Amado, el discípulo

Amado, Discípulo[2]

Hacia el año 100-110 d. C, una comunidad cristiana, de origen judío, animada por un enigmático “discípulo amado de Jesús”, una comunidad muy especial que había empezado a desarrollarse en Jerusalén y después (quizá tras la guerra judía del 67-70 d. C.) en alguna zona del entorno (Siria-Transjordania o Asia Menor), se integró en la Gran Iglesia. Los fieles de esa comunidad trajeron consigo un evangelio (Juan, Jn) donde, junto al Discípulo amado, se recuerda a Pedro (Jn 1, 40; 6, 68; 11, 6-9), sobre todo en el capítulo final (Jn 21), que se añadió quizá en un momento posterior, para trazar las relaciones históricas e institucionales entre la Gran Iglesia y los miembros del grupo.

Veamos la escena. Pedro, representante de la Gran iglesia, sale a pescar, con otros seis discípulos, formando así un grupo de Siete (como los siete helenistas de Hech 6-7). Entre ellos se encuentra el Discípulo Amado, que no tiene más autoridad y tarea que amar y ser amado, dentro de una comunión de “amigos” (Jn 15, 15). Se puede discutir si era una figura simbólica o real. Algunos le han identificado con Juan el Zebedeo, otros con Lázaro, a quien Jesús amaba (cf. Jn 11, 5. 28) e incluso con → María Magdalena, a quien Jesús parece haber querido de un modo especial, de manera que ella podría haber sido la inspiradora de la comunidad que está en el fondo del Cuarto Evangelio (la comunidad del discípulo amado). Pero es muy difícil decidirlo, pues el evangelio no ha resuelto el tema.

La función de Pedro había aparecido al principio del evangelio (Jn 1, 42), cuando Jesús le dijo: «Tú eres Simón, hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que significa Pedro», es decir, Piedra-cimiento de la iglesia (cf. Mt 16, 17-18). Por eso, el Discípulo Amado ha de aceptarle, dialogando con la iglesia institucional. Ello exigía un doble gesto histórico. (1) La Gran iglesia (Pedro) debía admitir a los carismáticos del Discípulo amado, testigos de la libertad originaria del amor. (2) Por su parte, la comunidad del Discípulo amado debía reconocer la autoridad de Pedro, es decir, de la Gran iglesia (como supone Jn 21). Ese capítulo final (Jn 21) parece la expresión de un pacto que se realizó a finales del siglo I o principios del II, entre la Gran iglesia (representada por Pedro) y la comunidad del Discípulo amado y que el evangelio presentó en forma de pesca, dirigida por Simón Pedro (que dice: voy a pescar), a quien acompañan Tomás, Natanael, los zebedeos y otros dos desconocidos. Desde aquí podemos trazar la identidad del Discípulo amado y la función de Pedro.

1. No sabemos quién era el Discípulo amado. Todo nos permite suponer que el evangelio ha querido mantener en la sombra su identidad personal (real o simbólica), para que los lectores puedan identificarse con ella. Éste es el discípulo que se reclina y apoya su cabeza sobre el pecho de Jesús, en la última cena, en gesto de hondo simbolismo, que implica intimidad, como indica la conversación que sigue, que le relaciona de un modo especial con Pedro (en positivo) y con Judas (en negativo) (Jn 13, 21-27). En el contexto simbólico de la última cena (Jn 13-17 tiempo de revelación de amor), éste personaje puede ser un símbolo de aquellos que para seguir a Jesús y comprenderle han de hacerse amigos suyos. De todas maneras, el relato que sigue a la última cena y a la oración del huerto, parece indicar que ese mismo discípulo amado, que acompaña a Pedro, es un hombre real, de cierta importancia, porque aparece como amigo (conocido) del Sumo Sacadote, consiguiendo así que a Pedro le abran también la puerta de la casa donde se celebra el juicio de Jesús (cf. Jn 18, 15-16). Esta posible amistad del Discípulo amado con el Sumo sacerdote constituye uno de los grandes enigmas del evangelio de Juan. Algunos han pensado que se trataba de una relación de tipo laboral: el discípulo amado (que sería Juan Zebedeo) llevaría pescado a la casa de los sumos sacerdotes. Pero es más probable que el cuarto evangelio haya querido presentar al Discípulo amado como alguien que está cerca de la élite sacerdotal: es un judío importante que se ha hecho amigo de Jesús. Sea como fuere, el evangelio sigue diciendo que este Discípulo amado se mantiene bajo la cruz, donde no está Pedro, como signo de una iglesia que acoge a la Madre de Jesús, representando así la unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento, de Israel y de la Iglesia (Jn 19, 26-27). El Discípulo amado y Pedro siguen juntos tras la muerte de Jesús y, por indicación de María Magdalena, corren al sepulcro vacío, donde ven el sudario y las vendas, cuidadosamente dobladas. Ese signo basta que el Discípulo amado crea en la resurrección

