; si tenía mujer, su mujer saldrá con él. Si su amo le dio mujer, y ella le dio a luz hijos o hijas, la mujer y sus hijos serán del amo, y él saldrá solo.

[Excepción]          Si el esclavo declara: “Yo quiero a mi señor, a mi mujer y a mis hijos; renuncio a la libertad”,  su amo le llevará ante Elohim y, arrimándolo a la puerta o a su jamba, le horadará la oreja con una lezna; y quedará a su servicio para siempre.

[Hija esclava]       Si un hombre vende a su hija por esclava, ésta no saldrá de la esclavitud como salen los esclavos. Si no agrada a su señor que la había destinado para sí, éste permitirá su rescate; y no podrá venderla a gente extraña, tratándola con engaño. Si el señor la destina para su hijo, le dará el mismo trato que a sus hijas.  Si toma para sí otra mujer, no le disminuirá a la primera la comida, ni el vestido, ni los derechos conyugales. Y si no le da estas tres cosas, ella podrá salirse de balde sin pagar rescate (Ex 21, 2-7).

El principio del texto no declara la razón la razón del esclavizamiento, pero todo nos permite suponer que son las deudas. Los equilibrios agrícolas en una economía de subsistencia resultan lábiles: la poca habilidad o suerte adversa, la injusticia o rapiña ajena, la mala cosecha,  hacen que un hombre (un propietario) deba pedir préstamos a los vecinos hábiles o más ricos. Si no puede restituirlos a su tiempo, se convierte en esclavo de su acreedor. Pues bien, conforme a la ley de la alianza, esa esclavitud del hebreo (que puede ser israelita o no) sólo puede durar siete años, que forman un todo sagrado o una semana de años (cf. de Vaux, 1985, 599-610), tiempo suficiente para depender de otro y pagarle con su trabajo las deudas contraídas[3].

El segundo apartado de esta ley (excepción) trata de aquellos que desean seguir siendo esclavos. Es evidente que al fondo de ese deseo no debe suponerse, en general, un amor romántico hacia el buen amo, sino, más bien, la conveniencia del esclavo, que no tiene iniciativa para vivir en libertad, ni medios para recuperar su antigua tierra, ni más familia que la mujer e hijos que el amo le ha dado (y que él no puede llevar consigo, pues no son suyos). Lógicamente, ha de elegir entre hacerse libre sin propiedad y familia (condenado a la vida errante) o seguir esclavo con posibilidades de vida. Es claro que muchos, entonces como ahora, prefieren la esclavitud con familia y comida[4].

Robar seres humanos, hacer y ser esclavos

En el fondo de esta ley que regula (limita) la esclavitud, podemos recordar el sentido primitivo del 6º (o 7º) mandamiento del Decálogo ético:  no robarás (Ex 20, 15; Dt 5, 19). La tradición posterior suele aplicarlo al robo de cosas,  pero la intención primera del texto se dirige contra el robo de personas, raptadas para ser vendidas a modo de mercancía, en las ferias de esclavos, como muestran otros textos paralelos: Quien robe a un hombre para venderlo o esclavizarlo es reo de muerte (Ex 21, 16). Quien robe a un hermano israelita, para explotarlo o venderlo morirá.   Así extirparás la maldad (Dt 24, 7). La gravedad de este robo viene definida por la dureza del castigo que debe recibir quien lo comete (pena de muerte). Aquella era, sin duda, una sociedad propensa al esclavizamiento de personas;  por eso resultaba necesaria esta ley contra el ladrón o traficante de esclavos y la ley sabática que reduce a siete el número de años de esclavitud por deudas.

El espíritu de estas leyes  debería aplicarse actualmente (sin castigo de muerte) contra todos aquellos que hoy explotan a los otros, por robo, endeudamiento o dependencia económica. Quien rapte a un hermano para esclavizarle, quien oprima a los demás por razón de deudas económicas está destruyendo la misma raíz de la humanidad, como iremos viendo en lo que sigue.  El pasaje antes citado (Dt 24,7) distingue entre un hermano israelita (a quien no se puede robar) y  un extraño (cananeo o indio, negro o asiático) a quien podría robarse o esclavizarse, como ha sucedido hasta hace poco en nuestra ilustrada sociedad de occidente (cf. también Dt 15 y Lev 25). Es claro que en este caso la ley israelita debe ser re-creada en forma universal, según su espíritu, como ha hecho Jesús en Mt 5, 43-48.

La ley sobre la hija (o mujer) esclava se sitúa en el mismo contexto: el hombre cae esclavo cuando no puede pagar sus deudas; la mujer cuando es “vendida” por su padre o propietario, que tiene deudas o quiere sacar ganancia de ella. Evidentemente, la norma sabática no se aplica a la mujer-esclava, pues en aquel contexto era impensable que ella alcance su libertad después de haber sido siete años esclava-concubina. Por otra parte, la diferencia entre mujer libre y esclava de la casa (entre vender o dar la hija en matrimonio) resulta a veces pequeña. Por eso es loable el esfuerzo de la ley por proteger a las mujeres así vendidas (cf. Chirichigno, 1993, 186-255; Westbrook, 1991, 142-165)[5].

2. Ley del cultivo y descanso de la tierra

[Semana años]     Seis años sembrarás tu tierra y recogerás su producto; al séptimo la dejarás descansar y en barbecho, para que coman los pobres de tu pueblo, y lo que quede lo comerán los animales del campo. Harás lo mismo con tu viña y tu olivar.

[Semana días]      Seis días harás tus trabajos, y el séptimo descansarás, para que reposen tu buey y tu asno, y tengan un respiro el hijo de tu sierva y el forastero (Ex 23, 10-12).

Al fondo de está ley sigue estando la experiencia sacral de la semana de días, vinculada a los ciclos de la luna y a otras normas del oriente, que los israelitas han asumido y profundizado, ampliándolas al ciclo de los años, con un carácter social y cósmico: el sábado es descanso para el hombre (dueño de casa) con su propiedad (buey-asno) y su familia extensa (esclavos y forasteros). De esa manera, el mismo cosmos (tiempo y espacio) asume, implícitamente, un ritmo septenario. Desde aquí se entiende la ley del barbecho que, en principio, reflejaba costumbres agrícolas: las tierras pobres necesitaban y siguen necesitando ciclos de descanso. Nuestro texto fija su frecuencia sacral (ritmo septenario) y su finalidad: es para bien de la tierra (que vuelva a su ser natural, que descanse) y de los pobres, para quienes será el producto de la tierra no labrada, viña u olivar (el trigal queda implícito).

Esta ley ofrece una utopía de vuelta a la naturaleza: cada siete años la tierra debe producir por sí misma, como sucedía en el paraíso, de manera que la propiedad y fruto de los campos sean por igual para todos los humanos, incluso para los animales salvajes, que así aparecen integrados en el ritmo de la vida. Según eso, la propiedad privada, con el trabajo agrícola organizado de manera racional, a lo largo de seis años, cesa el año séptimo y todos, hombres y mujeres, libres y esclavos, israelitas y extranjeros (cf. Houton, 1991), se vuelven iguales, dentro de una naturaleza que regala sus bienes.

Estrictamente hablando, esta ley del barbecho (en analogía a la ley de los esclavos) puede interpretarse de manera individualizada para cada finca o propiedad, de manera que no “descansen” todas a la vez, sino unas a un tiempo, otras a otro, manteniendo así el equilibrio de conjunto de la producción. Sin embargo, la misma tensión utópica del texto puede llevar y ha llevado, como veremos, a una aplicación unitaria de la ley, de manera que todas las tierras reposen a un tiempo, compartiendo el mismo sábado cósmico y mesiánico de la espontaneidad vital y del retorno al equilibrio primigenio de la obra de Dios. Este sábado de años aparece así como expresión de providencia protológica y escatológica: es signo de presencia de Dios en el origen y en la metal final de la naturaleza (cf. North, 1954, 109-134; Fager, 1993, 32; Wright,  1992c, 857-861).

Esta ley del sábado sitúa la existencia del pueblo en dos campos fundamentales: libertad y tierra. Los israelitas saben que hay un ritmo de Dios, vinculado a los años de esclavitud y libertad, posesión particular y disfrute universal del campo. El séptimo expresa, según eso, una experiencia de libertad, de retorno al descanso originario, de vinculación de todos los vivientes, incluidos los seres animales, de descanso final. El mesianismo profético (cf. Is 11, 7-9) estará vinculado a esta experiencia[6].

2. Año Sabático de la remisión.

Código deuteronómico (Dt 12-26)

Del Código de la Alianza (siglo IX a. de C.) pasamos al Deuteronomio (Dt 12-26), de origen también antiguo y fijado hacia finales del siglo VII a. C. Han cambiado las circunstancias, la vida se ha vuelto más compleja, las leyes más extensas, pero la inspiración antigua sigue y se afianza, instituyendo con claridad un Año Sabático e introduciendo en ese contexto las leyes básicas de  remisión de las deudas y liberación de los esclavos.

La norma del barbecho de la tierra, con la sacralización septenal (=de siete años) de la naturaleza queda en desuso o, por lo menos, en silencio. Es como si al legislador, en años de fuerte crisis social (tras la caída de Israel y la inestabilidad de Judá), le interesara asentar la vida del pueblo sobre la base de una remisión rítmica, que se expresa no en el descanso de la tierra, sino en el perdón de las deudas y la libertad de los esclavos, como muestra  Dt 15, 1-18.

