Tradición de Isaías: como se alegra el marido con su esposa…[1]

Conforme a la visión de Oseas y Jeremías, la que aparecía como esposa de Dios era Israel. Ezequiel había recreado el tema desde una perspectiva más jerosolimitana, en línea más alegórica. Pues bien, dentro de la Biblia Judía ese motivo culmina en el Tercer Isaías (Is 56-66) que ofrece el testimonio de la teología ya tardía (siglo V-III a. C.), elaborada desde la perspectiva de la ciudad sagrada (Jerusalén) que aparece como esposa divina.

Por amor de Sión no callaré,

por amor de Jerusalén no descansaré,

hasta que brille como aurora su justicia

y su salvación llamee como antorcha.

Y verán los pueblos tu justicia y todos los reyes tu gloria,

te pondrán un nombre nuevo, fijado por la boca de Yahvé.

Serás corona fúlgida en la mano de Yahvé

y diadema real en la palma de tu Dios.

Ya no te llamarán Abandonada ni a tu tierra Devastada.

A ti te llamarán Mi-Favorita y a tu tierra Desposada,

porque Yahvé te favorece y tu tierra tendrá marido.

Como un Joven se casa con la novia, te desposa El que te Construyó

y como se alegra el Marido con su esposa,

se alegrará tu Dios contigo (Is 62, 1-5)

Éste es un claro testimonio del Dios Esposo, Enamorado joven que goza con su novia, y Marido maduro que disfruta con su esposa, en amor compañía y comunión, de entrega mutua y plenitud regia. Más que Padre/Rey, que ama a su Hijo dándole el poder de la victoria militar, este Dios es Creador/Esposo, cuya grandeza consiste precisamente en la ternura y sentimiento que muestra hacia Jerusalén (su esposa humana). Dios es creador y padre porque sabe amar y porque ama, siendo también un esposo cercano, que triunfa (despliega su amor) de un  modo humilde y tierno. Pues bien, este “Dios Marido” (con rasgos, por tanto, masculinos) viene a presentarse, al mismo tiempo, como “Dios mujer” y, en sentido más estricto, como madre que se ocupa de sus hijos:

Alegraos con Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis. Alegraos de su alegría, con ella, todos los que por ella llevasteis duelo; mamaréis de sus pechos, os saciaréis de sus consolaciones, chuparéis las delicias de sus senos abundantes… Como un niño a quien consuela su madre, así os consolaré yo y en Jerusalén seréis consolados (Is 66, 10-13).

La ternura materna de Dios se revela en Jerusalén, que aparece simbólicamente como ciudad divina, madre del pueblo. Este profeta sabe que el primer deseo de los seres humanos es sentir la dulzura de los pechos de una madre y sentarse en sus rodillas. Pues bien, respondiendo a eso, en el fondo de la Madre Jerusalén viene a revelarse el mismo Dios Yahvé, que aparece con rasgos de Madre, más que como esposo-padre. Dios no es ya exclusivamente padre, sino fuente de amor total y cercano. Nos hallamos ante una piedad filial y femenina, que concibe a Dios como Madre y le relaciona con Jerusalén (ciudad materna, paraíso), tal como aparece en Is 49, 14-17 (del Segundo Isaías).

¿Olvidará una mujer a su criatura, dejará de querer al hijo de su vientre? Pues aunque ella se olvide, yo no me olvidaré de ti. En las palmas de mis manos te tengo grabada…» (Is 49, 4-17).

El signo más hondo de Dios es por tanto una ciudad/mujer/madre que ama al hijo de su entraña. En esa línea se podría afirmar que Dios es un Padre que actúa como madre. Pues bien, el texto añade luego que incluso ese signo resulta imperfecto, pues una mujer puede fallar (olvidarse de ser madre), pero Yahvé no lo hará jamás, porque es madre del amor perfecto, es Mujer fundante, que mantiene por siempre su ternura y donación de amor hacia los hijos de su entraña. Llevado de esta forma hasta su límite, este simbolismo del amor activo de Dios desborda el nivel de lo puramente masculino y nos lleva hasta el misterio de un Amor primero, que es, al mismo tiempo, de padre y de madre, con predominio de la madre. Así puede hablarse de bodas de Dios con los hombres.


[1] Cf. P. E. Bonnard, Le Second Isaie, son disciple et leur éditeurs (Isaïe 40-45), Gabalda, Paris 1972; K. Elliger, Deutero Jesaja (40,1-45,7) (BKAT 11/1), Neukirchen 1978; Ch. R. North, Isaías 40-55, Aurora, Buenos Aires 1960; J. Vermeylen (ed.), The book of Isaiah (BETL 81), 1989; C. Westermann, Jesaja 40-66 (ATD 19), Göttingen 1966.

51 Responses to “”

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