Amor como alianza

Alianza[1]

(→ Amistad, Diálogo, Familia, Solidaridad). Un elemento importante de amor social es la alianza (de ligare/alligare, ligar/unir), término que distinguimos del pacto (de pactare, convenir en un pago, pechar). En la línea del pacto o conveniencia se mueve, por ejemplo, Th. Hobbes, que interpreta el Estado moderno como un Leviatán, personaje mítico (cf. Is 27.1; Sal 74, 14; 104, 26; Job 3, 8; 40, 25), al que los diversos ciudadanos, enfrentados entre sí, han entregado el poder para que les mantenga unidos desde arriba. Por el contrario, la alianza (berit, foedus), en su forma israelita, significa la unión voluntaria de personas que confían unas en las otras, de manera que se comprometen a vivir en comunión y así deciden ayudarse y acompañarse mutuamente, no sólo porque les conviene, sino también porque convienen entre sí, porque se quieren los unos a los otros. Esta experiencia del amor de comunión como alianza teológica y social (con Dios y entre los diversos hombres o pueblos) constituye una aportación básica de Israel a la historia de la humanidad. Así podemos situar hisóricamente el tema:

1. Antes de la alianza había una situación de lucha mutua, controlada por el poder (Leviatán) de las ciudades ­cananeas, orgullosas de su fuerza. Ellas formaban pequeños estados de tipo impositivo, repitiendo el mismo esquema de vasallaje que los hebreos habían conocido en Egipto (sólo un Señor, que es faraón; todos los demás son sus vasallos). Pues bien, en contra de ellas, los hebreos han querido construir un pacto (anti-leviatán) de hombres libres, un pacto cuyos garantes no fueron los reyes y señores de la tierra, ­sino más bien los po­bres, esclavos fugiti­vos, pastores trashumantes. Los creadores de la institución social de las tribus de Israel fueron los expulsados de Egipto y los oprimidos de la tierra, que aprendieron vincularse y se vincularon de manera social y religiosa para así vivir en libertad, ayudándose unos a otros.

2. Los que construyeron esta   alianza no abandonaron sus poderes en manos del rey o del estado (como en el Leviatán de Hobbes) sino que se vincularon entre sí para mantener su independencia y ayudarse en los problemas y tareas de la vida. Por eso, en vez de construir un sistema de poder autoritario, ­formaron una federación de familias y de tribus libres, que pudieran vincularse por amor y actuar con eficiencia, ofreciendo a sus miembros un grado intenso de vinculación civil y militar que les permitiera defenderse de los riesgos exterio­res y vivir de esa manera en libertad de amor.

3. El garante de esa alianza era Yahvé. El Dios de la Alianza israelita no es la fuerza impositiva del sistema (como los dioses del entorno), ni el Poder real (del Faraón egipcio o del rey mesopotamio), sino que se revela más bien como fuente y fundador de libertad y comunión del pueblo al que ofrece nacimiento y esperanza de futuro (Éxodo y Promesa). Israel se define de esa forma como pueblo de la Alianza de Dios, de manera que sus miembros, los israelitas pudieron vivir en comunión de paz, entre iguales, porque Dios mismo es Alianza, amor compartido.

Resulta muy difícil precisar el origen de la tradición o tradiciones de la Alianza, dentro de la primera historia israelita, ­pues los textos que nos hablan de ella han sido recreados a partir de concepciones y prácticas religiosas posteriores. Pero podemos citar dos experiencias o visiones comple­menta­rias.