1. Año de Remisión  (Dt 15, 1-6). Principios

Así comienza el texto principal (cf. Dt 15, 1-16)  de la ley sabática (y del jubileo que después estudiaremos). En su fondo sigue latiendo el ideal de una sociedad igualitaria, donde todas las familias son propietarias de la tierra, de manera que puedan vivir en autosuficiencia, sin imponerse unas a otras. Cada  unidad humana podrá vivir en autonomía y abundancia, en comunión con las demás.

[Ley básica]          a. Cada siete años harás la remisión.  En esto consiste la remisión:

Todo acreedor perdonará la deuda del préstamo hecho a su prójimo;

le hará remisión: no apremiará a su prójimo ni a su hermano,

a’. porque se proclama la remisión en honor de Yahvé.

[Doble norma]     Podrás apremiar al extranjero, pero a tu hermano le concederás la remisión de lo que te debe.

[Aplicación]          Cierto que no habrá (=no debería haber) ningún pobre junto a ti, porque Yahvé te otorgará su bendición en la tierra que Yahvé tu Dios te da en herencia para que la poseas;  pero (eso será) sólo si escuchas de verdad la voz de Yahvé tu Dios, cuidando de poner en práctica todos estos mandamientos que yo te prescribo hoy. Yahvé tu Dios te bendecirá como te ha dicho: prestarás a naciones numerosas, y tú no pedirás prestado, dominarás a naciones numerosas, y a ti no te dominarán (Dt 15, 1-6).

Este Código ha creado (o introducido) la palabra técnica Shemitta (de shamat: dejar libre), que traducimos como remisión. Lo que antes podía haber sido una exigencia particular de perdón o descanso, cada siente años, se instituye ahora como Shemitta, Año Septenal, Sábado de Años, en honor a Yahvé. Esta es la Ley básica que se proclama (con el verbo qara’) en honor de Yahvé. De esa forma se identifican presencia de Yahvé y remisión social, que se expresa como perdón de deudas e incluye la libertad de los esclavos[7].

La doble norma del Año de la Remisión (se perdona al hermano, no al extraño) nos sitúa ante un tema básico (y no resuelto) de la economía y convivencia humana. Ciertamente, podemos y debemos resaltar su imperfección (o no universalidad): los israelitas reciben el perdón de todas las deudas, los extranjeros no. La experiencia de la gratuidad (de la remisión y la vida compartida) no se puede expandir por ahora a todos los humanos, pues no existen condiciones religiosas y sociales para ello (como indica la aplicación final); ella se aplica sólo al pueblo, que debe nacer de nuevo, cada siete años, en perdón mutuo y abundancia.

Doble moralidad ¿doble eucaristìa?

Esta doble norma (que podía estar al fondo del texto anterior: Ex 21, 2)  ha sido un tema no resuelto en la historia de Israel, escindida entre un universalismo más utópico (presente en la línea profética) y un particularismo más nacionalista (presente en esta ley). Nosotros, desde el mensaje de Jesús (Mt 5, 43-48), debemos interpretar de forma universal la ley de libertad, sin distinción entre judíos y gentiles (cf. Gal 3, 28), cristianos y no cristianos. Debemos confesar, sin embargo, que la misma iglesia actual sigue escindida entre los que acentúan su identidad (las “gracias” evangélicas han de aplicarse de forma especial a los cristianos) y los que destacan su carácter de fermento (la iglesia expande por igual su gracia a todos los humanos). No hará falta recordar que los sistemas económicos del momento actual (estados nacionales, pactos internacionales, multinacionales)  han “empeorado” la doble norma israelita, al crear condiciones económicas distintas entre los miembros del grupo y  los extraños.

2. Perdón de las deudas (Dt 15, 7-11)

El pasaje anterior afirmaba no habrá (=no deberá haber) pobres en la tierra (Dt 15, 4), porque perdón interhumano y bendición de Dios garantizan la abundancia para todos en el pueblo. Pero ahora, el texto que antes era ley utópica, declaración de principios generales, se vuelve parénesis realista e insistente, porque no faltaran pobres en la tierra a’: (Dt 15, 11). Los humanos siguen divididos e incluso la misma exigencia buena de perdonar las deudas podría convertirse en norma perniciosa, cerrando a cada uno en su hacienda y paralizando los préstamos, haciendo el remedio peor que la necesidad. Así dice el nuevo texto:

[a: Prestar]            Cuando uno de tus hermanos esté necesitado en alguna de tus ciudades en la tierra que Yahvé tu Dios te da, no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano a tu hermano necesitado. Le abrirás tu mano con liberalidad, y sin falta le prestarás lo que necesite.

[b. Año sabático] Cuida que no haya en tu corazón pensamiento perverso, para decir: Está cerca el año séptimo, el Año de la Remisión, de tal forma que mires malévolamente a tu hermano necesitado para no darle nada. Porque él clamará contra ti a Yahvé y tú serás hallado culpable. Sin falta le darás; y no tenga dolor tu corazón por hacerlo, porque así te bendecirá Yahvé tu Dios en todas tus obras y en todo lo que emprenda tu mano.

[a’: Dar]                 Porque no faltarán pobres en medio de la tierra; por eso, yo te mando diciendo: Abrirás tu mano ampliamente a tu hermano, al que es pobre y al que es necesitado en tu tierra (Dt 15, 7-11).

Entre el prestar (a) y el dar (a’), que implican generosidad económica (abrir la mano), se sitúa la parénesis sobre el año sabático (b), que, tomado legalmente, puede convertirse en freno para el trabajo y la generosidad, pues si cada siete años se deben perdonar las deudas ¿para qué prestar entonces? Si todo vuelve a compartirse ¿por qué esforzarse en producir? La misma ley de los bienes compartidos puede convertirse en justificación del egoísmo. Por eso, al fondo de ella descubre y proclama nuestro texto un principio más alto de generosidad, que es el centro y sentido del año sabático. La ley del perdón de las deudas ha de interpretarse, según eso, a partir de un principio supra-legal de generosidad, fundado en la experiencia del Dios de la alianza.

Tomada en sí misma, la ley del perdón de las deudas puede resultar paradójicamente anti- o supra-legal, pues va en contra del modelo de justicia conmutativa, fundada en el “talión”: ojo por ojo…  Por eso, a fin de que se cumpla en su intención más honda, ella ha de fundarse en una intensa experiencia de gracia. Quien sabe que el año séptimo quedan perdonadas las deudas y, sin embargo, sigue prestando dinero a los necesitados ha de hacerlo por generosidad: porque la vida es un regalo y ella puede comenzar de nuevo, cada siete años, en comunión humana, abierta a la concordia, al diálogo de iguales. Por encima de la Ley que rige en los tiempos normales (seis años de trabajos y afanes del pueblo), se eleva y triunfa así la Supra-Ley o experiencia de perdón, vinculada al Sábado de Dios.

Es como si los israelitas renacieran cada Siete años, cancelando las deudas anteriores y ofreciendo a cada uno (a cada familia) la posibilidad de comenzar una vida pacificada. Este perdón de las deudas pertenece al nivel de la gratuidad fundadora. No va contra la ley, pero supera su nivel y nos conduce hasta la raíz de la creación. Donde sólo se aplica la ley, donde se responde a la violencia con violencia y a la deuda con imposiciones, nunca surgirá justicia verdadera.

Perdona nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores (Mt 6, 12 par)

Dentro de la tradición israelita, Jesús de Nazaret ha llevado hasta su culmen este principio sabático del perdón de las deudas, expresado  en su oración fundamental (Padrenuestro), mal traducida en la versión litúrgica actual, en castellano: perdona nuestras ofensas, como perdonamos a los que nos ofrecen. Jesús ha ofrecido y pedido el perdón de todas las deudas, convirtiendo así el tiempo cristiano en plenitud sabática permanente. Este perdón está en el centro del sermón de la montaña, como ha mostrado Pikaza, 1993: las deudas nos sitúan en plano de talión; por encima de ellas emerge la gracia original del jubileo, culminado por el evangelio.

3.  Liberación de los esclavos (Dt 15, 12-18).

Desde ese fondo se entiende el rasgo nuevo de esta ley sabática, que ratifica el perdón en forma de liberación de los esclavos. Como hemos visto ya, la esclavitud se encuentra vinculada al endeudamiento: el esclavo u oprimido (varón) es en principio, en el viejo Israel y en el mundo actual, un deudor insolvente, que sólo puede pagar sus deudas con el trabajo de su vida[8]. Por eso, el perdón de las deudas implica y exige la liberación de los esclavos, en el año solemne de la remisión:

[a: Principio]         Si tu hermano hebreo, hombre o mujer, se te vende,

te servirá seis años y al séptimo lo dejarás ir libre de ti.

[b. Provisiones]     Cuando lo dejes ir libre, no lo mandarás con las manos vacías. Le proveerás generosamente de tus ovejas, de tu era y de tu lagar,  de aquello con que Yahvé tu Dios te haya bendecido. Recuerda que fuiste esclavo en la tierra de Egipto, y que Yahvé tu Dios te rescató. Por eso, te mando esto hoy.

[b. Excepción]      Pero si él te dice: “no quiero marcharme de tu lado”, porque te ama, a ti y a tu casa, porque le va bien contigo, tomarás un punzón, le horadarás la oreja contra la puerta, y será tu siervo para siempre. Lo mismo harás con tu sierva.

[a’: Parénesis]       No se te haga demasiado duro el dejarle en libertad, porque el haberte servido seis años vale como salario de jornalero. Y Yahvé tu Dios te bendecirá en todo lo que hagas (Dt 15, 12-18).

