Ágape. El amor cristiano

Ágape. El amor cristiano[1]

. Ágape, palabra griega que significa amor, fue poco utilizada en el contexto precristiano antiguo (se empleaban más → eros y filía). Quizá por eso, porque estaba menos definida, la emplearon con más libertad y frecuencia los cristianos para evocar el amor de Jesús. En la base del ágape no está el amor de un hombre que desea introducirse y hallar refugio en Dios (ni el de un hombre que quiere gozar de otro hombre o mujer),   sino el amor de Dios que busca y ayuda gratuitamente a los hombres, como sabe 1 Jn 4, 19 y ha dicho un poeta: «¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? / ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, / que a mi puerta, cubierto de rocío, / pasas las noches del invierno oscuras?» (Lope de Vega, Poesía lírica del siglo de oro, Madrid 1980, 263). Desde el punto de vista cristiano, el fundamento del amor no es el deseo del hombre, sino el don de Dios, revelado en Jesucristo. Según eso, lo primero no es que el hombre quiera alcanzar su plenitud (su dicha y su felicidad, cosa que es buena), sino que Dios haya querido y quiera que los hombres sean felices: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. Nosotros, amemos, porque él nos amó primero» (1 Jn 4, 9-11. 19).AgapePapa

Ciertamente, los hombres buscan su felicidad, impulsados por un amor que, en línea de eros, les lleva a vincularse a los demás, buscando en el fondo a Dios (es decir, el Amor en plenitud). Pues bien, en ese mismo camino por el que los hombres buscan de un modo ansioso su dicha (eros), buscando en Dios la plenitud de su vida, de un modo que puede acabar siendo egoísta, viene a desvelarse el mismo Dios, como amor gratuito, el Dios que les hace ser y les perdona, el Dios que ama a los pequeños y expulsados del sistema, con un amor gratuito, que ahora llamamos ágape. Éste es el amor que vemos en la entrega de Jesús a favor de los enfermos, oprimidos, pecadores, el amor que se expresa en la ofrenda de su vida, en su mismo cuerpo amorosoo, como dice Unamuno: «Tú (Jesús) la infinidad de Dios acotas / en el cerrado templo de tu cuerpo / e hilas la eternidad con tus suspiros, rosario de dolor… / Blanco Cristo que diste por nosotros / toda tu sangre, Cristo desangrado, / que el jugo de tus venas todo diste / por nuestra recia sangre emponzoñada…» (Obras completas VI, Madrid 1966, 424, 436). Para precisar mejor el tema vinculamos el ágape con el eros, evocando después el pensamiento de X. Zubiri y recordando algunas afirmaciones básicas de Benedicto XVI.

1. Principios. Amor y Eros. El amor como ágape se identifica básicamente con el amor de Dios, que nos dirige su palabra y nos alumbra, desde el fondo de su vida. Por eso, el amor no empieza siendo la búsqueda de nuestra dicha o perfección, no es deseo de alcanzar la propia plenitud, no es fatiga por ganar el cielo. Amar es confiar en Aquel nos ama, es acogerle agradecidos, cultivando su presencia, como dice un poeta anónimo: «No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido…/ Tú me mueves, Señor; muéveme el verte / clavado en una cruz y escarnecido, / muéveme ver tu cuerpo tan herido, / muévenme tus afrentas y tu muerte (cf. E. L. Rivers [ed.], Poesia liríca del siglo de oro, Madrid 1980, 187). En esta línea, el amor enpieza siendo un regalo, es el don de Dios funda y sostien nuestra vida. Sólo en   un segundo momento puede y debe hablarse también del amor de hombre, que empezamos entendiendo como eros.