2. Pedro ha de hacerse Discípulo amado. El testimonio básico sobre el Discípulo amado aparece en Jn 21 donde le vemos de nuevo con Simón Pedro, ratificando el pacto de su comunidd con la gran iglesia (Pedro). Como hemos dicho ya, se trata de un pacto institucional, entre la gran iglesia y una comunidad especial, que se había mantenido por un tiempo separada de otras corrientes cristianas, realizando un fantástico camino de profundización en el amor de Jesús. Pues bien, este capítulo (Jn 21) quiere resituar a los dos grandes personajes de la iglesia, definiéndolos en clave de amor. El relato comienza, como también hemos dicho, con Simón Pedro, que afirma: voy a Pescar. Sin este principio no hubiera habido iglesia, como han indicado otros testimonios de Mt y Lc-Hech. Se le juntan varios discípulos, formando así un número de siete (como los helenistas de Hech 6): Pedro, Tomás, Natanael, dos zebedeos (Santiago y Juan) y dos cuyo nombre no se cita (Jn 21, 2). Uno (¿un zebedeo, alguien desconocido?) es el discípulo amado. Son Siete (como los helenistas de Hech 6-7), no Doce como los apóstoles de Jerusalén. Suben con Pedro a la barca y, a la voz del Señor, que les espera en la orilla, vuelven a echar las redes tras una noche en la que no han pescado nada. Ahora logran pescar un gran número de peces (todos los pueblos) y el Discípulo amado reconoce a Jesús y dice a Pedro: ¡Es el Señor!» (Jn 21, 3-7). Pedro ha dirigido la faena, pero no sabe ver, porque aún no ama, y así depende del Discípulo amado, para descubrir a Jesús que espera en la orilla, recibiendo los peces que le traen y ofreciéndoles el pan y el pez del Reino. «Después que comieron, Jesús dijo: «Simón, hijo de Juan ¿me amas más que estos?». Le dijo: «¡Sí, Señor! Tú sabes que te quiero». Le dijo: «¡Apacienta mis corderos!…» (Jn 21, 15-17).

En este contexto volvemos a descubrir la vinculación y diferencia entre Pedro y el discípulo amado, en línea de amor. Ambos han estado en la barca de la pesca; ambos deben seguir vinculados. Pedro tiene que aprender a amar a Jesús; el Discípulo amado debe aceptar el ministerio de Pedro. De esa forma, los dos quedan vinculados por el mismo amor. Así se entiende el final de la escena, que está centrada en Pedro, pero en su referencia al Discípulo Amado.

Después, tras recordar que Pedro ha cumplido bien su tarea, muriendo por ella (Jn 21, 18-19), el evangelista vuelve hacia atrás y añade: «Jesús le dijo ¡Sígueme!. Pero Pedro, volviéndose, vio que también le seguía el Discípulo amado… y dijo a Jesús ¿Y este qué? Jesús le respondió: Si yo quiero que él permanezca hasta mi vuelta ¿a ti qué? Tú sígueme» (Jn 21, 21-22). Pedro ha recibido una autoridad de amor y debe ejercerla siguiendo a Jesús y cuidando a las ovejas. Pero no puede imponerse sobre el discípulo amado, ni fiscalizarle. Pedro, la gran iglesia, tiene que dejar que el Discípulo amado viva en libertad de amor dentro de la Iglesia.

Contra la patología de un pastor (jerarca) que quiere tener la exclusiva y vigila a los demás eleva nuestro texto el buen recuerdo del Pedro ya muerto, que supo abrir un espacio para el Discípulo amado, y el buen recuerdo de de aquel Discípulo amado que supo mantenerse al lado de Pedro. Pensaron algunos que ese discípulo no moriría, pero el evangelio tiene buen cuidado en indicar que Jesús no hablaba de eso (de no morir), sino de un modo de permanecer que desborda el plano de la iglesia instituida (de Pedro): “Si yo quiero que permanezca… ¿a ti qué?”. El Discípulo amado aparece así como signo de un amor que debe seguir existiendo en libertad, dentro de la Iglesia, sin estar dominado   por Pedro.

En ese sentido profundo, el evangelio termina diciendo que ese discípulo amado sigue vivo a través del mismo evangelio: «Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero» (Jn 21, 24). La iglesia aparece así fundada en el testimonio de alguien que ha amado a Jesús (que ha sido amado por Jesús), de tal forma que puede ofrecernos su recuerdo, garantizando su presencia. Sólo ese recuerdo de amor ofrece un fundamento al evangelio, que no es una verdad abstracta, trasmitida por alguien que no ama, sino testimonio de alguien que ha amado a Jesús. Sólo el amor permite recordar. Sólo el amor da ojos para ver y comprender la verdad. El Discípulo Amado es testimonio del amor de Jesús en la historia de los hombres y, de un modo especial, en el interior de la iglesia.


[1] Cf. W. Eichrodt, Teología del Antiguo Testamento I-II, Cristiandad, Madrid 1975; R. Lohfink, La alianza nunca derogada. Reflexiones exegéticas para el dialogo entre judíos y cristianos, Herder, Barcelona 1992; D. McCarthy, Treaty and Covenant, AnBib 21, Roma 1963; X. Pikaza, El camino del Padre, Verbo Divino, Estella 2000; R. De Vaux, Historia antigua de Israel II, Cristiandad, Madrid 1975, 379-430: J. Vermeylen, El Dios de la promesa y el Dios de la Alianza, Sal Terrae, Santander 1990.

[2] Cf. R. E. Brown, La comunidad del discípulo amado. Estudio de la eclesiología juánica, Sígueme, Salamanca 1987; J. M. Martín Moreno, Los personajes del cuarto Evangelio, Comillas, Madrid y Desclée de Brouwer, Bilbao 2002S; S. Vidal, Los escritos originales de la comunidad del Discípulo “amigo” de Jesús, BEB 93, Sígueme, Salamanca 1997.

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