Esta ley reasume, con variantes, la de Ex 21, 20-22.  Por el lugar que ocupa en el Año de Remisión, puede pensarse que ella (como el perdón de las deudas) se cumple unitariamente, cada siete años, de manera que todos los esclavos quedan libres a la vez. Sin embargo, tomada en sí, como unidad independiente, puede aplicarse en forma individualizada, como en Ex 21, de manera que los seis años de esclavitud empiezan a contarse para cada uno en el momento en que ha sido esclavizado. Seis años es un tiempo definitivo, expresión de máxima servidumbre. Por seis años se puede mantener a un hombre esclavo, utilizando sus servicios. Hacerlo por más tiempo significa destruirlo: una servidumbre de por vida es muerte: destrucción total de la persona.

Sólo siete años de esclavitud o cárcel

La ley bíblica admite la esclavitud como menor, por un tiempo simbólico: siete años. Extenderla más supondría destruir la vida humana.  Sorprende el carácter “moderno” de esta ley, que contrasta con muchas leyes actuales, que siguen imponiendo penas de cárcel perpetua, por razones que en el fondo siguen siendo económicas. De todas formas, debemos recordar que la antigua ley israelita admitía y exigía la pena de muerte, como “castigo” por otro tipo de delitos (sexuales, sacrales, criminales), que hoy nos parecen menos graves. Un trabajo completo sobre el tema de la libertad en la Biblia exigiría el estudio (contexto, razón, sentido) de esas penas.

Vengamos ya el texto en concreto. Su novedad de principio (a) está en el modo, tan moderno, en que, desbordando el plano de Ex 21, 1-11, iguala al varón y a la mujer “hebreos” (que aquí son ya claramente israelitas). Quizá lo hace porque ha visto que la raíz de toda esclavitud (masculina y femenina) es un mismo endeudamiento y opresión.  También es nueva la exigencia de que el antiguo dueño ofrezca provisiones (b) al esclavo/a liberado, dándole las cosas necesarias: una libertad sin bienes básicos (sin posibilidades de realización personal y familiar) carece de sentido (cf. b`).

Lógicamente, la parénesis final (a’), pide al amo que sea generoso, reconociendo el valor de aquello que el esclavo/a le ha dado en los años de servicio. A pesar de eso, resulta necesaria la  excepción (b`: cf. Ex 21, 5-6): aunque el amo ofrezca bienes abundantes, puede haber esclavos/as que se sientan y sepan incapaces de vivir en libertad, por falta de patrimonio y/o tierra suficiente, por carencia de familia o riesgos del ambiente. La libertad formal no es un bien en sí, si no va acompañada por aquellos valores de afecto, vida familiar y economía que la hagan digna y posible.

Los presupuestos de la libertad.

Se podría decir  que es mejor una buena esclavitud que una mala libertad (un despotismo bondadoso, que una dura democracia). Pero el tema no puede plantearse en abstracto. La ley bíblica busca la libertad de todos (al menos de los israelitas), pero sabe que en ciertos contextos ella resulta imposible (como lo ha visto la teología de la liberación). No basta decir que hay libertad: hay que buscar, crear, ofrecer espacios de vida compartida donde esa libertad sea posible, especialmente para los más débiles, que son de los que trata el texto.  Por otra parte, esta ley supone que el amo es bueno, pues el antiguo siervo se le ofrece como esclavo perpetuo ¿Qué pasaría cuando el amo no acepta en su casa al esclavo por estorbo, por anciano? ¿Dónde podría refugiarse el puro siervo que no tiene ni un amo? Pienso que debería aplicarse la legislación sobre los huérfanos-viudas-forasteros  (cf. Ex 22, 20-21; Dt 16,11-12; 24,17-22; 27, 19). El evangelio ha respondido  diciendo que todos los seguidores de Jesús (los humanos) son hermanos, hermanas y madres, es decir, una familia (cf. Mc 3, 31-35).

4. Año sabático, estudio de la Ley

Hemos podido observar cierta dualidad en la aplicación de Dt 15, 1-18. Por un lado, la remisión aparece vinculada a un año fijo y universal, en que se perdonan, al mismo tiempo, todas las deudas (15, 1-11). Por otra parte, la liberación septenal de los esclavos parece independiente de ese Año sabático, de manera que cada esclavo debe cumplir siete años íntegros de servidumbre. Esto nos permite suponer que las diversas partes de esta Ley no han sido armonizadas, de manera que muestran incoherencias.

Es posible que el mismo legislador haya sido conscientes de ellas, dejando que los lectores (el tiempo) las resuelvan. Esta no es una ley apodíctica, que debe cumplirse  por imperativo fundante, ni de casuística estricta, con castigo específico para quienes no la cumplan, sino una ley parenética, vinculada a la buena voluntad de los israelitas, ley que apela al corazón, pero que no puede exigirse empleando para ello medios coactivos (de castigo corporal, de multa o muerte).

Esta es una ley de consenso comunitario: descansa sobre la buena voluntad y compromiso activo de los israelitas: es norma de conciencia, que expresa  el deseo del conjunto de la población, pero que difícilmente puede imponerse por la fuerza. Lógicamente, ella resulta inseparable del estudio e interiorización de la ley en el Año Sabático, en contexto de Fiesta de Tabernáculos:

[Ley]                      Moisés puso esta Ley por escrito y se la dio a los sacerdotes, hijos de Leví, que llevaban el arca de la alianza de Yahvé, así como a todos los ancianos de Israel. Y Moisés les dio esta orden:

[Proclamación]    Cada siete años, tiempo fijado para el año de la Remisión, en la fiesta de los Tabernáculos, cuando todo Israel acuda, para ver el rostro de Yahvé, tu Dios, al lugar elegido por él, proclamarás esta Ley a oídos de todo Israel.

[Aprendizaje]       Congrega al pueblo, hombres, mujeres y niños, y al forastero que vive en tus ciudades, para que oigan, aprendan a temer a Yahvé vuestro Dios, y cuiden de poner en práctica todas las palabras de esta Ley.  Y sus hijos, que todavía no la conocen, la oirán y aprenderán a temer a Yahvé vuestro Dios todos los días que viváis en el suelo que vais a tomar en posesión… (Dt 31, 9-13)[9].

La remisión sabática se integra así dentro de la vida de Israel, codificada por el deuteronomista, en una época más tardía (quizá en tiempos del exilio), dentro de la gran liturgia de la alianza o compromiso israelita que el mismo redactor ha fijado en otros pasajes de su obra, dotados de gran densidad dramático-teológica (bendiciones y maldiciones, renovación de la alianza: Dt 27-28, Jos 24).

Este pasaje no establece distinción entre sabios e ignorantes, maestros que saben y enseñan y discípulos que ignoran y aprenden. Aquí no hay “iglesia” docente y discente, sino una comunión donde todos por igual, en el año de la fiesta, escuchan y aprenden la ley liberadora, que es centro y tema de la remisión. De esa forma, la vida israelita, centrada en la escucha y cumplimiento de la Ley, queda recreada y se aprende de nuevo en este Año Sabático universal, donde todos los israelitas, y no sólo algunos privilegiados pueden hacerse sabios y compartir el camino, en la única Universidad de la vida, que es el pueblo entero.

El Año de la Remisión, centrado en la Fiesta de los Tabernáculos, se convierte así en  tiempo de gozo y aprendizaje compartido. Los siete días exultantes de esa Fiesta de la Cosecha, que culminan con el vino (cf. Dt 16, 13-15), quedan así consagrados al agradecimiento de la vida, que  brota de nuevo y se funda en el perdón de Dios, expresado en el perdón mutuo, y en el cultivo de la ley, en un entorno de retorno a la naturaleza (se vive en tabernáculos o chozas de campaña, hechas de ramas naturales, no en casas).

Quizá pudiéramos ampliar estas observaciones, afirmando que no sólo la Semana de Fiesta, sino todo el Año de la Remisión, centrado en ella, es Tiempo de renacimiento: perdón de las deudas, nuevo aprendizaje de la vida. Lógicamente, esta ley del perdón sólo puede expresarse de forma parenética y cumplirse de un modo gratuito, por gozo de la vida, sin imposiciones de tipo penal. Es una ley abierta a la buena voluntad del pueblo, que acepta la Alianza de Dios y la traduce en formas de aprendizaje y solidaridad interhumana[10].

3. Culminación sacerdotal (Lev 25)

La Ley del Jubileo

Hemos evocado las formas primeras de esta ley en códigos venerables: libro de la Alianza (Ex 21-23) y Deuteronomio (Dt 12-26). Pues bien, tas el exilio,  los Grandes Sacerdotes, empeñados en recrear la vida israelita en la Tierra Prometida, hacia finales del siglo VI a. C., han transformado la norma sabática en Ley del Jubileo (Lev 25), al final del Código de Santidad (Lev 17-26).

Había en aquel tiempo, al final del dominio babilónico y al principio del persa (del 539 a. C. en adelante), otros grupos sacerdotales y proféticos, tanto en el exilio, como en Palestina, empeñados en fundar las condiciones sociales y espirituales, legales y económicas, para la restauración del pueblo en la tierra prometida. Recordemos la escuela de Isaías (2º Isaías), centrada en la esperanza mesiánica del retorno israelita; la escuela de Ezequiel (cf. Ez 40-48), con su proyecto de recreación utópica y sacral del pueblo de las doce tribus, ocupando de nuevo la tierra,  en torno al santuario de Jerusalén; los profetas Ageo y Zacarías, la escuela deuteronomista… (cf. Ackroyd, 1968; Smith, 1987).

