(Amor 2) Amor y perdón. Jesús y la adúltera en Jn 8 [1]

Pikaza Comencé hace dos días una serie de temas que titularé simplemente “Amor”, tomando las entradas principales (más largas o actuales) de mi libro PALABRAS DE AMOR (Desclée de Brouwer, Bilbao 2006). Traté el día pasado del amor de Adán-Eva, según Gen 2. Hoy quiero ocuparme del texto de la Adúltera (Jn 8), siguiendo un orden alfabético. Así ofreceré en un par de meses una visión de conjunto de  los temas (aportaciones, exigencias, caminos…) del amor según la Biblia y la experiencia cristiana. Aprovecho la ocasión para desear mucho gozo y salud (salud es amor, según la fórmula genial de San Juan de la Cruz) a mis lectores.  Quien desee una visión de conjunto de estos temas puede acudir al libro ya citado. Buen día, buena primavera que ya avanza, para todos.

. La historia de Jesús y la adúltera debe entenderse no sólo a la luz del evangelio, sino también desde el trasfondo de la novelita de Susana (Dan 13), donde se destaca el riesgo de los malos jueces y el valor permanente de la buena ley. Recordemos las dos narraciones. Susana es inocente y el sabio Daniel la salva, condenando a muerte a los falsos jueces. Por el contrario, la adúltera de Jn 8 es culpable y, sin embargo, Jesús no la condena, ni mata tampoco a los jueces que querían matarla[1].

1. Introducción. El texto de Susana.

Los dos pasajes citados nos sitúan ante un tema clave de la moral bíblica y del sentido del amor (adulterio) en la historia bíblica. El tema se encuentra vinculado al “sexto mandamiento” de la moral cristiana, que, en su origen, no condena los malos pensamientos de tipo general, ni siquiera de la fornicación entre personas libres, sino la ruptura radical del matrimonio. Por eso dice: «no cometerás adulterio» (Ex 20, 6; Dt 5, 18); de esa forma defiende la fidelidad familiar, el compromiso entre un hombre y una mujer, con el fin salvaguardar la unidad matrimonial. Pero, dicho eso, debemos añadir que, tanto en la Biblia como en la tradición posterior, la condena del adulterio se ha aplicado casi solamente a la mujer casada, entendida como propiedad del marido y como madre de sus hijos: es ella la que peca si se acuesta con otros hombres, corriendo el riesgo de dar a su marido hijos “ajenos”. Por eso, con el fin de proteger la integridad de la familia, desde la perspectiva del varón-patriarca, la ley de Israel (lo mismo que otra leyes) ha condenado a las adúlteras a muerte, extendiendo así una mancha horrible de opresión y sangre para las mujeres a lo largo de la historia.

En ese contexto se sitúa la bella e inquietante historia de Susana (Dan 13), una narración piadosa de la Biblia griega (sólo aparece en la versión de los LXX), que sirve para expresar la «sabia y dura» justicia de la ley. Suponemos conocido el texto y nos limitamos a evocar sus rasgos principales. (1) Susana es rica, bella, justa: signo de los auténticos judíos que reciben en el mundo la gracia y bendición (cf. Dan 13, 57), en medio de la dura prueba de la que sale vencedora, con la ayuda de Daniel (=Juez justo o Juez de Dios). (2) Los jueces (ancianos) son los malos israelitas (cf. Dan 13, 52-53; 56-67) que representan la justicia pervertida de los varones violadores sobre la mujer indefensa. La mayor parte de las historias del mundo acaban ahí: Susana inocente sucumbe víctima del deseo de los violentos perversos. La riqueza y belleza (parque, agua, cuerpo joven) excitan y nublan la vista de los jueces. Es difícil romper el círculo de sus envidias y deseos. Dios no escucha. (3) Sobre ese fondo aparece Daniel, juez joven y profeta sabio, portador de la justicia de Dios, revelador de su juicio, para restablece el orden en clave de talión: condena a los perversos y declara la inocencia de la mujer perseguida.

En el texto de Susana no ha habido adulterio. La bella mujer es inocente, los ancianos-jueces, que son mala autoridad, son los culpables y por eso deben morir. Daniel representa un sistema judicial donde se distinguen claramente buenos y malos: hay una ley y se cumple: en lugar de la buena Susana deben morir los malos jueces, convertidos en chivo emisario de un sistema de violencia que se eleva sobre todos los buenos ciudadanos. Daniel es necesario en un nivel de pura ley, pero no es salvador, ni fuente de agua viva, como Cristo, no es signo de amor.

2. Tema cristiano. La adúltera de Jn 8, 1-11,

Pikaza, palabra de amorEn el fondo de la escena siguen los motivos de Dan 13: acusación de adulterio, unos escribas-jueces (=ancianos) que quieren condenar a la culpable, un nuevo personaje (ahora Jesús) que invierte la situación. Pero el sentido de la historia es totalmente distinto. Lo primero que sorprende es la concisión: desaparecen los detalles literarios o morbosos de Dan 13 (Susana desnuda, baño en el parque…). Sus acusadores afirman sólo que ella ha sido sorprendida en flagrante (autophôrô) adulterio y eso basta, añadiendo que, según la justicia israelita, ella debe morir: ¡Moisés manda lapidarla! (cf. Lev 20, 20; Dt 22, 22). Sólo por tentarle preguntan a Jesús: Tú, en cambio ¿qué dices? (Jn 8, 5). Éste es el punto de partida. El texto sigue así:

Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso    escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra. E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Ella respondió: Nadie, Señor.”Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más (Jn 8, 6-11).