De esta forma empiezan vinculándolos los dos amos. (1) El amor del hombre es eros: deseo de ser, de unirse con los otros, en un camino de gozo que puede llegar   al mismo Dios. El eros se expresa de manera privilegiada en tendencia poderosa del “erotismo sagrado” que se manifiesta allí donde, a través del gozo sexual,   los hombres y mujeres quieren llegar hasta el origen y fuente de la propia vida, para alcanzar así la propia seguridad, más allá de las fronteras de la limitación humana, en un Dios entendido como amor total que nos envuelve y asegura en su totalidad sagrada. (2) El amor de Dios empieza siendo ágape. Pues bien, en contra (o por encima) del anhelo anterior, el cristianismo nos muestra otro elemento del amor, entendido como presencia salvadora de Dios en Jesucristo. Lo que importa no es que el hombre haya querido subir hasta el cielo, buscando su dicha a través de su vinculación con otros, sino el hecho de que Dios haya descendido de manera salvadora hasta los hombres, regalándoles su vida y haciéndoles capaces así de regalarla unos a otros.

Por medio del eros, yo buscaba al otro para mí. En contra de eso, por medio del ágape, yo busco al otro por el otro, estando así dispuesto a regalarle lo que tengo. Así lo entiende y presenta el testimonio del Nuevo Testamento, que ahora presento de un modo general, con cierta exageración, para después precisarlo con la ayuda de los testimonios de Zubiri y Benedicto XVI:

1. El ágape es espontáneo y no egoísta: ama porque quiere y no porque pretende sacar algún beneficio. Su principio está en el Dios que de manera inmotivada ha decidido entregarse y ha entregado su vida por los hombres. En esa línea, el ágape se sitúa en la línea de la creación: crear es dar o, mejor dicho, darse, de manera gratuita, para que otros vivan y gocen y sean. Este amor no brota de una necesidad, ni de una ley anterior, sino de sí mismo: quien ama por ágape lo hace porque quiere.

2. Lógicamente, el ágape no dependerá del valor de los objetos (es decir, de las personas amadas). Dios no escoge para amar a los que son buenos y, de esa manera, lo merecen, sino que empieza amando de un modo universa, a todas las   personas, a pequeñosy grandes, a inocentes y culpables, porque él mismo es amor. En esa línea, abriéndose a todos, Dios amará de un modo especial a los que parecían menos dignos de ese amor (a los enfermos, pecadores e impuros) como muestra la historia de Jesús. No les ama porque sean buenos, sino para que sean buenos (felices).

3. Esto supone que el ágape es creador. En principio, el eros no crea, sino que busca la plenitud en aquello que ya existe (en los hombres amados) y, de un modo especial, en el Dios donde se funda y concentra la plenitud de todas las cosas. Por el contrario, el ágape quiere crear vida allí donde existe menos vida; en esta perspectiva, amar es darse a los demás, para que sean por sí mismos (en sí mismos). En esta línea, el que ama busca su existencia en el otro a quien se la entrega para que sea.

4. Finalmente, el ágape funda la comunión, es decir, la comunicación entre personas. El eros parece tender a la fusión de un un ser humano con otro (en línea de amor sexual) y a la fusión del hombre con Dios (→ Platón). En contra de eso, el ágape quiere que el otro sea diferente, autónomo, para vincularse con él, en comunión. En esa línea, el ágape capacita para amar a las personas: invita a realizar la comunión entre los hombres, conduciendo hacia el encuentro interhumano o dirigiendo hacia el misterio de la unión de Dios con nuestra historia.

2. Un testimonio filosófico. X. Zubiri. Uno de los que mejor ha descrito el ágape, desde una perspectiva no solo religiosa, sino también filosófica, en lengua castellana, ha sido X. Zubiri, en su estudio sobre la identidad del Dios cristiano. En mis reflexiones anteriores, yo he puesto de relieve la diferencia (casi contraposición) entre eros y ágape. Zubiri, en cambio, es partidario de la unión de esos dos elementos fundamentales del amor en la vida del hombre, desde una perspectiva occidental, de fondo cristiano:

A lo largo de todo el Nuevo Testamento discurre la idea de que Dios es amor, agápe. La insistencia con que vuelve la afirmación, lo mismo en San Juan (por ejemplo, Jo. 3,31; 10,17; 15,9; 17, 23-26; 1 Jo. 4,8), que en San Pablo (así 2 Cor. 13,11; Ef. 1-,6; Col. 1,13, etc.), y la energía especial con que se emplea el verbo ménein, permanecer (“permaneced en mi amor”), son buen indicio de que no se trata de una vaga metáfora, ni de un atributo moral de Dios, sino de una caracterización metafísica del ser divino. Los griegos lo entendieron así unánimemente, y la tradición latina de inspiración griega, también. Para el Nuevo Testamento y la tradición griega la ágape no es una virtud de una facultad especial, la voluntad, sino una dimensión metafísica de la realidad, que afecta al ser por si mismo, anteriormente a toda especificación en facultades. Sólo compete a la voluntad, en la medida en que ésta es un trozo de la realidad. Es verdad que le compete de modo excelente, como excelente también es el modo del ser del hombre. Pero siempre ase trata de tomar la ágape en su primaria dimensión ontológica y real. Por esto, a lo que más se aproxima es al eros del clasicismo. Claro está, vamos a verlo en seguida, hay una diferencia profunda, y hasta casi una oposición, entre ágape y eros. Pero esta oposición se da siempre dentro de una raíz común; es una oposición de dirección dentro de una misma línea: la estructura ontológica de la realidad. Por esto es preferible emplear en la traducción el término genérico de amor. Los latinos vertieron casi siempre ágape por caridad. Pero el vocablo corre el riesgo de aludir a una simple virtud moral. Los padres griegos emplearon unánimemente la expresión éros; por esto nosotros usaremos la de amor.

Antes de entrar en esta dimensión metafísica del amor, dos palabras acerca de la diferencia entre eros y ágape. El eros saca al amante fuera de sí para desear algo que no tiene. Al lograrlo, obtiene la perfección última de sí mismo. En rigor, en el eros el amante se busca a sí mismo. En la ágape, en cambio, el amante va también fuera de sí, pero no sacado, sino liberalmente donado; es una donación de sí mismo; es la efusión consecutiva a la plenitud del ser que ya se es. Si el amante sale de sí, no es para buscar algo, sino por efusión de su propia sobreabundancia. Mientras en el eros el amante se busca a sí mismo, en la ágape se va al amado en cuanto tal. Naturalmente, por esta común dimensión por la que eros y ágape envuelven un “fuera de sí”, no se excluyen, por lo menos en los seres finitos. Su unidad dramática es justamente el amor humano. Los latinos de inspiración helénica distinguieron ambas cosas con un preciso vocabulario. El eros es el amor natural: es la tendencia que, por su propia naturaleza, inclina a todo ser hacia los actos y objetos para los que está capacitado. La ágape es el amor personal en que el amante no busca nada, sino que al afirmarse en su propia realidad sustantiva, la persona no se inclina por naturaleza, sino que se otorga por liberalidad (Ricardo de San Víctor y Alejandro de Hales). En la medida en que naturaleza y persona son dos dimensiones metafísicas de la realidad, el amor, tanto natural como personal, es también algo ontológico y metafísico. Por eso, el verbo ménein, permanecer, indica que la ágape, es algo anterior al movimiento de la voluntad. La caridad, como virtud moral, nos mueve porque estamos ya previamente instalados en la situación metafísica del amor (X. Zubiri, O. c. 399-458).

Zubiri ha querido integrar los dos momentos del amor dentro de una → metafísica unitaria, donde se vinculan los aspectos más helenistas (eros) y más bíblicos (ágape). De esa forma se mantiene en la línea de una tradición cristiana donde la búsqueda del hombre (expresada por el eros) queda asumida e integrada dentro de la revelación de Dios (ágape). De esa manera se une la naturaleza (eros) con la gracia (ágape), dentro de una visión armoniosa de la realidad, superando la contraposición que antes habíamos marcado entre ambos elementos.