Pues bien, por su fidelidad al pasado y su realismo de futuro, destaca el grupo sacerdotal, vinculado a la tradición del P (=Priester.), responsable de gran parte de la codificación del Pentateuco. Los miembros de este grupo, que han releído la historia de Israel en claves de pecado y castigo, quieren fundar para el pueblo un tiempo nuevo de fidelidad sacral a Dios y convivencia humana en la tierra prometida. Son conscientes de las dificultades de su empeño, pues el pueblo se encuentra dividido entre aquellos que han quedado en Palestina (actuando de hecho como dueños de la tierra) y  los exilados  de Babilonia, que quieren volver y poseerla nuevamente. Son fieles a las viejas tradiciones (Código de la Alianza y Deuteronomio), pero ellas no bastan, pues los tiempos y condiciones han cambiado.

Para restaurar la vida israelita, de manera que el pueblo exilado se eleve de sus ruinas, piensan que se debe trazar un nuevo gran comienzo, estableciendo un tiempo de remisión universal o Jubileo, que en principio debe celebrarse a las siete semanas de años, es decir, al séptimo año sabático (a los 49 o 50 años, según se lea el texto). Las dificultades son nuevas, las condiciones diferentes: los códigos antiguos no estaban pensados para aplicarse tras cincuenta años de ruina nacional y exilio, sino en años de relativa continuidad, sobre la tierra nacional. Por eso, la propuesta de estos sacerdotes debe ser distinta. Por otra parte, ellos programan su ley desde Babilonia, centro cultural del mundo antiguo, donde se recuerdan edictos de remisión (deror) de viejos reyes de oriente (cf. Simonetti, 1998, 14-73; Westbrook, 1991, 36-57), que solían promulgarse en momentos de fuerte conflictividad social, cuando un rey nuevo quería imponer su prestigio perdonando las deudas anteriores[11].

En ese fondo se entiende el Gran Jubileo israelita que, conforme al texto actual (Lev 25), puede y debe renovarse cada 49/50 años. Pero, en principio, los legisladores pensaban en un Jubileo único, que marcaría la restauración del pueblo de Dios en Palestina, a la vuelta del exilio.  No basta una simple Remisión (Shemitta), como en Dt 15, sino que es necesario un Jubileo, iniciado por el toque del cuerno  (yobel) que  instaura un tiempo de reconciliación o nueva creación para el conjunto de Israel, desde la perspectiva de los exilados (cf. Bianchi, 1998, 84-85; North, 1954, 96-108)[12].

Esta ley del Jubileo expresa el ideal de retorno y reconciliación (posesión igualitaria de la tierra) para los exilados. Ellos quieren que el tiempo de opresión termine, que el exilio acabe y que su historia empiece de nuevo, volviendo a poseer la tierra que antes tuvieron, tras 49/50 años de alejamiento. Por eso establecen esta ley, que vale una vez, pero que después puede y debe aplicarse en intervalos semejantes (simbólicos y reales), cada vez que empieza una semana de años sabáticos.

Ellos, los exilados, tras 49/50 años de expulsión, proyectan una ley de libertad para la tierra.  De esa forma muestran que Dios quiere detener la dureza de la historia humana (que tiende a la desigualdad económica, a la posesión egoísta, a la esclavitud mutua), de manera que comience otra vez el tiempo original de concordia, el paraíso de Gen 1 y 2.  Desde ese fondo expongo los momentos principales de la ley del Jubileo (Lev 25), que asume y reelabora la legislación anterior (cf. Fager, 1993, 38-63).

Jubileo y latifundio ¿a quién devolver las tierras? ¿cómo repartirlas?

La ley defiende y restablece los “derechos” de los propietarios “originales”: las familias herederas de aquellas que tomaron la tierra al principio de la historia. Así  va en contra de los latifundistas, que amontonan tierras ajenas, y en favor de los expulsados que quieren volver a su “heredad”, planteando grandes preguntas y dificultades:  ¿qué hacer con los propietarios no latifundistas que han acabado siendo dueños de una tierra antes ajena? ¿no empezaron también los israelitas ocupando tierras de otros? ¿quiénes son los primeros propietarios? ¿no es injusto que haya propietarios y no propietarios?.  Ellas pueden plantearse de manera más concreta, desde las condiciones de aquel tiempo: ¿qué hacer con los “habitantes actuales de la tierra”, que la han recibido y cultivado en tiempos del exilio? ¿no es injusto que los provenientes del exilio se las quiten? Este problema se seguirá planteando en Judá en los siglos posteriores, como indican Esdras y Nehemías. Para nosotros, cristianos, seguidores de Jesús, el verdadero espíritu del Jubileo no se cumple volviendo cada uno a poseer la tierra de su origen (pues puede haber muchos herederos enfrentados), sino compartiendo entre todos, gratuitamente, sus bienes.

1. Año sabático: barbecho sagrado la tierra (Lev 25, 2-7).

Los sacerdotes retoman la ley del barbecho septenal (Ex, 23, 10-12): la tierra debe descansar cada siete años, como hace Dios (cf. Gen 1: del mismo autor sacerdotal), produciendo por sí misma aquello que resulta necesario para los humanos, reconciliados con la naturaleza:

[a. Ciclo sabático]               Seis años sembrarás tu campo, seis años podarás tu viña y cosecharás sus productos;  pero el séptimo será de Sábado completo (=Sábado de sábados) para la tierra, un Sábado para Yahvé:

[b. Sábado de la  tierra]      No sembrarás tu campo, ni podarás tu viña; no segarás los rebrotes de la última siega, ni vendimiarás los racimos de tu viña sin podar.

[a`. Fertilidad]                                     Será Sábado completo para la tierra.  Y la tierra en descanso (en sábado) os alimentará a ti, a tu siervo, a tu sierva, a tu jornalero, a tu huésped… También a tus ganados y a los animales salvajes servirán de alimento los productos de la tierra (Lev 25, 3-7).

Conforme a este visión mítica (sacral), la tierra debe integrarse en el ritmo sabático de Dios. Ella no es puro objeto de consumo, campo de dominio egoísta para los humanos, sino que tiene autonomía y valor sagrado (como dirían hoy ciertos ecologistas) y por eso debemos  respetar sus sábados, dejando que descanse cada siete años para Yahvé (a), sin que  los humanos la trabajen.

Parece que el cultivo programado y exclusivo de los campos acaba siendo peligroso: tiene el riesgo de llevar a la violencia y divisiones. Por el contrario, la tierra en sábado, dejada a sí misma cada siete años, vincula desde Dios a los humanos, a los propietarios y no propietarios, incluso a los animales (b y a’). Por eso, antes de hablar del Jubileo, ley de restitución total tras una semana de años sabáticos, Lev 25 ha evocado la ley de los Años Sabáticos, entendidos como tiempo de descanso y reconciliación de la tierra con Dios.

Siendo norma social, la Ley del Jubileo será experiencia sacral de gratuidad y misterio: sólo quien sabe que la tierra es de Dios puede en verdad compartirla. Para eso sirve el año sabático: para que cesen los títulos de propiedad privada y los principios del trabajo organizado, de manera que la vida retorne al origen, al momento en el que Dios suscitó la creación. Eso significa que el trabajo es secundario y la existencia humana se funda y renueva desde el don de Dios, que alimenta gratuitamente a todos. Los  frutos de la tierra son de Dios y como tales deben recibirse, de manera agradecida, para compartirlos con los pobres.

2. Año jubilar. Restitución de las tierras.

La Ley Sabática anterior (descanso de la tierra, perdón de las deudas y liberación de los esclavos) resulta insuficiente en momentos de gran crisis como los del fin de exilio. La misma concepción del tiempo ha cambiado: es como si las semanas de años se hubieran detenido e hiciera falta un año más fuerte de recreación, que puede calcularse estableciendo siete semanas de años, es decir, los 49/50 años que ha durado “teológica y aproximadamente” el Exilio (más o menos del 487 al 539 a. de C.).

La tierra ha disfrutado sus sábados (cf. Lev 26, 34-35.43), a lo largo de un exilio concebido como tiempo de descanso para los sembrados. Ahora, pasado ese tiempo, cumplido el castigo, los israelitas pueden tocar solemnemente el Cuerno (Yobel, Jubileo) de la remisión, que no se llama Shemitta (la Remisión de Dt 15) sino Deror, que traduciremos como Indulto de Libertad, centrada en el Reparto (devolución) de tierras. Los otros elementos del Jubileo (perdón de  las deudas, liberación de los esclavos) habían aparecido en los textos anteriores; nuevo y exclusivo del nuestro es el reparto de (=retorno a) las tierras de cada familia.

La tierra se concibe así como propiedad básica, signo radical de identidad para la familia israelita: fuente de vida y libertad del ser humano, bendición de Dios, principio de sustento para todos… Un hombre sin tierra carecía de seguridad y posibilidades de realización, se hallaba a merced de la violencia de los otros.  Lev 25 asume y recrea de esa forma antiguas tradiciones, retomando el ideal de Jos 13-24, que narra el primer reparto de la tierra, echando a suertes entre las familias, clanes y tribus, según una costumbre atestiguada en otros pueblos de oriente[13]. Pero vengamos ya al texto:

[Año jubilar]         Después contarás siete semanas de años, es decir, siete veces siete años, de modo que serán cuarenta y nueve años. Entonces harás resonar el Cuerno el día décimo del mes séptimo. En el día de la Expiación (=Kippurim) haréis resonar el Cuerno por todo vuestro país.