1 Dios del Sinaí. La alianza del origen. Esta experiencia está ligada al Monte sagrado (Ex 19-24; 32-34) y a los oasis de Cadés (Ex 17-18; Num 10-14), en el sur de Palestina, donde algunos componentes de Israel habrían experimentado en tiempo antiguo una fuerte teofanía que expresaron como Alianza. (1) Teofanía cósmica. Dios se les mostró entre fuertes convulsiones de tormenta (cf. Ex 19). La tradición ha mantenido vivo el recuerdo de un encuentro con Dios entre relámpagos y truenos, en el monte de la Alianza. (2) Compromiso mutuo. El Dios de cielo y tierra se vincula con un grupo de hebreos, oprimidos, prome­tiéndoles su ayuda y pidiéndoles un gesto de respuesta: ­deben adorarle en exclusiva (cf. Ex 24, 1-11; 34, 1-28). Esta alianza primera se ha grabado de manera intensa en la tradición israelita como evocan diversos relatos y poemas: el canto de Habacuc (3, 7), la búsqueda de Elías (1 Rey 19) y algún salmo (cf. 29, 8). Más tarde, la Escritura oficial de la liga de Israel ha “canonizado” esa experiencia, tomándola como fundamento y sentido de toda la vida religiosa y social del pueblo, sobre todo en el libro del Deuteronomio, que puede definirse como libro de amor de la alianza.

2. Dios de Siquem. Alianza en la tierra prometida. Después de entrar en Palestina, quizá primero en Guilgal, luego en Siquem, los israelitas se comprometieron a vivir en alianza, ratificada en un rito solemne que debía renovarse cada siete años (cf. Jos 24; Dt 27). ­­Había en Siquem un templo pagano dedicado a Baal-Be­rit, Dios de la Alianza (Jc 9, 4), y sus habitantes se llamaban “hijos de Jamor”, del asno sagrado que se sacrificaba al celebrar la Alianza. En este contexto retomaron y recrearon los israelitas su experiencia de amor social, interpretado como alianza de las tribus.

Esto significa que los israelitas son pueblo (se reúnen entre sí) por un compromiso social y religioso que definieron como alianza. De esa forma se juntaban el día de la fiesta los “hebreos” (oprimidos) procedentes de diversos grupos (fugitivos de Egipto, pastores trashumantes…), para vincularse ante Dios. Otros pueblos juntaban a sus dioses, for­mando un “panteón” donde cabía cada uno con su nombre. En contra de eso, los hebreos vincularon las diversas tradicio­nes religiosas (teologales) en un relato históri­co unitario, condensado en la alianza de Dios con los diversos grupos (tribus) de su pueblo. Por su parte, los grupos o tribus de Israel se vincularon entre sí, formando un pueblo muy especial, cuyos descendientes (los judíos y, en otro sentido, los cristianos) siguen manteniendo la experiencia y los ideales de la alianza., interpretada socialmente como federación de tribus.

Desde ese fondo, los israelitas entendieron su historia de Alianza con Dios como un camino de amor, varias veces roto y retomado. Así lo interpretaron de un modo especial los profetas como → Oseas que denunciaron la ruptura de la Alianza y anunciaron el establecimiento de Alianza nueva, en clave de amor: «La cortejaré, la llevaré al desierto, hablaré a su corazón y allí me responderá,             como en los días de su juventud, el día en que le hice subir de la tierra de Egipto» (Os 2, 16-17). La Alianza se define como amor de matrimonio: Dios y los hombres se vinculan en diálogo profundo, de amor doble: de los hombres entre sí (unión de los hebreos en la liga de Israel) y de los hombres con Dios (como revelación teológica). En esta segunda perspectiva se sitúan de manera preferente las palabras de → Jeremías: «Vienen días en que pactaré con la casa de Israel (y con Judá) una Alianza nueva. No como la Alianza que pacté con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarles de Egipto (pues ellos la rompieron…) Esta será la Alianza que yo he de pactar… después de aquellos días: pondré mi ley en su interior, la escribiré en sus corazones; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo (Jer 31, 31-33). Estas últimas palabras constituyen el centro de identidad de la historia israelita, entendida como experiencia de amor, en la línea de la profecía de → Ezequiel: «Os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré mi Espíritu dentro de vosotros y haré que andéis según mis leyes, que guardéis mis decretos y que los pongáis por obra. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios» (cf. Ez 36, 26-27). Esto significa que los hombres viven por alianza, es decir, por amor.

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