3. Un testimonio teológico: Benedicto XVI. En la misma línea, pero desde una perspectiva teológica, pueden y deben citarse algunas palabras centrales de la encíclica que → Benedicto XVI ha dedicado al amor en el comienzo de su pontificado. Se trata de una encíclica fundada en la distinción y complementariedad entre el eros y el ágape, como elementos del amor. El eros está vinculado a la misma naturaleza del hombre que busca su perfección y plenitud, como sabían bien los filósofos griegos. El ágape pone más de relieve la gratuidad del amor de Dios, que se entrega de manera personal a favor de los hombres, por medio de Jesús, a quien podemos presentar como ágape encarnado, es decir, como encarnación del amor de Dios:

En oposición al amor indeterminado y aún en búsqueda, este vocablo (ágape) expresa la experiencia del amor que ahora ha llegado a ser verdaderamente descubrimiento del otro, superando el carácter egoísta que predominaba claramente en la fase anterior. Ahora el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca… El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo. No podría ser de otra manera, puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad. Ciertamente, el amor es « éxtasis », pero no en el sentido de arrebato momentáneo, sino como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios: « El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará » (Lc 17, 33), dice Jesús en una sentencia suya que, con algunas variantes, se repite en los Evangelios (cf. Mt 10, 39; 16, 25; Mc 8, 35; Lc 9, 24; Jn 12, 25). Con estas palabras, Jesús describe su propio itinerario, que a través de la cruz lo lleva a la resurrección: el camino del grano de trigo que cae en tierra y muere, dando así fruto abundante. Describe también, partiendo de su sacrificio personal y del amor que en éste llega a su plenitud, la esencia del amor y de la existencia humana en general…

Con frecuencia, ambas palabras (eros y ágape) se contraponen, una como amor « ascendente », y como amor « descendente » la otra. Hay otras clasificaciones afines, como por ejemplo, la distinción entre amor posesivo y amor oblativo (amor concupiscentiae amor benevolentiae), al que a veces se añade también el amor que tiende al propio provecho. A menudo, en el debate filosófico y teológico, estas distinciones se han radicalizado hasta el punto de contraponerse entre sí: lo típicamente cristiano sería el amor descendente, oblativo, el ágape precisamente; la cultura no cristiana, por el contrario, sobre todo la griega, se caracterizaría por el amor ascendente, vehemente y posesivo, es decir, el eros. Si se llevara al extremo este antagonismo, la esencia del cristianismo quedaría desvinculada de las relaciones vitales fundamentales de la existencia humana y constituiría un mundo del todo singular, que tal vez podría considerarse admirable, pero netamente apartado del conjunto de la vida humana. En realidad, eros y ágape —amor ascendente y amor descendente— nunca llegan a separarse completamente. Cuanto más encuentran ambos, aunque en diversa medida, la justa unidad en la única realidad del amor, tanto mejor se realiza la verdadera esencia del amor en general (Dios es amor 6-7).

El amor es, por tanto, el hombre entero, en su tensa realidad, como ser que busca su plenitud y quiere identificarse con el absoluto divino (eros) y como persona capaz de recibir la gracia del amor de Dios, que le lleva a entregar su vida a favor de los demás (ágape). Conforme a la visión tradicional de la teología católica, asumida por Benedicto XVI, ambas línea se completan. En contra de eso, una línea protestante, que ha quedado reflejada en la obra clásica de A. Nygren, tiende a contraponer todavía las dos perspectivas, afirmando que, de alguna forma, ellas son contradictorias, en la línea de nuestras afirmaciones anteriores.


[1] Cf. Ch. Baladier, Érôs au Moyen Âge. Amour, désir et «delectatio morosa», Cerf, Paris 1999; F. Careau, Érôs et Agapè d’Anders Nygren. Éléments pour une critique, Université du Québec, Montréal, 1998; M. C. D’Arcy, La double nature de l’amour, Aubier, Paris 1948; A. Nygren, Érôs et Agapè. La notion chrétienne de l’amour et ses transformations I-II, Aubier, Paris 1944, 1952 (Agapé and Eros, SPCK, London 1953); C. Spicq, Teología moral del Nuevo Testamento, I-II, Eunsa, Pamplona 1970/3; Agapé en el Nuevo Testamento, Cares, Madrid 1977; X. Zubiri, «El ser de Dios», cap. 3 de «El ser sobrenatural. Dios y la deificación en la teología paulina»: Naturaleza, historia, Dios, Ed. Nacional, Madrid 1987.

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