[Ley básica]          Santificaréis el año cincuenta y pregonaréis en el país un Indulto de Libertad (=Deror) para todos sus habitantes. Este será de Año de Jubileo (=Yobel): retornaréis cada uno a su propiedad y cada uno de vosotros volverá a su familia… En este Año de Jubileo recobrará cada uno su propiedad (Lev 25, 8-13)

El Año Jubilar establece así el tiempo de Gran Retorno y vuelta a la tierra familiar para todos aquellos que la habían perdido. Por medio de esa ley, los sacerdotes fundan y justifican la necesidad de un nuevo comienzo para los exilados. Evidentemente, ellos no quieren “conquistar” algo ajeno, sino recuperar lo propio. Este es el sentido básico del Deror que traducimos como Indulto de Libertad, rescate universal, vuelta al principio. Pero no se trata de regresar a un puro paraíso (sin normas ni títulos de posesión), sino al principio israelita, definido por los buenos títulos del pueblo, repartidos entre las buenas familias: Volveréis cada uno a su Propiedad (Lev 25, 10. 13).

De esa forma se instituye el idilio (utopía) de la vida justa: cada individuo en su familia, cada familia en su tierra. Este es un ideal de restauración, de vuelta a los valores antiguos (garantizados para siempre), más que un ideal de recreación, que hallamos, por ejemplo en los textos en parte paralelos de la tradición de  Isaías (cf. Is 61, 1-2). De esta forma, el jubileo quiere garantizar los dos valores fundamentales de la vida: el derecho a la familia (identificación personal, afectiva) y el derecho a la tierra (identificación posesiva y laboral); es evidente que los sacerdotes desean prometer a los israelitas un lugar de gozo y trabajo en la futura patria de los hermanos[14]. Así lo muestran, al menos inicialmente, algunas de sus estipulaciones particulares que ahora evocamos.

3. Ley de compra-venta. Rescate y jubileo de la tierra.

Como he señalado, los israelitas no pueden vender la propiedad, sino el uso de la tierra (de los bienes naturales), pues la propiedad ha sido regalada por Dios, como bendición, para cada una de las familias del pueblo. Actualmente, nosotros, miembros de una sociedad de mercado, tendemos a pensar que todo se compra o vende, según la voluntad de los propietarios. Para un israelita antiguo, eso resulta inaceptable: la propiedad de la tierra es un don perpetuo de Dios para la familia que lo ha recibido (cf. 1 Rey 21). Por eso, sólo puede venderse su uso, por un tiempo limitado:

[a. Principio]         Si le vendéis o compráis algo a vuestro prójimo, nadie engañe a su hermano.

[b. Ley de venta] Conforme al número de años transcurridos después del jubileo, comprarás a tu prójimo; y conforme al número de cosechas anuales, te venderá tu prójimo a ti. Según el mayor número de años, aumentarás su precio de compra; y según a la disminución de los años, disminuirás su precio de compra; porque es el número de cosechas lo que él te vende.

[a’. Parénesis]       Ninguno de vosotros oprima a su prójimo, mas bien, teme a tu Dios,

porque yo soy Yahvé, vuestro Dios (Lev 25, 14-17).

Se venden  según ley las cosechas o frutos de la tierra, no su propiedad, que permanece vinculada para siempre a la familia. Esta ley protege al pequeño propietario campesino, impidiendo que los especuladores o afortunados se apoderen para siempre de su tierra. Para fundar la convivencia entre hermanos (iguales), de manera que vivan en paz, resulta necesaria la certeza de que los pequeños agricultores pueden poseer y recuperar la tierra en paz, según ley, en caso de perderla o tener que enajenarla.

Es necesario que nadie engañe ni oprima a su prójimo: que todos los israelitas se sientan protegidos por una ley que concede a cada uno el derecho a seguir poseyendo en su raíz la tierra y de poder recuperarla, de manera personal o a través de la familia, en caso de venderla o perderla. Por eso, es necesario que nadie engañe (a) ni oprima (a’) a su prójimo. Así lo establece la ley del rescate, de tipo social y familiar, más que individual: quiere salvaguardar la propiedad grupal de las tierras, de manera que ellas se mantengan bajo propiedad del clan, sin que caigan en manos de extraños[15].

[Tierra divina]      La tierra no se venderá a perpetuidad,

pues mía es la tierra y vosotros sois ante mí extranjeros y huéspedes (=gerim y toshbim).

Por eso en todas vuestras posesión daréis derecho a rescatar la tierra.

[Rescate 1º]          Si tu hermano se empobrece y vende algo de su posesión, vendrá su pariente (=goel) más cercano) y rescatará lo que su hermano haya vendido.

[Rescate 2º]          Si no tiene quien se lo rescate, pero consigue lo suficiente para rescatarlo él mismo, entonces contará los años desde su venta y pagará el resto a quien la compró. Así volverá a su posesión.

[Jubileo]                 Pero si no consigue lo suficiente para rescatarla, la propiedad quedará en poder del comprador hasta el año del Jubileo. Entonces quedará libre en el jubileo y volverá a su posesión (Lev 25, 23-28).

Mía es la tierra… De esa forma habla Yahvé, estableciendo un dogma o principio que podríamos hallar en otros pueblos del entorno: muchas sociedades han pensado que la tierra cultivada (y no cultivada) es propiedad de un ser divino que la dona a sus amigos. Por eso, es sagrada, pertenece a Dios, y, como tal, no puede convertirse en mercancía: no se puede vender, sino que sólo se “hipoteca” o presta por un tiempo, de manera que puede recuperarse o rescatarse siempre.

Tierra de Dios, madre sagrada

Decir que la tierra es de Dios significa afirmar que es un bien universal y todos, cada clan, cada familia, tiene derecho a la suya, de forma que no se puede comprar ni vender según ley de mercado. Ciertamente, el texto sabe que hay conflictos, pero supone que deben superarse, de tiempo en tiempo, de forma que las tierras quedarán libres el año del jubileo, es decir, volverán a repartirse entre los propietarios primitivos  (no sólo entre los clanes), de forma igualitaria.  Esta ley define el carácter transitorio de las conquistas y cambios económicos realizados con violencia (por imposición de la pobreza y la riqueza): sobre todas las posibles leyes del derecho positivo, sobre las varias formas de conquista y enriquecimiento humano, la Biblia israelita ha destacado la exigencia de un retorno a la posesión igualitaria de la tierra (de los bienes) entre los habitantes de Israel (del mundo). Ella, la tierra madre es signo de Dios para los humanos: no puede ser manipulada ni vendida.

Conforme a la ley de Dt 15, cada siete años se instauraba un nuevo orden económico: se perdonaban las deudas, quedaban nuevamente libres los esclavos… Pero esa ley no afectaba en su raíz al dominio de la tierra, de manera que los campesinos, que habían sido propietarios de ella, no volvían a recuperarla…  a no ser por los antiguos métodos del rescate o por los nuevos y extraordinarias del jubileo, que expone ahora Lev 15. Esta ley del rescate, vinculada al goelato, ha marcado el imaginario religioso y social (económico) de Israel.

– La ley del rescate recibe dos formas. Hay un rescate 2º, que realiza el mismo propietario, que es capaz de conseguir dinero, para recuperar la hacienda vendida/perdida: tiene el derecho de hacerlo, pagando el precio justo, descontando el importe de los años que la tierra ha producido sus frutos a quien la había comprado. Hay un rescate 1º, realizado por el goel, o pariente más próximo. En este caso, el propietario antiguo “pierde” la tierra, pero ella permanece dentro del clan. Por eso,  cuando una familia (bet-‘ab) ponía en venta su tierra, por empobrecimiento o deudas, los miembros más cercanos del clan (mishpaha), con medios para ello, debían comprarla o rescatarla (en el caso de que ya hubiera sido vendida), a fin de que la tierra siguiera en poder del clan. Conforme a ese derecho, todas las tierra de un clan podían terminar cayendo en manos de unas pocas familias ricas, que se volvían propietarias de los bienes del conjunto. Para superar las desigualdades introducidas de esa forma, sea por pérdida de la tierra, sea por su acumulación en manos de los parientes ricos, resultaba necesario un tiempo extraordinario de jubileo, es decir, de restitución universal[16].

– La Ley del Jubileo redime y resuelve aquello que no logra la del recate (que deja las tierras en manos de los parientes más ricos) o del año sabático (que perdona las deudas y libera las personas, pero no devuelve las tierras). Esa situación afectaba a muchos israelitas al final del exilio: han perdido las tierras, o las tienen en manos de parientes ¿cómo podrán recuperarlas?  Apelando a la nueva restauración jubilar. No necesitan ya rescates: el perdón y libertad que la ley sabática garantizaba cada siete años se vuelve ahora restitución total: cada familia recupera su tierra originaria. La Ley del Jubileo sirve, según eso, para resolver las desigualdades antes insolubles: ha sido pensada para unas circunstancias muy especiales de opresión y nuevo nacimiento; pero, una vez formulada, sobre la base simbólica de siete semanas de años, ella puede convertirse y se convierte en garantía jurídica de justicia para el pueblo, pues va contra el proceso normal de acumulación de la propiedad en unas pocas manos, procurando que las tierras vuelvan a repartirse cada 49/50 años entre las familias, conforme al ideal igualitario del principio de la historia israelita[17].