La respuesta de Daniel era fácil: cumplir la ley, la verdadera ley, descubriendo a los culpables, aunque el mundo entero tiemble (¡para bien del buen sistema!). Jesús, en cambio, dice algo distinto: no puede probar la inocencia de la mujer, ni la mala fe o deseo lujurioso de los acusadores, sino que debe enfrentarse con algo mucho más importante, la ley de Moisés, para ofrecer sobre ella un camino de Vida, que salve a la mujer y lleve al cambio de todos, empezando por los jueces.

Para ello, Jesús tiene que mostrar la insuficiencia de la ley y como Mesías de gracia sitúa a todos, a la mujer adúltera y a sus acusadores, ante el espejo más hondo de la conciencia y, sobre todo, ante la fuente creadora de la gracia universal de Dios. Según ley (según libro) habría que matar a la mujer. Por eso, a fin de salvarla, Jesús debe tomar otro camino. No empieza investigando los hechos, como, en otro plano, hubiera sido necesario. No quiere saber, por ahora, quién es el cómplice de adulterio de esta mujer, ni su marido ausente. No busca atenuantes de tipo psicológico y social, como otro hubiera hecho. No se ha querido situar a ese nivel: no se ha comportado como juez, ni con relación a la mujer, ni con relación a los cómplices y a los acusadores y curiosos. Se sitúa más arriba, en el nivel del amor gratuito de Dios, que llega a estar mujer y, por medio de ella, a todos, conforme a su palabra: ¡No juzguéis y nos seréis juzgados! (Mt 7, 1-3).

La actitud de juicio supone que nosotros (jueces) somos buenos, mientras los otros (juzgados) son culpables: por eso nos alzamos contra ellos, para imponer nuestro dominio “bueno”. Pero Jesús no quiere esa bondad de juicio, ni el triunfo de los “justos”, sino el amor de todos. Jesús rechaza así la ley de aquellos buenos grupos religiosos o sociales y políticos que se mantienen a sí mismo imponiendo su justicia (que llaman “justicia de Dios”) y condenando o expulsando a los disidentes o distintos. Jesús rompe ese mecanismo, avalado por la ley de Moisés, situando a cada uno de los jueces ante su propia humanidad: ¡Mira hacia adentro! ¡Atrévete a decir que te hallas limpio! Ciertamente, en nombre de su propia ley, aquellos acusadores podrían haber respondido, como respondemos muchos: ¡Nosotros estamos limpios, somos buenos, podemos y debemos juzgar a los otros! Pero aquellos ancianos-jueces no lo hacen, sino que se dejan penetrar por la palabra (la mirada) de Jesús y reconocen su propia suciedad, dejando que caiga la piedra de violencia de su mano, empezando por los más ancianos (en el sentido doble de senador-presbítero: hombre de edad y juez o magistrado). Todos se descubren pecadores.

La ley sirve para descubrir al pecador y castigarle: ¡Dios mismo manda lapidar a estas mujeres! Pues bien, sobre esa ley eleva Jesús la experiencia más honda de la gracia de la vida. No necesita libros, escribe su palabra sobre el polvo, mostrando allí que la vida de Dios supera las leyes y sentencias del mundo. Por eso permite vivir a la mujer y también a sus jueces, para que empiecen un camino nuevo de amor en respeto mutuo y perdón. De esa forma muestra que todos somos pecadores (¡también a la mujer!), para iniciar con todos un camino de perdón compartido, no como héroes justos o heroínas rescatadas de los malos jueces, sino como culpables que pueden perdonarse.

Esa actitud de Jesús no resuelve el problema con violencia (como se haría lapidando a la adúltera), sino que abre y plantea una problemática más grande. Precisamente ahora debemos preguntarnos: ¿Qué hará la mujer: irá con su marido o con su amante? ¿Qué han de hacer los jueces y con ellos el marido y el cómplice y todos los presentes en la escena? ¿Cómo deberá responderse en otros casos de injusticia social y de homicidio?… Todas esas preguntas y otras muchas quedan abiertas. Y, sobre todo, queda abierto el tema del amor que está en el fondo del perdón. El problema de la adúltera (y de los adúlteros y de los jueces) no se resuelve con la violencia de la ley (lapidación de algunos, en concreto de la adúltera), sino con un amor que se abre desde la mujer, en este caso, la adúltera a todos aquellos que han querido matarla.


[1] Además de comentarios a Jn, cf. J. D. M. Derret, “The Story of the Woman Taken in Adultery”: NTS 10 (1963/4) 1-26; B. Witherington III, Women in the Ministry of Jesus, Cambridge UP, 1984, 21-23.

66 Responses to “(Amor 2) Amor y perdón. Jesús y la adúltera en Jn 8 [1]”

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