Ambas leyes (rescate y jubileo) se iluminan y completan. La ley del rescate familiar (realizado por el goel) sirve por un tiempo y destaca el aspecto grupal de la propiedad, pero en sí misma resulta insuficiente, pues la tierra puede acabar en manos de los miembros más afortunados del clan o gran familia. Por eso, en momentos graves (según ley, cada 49/50 años) debe instaurarse la experiencia primera del reparto igualitario de las tierras, vinculada a la acción del goel familiar. En los casos más difíciles, cada 49 años se apelaba al goel divino: el nuevo reparto de todas las tierras..

Un reparto de ese tipo resultaba conocido en el oriente, donde lo habían promulgado los grandes reyes conquistadores o reformadores, al servicio de sus intereses (o de la paz del pueblo).  En Israel, está garantizado por una ley sagrada, a beneficio de los campesinos que han perdido su heredad. Por otra parte, ese reparto debe repetirse a intervalos fijos (cada 49/50 años), no a capricho del monarca de turno, pues supone que el tiempo ha introducido fuertes irregularidades. Eso significa que los hijos sólo pueden heredar y heredan la propiedad base de la familia, pues las ganancias y adquisiciones de tierra cesan y ellas se reparten de nuevo cada gran generación (49/50 años es el tiempo corto de una vida humana).

Actualización y límites del jubileo. La eucaristía

El modelo jubilar tiene sus límites: ¿qué hacer con los pobres/pobres, que no tienen ni titulo de propiedad de una tierra, para recuperarla a los 49/50 años? ¿qué sucede con los exilados y extranjeros? ¿cómo se resuelve el tema cuando los herederos son muchos y la tierra pequeña, de manera que no puede ya repartirse? La ley de Lev 25 no ha tenido en cuenta estos casos, por eso resulta insuficiente. El Sermón de la Montaña (Mt 5-7 y de un modo especial Lc 4, 18-19), apelará a un principio más hondo de comunicación de bienes, superando los títulos de propiedad y la ley del Jubileo, que termina favoreciendo a un tipo de propietarios fracasados.

Toda aplicación acrítica (legalista) de esta ley resulta contraproducente, como han afirmado los maestros rabínicos. Para que aquella ley se vuelva creadora, hay que sacarla del marco rural en que había sido formulada, aplicándola a las nuevas condiciones de propiedad y uso de los bienes, en línea de universalidad. Son loables los esfuerzos que han hecho en esa línea dos estudiosos ya clásicos: mi profesor R. North SJ, 1954 (cf. págs. 213-243) y el teólogo protestante A. Trocmé, 1961. A lo largo de este libro, mostraré la continuidad entre el jubileo israelita y la eucaristía cristiana, como podrá observar el lector que me siga: de la propiedad igualitaria de la tierra (plano formal) iremos pasando a la participación festiva de los bienes y a la entrega mutua de la vida (cuerpo y sangre), condensados en el pan y el vino de la Cena de Jesús.

5. Liberación de los esclavos ¿Doble moral?

Hemos comentado las normas básicas del Jubileo, que Lev 25 extiende por ejemplo al tema de las casas, consideradas como propiedad no vendible (si están en el campo) o vendible (si están en la ciudad), a no ser que pertenezcan a los levitas. Esta distinción de propiedades (con la oposición de campo y ciudad, levitas y no levitas) indica que estamos al comienzo de un proceso de mayor complejidad económica y  los viejos principios tradicionales (de propiedad rural) no pueden aplicarse (cf. Fager, 1993), como sabrá, en otro contexto, el judaísmo posterior y el primitivo cristianismo.

Ciertamente, la ley del jubileo permanece y tiene un gran valor, como uno de los documentos jurídicos más notables de la historia humana. Pero debe ser releída y recreada desde una perspectiva de universalidad mesiánica, en la línea de la tradición de Isaías y, sobre todo, del mensaje y vida de Jesús. Sólo así podrá superarse la escisión que establece este pasaje:

[Israelita]               Si tu hermano empobrece y se te vende, no le harás servir como esclavo. Como jornalero o extranjero estará contigo, y te servirá hasta el año del jubileo. Entonces saldrá libre de tu casa, él y sus hijos con él, y volverá a su familia, a la propiedad de sus padres; porque son mis siervos, a quienes saqué de la tierra de Egipto. No serán vendidos como esclavos. No les tratarás con dureza, sino que temerás a tu Dios.

[Gentil]                                  Tus esclavos o esclavas provendrán de las naciones de alrededor. De ellas podréis comprar esclavos y esclavas. También podréis comprar esclavos de los hijos de los extranjeros que viven entre vosotros, y de sus familias que están entre vosotros, a los cuales engendraron en vuestra tierra. Estos podrán ser propiedad vuestra, y los podréis dejar en herencia a vuestros hijos después de vosotros, como posesión hereditaria. Podréis serviros de ellos para siempre; pero en cuanto a vuestros hermanos, los hijos de Israel, no os enseñorearéis unos de otros con dureza (Lev 25, 39-46).

Esta doble moralidad estaba al fondo de Dt 15, 1-6, que prohibía el cobro de intereses a los israelitas y lo permitía a los extranjeros. Ella se aplica ahora a la esclavitud, como hemos evocado en otra perspectiva (cf. Ex 21, 20-22; Dt 15, 12-18).  Dos son las novedades básicas del nuevo texto:

– Permite una esclavitud más larga, hasta 49/50 años. Los códigos anteriores (Ex y Dt) suponían que la esclavitud básica sólo puede durar 7 años, un ritmo sabático, aunque introducían excepciones. El nuevo texto indica que, si no es posible el rescate (evocado ya para  los campos: cf. Lev 25, 47-55), la esclavitud  puede durar 49/50 años.  No tiene sentido liberar a un hombre si no tiene una tierra, un modo de vida estable, para él y su familia. Hombre y tierra, libertad y posesión económica, se encuentran de tal manera vinculadas que no puede darse una sin otra. Sólo el Jubileo, con la restitución universal y el nuevo comienzo económico, permite superar de hecho la esclavitud y así lo establece (supone) la ley. No es que Lev 25 sea más duro que Ex 21 y Dt 15; es más realista y se ajusta a las condiciones de los nuevos tiempos.

– Divide a los humanos en dos grupos: israelitas y extraños. Unos sólo pueden ser esclavizados por un tiempo, y con suavidad, en gesto de servicio temporal. Otros (y entre ellos se incluyen los habitantes no judíos de la tierra de Israel, en contra de las leyes antes evocadas) pueden ser esclavizados para siempre. De esta forma se ratifica la doble moralidad antes señaladas que, desgraciadamente, se ha re-introducido entre grupos de herencia israelita (cristianos y musulmanes), que han permitido la esclavitud de los ajenos (y no de los miembros del propio grupo). Pensamos que esta ley ha constituido y sigue constituyendo uno de los problemas más graves de la historia, que Jesús ha condenado en el Sermón de la Montaña. Dos son las dificultades que ha planteado y sigue planteando esta ley de la esclavitud: una de tipo económico y otra social (de universalidad). Ellas determinan la aplicación actual del Jubileo.

Nosotros, como Lev 25, sabemos que una libertad sin campo y casa (entorno familiar y medios económicos) resulta imposible (cf. Mc 10, 29-30 par). El Jubileo se aplica a la totalidad de la persona, que sólo puede desarrollarse libremente en un mundo (posesión) y  familia, con posibilidades laborales. Desde aquí ha de entenderse el problema social: ¿Puede un pueblo ser libre sin que todos sean libres? Nosotros ya no podemos distinguir entre israelita y no israelita, cristiano y no cristiano (las diferencias eclesiales se deben situar en otro plano); queremos un jubileo universal, abierto a todos los humanos.

Libertad legal y real

Teóricamente, la sociedad actual (al menos desde la Ilustración) declara que todos los ciudadanos son iguales ante la ley. Pero muchas diferencias económicas o culturales (incluso nacionales y religiosas) dividen a hombres y mujeres, de forma que puede afirmarse que una nueva esclavitud (de expulsión, cárcel y opresión) oprime a los marginados, es decir, a los pueblos pobres y a los excluídos de nuestras sociedades ricas.  Pues bien, a pesar de doble moralidad del texto citado, creemos que la misma Biblia Israelita, y de un modo especial su culminación cristiana, llevan en sí una semilla de igualdad humana.

El Jubileo israelita está pensado desde el varón propietario (padre de familia), que sólo puede saberse y ser libre si es dueño de una tierra (unos medios de producción, un contexto familiar). Sus principios deberían actualizarse en nuestro tiempo desde el nuevo tipo de familia de Jesús, en la que todos son hermanos, hermanas y madres (cf. Mc 3, 31-35), sin la preeminencia de los padres. Por otra parte, como venimos indicando, para que el espíritu del jubileo pueda cumplirse de verdad habría que superar la distinción entre familias propietarias y no propietarias, entre israelitas y no israelitas, llegando así a una nueva forma de entender la propiedad de la tierra y gozarla juntos, en gesto generoso de entrega de la vida.  Esto es lo que, a mi juicio, intentará realizar la eucaristía cristiana, llevándonos a compartir desde Jesús los dones básicos de la tierra, en comunicación plena y gozosa, amistosa y social, del cuerpo y sangre, es decir, de los mismos principios de la vida. Un reparto igualitario de la tierra sin experiencia de comunicación personal y sin entrega mutua y generosa del propio cuerpo, en esperanza de resurrección, resulta al fin inviable.

camino de paz

4. Ampliación mesiánica. Del jubileo israelita a la eucaristía cristiana

1. El realismo de la ley del jubileo

En contra de la aplicabilidad de estas leyes se ha elevado desde antiguo una objeción: resultan de hecho impracticables, sobre todo en una sociedad avanzada, con una economía mercantil, que implica una gran concentración de capital. Además, ellas no han sido nunca totalmente cumplidas dentro de la historia de Israel. Por eso, remiten a tiempos anteriores, a un pasado idealizado de sacralidad telúrica (barbecho sagrado septenal) y posesión directa, casi igualitaria, de la tierra para todas las familias, sin acumulación de capitales, sin deudas monetarias, ni esclavitudes permanentes.

Esta es una ley que ha ido cambiando, como el lector habrá advertido, distinguiendo Código de la Alianza, Deuteronomio y Lev 25 (Código de la Santidad). Esta es una Ley viva, que se va adaptando y cambiando, conforma a las circunstancias de los tiempos.  Pues bien, siendo realista (se adapta a lo que existe, no puramente utópica, como Ez 40-48), esta ley abre un camino mesiánico, pues quiere lograr tres bienes básicos: perdón (superación) de las deudas, liberación de los esclavos y recuperación (posesión) igualitaria de las tierras (de los bienes de posesión y consumo).

El espíritu de esta ley nos sigue pareciendo casi impracticable porque va contra nuestra economía capitalista, de conquistas militares, propia de los estados (nacionales o multinacionales) construidos a base de rapiña o compraventa. Pues bien, al fondo de ella late una sabiduría superior, la ciencia de la vida que sabe que los bienes del mundo son comunes y de forma común deben disfrutarse, de manera que nadie (ninguna persona o familia, estado o grupo económico) puede capitalizar para siempre unas conquistas ventajosas en contra de los otros.

Esta ley o inspiración del Año Sabático y Jubileo ha seguido influyendo de manera poderosa en los textos contemporáneos y/o posteriores de la tradición judía y cristiana: hemos evocado ya Is 61, 1 y Ez 40-48; podemos aludir a Neh 5, 1-10, 1 Mac 6, 49, Qumrán (11QMelk), Flavio Josefo (Ant 3, 280-285) y Filón (De Spec. Leg y De Virt).

Hipocresía social antigua y moderna. La doble norma del jubileo

Resulta contradictoria la actitud normal de nuestra sociedad ilustrada (moderna) que, por un lado, proclama la libertad de todas las personas y, por otro, permite y promueve el enriquecimiento de unos grupos a costa de otros, con lo que eso implica de endeudamiento de algunos y reparto injusto de las tierras y/o de los bienes fundamentales, vinculados al conocimiento, poder y riqueza monetaria.  Es una hipocresía hablar de igualdad legal y libertad de todos los ciudadanos (de un estado o del mundo) mientras siga promoviéndose una economía que lleva al endeudamiento o dependencia (marginación) de amplios sectores de la sociedad.  No es sólo hipocresía, sino también  sarcasmo el afirmar que somos iguales y libres, si no se promueve la distribución de los bienes de la tierra, no sólo al interior de cada país, sino en la totalidad de la tierra, entre todos los humanos.

Ciertamente, criticamos la doble moralidad de Lev 25, que prohíbe esclavizar a los hebreos, mientras permite hacerlo a los gentiles. Pues bien, esa doblez constituye la norma habitual de nuestra sociedad, que ofrece unas garantías a un tipo de ciudadanos privilegiados por su status económico, social, racial, religioso y cultural, mientras margina o condena al hambre a grandes capas de la población mundial. El mayor peligro está en que  no nos damos cuenta: pregonamos en plano político o económico la justicia del sistema (de nuestro sistema, hecho para el disfrute de unos privilegiados) y condenamos al silencio o marginación a gran parte de la población de los países pobres de la tierra. Para superar mejor esa hipocresía y doble moralidad, con la injusticia de nuestros sistemas económicos, políticos, sociales y culturales, es bueno recordar la limitada pero hermosa ley israelita.

2. Apertura cristiana. Problemas pendientes

De un modo muy particular, deberíamos trazar las relaciones entre el jubileo israelita y el mensaje de Jesús. Pero eso lo iremos haciendo a lo largo de los capítulos de este libro, que se abren hacia la experiencia eucarística, centrada en los signos del pan y del vino. Así lo indica la palabra fundante de Jesús, en la sinagoga de Nazaret o de los nazareos:

[Escritura]             – El Espíritu del Señor sobre mí:

porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva,

me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos,

para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.

[Jesús]                   En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Y comenzó a decirles:

Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy.

[Gente]                   Todos daban testimonio de él y estaban admirados de sus palabras llenas de gracia

Y decían: ¿No es éste el hijo de José?

[Jesús]                   Seguramente me vais a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo…

Y añadió: En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria:

– y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón.

–  Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.

[Sinagoga]             Oyendo estas cosas, los de la sinagoga se llenaron de ira,  levantándose,  despeñarle.

[Jesús]                    Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó (Lc 4, 18-30).

Jesús viene a proclamar el jubileo, vinculado no sólo a la comida (viuda de Sarepta), sino también a la curación y limpieza de los excluidos de la sociedad (Naamán, leproso). Se trata, como vemos, de un jubileo universal, que Jesús ofrece no sólo a los israelitas, sino a los  extranjeros (una mujer fenicia, un ministro sirio). Pues bien, la manera en que expande y universaliza el jubileo israelita suscita el rechazo de la sinagoga de los observantes (nazarenos) de Israel. Esta continuidad y ruptura entre jubileo israelita y fiesta universal cristiana constituye el tema central de estre libro.[18]

Problemas resueltos, problemas pendientes

Desde lo anterior, deben distinguirse los problema resueltos o solubles desde la ley antigua del jubileo (esclavitud, deudas, propiedad de tierras…) y los no resueltos, especialmente vinculados a la comunicación universal en plano de comida y pureza, como supone Lc 4, 18-30). Entre los últimos citamos:

* Nuevas formas de endeudamiento. La leyes del año sabático y jubilar suponían unas formas simples de endeudamiento individual o, sobre todo, familiar. Actualmente el endeudamiento social, vinculado a pueblos y naciones, se ha vuelto muy grande ¿Qué significaría en este contexto perdonar las deudas?

* Nuevas formas de esclavitud. La esclavitud antigua resultaba sencilla, dentro de un contexto de pequeños propietarios agrícolas. Existen actualmente técnicas más sutiles de esclavitud o sometimiento, de tipo individual y social, racial y nacional, que sólo pueden plantearse y resolverse desde unas relaciones económicas, políticas y culturales distintas.

* Nuevas formas de propiedad. En otro tiempo parecía sencillo redistribuir la propiedad de la tierra, suponiendo que cada familia tenía derecho al patrimonio original. Actualmente se ha vuelto más difícil repartir la propiedad, que ya no está definida en términos de tierra, sino de bienes simbólicos (capital) o de medios de producción y transformación social de la realidad  (propiedades militares, científicas, de información etc.).

Conclusión.

1. Debemos traducir los principios básicos del jubileo israelita desde el evangelio (y desde nuestra propia realidad social), para que puedan servirnos de punto de partida en el camino eucarístico.

2. Más que la pura propiedad importa la comunicación. El jubileo busca la posesión en plano económico:  que cada familia pueda desarrollar una vida autosuficiente. Jesús quiere la comunicación vital (de cuerpo y sangre)..

3. De la producción al gozo compartido. El jubileo busca una forma de producción compartida entre los grupos familiares, pero no la ha concretado, dejándola en manos de las propias familias.  El mundo moderno ha racionalizado la producción,  pero ha dejado en segundo plano la comunicación alimenticia (pan y vino) y afectiva (corporal) de unos a otros. Pues bien, Jesús ha “instituido” la eucaristía, en claves de cuerpo y de sangre: de vida dialogada, en plano de alimentos y vida. .

4. Superar la violencia. En el fondo de la ley del jubileo hay un deseo de justicia y gozo humano, que se expresa en la posesión igualitaria de los bienes. Pero ese deseo ha quedado truncado po los egoísmos individuales y grupales y, sobre todo, por aquellas instituciones multinacionales que tienden disponer a su provecho de todos los bienes de la tierra.

5. Resurrección. Asumiendo y culminando el camino jubilar, la eucaristía nos llevará a la comunicación plena (de vida y bienes), en esperanza de resurrección; así ratifica los planos anteriores, de posesión y producción, en línea de gratuidad.

6. Jubileo y Eucaristía. Desde el tema anterior (jubileo) pueden entenderse los capítulos siguientes de este libro, que ofrecen una interpretación alimenticia (eucarística) de la Biblia. Del jubileo Israelita (compartir la vida en libertad e igualdad familiar, creando cada 7 o 49 años condiciones sociales igualitarias de propiedad) pasaremos a la Eucaristía de Jesús, que nos invita a compartir la misma vida (cuerpo y sangre)  en gozo y comunión personal.

2. Bibliografía:

Ackroyd, P. (1968), Exile and Restoration, SCM, London

Bianchi, F. (1998), Il Giubileo nei testiebraici canonici e post-canonici, en M. Zapella (ed.), 1998.

Chirichigno,G. C. (1993), Debt-Slavery in Israel and the Ancient Near East, JSOT Suprser 141, Scheffield

Fager, J. A. (1933), Land Tenure and the Biblical Jubilee, JSOT SuppSer 155, Sheffield

Gottwald, N. (1980), The Tribes of Yahweh, SCM, London

Houton, Ch. van (1991), The Alien in the israelite Law, JSOT SuppSer 107, Sheffield

North, R. (1954), Sociology of the Biblical Jubilee, AnBib 4, Roma

Pikaza, X. (1993), Antropología bíblica, Sígueme, Salamanca

– Id. (1997), El Señor de los ejércitos. Historia y teología de la guerra, PPC, Madrid

Sicre, J. L. (1992), Introducción al Antiguo Testamento, EVD, Estella

Simonetti, C (1998)., Gli Editti di remissione in Mesopotamia e nell’antica Siria, en M. Zapella (ed.), 1998.

Smith, M. (1987), Palestinian Parties and Politics that Shaped the Old Testament, SCM, London

Trocmé, A. (1961), Jésus-Christ et la Révolution non Violente, Labor et Fides, Genève

Vaux, R. de (1985),  Instituciones del AT, Herder, Barcelona.

Westbrook, R. (1991), Property and the Family in Biblical Law, JSOT SuppSer 113, Sheffield

Wright, C. J. H. (1992a), Family, ABD II, 761-769; Id. (1992b), Jubilee, Jear of: ABD III, 125-130; Id.  (1992c), Sabbatical Year, ABD V, 857-861.

Zapella, M. (ed.) (1998), Le origini degli anni giubilari, PIEMME, Casale Mo.

3. Trabajo personal:

1. Evocar algunos jubileos y peregrinaciones en las grandes religiones: judaísmo, hinduismo, islam

2. Relacionar el jubileo bíblico con formas de celebración actual el jubileo, en los diversos santuarios (Santiago de Compostela, Roma, Jerusalén) y tiempos (año 200 etc).

3. Leer y sistematizar las aportaciones bíblicas sobre el año sabático y jubilar, especialmente en Dt 15 y Lev 25. Relacionar el jubileo bíblico con el sacramento cristiano de la reconciliación.

4. Concretar el sentido laboral y social de jubileo y jubilación en la actualidad

5.  Relacionar el jubileo con otras instituciones sociales y políticas de la actualidad: amnistía fiscal y penal, retorno de los exilados etc.

4. Trabajo por grupos.

1. Dialogar sobre los textos citados, desde la situación social y religiosa de este tiempo

2. Precisar la forma en que pueden actualizarse los ideales básicos del jubileo israelita (libertad de los encarcelados y presos, perdón de las deudas, reparto de las tierras) en las diversas circunstancias de nuestras iglesias y países.

3. Aplicar los principios del jubileo israelita a las condiciones de nuestra sociedad postmoderna, en plano científico,       industrial, económico y social. ¿Qué significaría hoy el reparto de las tierras?¿Cómo podríamos ser fieles a la inspiración del jubileo bíblico?

4.  Distinguir y vincular los aspectos sociales y religiosos del jubileo bíblico: indicar la forma en que la iglesia actual puede y debe ofrecer un mensaje en esta línea, siguiendo la inspiración del Antiguo Testamento.

5. Buscar instituciones eclesiales y sociales (tipo ONG, movimientos cristianos etc) que intentan aplicar los principios del jubileo israelita. Relacionar el jubileo social con la celebración con la celebración penitencial y eucarística de la iglesia.


[1]Este libro es nuevo, pero asume la línea de publicaciones anteriores, que iré citando en su momento. En especial, cf. Año sabático, año jubilar, Iglesia Viva 198 (1999) 9.38; La Resurrección. Perspectiva de Lucas, Biblia y Fe 75 (1999) 34-74; La teología española ante el fin del milenio (1975-2000), Carthaginensia 15 (1999)

[2]La referencia bibliográfica completa aparece al final de cada capítulo.

[3] Esta norma, que irá apareciendo en varias las leyes, alude a una experiencia sabática (siete días de la semana, siete años de servicio…), que es común en oriente, aunque sólo los israelitas la han desarrollado de un modo consecuente. Ella podría servir de referencia en nuestro mundo “civilizado”, capaz de justificar un castigo de cadena perpetua; para un israelita antiguo, más de siete años de prisión o esclavitud es inhumano.

[4] Es un texto arcaico, pues llevar al esclavo ante Elohim significa ponerle ante lo divino o los dioses tutelares de la casa familiar (no ante Yahvé, Dios de la libertad israelita). Dejándose horadar sus orejas ante las jambas o puerta (lugar de los dioses lares), el esclavo queda inserto en el espacio sagrado de la casa, cuyos “dioses” le dominan (esclavizan) y protegen al mismo tiempo. La experiencia de fondo de esta excepción resulta plenamente actual: una libertad sin casa propia (tierra y bienes, educación y familia) resulta imposible y acaba siendo contraproducente para gran parte de los hombres y mujeres de nuestro tiempo; son muchos los que no tienen más remedio que seguir optando por la esclavitud, aún en aquellos países que proclaman y defienden una ley de la libertad.

[5] La legislación posterior no ha planteado el tema de esta forma. He querido evocar el posible contexto de esta ley en Pikaza, 1997, 51-87, donde ofrezco bibliografía actualizada.

[6] Esta norma sabática constituye una ley fundamental, que no puede aplicarse siempre de igual forma, con sanciones pertinentes, pues, como hemos visto, hay esclavos que no pueden (o quieren)  recobrar la libertad en condiciones de opresión. Quizá podemos presentarla como ley inspiradora, que abre un camino de solidaridad y utopía entre humanos.

[7]Hemos visto y seguiremos viendo que la esclavitud deriva del endeudamiento: la opresión económica conduce a la opresión social. En este momento, la remisión se entiende de forma general: restablecimiento de la igualdad originaria.

[8]Aquí no podemos estudiar el tema del origen de las deudas, que pueden provenir de la debilidad (y a veces de la mala administración o falta de trabajo) del endeudado y, sobre todo, de la injusticia del sistema y de la opresión de los poderosos.  Un trabajo más detallado  debería analizar, partiendo de otros textos bíblicos y buenos métodos de antropología social, la genealogía del endeudamiento y esclavitud.

[9] El año de Remisión es tiempo de aprendizaje e interiorización de la ley. Es tiempo de gozo y retiro nacional, año en que cesan las tareas de búsqueda ansiosa de dinero y competencia esclavizante, para que la vida pueda ser lo que debió haber sido en su principio: tiempo de gozo compartido, de encuentro mutuo y estudio común de la Ley de Dios.

[10]Evidentemente, pueden y deben crearse estructuras económicas, sociales y legales que respalden y motiven, sostengan y encaucen esta ley del perdón de las deudas y la liberación de los oprimidos. Pero ellas acaban siendo insuficientes, si no existe y actúa un principio superior gratuidad, que la ley supone y el evangelio culmina (cf. Pikaza 1993, 1997).

[11] Medidas de este tipo se han aplicado hasta el mismo siglo XX, en momentos de fuerte crisis política.

[12] El Jubileo ha de entenderse desde el acontecimiento histórico del retorno de los exiliados. Pero, en su misma forma de redactarlo, en claves legales más que mesiánicas o apocalípticas (en contra del 2º Is y del último Ezequiel), los autores de Lev 25 dejan abierta la puerta para su renovación cíclica.

[13] La propiedad familiar de la tierra resulta, en principio, inalienable, y las leyes matrimoniales y de herencia (especialmente las del goelato y levirato) han sido codificadas desde esa perspectiva: para que la tierra pueda permanecer dentro del clan y/o la familia (cf. Westbrook, 1991,58-141; Fager, 1993, 89-97).  Un hombre (o familia) sin propiedad carece de voz en el pueblo israelita, como ha sucedido hasta hace poco en otras culturas agrarias.

[14]Esta es, sin duda, una ley fundamental, una declaración de principios. También al comienzo de nuestras constituciones políticas y nacionales suelen ponerse unos derechos fundamentales (a la libertad, al trabajo, a la posesión, a la familia), que después son difíciles de garantizar y cumplir en la vida concreta.

[15] No hay libertad donde no pueden compartirse las tierras (los bienes). Esta ley no niega (ni afirma expresamente) la libertad formal de los individuos, establecida por los derechos humanos de las constituciones políticas modernas, pero salvaguarda un derecho anterior, intentando fundar la libertad gozosa de todos dentro de las familias de Israel.

[16] La tierra era propiedad de las familias (bet-’ab), reunidas en clanes (mishpaha), con derecho comunal de preferencia sobre ellas. El goel o familiar más próximo tenía el derecho (y deber) de comprar las tierras de los familiares insolventes, para que no cayeran en manos de extraños. Distinto al goel, aunque relacionado con él, es el levir o cuñado que debe casarse con la viuda de su hermano difunto, para darle descendencia; en esta caso, las tierras así adquiridas no pasaban a los descendientes legales del levir, sino a los de su pariente, que el levir debía engendrar con la esposa del difunto, como bellamente cuenta la historia de Rut (cf. Westbrook, 1991, 69-141).

[17] Cf.  Wright, 1992b, 125-130. Frente a la ley de propiedad feudal del entorno cananeo (donde rey, templo o ciudad eran propietarios y los trabajadores del campo asalariados) los israelitas mantuvieron un modelo de propiedad familiar e igualitaria de las tierras.  En sí misma, esa ley no basta. Jesús no ha insistido en su literalidad, sino en su espíritu más hondo, al servicio de los necesitados, y no de presuntos propietarios anteriores.

[18]Visión de conjunto en North, 1954, Trocmé, 1961  y Zapella, 1998. Vuelvo al tema en la conclusión de este libro.

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